Winnicott y el Terrorismo

 Alejandro Caravera[1]

Resumen

Este ensayo busca vincular las expresiones individuales y culturales de la agresión, siguiendo el camino realizado por Winnicott, para darle una interpretación a la idea de terrorismo, tal como es utilizada en el contexto actual. Se examina el sentido que se le da al concepto, vinculando su expresión a una forma sintomática de tramitación de la agresión, y se relaciona con la manifestación falsa de la agresión, expresada como voracidad proyectada, alejada del sentimiento de culpa y de la necesidad reparatoria.

 Palabras clave: Terrorismo – Agresión – Integración – Reparación

La agresión, sus raíces y sus implicancias para el desarrollo emocional del individuo, constituyó un tema de interés central para Winnicott. El concepto, clave desde los orígenes del psicoanálisis, fue utilizado ampliamente y en distintos contextos por el psicoanalista inglés. Con sus referencias a cómo las madres pueden llegar a sentir odio hacia sus bebés (Winnicott, 1960), cómo el terapeuta puede y debe reconocer el odio objetivo a sus pacientes (Winnicott, 1947), o cómo es preferible matar a los bebés no deseados (Winnicott, 1969), por ejemplo, Winnicott pone el acento en la integración de la agresión en áreas de la vida emocional del ser humano en las que, naturalmente, tiende a ser excluida, ya que en aquellos ámbitos genera más resistencia la asimilación de las expresiones más inequívocas de lo destructivo que emerge desde la pulsión. Con ese objetivo, se adentra en los terrenos previos a la integración yoica, donde amor y odio son dos caras de una misma moneda, y donde el concepto de “amor cruel” cobra sentido. Nos obliga a hacernos cargo de la radical unidad de los aparentes polos opuestos, y a enfrentar en consecuencia lo vincular. Así, tomamos el mensaje y desechamos la lógica esquizoide, donde se ubica fuera al objeto persecutorio para materializarse en la figura del bárbaro, villano, salvaje, etc., y donde se tramita indirectamente nuestro odio a ese otro ajeno que nos amenaza con su existencia.

La misma lógica de la integración llevó a Winnicott al desafío de captar el fenómeno completo que se representaba en la Segunda Guerra Mundial, siendo él testigo directo de la agresión destructiva que se escenificaba en ese contexto. Un axioma que se sigue de sus planteamientos al respecto es el siguiente: La guerra es valorable. En su artículo Análisis de los fines de la guerra, de 1940, plantea que el contexto bélico representa la oportunidad para aumentar la madurez de los bandos participantes. La lucha por conquistar la paz, asumiendo el riesgo de morir, no puede sino generar el respeto entre los hombres que pelean entre sí, si son capaces de asumir la responsabilidad de haber propiciado el conflicto.

La finalidad buscada y las formas con las que se tramita la agresión, en el contexto bélico, varían de acuerdo al tiempo y las circunstancias. En la actualidad, una de las formas predominantes de representar la agresión con fines políticos, esto es, el acto terrorista, difiere en fin y en modo de aquel escenario bélico de antaño, donde los bandos aparecían marcadamente definidos y donde existían tiempos determinados de lucha y personajes totalmente identificables como representantes de una estructura jerárquica denominada nación. Al menos, nuestro imaginario puede entregarnos esa convicción. Sin embargo, el terrorismo sostiene elementos en común con situaciones de guerra que aparentarían ser muy disímiles. Si nos basamos, por ejemplo, en la definición que da la RAE acerca del concepto de terrorismo, esto es: 1. Dominación por el terror. 2. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror y 3. Actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos, en estas acepciones se hace referencia a elementos compartidos con otros contextos bélicos, como la organización movilizada con fines políticos y el deseo de dominación sobre el otro. El terror, por tanto, no es un sentimiento exclusivamente ligado a la idea de terrorismo, sino que también es experimentado en las otras modalidades bélicas, tal como nos resultan conocidos los diversos horrores de la guerra.

Las características más distintivas de los denominados actos terroristas, que los hacen tomar distancia de otros tipos de guerra, tienen que ver con un elemento implícito en el sentimiento de terror. La acción terrorista, por sus características violentas, inesperadas e incontrolables, genera un impacto emocional en los sujetos que se ven inmersos en ella y que no estaban preparados para recibir, lo que aumenta el sentimiento de desprotección. Este terror, entonces, se fragua en un terreno indefinido, donde cualquier ser humano puede convertirse en víctima, a partir de un acto violento secreto, sin límite, sin reglas ni declaraciones.

¿Qué hacer, más que repudiar a los viles ejecutores de estas prácticas inhumanas, que no respetan ni siquiera al inocente? Ese podría ser el pensamiento de cualquier sujeto o grupo que externaliza la agresión y se desentiende de ella. En cambio, hacerse cargo de la dificultad que entraña esta forma de violencia, acercándose a la totalidad del acto, conociendo sus raíces, los significados que engloba su puesta en escena y la configuración previa que determinó su generación y que desembocó en la irrupción del terror, es un ejercicio trabajoso pero necesario para comprender y elaborar lo problemático que nos aqueja, tal como lo hacemos cuando, en la práctica de la psicoterapia, intentamos traducir un síntoma en un conflicto entre instancias del aparato mental, haciendo una relación entre desencadenantes actuales y determinantes históricos. Este ejercicio implica, por ende, asumir que no hay nada nuevo en cuanto a la expresión de la agresión en el fenómeno llamado “terrorismo”. No existe una nueva generación de desalmados, o una nueva subespecie humana degenerada que carece de los valores que supuestamente se sostenían en épocas pasadas. Un acto terrorista es, más bien, una expresión sintomática de un conflicto que no ha podido resolverse.

Desde el psicoanálisis, Freud (1919) nos enseñó que el sentimiento de terror puede vincularse a algo ya conocido, y llamó a esta variedad del terror lo ominoso. Resulta útil relacionar aquel concepto con la idea de terror que se sigue del acto terrorista, tomando la compulsión a la repetición de la pulsión, y cómo ésta hace retornar desde lo reprimido, transformándolo en terrorífico. Desde esta comprensión, al hablar de la experiencia del terror podemos superar las dicotomías nuevo/antiguo o propio/ajeno en las que caen fácilmente las nociones comunes de lo terrorífico. Se hace posible, entonces, anudar el sentimiento de terror a lo previo, rastrear sus orígenes, entender su constitución e impactarnos con su familiaridad.

Si exploramos algo más detenidamente el contexto actual, intentando acercarnos a las raíces y al sentido de la escenificación de la agresión, podemos tomar el ejemplo de una de las organizaciones que, en el presente, es más fácil de relacionar con la idea del terrorismo: el Estado Islámico o ISIS. Explorando algo más que la superficie de lo que se nos presenta como problema en la actualidad[2], es posible deducir que los conflictos no surgen desde una insurgencia desbordada y hambrienta por sembrar terror desde aquel grupo. Surgen en un escenario donde la violencia ha sido familiar al menos desde hace un siglo, y que tuvo su cenit en la distribución de Medio Oriente, luego de la caída del Imperio Otomano, por parte de Inglaterra y Francia, en el llamado Acuerdo de Sykes-Picot, o Acuerdo de Asia Menor. En éste se definieron las zonas de control e influencia de ambas potencias en Medio Oriente, luego de la victoria de la Triple Entente en la Primera Guerra Mundial. A partir del acuerdo, las potencias occidentales definieron fronteras, administraron regiones y explotaron recursos. Voceros de ISIS hacen referencia, de hecho, a que una de sus metas es revertir los efectos de del Acuerdo de Sykes-Picot. Sin embargo, sería ilusorio pensar que, por sí solo, esta apropiación colonial de principios del siglo XX determinaría una especie de acto revanchista del Estado Islámico en pleno siglo XXI, y, por ende, ubicar a aquel grupo sólo como víctima de tal agresión original. También ellos sostienen, de forma menos encubierta, el hambre de conquista que movilizó a las potencias europeas, a la que se sumó posteriormente Estados Unidos con su incipiente y progresiva ocupación del área, desde el término de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy.

La idea del terrorismo, por ende, se enmarca en un contexto de violencia histórica repetitiva, conocida y aceptada. Desde esta premisa, podría plantearse que el acto terrorista es una modalidad de agresión que impera en la actualidad, pero que a lo largo de la historia ha preexistido y ha tomado diferentes formas, y que desde hace siglos somos testigos de la relación entre “violencia y fines políticos”, tomando en cuenta lo mencionado anteriormente en relación a las definiciones de terrorismo.

Sin embargo, sería impreciso vincular directamente la idea del terror con la necesidad de agredir. Para Winnicott, cualquier actividad constructiva está íntima y esencialmente ligada a la agresión (Winnicott, 1960). No es casualidad que la idea de “conquistar“, consecuencia natural de la agresión, posee una connotación tan positiva. Winnicott alude al deseo de vencer sobre el otro para, por ejemplo, imponer un buen gobierno y así controlar las fuerzas que llaman al caos (Winnicott, 1940). La agresión, en este contexto, es productiva y constructiva, y se sostiene por la capacidad del agredido (la madre suficientemente buena) de sobrevivir y participar continuamente en la relación. Se ponen en marcha, de esta forma, la necesidad de reparación desde el agresor y las vicisitudes propias de la posición depresiva. Es por esto que Winnicott llegará a plantear que la actividad social no puede ser satisfactoria excepto si se basa en un sentimiento de culpabilidad personal con respecto a la agresión.

Pero conquistar vorazmente, llegando a destruir lo existente por la necesidad de imponer desesperadamente una posición personal, es una práctica que hoy en día nos resulta difícil de problematizar. Se transforma en una ardua tarea mirar nuestras bases; nos eximimos de cuestionamientos y cerramos la puerta al examen de las formas primitivas que adopta el amor, al primitivo terror al caos y al descontrol, los que, sin elaboración, desembocan en una agresión distorsionada. De esta forma, nos construimos una historia dividida, donde habitan los buenos conocidos y los malos amenazantes desconocidos, Occidente y Oriente, y desde nuestro lado nos identificamos y definimos como inocentes, negando la propia voracidad y agresión, y la proyectamos en un ente ajeno y misterioso -lo oriental-, transformándonos en “víctimas del terrorismo”. Este escenario terrorífico es un terrero con fronteras difusas, sin continente. Siguiendo a Freud, las barreras de lo reprimido se abren y emerge, pulsante y amenazante, lo más primitivo (y, por ende, lo más primario, propio, familiar) de la vida anímica.

El acto de terror destructivo no puede delimitarse ni controlarse, pero ya no porque el enemigo es hábil y nos ataca de forma imprevisible y desleal, sino porque aquel acto es familiar. Volviendo a Medio Oriente, el acto destructivo es auspiciado, avalado y alentado de forma solapada por quienes supuestamente representan lo opuesto. La colaboración económica a los mismos grupos que se combaten, para fomentar directa o indirectamente el control de la región, o la aceptación encubierta de la destrucción, para obtener réditos políticos y económicos, son parte de esta lógica terrorífica. La puesta en escena de un acto de terror se constituye, en estas circunstancias, en un síntoma que representa una agresión que a la base ha sido desconocida, negada y proyectada. Esta forma de manejo de la agresión supone una falla en la integración del impulso, lo que implica la imposibilidad de hacerse cargo de la destructividad que nos pertenece, que es parte de los sentimientos del estar vivos y que es esencial para la actividad constructiva. Cuando una nación se define a sí misma como víctima del terrorismo, pierde la oportunidad aceptar su propia crueldad y, por ende, de reparar.

La convivencia con la agresión y su tramitación en el contexto cultural es un permanente desafío, dado que las formas de expresión del impulso cambian. Por ejemplo, se aleja en la actualidad la idea de una tercera guerra mundial no porque vivamos en un estado de paz permanente, sino porque el impuso es más difícil de reconocer y limitar. Vivimos en una época difusamente violenta. No hay ya estados que expresen directamente el deseo de conquistar, poseer, o defenderse de un enemigo. En el contexto del nazismo, Winnicott (1940) consideraba que los aliados eran afortunados al contar con un enemigo que se considerara “malo” y que expresara tal deseo de dominación. En cambio, en nuestra época ya no son los estados sino las corporaciones, grupos económicos de poder, etc., los que mueven sutiles hilos para imponerse violentamente y defender sus intereses, utilizando un lenguaje camuflado y confuso que atrapa al espectador pasivo y lo conmina a paralizarse. No puede desconocerse que las guerras generan ganancias para ciertos grupos económicos. Tampoco que las aludidas zonas en conflicto involucran yacimientos petroleros en dominio por las potencias occidentales. El mandato francés de Siria le aseguró a los europeos el control del petróleo en la región luego de la Primera Guerra Mundial. Transcurrida la Segunda Guerra Mundial, las compañías petroleras norteamericanas predominaron en la zona, por sobre las europeas. Por lo demás, los actos destructivos de ISIS han estado avalados económicamente por grupos que se ven beneficiados en el debilitamiento del régimen sirio. Es así como toda la constructividad inherente a la evolución de la civilización, utilizando combustible (alimento) para movilizar nuestras actividades económicas, se vuelve vacía al no estar fundada en los sentimientos de culpa.

Hacerse cargo de la existencia de nuestro impulso destructivo abre la puerta a la posibilidad de vincularse. Tal como para Freud (1933 [1932]) los aparentes antagónicos conceptos de “derecho” y “violencia” van de la mano, lo mismo hacen el cuidado hacia el otro y la agresión, desde Winnicott. Sin embargo asumir totalmente la agresión y sus consecuencias es uno más de los dramas de la vida pulsional de los seres humanos. La agresión aparece disfrazada y es difícil de rastrear. Se la atribuye a factores externos para lidiar con ella, dada su íntima relación con el objeto amado. Inicialmente, en la primera relación de amor, la agresión busca satisfacción, pero de esta forma se pone en peligro lo que ama. Se comienza a separar lo que se puede lastimar versus lo que tolera la agresión. Ante la amenaza de predominar sobre las fuerzas amorosas, la destrucción se proyecta hacia el mundo externo para ser dramatizada e intentar obtener control desde alguna figura de autoridad. En un extremo, se llega a negar la pertenencia de las fantasías destructivas. Esto corresponde al manejo falso de la agresión, porque se piensa que la agresión puede desaparecer, expulsarse o ser dirigida hacia sí mismo. La dramatización del conflicto permite tener la ilusión de control, y en buenas circunstancias una figura de autoridad se erige como el protector de esa pesadilla escenificada, al ponerle límites (Winnicott, 1939).

Pero tal como fantaseamos con un escenario bélico ideal, con dos bandos claramente delimitados y un final concreto y aliviante del conflicto, la figura de autoridad que cuida y pone límites es más bien atribuible, en su existencia, a una tramitación escindida de los impulsos agresivos. En la época actual, una figura política que represente autoridad y que transmita con seguridad límites a las dramatizaciones de la agresión, puede ser algo difícil de encontrar. Incluso son los mismos representantes de la autoridad política los que traspasan los límites, o son condescendientes ante la destrucción. No es posible aislar la idea de autoridad de la de amenaza a la destrucción. Una autoridad que esté sólo dispuesta a velar por el cuidado de los que tiene a cargo y que esté libre de conflictos de interés parece algo ilusorio, y por tanto, los actos destructivos sin límite y las posibilidades de morir en un ataque impersonal están siempre presentes. Quizás un acto de aniquilación total, con armas de destrucción masiva, en una escalada de agresión sin límites, es más factible hoy que en el pasado, pero no podemos negar que muchas veces nos hemos muerto sangrienta y masivamente a lo largo de la historia. La diferencia radica en que, en el contexto actual, lo “bélico” es cada vez menos reconocido. Un asesinato en masa a una población inocente puede justificarse como una operación necesaria para atacar a los líderes del bando contrario que se ocultaban allí, o, como último recurso, se podría incluso negar las muertes de inocentes, argumentando que ya nadie residía en ese lugar. Ese manejo de la agresión da cuenta de una posición falsa, de la misma forma que lo habría hecho un conquistador europeo del siglo XII, quien sostenía que deseaba controlar Tierra Santa porque Dios le dio derecho a hacerlo, no pudiendo validar de otra forma el impulso agresivo que le llevaba a desear conquistar.

El logro de la integración, en el desarrollo madurativo del niño, da pie para construir un espacio donde se puedan soportar batallas internas y tolerar la presión del instinto, dando paso al logro de estar deprimido. Por un tiempo, al menos, ya no hay necesidad de dividir el espacio y construir una polar división entre adentro y afuera, o entre Occidente y Oriente, como suele suceder en política. Cuando un niño vive la experiencia de un interior que bulle, se valdrá del juego para ordenar en una mesa del comedor fortines y soldaditos, y así reestructurará los elementos internos buenos y malos (Winnicott, 1963).

Entonces: ¿Cómo se enfrenta el terrorismo? ¿Es una pregunta que compete al psicoanálisis? Winnicott pudo ser lo suficientemente honesto como para no hacerse el desentendido frente a los bombardeos de Londres, tal como nos lo mostró Margaret Little (1985), o como para permanecer indiferente frente a la aparición de la bomba nuclear. En otras ocasiones, nos conminaba a aceptar que la sociedad no quiere enterarse de las determinaciones más profundas de lo humano, y a aprender a vivir con ello (Winnicott, 1965). Sin embargo, estados de crisis social, violencia, e irresponsabilidad política, por ejemplo, no son formas de vida que podemos aceptar fácilmente. Hoy no estamos en una posición cómoda como para asumir soluciones falsas. Una solución de ese tipo, para el problema del terrorismo, sería, por ejemplo, combatirlo, intentando de hacer de este síntoma una guerra entre buenos y malos, omitiendo la participación activa de todos los involucrados en el origen del problema y, por lo tanto, no haciéndose cargo los participantes de su propia agresión y de sus propias responsabilidades – o, en otros términos, de la propia voracidad -. Una solución falsa taponea el terror y lo encubre. Por ende, tal como fue una moda del momento el je sui Charlie, sería verdadero reconocer, con más vergüenza esta vez, i am ISIS.

¿Cómo hacer de esta violencia impersonal, ajena en incumbencia y en distancia geográfica, algo personal? ¿Cómo hacer del terror algo cercanamente familiar? El psicoanálisis acentúa en la necesidad de conocer la historia personal para hacernos cargo de ella. Cuidar a un otro se relaciona con una actitud de responsabilidad histórica, que pasa por el reconocimiento de que se agrede y que se ha agredido. La posibilidad de re-conocernos en la agresión implica acercar y no escindir. Individuos sanos y enfermos conviven y convivirán frente al problema de la destrucción y serán los primeros los que tendrán que hacerse cargo de los segundos (Winnicott, 1967). Si queremos sobrevivir a la hecatombe, debemos responsabilizarnos integradamente “de todos los sentimientos e ideas propios del estar vivos” (Winnicott, 1960, p. 162), por nuestra propia voracidad y por la destructividad inherente que ello implica.

Referencias

Freud, S. (1919). Lo ominoso. En Obras completas, Vol. XVII (pp. 215-251). Buenos Aires: Amorrortu, 1998.

Freud, S. (1933 [1932]). ¿Por qué la guerra? En Obras completas, Vol. XXII (pp. 187-198). Buenos Aires: Amorrortu, 1998.

Karmy, R. (2015). La potencia de la Nakba. Revista Carcaj. Recuperado de: http://www.carcaj.cl/2015/12/palestina-la-potencia-de-la-nakba-entrevista-a-rodrigo-karmy parte-i/

Little, M. (1985). Relato de mi análisis con Winnicott. Angustia psicótica y contención. Buenos Aires, Lugar Editorial, 1995.

Winnicott, D. W. (1939). La agresión. En Deprivación y delincuencia (pp. 104-120). Buenos Aires: Paidós, 1991.

Winnicott, D. W.  (1940). Análisis de los fines de la guerra. En El hogar, nuestro punto de partida (pp. 241-254). Buenos Aires: Paidós, 1993.

Winnicott, D. W.  (1947). El odio en la contratransferencia. En Escritos de pediatría y psicoanálisis (pp. 263-274). Buenos Aires: Paidós, 1999.

Winnicott, D. W.  (1950-1955). La agresión en relación con el desarrollo emocional. En Escritos de pediatría y psicoanálisis (pp. 275-293). Buenos Aires: Paidós, 1999.

Winnicott, D. W.  (1960). Agresión, culpa y reparación. En Deprivación y delincuencia (pp. 161-169). Buenos Aires: Paidós, 1991.

Winnicott, D. W.  (1960) ¿Qué es lo que fastidia? En Conversando con los padres. Aciertos y errores en la crianza de los hijos. Buenos Aires: Paidós, 1993.

Winnicott, D. W.  (1963). El valor de la depresión. En El hogar, nuestro punto de partida (pp. 84-93). Buenos Aires: Paidós, 1993.

Winnicott, D. W.  (1965). El precio de desentenderse de la investigación psicoanalítica. En El hogar, nuestro punto de partida (pp. 198-210). Buenos Aires: Paidós, 1993.

Winnicott, D. W.  (1967). El concepto de individuo sano. En El hogar, nuestro punto de partida (pp. 27-47). Buenos Aires: Paidós, 1993.

Winnicott, D. W.  (1969). La píldora y la luna. En El hogar, nuestro punto de partida (pp. 224-240). Buenos Aires: Paidós, 1993.

[1] alejandrocaravera@gmail.com. www.psicologosreverie.cl

[2] Para un análisis más acabado y para profundizar en algunas ideas que cito en este ensayo, véase la entrevista realizada por Nicolás Slachevsky y Miguel Carmona a Rodrigo Karmy, filósofo y académico del Centro de Estudios Árabes de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, para Revista Carcaj, el18 de Diciembre de 2015.

Plugin creado por AcIDc00L: bundles
Plugin Modo Mantenimiento patrocinado por: posicionamiento web