Variaciones de la Pasión en la Adolescencia: de la apatía a la revuelta creadora

Facundo Blestcher[1]

Resumen

Los procesos actuales de producción de subjetividad perfilan trayectorias e itinerarios móviles que inciden en la tramitación de los trabajos psíquicos propios de la adolescencia. El imaginario dominante, reproducido por los discursos e instituciones sociales, asocia la experiencia adolescente con la apatía, el desinterés y la anomia. Las y los adolescentes son concebidos como figuraciones de lo monstruoso, punto de confluencia entre actual, doble y siniestro, que deben ser sometidos a numerosos dispositivos de normalización, control y disciplinamiento (educativos, jurídicos, terapéuticos).

La presente comunicación propone recuperar, más allá del recorte que el psicoanálisis puede realizar a partir de su práctica clínica, las pasiones, experiencias e intensidades que dan cuenta de la potencia deseante e imaginativa de las adolescencias en la encrucijada histórica contemporánea. En la producción de micropolíticas de resistencia y creación colectiva pueden encontrarse puntos de fuga frente a lo instituido que permiten inscribir marcas de un proyecto identificatorio en permanente recomposición.

Palabras clave: Adolescencias – Subjetividad – Proyecto identificatorio – Pasión – Creación.

 

Como no comprenden nuestro comportamiento,
a todos los psicólogos les damos tratamiento.
[…] Somos diferentes, nada de lo que se espera,
como una naranja con sabor a pera.
No somos clones, no somos imitaciones,
hoy vinimos a hacer lo que no se supone,
contar un cuento sin narrativa,
virar el cielo patas pa’ arriba,
como los árabes que escriben al revés,
(camina con las manos, saluda con los pies)
[…] defiende tu derecho a hacer lo que no has hecho

(Calle 13, “Vamo’ a portarnos mal”)[2]

Una queja persistente atraviesa el horizonte social y se corporiza en un discurso que, reproducido a través de numerosas instituciones, propone un particular campo semántico en torno a las adolescencias: apatía, indiferencia, desinterés e indolencia. “Están en otra” se escucha como una letanía repetida insistentemente por padres, docentes, autoridades y referentes de distintos órdenes. Muchas de las consultas clínicas que recibimos son sintónicas a este mismo malestar. Se nos convoca a reencauzar, reeducar, corregir, resolver, ajustar, adaptar y diagnosticar, apelando a todo el arsenal de etiquetas que vienen en auxilio de los esfuerzos de normalización, domesticación y segregación de las diferencias: ADD, ADDH, TOD, TOC, entre otras siglas en cuyo empleo las subjetividades adolescentes quedan abolidas.

Si efectivamente “están en otra”, ¿cuál es esa otra escena que habitan? ¿Por qué resulta tan difícil para adultas y adultos poder identificar ese escenario? ¿A qué alteridad, ajena y extraña, hace referencia?

La problemática que examinaremos parece dotada de una notable actualidad, en la doble significación que lo actual tiene en Psicoanálisis: en tanto presente en el tiempo y en acto, es decir, actualizada y eficiente. Y si bien define un campo de problemas complejos que exceden la perspectiva psicoanalítica, nos encontramos exigidos a interpelar nuestras teorías y a someter a prueba nuestra clínica como respuesta a los modos de sufrimiento que la época promueve.

La adolescencia, las y los adolescentes, las adolescencias (en plural) parecen constituir significantes privilegiados de los discursos sociales contemporáneos. Oscilando entre la demonización y la idealización, ocupan un lugar privilegiado en las significaciones imaginarias sociales y despiertan tensiones y fantasmas de diversa índole. Lo imprevisible, el desorden o el descontrol aparecen como posibles amenazas o inquietantes certezas, y las adolescencias quedan enhebradas a diversas modalidades de lo disruptivo: transgresiones, adicciones, consumos compulsivos, violencias e impulsiones, comportamientos perturbadores, problemas escolares y desafíos al orden instituido.

Como ya he señalado en otra comunicación[3], actualidad, doble y siniestro confluyen en las representaciones hegemónicas sobre las y los adolescentes. Si el fenómeno del doble –que perturba por la angustiosa vivencia de lo ominoso– puede reconducirse al retorno de lo reprimido (Freud, 1919), en las adolescencias se torna eficiente la reaparición de aquello que los discursos dominantes pretenden desconocer y excluir.

En la medida en que la adolescencia comporta un proceso sostenido en la dinámica cultural –derivada de alteraciones en los regímenes sociales y económicos postindustriales en las sociedades modernas–, sus representaciones se encuentran sometidas a modificaciones debidas a las variaciones de los procesos históricos que la definen. Apuntalada en determinaciones histórico-sociales, la adolescencia está sometida a las mismas alteraciones que la sociedad que crea sus condiciones de génesis y reproducción. Por esto mismo, por su poder reflejante del colectivo social en que se inscribe, despierta una cierta inquietud que se aproxima a lo siniestro: “Esto ominoso no es efectivamente algo nuevo o ajeno, sino algo familiar de antiguo a la vida anímica, sólo enajenado de ella por el proceso de la represión” (Freud, 1919, p. 24). Desde esta lectura que analoga determinados procesos sociales con ciertos mecanismos psíquicos, podemos advertir que en la adolescencia retornan los aspectos más perturbadores –no solo destructivos sino también creativos– de un colectivo social en un momento determinado.

Resulta sugerente que numerosos estereotipos acerca de las y los adolescentes repliquen las figuras prototípicas y ejemplares que Foucault (2010) reconoce en una genealogía de los “anormales”: los monstruos (síntesis de todas las desviaciones y malogros con respecto a las leyes de la naturaleza o a las normas de la sociedad), los incorregibles (aquellos que resisten los dispositivos de domesticación del cuerpo) y los onanistas (quienes en su goce solitario se sustraen al orden sexual moderno centrado en el régimen reproductivo y familiar). La inquietante extrañeza (Das Unheimliche) que domina este cuadro conjuga en las subjetividades adolescentes la fascinación y el rechazo, lo temido y lo deseado. Por ello mismo se les proponen sujeción y control a través de múltiples modalidades de disciplinamiento social, sexual, educativo, jurídico y hasta terapéutico.

¿Cómo hacer entonces para que el Psicoanálisis no quede fijado a la réplica de los enunciados rutinarios que patologizan toda novedad, inevitablemente disruptiva, que se gesta en las experiencias adolescentes? Si las formulaciones extraídas de la clínica funcionan como una sinécdoque en la que la parte pasa a relevar el todo y el recorte se desliza hacia una generalización empobrecedora, se corre el riesgo de desconocer y estrangular la potencia –deseante, imaginativa y emancipatoria– que palpita en los entresijos de la historia y en los puntos de fuga de las subjetividades adolescentes.

I. Trabajos psíquicos en la adolescencia y encrucijada histórica

Silvia Bleichmar ha puesto el acento, para la comprensión del devenir adolescente, en una serie de trabajos psíquicos fundamentales:

la adolescencia es un tiempo abierto a la resignificación y a la producción de dos tipos de procesos de recomposición psíquica: aquellos que determinan los modos de concreción de la tarea vinculada a la sexualidad, por una parte, y los que remiten a la desconstrucción de las propuestas originarias y a la reformulación de los ideales que luego encontrarán destino en la juventud temprana y en la adultez definitiva (Bleichmar, 2005, p. 46)”.

Los trabajos psíquicos que se cumplen en este tránsito –tanto transición como recorrido– conllevan complicaciones y conflictos, al mismo tiempo que posibilidades de disfrute y crecimiento subjetivo. Estas tareas psíquicas involucran los registros pulsional, narcisista, identificatorio y vincular, constituyéndose en una auténtica “exigencia de trabajo” conducente a logros no menos arduos: consolidar una identidad, explorar los modos de relación al semejante, ensayar la inserción en el mundo adulto, alcanzar un progresivo desasimiento de la autoridad parental, organizar la sexualidad por relación a la genitalidad y la exogamia, construir los cimientos de un proyecto personal. Implican grandes gastos de investidura, procesos de complejización anímica y recomposiciones psíquicas que requieren de tiempo y de espera (si bien el factor temporal por sí solo es insuficiente, ya que son indispensables los soportes libidinales e identificatorios que sostengan estos procesamientos en un sentido elaborativo). Por esto mismo, sobre todo en Occidente, se ha identificado a la adolescencia con un período de prórroga o moratoria psicosocial que la cultura habilita, para que el sujeto vaya haciendo el costoso trabajo de conformar sus propias escenas, de producir sus propias palabras, de encontrar sus referentes e identificar sus deseos. Conviene, en este punto, recordar a Winnicott (1990) cuando afirmaba que “en la época de crecimiento de la adolescencia los jóvenes salen, en forma torpe y excéntrica, de la infancia, y se alejan de la dependencia para encaminarse a tientas hacia su condición de adultos” (p. 186).

No es extraño, entonces, que los explosivos avatares por los que atraviesan las y los adolescentes generen en otros, especialmente en adultas y adultos, múltiples enigmas y preocupaciones, difícilmente escindibles de los propios fantasmas que se movilizan a partir de la confrontación generacional.

De todas maneras, conviene tener en cuenta que a estas tareas psíquicas se les agregan ciertos obstáculos característicos de los contextos histórico-sociales que atravesamos. Aun cuando en Argentina, tanto como en otros países de la región, se hayan producido una serie de transformaciones sociales sostenidas en gobiernos populares que acompañaron la ampliación de derechos a partir de políticas públicas inclusivas, persisten los efectos de un traumatismo histórico que condujo a un proceso de desubjetivación y descomposición social como consecuencia de la salvaje imposición del neoliberalismo durante la década del 90 –modelo conservador que en este momento vuelve a instalarse poniendo en peligro no solo las conquistas sociales obtenidas sino, en muchos casos, el mismo estado de derecho–.

El proceso profundo de fragmentación, desmantelamiento del futuro, exclusión y despojo material y simbólico de enormes sectores de la población, impunidad y disolución del valor de la palabra, desarticulación del pacto intergeneracional, despolitización y degradación de la ética a la pragmática son algunos de los caracteres que delinean la encrucijada histórica –aquella que algunos pensaron superada, al menos parcialmente, y hoy vemos retornar con impiadosa e inquietante vitalidad–. El impacto de este verdadero traumatismo histórico fue brillantemente analizado por Silvia Bleichmar en numerosos trabajos y escritos. Sus aportes para la comprensión de estos fenómenos conservan su vigencia y fecundidad por la coherencia y profundidad con que aborda la imbricación entre las subjetividades y las dinámicas histórico-sociales, sin abandonar el rigor de la conceptualización psicoanalítica, con una lucidez y un compromiso que serían deseables recrear[4].

Especialmente las y los adolescentes se vieron empujados a realizar una serie de trabajos psíquicos propios de su proceso de estructuración subjetiva sin contar en muchos casos con los recursos simbólicos suficientes para una resolución satisfactoria. En numerosas circunstancias, una anticipación de las tareas forzó a una adultización prematura que sometió a restricciones y tensiones difíciles de sostener. Frente a tales exigencias, una sobreadaptación patológica o una huida de la escena resultaron expresiones de la anomia, la melancolización o la desidentificación. Las angustias autoconservativas y autopreservativas se intensificaron ante la amenaza de quedar excluidos de la maquinaria del mercado, que aterroriza con la pérdida no solo de un lugar en la cadena productiva, sino del reconocimiento intersubjetivo mismo. Al horadarse la adolescencia como tiempo de moratoria y ensayo en que se gestan las condiciones del relevo generacional, las y los adolescentes quedaron expuestos a una liquidación de la promesa social que no permitía investir un futuro como deseable[5].

Freud sostiene en “El malestar en la cultura” (1930): “Así como satisfacción pulsional equivale a dicha, así también es causa de grave sufrimiento cuando el mundo exterior nos deja en la indigencia, cuando nos rehúsa la saciedad de nuestras necesidades” (p. 78). Se trata, claro está, no solamente de las necesidades vitales que procuran la supervivencia biológica, sino del conjunto de aspiraciones, deseos y demandas que sostienen la dignidad de la existencia humana como proyecto y promesa. El padecimiento psíquico que ha acarreado este deterioro se anuda a una dinámica social en la que se libera una violencia aparentemente inexplicable, pero posible de ser comprendida considerando los procesos histórico-sociales que precipitan ese desenlace.

La fragmentación de las subjetividades y de sus enlaces colectivos sumergió a gran cantidad de jóvenes en una condición de “superfluidad”:

Ser superfluo significa ser supernumerario, innecesario, carente de uso […] Que te declaren superfluo significa haber sido desechado por ser desechable […] La sensación de que la superfluidad puede indicar tal carencia de hogar social, con toda la consiguiente pérdida de autoestima y metas vitales, o la sospecha de que tal puede ser la suerte que le aguarde en cualquier momento por más que aún no le haya tocado” (Bauman, 2006, p. 24-26)”.

El quiebre en el reconocimiento subjetivo conmueve el edificio identificatorio, siempre sostenido en el discurso/deseo del otro. Si el narcisismo en tanto sentido de sí y sentimiento de estima de sí mismo se nutre de los logros reales, del amor de objeto y de la adecuación con el ideal, puede advertirse el profundo sufrimiento que se verifica cuando el investimiento libidinal del propio yo se desvanece por carencia de soportes contextuales. El abismo que se abre con el otro (devenido ajeno, extraño o enemigo) configura la materialización de una operación de segregación para la cual la alteridad se experimenta como diferencia irreductible.

II. Pasiones, intensidades, afectos

La problemática de los afectos comporta una dimensión fundamental para pensar la escena adolescente. Los trabajos psíquicos que su procesamiento implica son inseparables de ciertos modos de organización de los investimientos, que en su derivación, enlaces y destinos, van modulando las formas más o menos tormentosas de su devenir. Las modificaciones que irán a operarse en la estructuración del aparato psíquico en la adolescencia revelan una economía psíquica inestable, móvil, volátil por momentos, dotada de un intenso voltaje que costosamente encuentra vías de ligazón y resolución.

Uso la metáfora de las variaciones –tanto noción musical como matemática– para localizar las repeticiones y derivaciones posibles de las pasiones y los afectos en los trabajos psíquicos de la adolescencia, en su permutabilidad y fluctuación. También Laplanche & Pontalis (1980) plantean la dimensión del afecto en estos términos: “todo estado afectivo, penoso o desagradable, vago o preciso, ya se presente en forma de una descarga masiva, ya como una tonalidad general […] El afecto es la expresión cualitativa de la cantidad de energía pulsional y de sus variaciones” (p. 11). [El resaltado es nuestro].

La cuestión de los afectos constituye un nudo problemático en el pensamiento psicoanalítico. La polisemia del término Affekt y sus diversos empleos en la conceptualización freudiana, tanto en sentido cuantitativo como cualitativo, no conduce a pocos equívocos. Siguiendo a Green (1975) podemos advertir que el afecto se da como una experiencia corporal y psíquica que

es reveladora de un sentimiento de existencia del cuerpo, en la medida en que lo arranca del silencio […] El cuerpo es aquí vivido y no agente, pasivo y no activo, espectador y no actor. El cuerpo no es el sujeto de una acción sino el objeto de una pasión […] El afecto es mirada sobre el cuerpo conmovido (p. 174)”.

En la amplia gama de la serie placer-displacer, el afecto es susceptible de desarrollo y de transformaciones. La angustia es el afecto por antonomasia, el modo más elemental con el que se nos da a conocer el representante afectivo pulsional. Y si constituye la moneda de cambio de la economía neurótica y esta permite diversidad de equivalentes, podemos pensar que las diferentes modulaciones de los afectos en la adolescencia corresponden a formas privilegiadas de enlace y simbolización de la angustia.

La Retórica de Aristóteles constituye el primer abordaje sistemático de las pasiones con relación a los modos de eficacia del discurso. Aparecen como aquellas fuerzas que conmueven, movilizan y agitan el ánimo despertando deseos y motivando acciones. Allí encontramos una descripción notable sobre la dinámica pasional en la juventud y su capacidad para producir conmociones:

Efectivamente los jóvenes, en cuanto a su modo de ser, son propensos a desear y a hacer lo que desean. En cuanto a los deseos del cuerpo son especialmente inclinados a los sexuales e incapaces de dominarlos, aunque también son inconstantes y dados a aburrirse de sus deseos; desean vehementemente pero se les pasa rápidamente. Y es que sus impulsos son agudos, pero no intensos […] Son temperamentales, vehementes e inclinados a la ira, y se dejan dominar por sus impulsos, pues por su pundonor no soportan sentirse menospreciados, sino que se irritan si creen que sufren un trato injusto (1999, p. 180-181)”.

Esta vinculación entre pasión y deseo será retomada, posteriormente, por Kant y Spinoza. Este último en particular concebirá a las pasiones como formas de relacionarse del sujeto consigo mismo y con los otros. Lejos de la pretensión moderna de someterlas al imperio de la razón para suprimirlas o dominarlas, propone comprenderlas para tomar mayor conciencia de ellas y utilizarlas en el desarrollo de la potencia de ser. El deseo se presenta como el apetito consciente de sí mismo, pero puede adoptar una forma destructiva que, nacida de las pasiones tristes, obtura el despliegue de las posibilidades de realización. La ética spinoziana propone que hacer consciente el deseo transforma al sujeto y convierte las pasiones de fuerzas que producen pasividad y esclavitud en afectos esclarecidos por una razón apasionada.

Traer a consideración de nuestro análisis la problemática de las pasiones concierne a interrogar el estatuto de los afectos y las derivas del deseo en las subjetividades adolescentes contemporáneas. La supuesta apatía de las y los adolescentes, desprovista ya de la valoración ideal que promovían los estoicos, podría interpretarse no como simple desinterés o despreocupación –sobre la que recae un permanente reproche–, sino como faceta de lo mortífero en la que se exterioriza una dominancia de pasiones tristes que empobrecen los investimientos y propician la clausura subjetiva[6]. Así como en numerosas situaciones el consumo de sustancias puede ser empleado para suprimir tóxicamente el dolor psíquico, ciertas modalidades de desinvestimiento masivo pueden remitir a melancolizaciones que hacen decaer las mociones deseantes o a rigidizaciones de los intercambios libidinales, conduciendo a una desconexión con la que se aspira a conseguir un inestable reequilibramiento de la economía psíquica.

En tanto el yo se presenta como masa ligadora y organización ideológico-discursiva, “el problema no radica en las pasiones, sino en qué hace el yo con ellas […] este conjunto es el que va a definir las formas de resolución de los afectos en el aparato psíquico” (Bleichmar, 2011, p. 144). Tales modos de significación de los afectos, si bien son singulares, exigen la consideración de los enunciados y discursos históricos que delinean un imaginario social y sus efectos sobre la subjetividad. En gran medida, los sufrimientos actuales de las y los adolescentes resultan inescindibles de las condiciones sociales imperantes. Desapropiados de la posibilidad de soñar y de armar un proyecto superador de sus condiciones de vida, numerosos adolescentes habían quedado librados a una orfandad y una inmediatez de las que el consumo excesivo de alcohol o sustancias, el abandono del enlace al otro y la deriva sin rumbo no son sino sus manifestaciones más ostensibles. La liquidación del futuro, la imposibilidad de sostener una espera, la caída de todo reconocimiento posible del semejante, habían erosionado el proceso mismo de recomposición psíquica. Y los esfuerzos colectivos de los últimos años, a partir de las políticas de Estado, no solo en términos económicos sino fundamentalmente educativos, sociales y culturales, propendieron la reparación de estos efectos a partir de mayor igualdad, equidad y ciudadanía, sin que resultasen suficientes para el rescate de las subjetividades largamente excluidas.

Por otra parte, quizás también se trate de identificar nuevas formas de emocionalidad, y en lugar de la queja por la aparente inestabilidad afectiva de las subjetividades en la adolescencia, pesquisar las intensidades (Jameson, 1991) y sentimientos en su carácter flotante y diverso.

III. Entusiasmos, proyectos, itinerarios

Todo tiene ritmo, todo se menea,aunque seas parapléjico tu corazón bombea.[…]
Por eso no hay excusa para el que no menea,
si no tienes cuerpo menea las ideas.
(Calle 13, “Todo se mueve”)

El embate puberal confronta al psiquismo con un real que, apuntalado en las transformaciones biológicas, encuentra todo el territorio psíquico ya ocupado. La sexualidad infantil –sus inscripciones erógenas, sus objetos y sus modalidades de satisfacción parcial y autoerótica– ya han definido los modos dominantes de simbolización y descarga de las pulsiones. Por tanto, no se trata de dos fases de una misma sexualidad concebida evolutivamente, sino de dos sexualidades diferentes: una desgajada de los cuidados precoces, implantada a partir de la pulsación del adulto y caracterizada por excitaciones erógenas que encuentran vías de ligazón y descarga bajo formas parciales, y otra equiparable a la genitalidad, establecida en la pubertad en virtud de los procesos madurativos que posibilitan el ejercicio de la función sexual, no constituyendo una mera reedición del acmé de la sexualidad infantil, sino un modo de recomposición ordenado por la existencia de una primacía de carácter genital (Bleichmar, 1999).

La resolución de las tareas psíquicas que conciernen al (re)hallazgo de objeto y a la articulación de la genitalidad con la sexualidad infantil en la conformación de una escena sexual placentera con el otro se imbrica con las nuevas composiciones que tienen lugar en el entramado identificatorio. La identificación es la operación psíquica fundamental que instituye la subjetividad (Bleichmar, 1994) y corresponde a un eje central para pensar las transformaciones representacionales del psiquismo en la adolescencia. La recomposición del edificio identificatorio concierne tanto a la tópica del yo como a las instancias ideales, deconstruyendo las propuestas originarias y dando lugar al investimiento de nuevas referencias y modelos que podrán enriquecer la vida psíquica.

La trama identificatoria establece las coordenadas del espacio al que el yo puede advenir, territorio en el que se emplaza la historia propia y de las generaciones que lo anteceden. En la dialéctica entre permanencia y cambio, oposición y afirmación, identificación y desidentificación, se sostiene el trabajo de historización del yo. La puesta en historia, en sentido y en relato que el yo efectúa demanda, en la adolescencia, construir(se) un pasado (Aulagnier, 1991). Esta construcción requiere preservar un fondo de memoria que perdure al amparo del olvido, remanente residual de las identificaciones primarias que, inscriptas en la infancia, se mantengan como garantías de permanencia y estabilidad del yo. Sobre esta base será posible inaugurar un cambio, ampliar los referentes identificatorios y sustituir enunciados e ideales a partir de nuevos enlaces objetales. Solamente de este modo el yo estará en condiciones para investir una representación del futuro en la que el yo se proyecte en una multiplicidad de posibles relacionales. La continuidad diacrónica de la existencia y la integración sincrónica de la experiencia subjetiva encuentran aquí su sustrato.

El proyecto identificatorio (Aulagnier, 1994), como autoconstrucción continua del yo por el yo, permite que el sujeto pueda lanzarse en un movimiento temporal que lo pro-yecta en una historia de la que será autor y protagonista, y no solo espectador pasivo de un drama cerrado y completamente escrito por otros. Se condensa en este proyecto una promesa de placer futuro que anima el investimiento erótico de la vida y de los otros.

En este reensamblaje identificatorio cobra particular relevancia la oferta social que propone enunciados, significados, valores e ideales en el marco del contrato narcisista por el que se incluye al sujeto en la dinámica del reconocimiento en el discurso del conjunto. Inicialmente, el contrato narcisista encuentra su portavoz en la instancia parental, posteriormente en el conjunto de relaciones que entretejen el proceso de producción de subjetividad.

Los discursos desubjetivantes que pueblan los dispositivos sociales se despliegan en una doble dirección: sobre el propio sujeto, producen una desidentificación, y en la dimensión del lazo social, instituyen una desafiliación. El resultado de esta operatoria es una creciente alienación de los sujetos en el reconocimiento de sí mismos –tanto en el sentido de sí como en el sentimiento de estima de sí mismos– y un progresivo aislamiento que atenta contra los ligámenes colectivos. Las lógicas excluyentes y segregatorias se fundan en esta fractura del reconocimiento intersubjetivo por la cual la alteridad es expulsada al campo de una otredad radical que no convoca éticamente.

Frente a la experiencia de desfallecimiento, vaciamiento vital por ausencia de deseo referido al porvenir, insatisfacción y sentimiento de soledad puede instalarse una inercia mortificante que domina el modo de posicionarse en el mundo. O bien dar lugar a movimientos de resistencia, transgresión o creación que denuncian los malestares imperantes tanto como intentan colocar en el mundo una marca que haga diferencia. La tendencia antisocial, tal como Winnicott la concibió, puede constituir un mensaje que pretende dar a ver las fallas ambientales tempranas para que el contexto actual las reconozca y repare.

En un esfuerzo por investir el propio pensamiento, el espacio yoico y el futuro, las y los adolescentes dan forma a nuevas formas de identificación y lazo social. La inserción en “pequeñas unidades sociales que contengan el proceso de crecimiento adolescente” (Winnicott, 1990, p. 186) brinda soportes para apuntalar la remodelación identificatoria, sin que el cambio someta a la vivencia de desmantelamiento o a la angustia de des-ser.

Así como podemos hemos descripto un proceso severo de desubjetivación, es posible detectar el surgimiento de modos de recomposición de la relación al semejante que revelan la existencia de reservas simbólicas que deben ser valoradas. La ocupación del espacio público, la apropiación de símbolos y la creación de jergas, la conformación de multiplicidad de experiencias de grupalidad, la participación social y la militancia política, la proliferación de expresiones artísticas y la generación de nuevos códigos estéticos, la hiperconexión y la búsqueda de diversas estrategias de comunicación patentizan los intentos por encauzar la potencia deseante y erótica que no puede ser desperdiciada[7].

En estas manifestaciones de la cultura juvenil puede localizarse un trabajo de resubjetivación y de inscripción en la serie de las generaciones que apunta a la refundación de una ética capaz de empatía y preocupación por el otro como base del rescate intersubjetivo y de la reafiliación en la trama colectiva. De esta manera, se torna visible una infinidad de micropolíticas de resistencia y creación que dan origen a nuevos existenciarios, itinerarios móviles y subjetividades enlazadas en acción.

Estas experiencias adolescentes nos hacen notar los resquicios donde las subjetividades se alojan resistiendo a todo intento de anulación y confinamiento en las significaciones asfixiantes del orden dominante. Se puede situar aquí el distingo, propuesto por Bion, entre “la existencia (la capacidad de existir) y la ambición o la aspiración a llevar una existencia que valga la pena (la calidad de una existencia, no la cantidad; no la extensión de la propia vida, sino la calidad de esa vida)” (1992, p. 247).

El trabajo de revuelta (Kristeva, 2001) supone una retrospectiva crítica de lo instituido, una implicación subjetiva y colectiva que pretende resignificar lo estatuido para ampliar los márgenes de sentido, una resemantización que no aspira a disipar el conflicto entre lo instituyente y lo instituido sino a sostener la tensión como condición de la transformación y producción de novedades. Este proceso de ruptura permite la emergencia de figuraciones plásticas, innovadoras y flexibles que abren a simbolizaciones originales. Tener la experiencia de su propia oportunidad ético-política permitirá a las y los adolescentes inscribir una huella en la trama de su historia. En los resquicios de aquello que el tiempo ha fijado se filtra la potencia emancipatoria de la creación y la liberación de las fuerzas deseantes que anidan en las y los adolescentes, y que como psicoanalistas tan bien conocemos.

 

Referencias

Aristóteles (1999). Retórica. Madrid: Gredos.

Aulagnier, P. (1991). Construir(se) un pasado. Revista de Psicoanálisis de APDEBA, XIII(3): 441-468.

Aulagnier, P. (1994). La violencia de la interpretación. Buenos Aires: Amorrortu.

Bauman, Z. (2006). Vidas desperdiciadas. Buenos Aires: Paidós.

Bion, W. (1992). Seminarios clínicos y cuatro textos. Buenos Aires: Lugar.

Bleichmar, S. (1994). “Las condiciones de la identificación”,
Revista Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados, Nº 21, pp. 201-219.

Bleichmar, S. (1999). “La identidad sexual: entre la sexualidad, el sexo, el género”,
Revista Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados, Nº 25, pp. 29-45.

Bleichmar, S. (2005). Tiempos difíciles. La identificación en la adolescencia. En La subjetividad en riesgo. Buenos Aires: Topía.

Bleichmar, S. (2011). La construcción del sujeto ético. Buenos Aires: Amorrortu.

Foucault, M. (2010). Los anormales. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Freud, S. (1919). Lo ominoso. En J. Strachey (ed.) (1985) Obras Completas de Sigmund Freud, vol. 17. Buenos Aires: Editorial Amorrortu.

Freud, S. (1930). El malestar en la cultura. En J. Strachey (ed.) (1985) Obras Completas de Sigmund Freud, vol. 21. Buenos Aires: Editorial Amorrortu.

Green, A. (1975). La concepción psicoanalítica del afecto. México: Siglo XXI.

Jameson, F. (1991). Ensayos sobre el posmodernismo. Buenos Aires: Imago Mundi.

Kristeva, J. (2001). La revuelta íntima. Buenos Aires: Eudeba.

Laplanche, J. & Pontalis, J-B. (1980). Diccionario de psicoanálisis. Barcelona: Labor.

Winnicott, D. (1990). Realidad y juego. Barcelona: Gedisa.

[1] Licenciado en Psicología. Psicoanalista. Miembro Titular de ASAPPIA. Presidente de la Sociedad Psicoanalítica de Paraná. Profesor de la Universidad de Buenos Aires, Universidad Católica de Santa Fe y Universidad Católica de Santiago del Estero.

facundoblestcher@gmail.com

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ARGENTINA.

[2] Calle 13 es una banda de música urbana portorriqueña, encabezada por René Pérez Joglar (conocido como “Residente”), que ha alcanzado una extraordinaria notoriedad en el continente a partir de su música ecléctica y sus canciones que combinan la crítica con la denuncia satírica sobre las realidades latinoamericanas y de la cultura actual. He seleccionado la referencia a sus canciones por la gran difusión que han alcanzado entre las y los adolescentes de diferentes regiones del país y por considerarla reflejo de sus sensibilidades.

[3]Cf. Blestcher, F.: “Hoy no te mueras, el futuro está llegando” (Panel: “Criminalización de la adolescencia”. VI Congreso de FLAPPSIP, Buenos Aires, 2011).

[4] Cf. Bleichmar, S. (2005). La subjetividad en riesgo. Buenos Aires: Topía; (2006). No me hubiera gustado morir en los 90. Buenos Aires: Alfaguara; (2007). Dolor país y después… Buenos Aires: Ediciones del Zorzal; (2008). Violencia social, violencia escolar. Buenos Aires: Noveduc; (2009). El desmantelamiento de la subjetividad. Estallido del yo. Buenos Aires: Topía.

[5] Las historias de adolescentes en conflicto con la ley penal se hallan impregnadas del dolor y la furia que provocan los dispositivos de exclusión y marginación social, cuyos efectos desubjetivantes no solo arrasan los proyectos de futuro, sino que se cobran también sus vidas a través del gatillo fácil de las fuerzas de seguridad, las violencias institucionales y los consumos tóxicos. Este desmantelamiento de las subjetividades es indisociable de una fractura de la ética que debe sostener el reconocimiento del semejante. Una ilustración ejemplar de esta problemática puede leerse en: Alarcón, C. (2003), Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Vidas de pibes chorros”, Buenos Aires: Verticales de Bolsillo.

[6] “Hasta un cierto umbral el afecto despierta la conciencia, ensancha su campo, ya sea en el placer o el displacer. Traspasado otro umbral, el afecto perturba a la conciencia; se está ‘cegando por la pasión’. Por debajo de cierto umbral la descarga está desprovista de afecto, no siendo este registrado. Más arriba de cierto umbral el afecto sumerge a tal punto la actividad de la conciencia que el sujeto cae en la disolución, a veces en la pérdida de la conciencia” (Green, A. (1975). La concepción psicoanalítica del afecto. México: Siglo XXI, p. 175).

[7] La sugerente descripción de Aristóteles en la Retórica (1999) amplía esta consideración al señalar que los jóvenes son “[…] esperanzados, porque tienen un calor natural, semejante al que sienten los borrachos, además de porque aún no han fracasado muchas veces. La mayor parte de su vida está llena de esperanza, porque la esperanza se refiere al porvenir, y el recuerdo, al pasado, y para los jóvenes el futuro es largo, y el pasado, corto […] y más valerosos, porque son impulsivos y llenos de esperanza: lo primero les quita el miedo, lo segundo les da ánimos […] Todos sus errores son por exceso e impetuosidad, en contra de la máxima de Cilón, ya que todo lo hacen en exceso: aman en exceso, odian en exceso y en todo lo demás es por el estilo” (pp. 180-182).

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