Dificultades en el Trabajo de Historización de la Adolescencia. Intervenciones Posibles

Marcela L. Marsenac[1]

Resumen

Los trabajos psíquicos que se realizan en la adolescencia (duelos y recambio identificatorio) se apoyan en la posibilidad de historización. Sobre la base de esta construcción de la propia historia el adolescente puede anclar sus identificaciones como joven y proyectarse.

Este trabajo de historización puede realizarse si ha sido posible el descubrimiento de la historicidad, que se da en la relación madre-niño.

En su función, el analista trabaja este descubrimiento o re-descubrimiento de la historicidad, como apoyatura a la estructuración de la subjetividad juvenil.

En fragmentos de una cura se proponen modos de intervención que promueven la historización y que podemos definir como construcciones y simbolizaciones de transición.

Palabras clave: adolescencia, historización, historicidad, simbolizaciones de transición, neogénesis.

I.- Introducción

La palabra adolescencia, deriva de la raíz latina “adolesco”, que significa “crecer, ir en aumento” y también “humear, arder”. Esta etimología se diferencia de la alusión al adolescente como sujeto no completo, falto de madurez, o en carencia, con el que por mucho tiempo se ha significado culturalmente la adolescencia y al adolescente.

Tal vez estas significaciones asignadas a la adolescencia en la modernidad, han tenido que ver con lo que los adolescentes demandan y producen en los otros, especialmente en las generaciones que les anteceden.

Los jóvenes han tenido siempre en la historia el lugar de promover lo nuevo y revolucionario y la función de cuestionamiento y cambio. Levi, G. y Schmitt, J. (1996) plantean que la juventud es una construcción social y cultural, a la que se le ha asignado siempre la característica de “liminalidad”, como un estado provisional.

Este estado provisional comienza con la emergencia pulsional y la angustia ante la pérdida y el cambio, que conlleva un profundo trabajo psíquico de redefinición de metas e ideales, de reorganización de las identificaciones y búsqueda de objeto exogámico.

Nos dice S. Freud (1905) que la segunda oleada de la sexualidad pone al sujeto en un trabajo de reorganización interna para dar posibilidad a la satisfacción de la apertura de la genitalidad. La pubertad, a partir de los cambios hormonales y la transformación del esquema corporal, abre paso a importantes modificaciones en la estructura subjetiva. Los procesos psíquicos concomitantes a los cambios biológicos no pueden entenderse desde un supuesto modelo de normalidad evolutiva, sino desde posiciones psíquicas lógicamente anteriores a la tramitación de otras. Cada nuevo suceso resignifica la historia subjetivamente inscripta.

Winnicott (1971) muestra que en la pubertad se actualizan los mismos conflictos que se dieron en los primeros tiempos de la constitución subjetiva. Señala, como elemento fundamental del crecimiento, la activación de fantasías inconscientes de muerte. Crecer implica, simbólicamente, tomar el lugar de los adultos y esto conlleva la fantasía de dar muerte al padre. El crecimiento pone en juego la agresión. El adolescente se confronta y es necesario que el ambiente familiar sostenga esta confrontación.

Hay un elemento importante a tener en cuenta en este proceso, que es el desarrollo de la ambivalencia, no solo en el sujeto adolescente, sino en su entorno familiar. Permanente confrontación y dualidad, con lo perdido: la infancia, el cuerpo infantil, el lugar de niño objeto de protección paterna, los ideales de los padres, los padres ideales, el yo ideal.

Estas pérdidas remiten a los enigmas fundamentales de todo sujeto, muerte y sexualidad, para los cuales ya no sirven o no son suficientes las significaciones anteriores. La pérdida de la imagen infantil amenaza con sensaciones de resquebrajamiento y produce necesidad imperiosa de la búsqueda de una nueva imagen. La agresividad que se pone en juego trabaja para diferenciar esa imagen de la del niño que fue y de la de los otros familiares.

En la actualidad el adulto ya no actúa como soporte, como sostén de la confrontación y favorecedor del pasaje a la adultez. Los modelos de autoridad se han modificado y los adolescentes se encuentran con menor contención familiar que en otros momentos.

El debilitamiento de la función paterna lleva a que las confrontaciones de los adolescentes con los padres se hayan debilitado, que no existan prácticamente, o aparezcan como desbordes de agresividad, convertida en violencia, dirigida hacia el otro o hacia sí mismo.

Por otro lado las valoraciones respecto a la madurez y a la juventud han cambiado. Hay otra percepción del devenir temporal: hipervaloración del presente y de la juventud.

Este proceso de distanciamiento de las figuras parentales y reorganización de identificaciones que encaminan al joven a estructurar una identidad adulta es un proceso temporal, se da en el tiempo, que no es unívoco para cada adolescente, y es un proceso de trabajo sobre el tiempo, de historización, para aceptar las pérdidas, y el destino mortal de todo sujeto humano, a la vez que se reafirma la continuidad de sí mismo en el presente, pensando y preparándose para el futuro.

Es pertinente entonces preguntarnos:

¿Cómo percibe y valoriza el paso del tiempo, los duelos y el devenir nuestro entorno cultural?

¿Cómo incide la concepción actual de la hipervaloración del presente y de la juventud en los trabajos que el adolescente tiene que hacer en relación al paso del tiempo, trabajo de duelo, aceptación de la muerte, aceptación del paso del tiempo?

II.- Trabajo de duelo

En esta época histórica crecer, perder la niñez, hacer duelo, no está valorado y favorecido como trabajo subjetivo. La sociedad global valora el tener, que está del lado del éxito. El perder es el fracaso.

¿Qué incidencia puede tener esto en estructuras psíquicas en las cuáles hay condiciones deficitarias en la constitución narcisista?

¿Ayuda a evitar el reconocimiento y la aceptación del paso del tiempo?

¿Profundiza dificultades en la posibilidad de “historizarse”?

Nos encontramos en la actualidad con muchos adolescentes para los cuáles la elaboración del paso del tiempo, del duelo, de la aceptación de las pérdidas, es una tarea interminable, que lleva muchos años, con marchas y contramarchas.

Con la emergencia de la sexualidad, la necesidad de distanciamiento de lo familiar, que lleva a la salida exogámica y la búsqueda de ideales propios, la estructuración psíquica se pone en juego. Los problemas no resueltos en la niñez se presentan acuciantes, generando dificultades que detienen, obstaculizan, inmovilizan las posibilidades de elecciones. En algunos casos aparece la falla en la estructuración del narcisismo, provocando el colapso de la estabilidad que se mantenía por la apoyatura en las figuras familiares.

Veamos en una historia particular cómo se presentaron estas dificultades y las posibilidades de intervención analítica en estas situaciones.

Viñeta

Primera etapa del tratamiento:

En el momento en que comenzaron sus primeras experiencias en el trabajo de elección de objeto exogámico, Patricia tuvo una crisis, con hiperexcitación, ansiedad, fenómenos alucinatorios. Se encontraba muy angustiada. No quería salir. Abandonó la escuela. Inició un tratamiento combinado, psicológico y psiquiátrico. Después de unos meses los padres consideran conveniente cambiar de profesionales. Patricia se niega a continuar ese tratamiento.

Es hija adoptiva desde sus primeros meses de vida. Tiene un hermano adoptivo, dos años mayor que ella.

Podemos describirla como una joven muy inestable emocionalmente, con cambios bruscos de humor. Siempre dice que está angustiada, sin poder determinar las causas de su angustia. Se desvaloriza permanentemente. Por momentos presenta preocupaciones por su cuerpo, en relación a su imagen, con períodos de dieta. Por períodos consume drogas durante los fines de semana. Presenta habituales sentimientos de desvalimiento y futilidad, que hacen suponer fragilidad yoica. En sus vínculos tiende a fusionarse, con presencia de gran ambivalencia.

En el primer tiempo de tratamiento, en la transferencia aparecía la confianza y la necesidad de fusionarse. Contratransferencialmente sentía que me ponía en el lugar de la madre que la rescataba. Su evolución fue buena, mejoró rápidamente. Mis intervenciones eran aceptadas (“hacía suyas mis palabras”), excepto cuando algo de lo que yo decía hacía referencia a su pasado. Su desconfianza y sentimientos paranoides estaban puestos en la psiquiatra y en la medicación, en ese primer tramo del tratamiento. La salida al acto en ese momento, fue el progresivo abandono de la medicación.

La respuesta a mis intervenciones relacionadas con su historia, tenían el carácter de un rechazo. Decía: “lo que me pasa no tiene nada que ver con que sea hija adoptiva. No tengo ningún problema con eso. Nunca pensé nada en relación a mi madre”. Decía no haber tenido nunca curiosidad o deseo de saber quiénes eran sus padres. Había en ella un rechazo sistemático a la historia y al pasado, que mostraba la imposibilidad de situarse en coordenadas temporo-espaciales que la remitieran a su historia.

Concomitantemente, se manifestaban perturbaciones permanentes en el manejo del tiempo. Hacía esperar a todo el mundo; nunca podía cumplir los horarios. Tenía dificultad en administrar sus actividades. No quería crecer. De niña tenía miedo y angustia en relación a pensar su crecimiento.

El rechazo a las interpretaciones que la enlazaran a la historia, que retomaran la historia de los traumatismos que podemos suponer que actuaron en sus orígenes como sujeto, tenían, por un lado, el efecto de dejarla seguir viviendo fuera de las coordenadas del tiempo y, por otro, la agresividad puesta en juego en el vínculo analítico, que le permitían una descarga y el efecto inmovilizador de la analista en la transferencia.

En la contratransferencia los sentimientos predominantes eran de impotencia y frustración, que me permitieron intervenir trabajando sus sentimientos de desvalorización.

Aparecía la ambivalencia en la transferencia, comenzó a faltar y llegar sistemáticamente tarde a las sesiones. Esta era la vía de expresión de su desvalorización/odio.

¿Cómo enlazar o significar este odio en la transferencia cuando no puede remitirse al pasado, cuándo todo lo que refiere a su primer abandono por parte de su madre no tiene contenido psíquico o es desmentido?

Hodara y M. Cóccaro (2000) plantean el trabajo en transferencia a partir de pensar la sesión psicoanalítica como una escena, donde se ponen en juego vivencias, afectos desligados que inundan con su actualidad (en dos sentidos, en el sentido de acto, y en el sentido temporal presente) la sesión. No tienen representación, no están simbolizados y el primer trabajo del analista es dar ligadura, figuración a estos afectos, nombrando en primera persona aquello que está presentándose como vivencia.

Modos de la intervención: puesta en juego de una escena actual con la analista, donde lo que podría interpretarse como histórico, se interpreta, nombra, explicita, como actual, en la escena transferencial. “Soy yo (analista) que te abandono, no te atiendo lo suficiente, no te entiendo, no te interpreto bien.” Esta asunción por parte de la analista, de la transferencia, hace posible que la paciente pueda aceptar vivir en el vínculo analítico una experiencia diferente, reconocer el cuidado y el sostén. A partir de allí disminuyó la desconfianza y la ambivalencia, y se modificaron en parte las relaciones con su entorno.

Esto fue permitiendo progresos y el deseo de Patricia de permanecer en este espacio, el intento de adueñarse, de empezar a buscar sentidos a sus conductas y recuperar algo de su historia.

La salida al acto puso fin a esta etapa del tratamiento. Decía que se sentía bien. El malestar estaba puesto en el vínculo con las figuras parentales. En un movimiento de pseudo-autonomización, se va a vivir con el novio.

Segunda etapa del tratamiento:

Al cabo de 2 años, Patricia retoma el tratamiento luego de una segunda crisis, de menor gravedad que la anterior. Nuevamente, hiperexcitación y angustia en relación a pensamientos autoagresivos (piensa en “cortarse”), luego de una desilusión amorosa. Reiniciamos un trabajo en el que progresivamente va mejorando, estabilizando sus vínculos, logrando establecer relaciones amorosas más duraderas.

Las intervenciones habituales en el comienzo de esta segunda etapa del tratamiento con esta paciente eran preguntas, señalamientos que apuntaban a diferenciarla del sentimiento y accionar de los demás, en el intento de poder armar un núcleo identitario propio, diferenciándola tanto del hermano, como del novio (etapa de gran consumo de drogas, como el hermano en su momento, como el novio en la actualidad).

Reaparece su dificultad en relación al devenir temporal, cuando se plantea la elección de alguna carrera para poder tener un recurso futuro de subsistencia. Se manifiesta la resistencia con las llegadas tardes a sesión, como expresión de aquello que no puede asumir; pensar su pasado o pensar en el futuro.

 

III. Perder- hacer duelo- recuperar

Aulagnier (1989) plantea que el adolescente, para realizar las tareas de construcción de su identidad juvenil, tiene que construirse un relato de su pasado. Forjarse un pasado es armar un basamento, dónde encontrar el anclaje para autodefinirse.

Aceptar el paso del tiempo, poder perder la niñez, implica poder recuperar la historia, historizar.

La posibilidad de historizar se funda en el descubrimiento de la historicidad. L. Schacht (1977) dice que este descubrimiento de la historicidad se constituye en el juego de recuerdos compartidos entre el niño y su madre. Plantea que tiene que haber otro, que posibilite la experiencia del recuerdo compartido y comunicado.

Las dificultades de Patricia para enlazarse a sus orígenes y recuperar su historia no tienen posibilidad de transformación a partir de interpretaciones dirigidas a hacer conciente lo inconsciente.

La intervención terapéutica en este momento consiste en hilar sistemáticamente la historia de su tratamiento conmigo, historizar la cura.

Con el aporte de intervenciones simbolizantes se intenta aportar ligadura representacional a los elementos traumáticos de su historia de origen.

Bleichmar (2004) habla de “simbolizaciones de transición”:

cuyo sentido es posibilitar un nexo para la captura de los restos de lo real, y que tiene por sentido permitir la apropiación de un fragmento representacional que no puede ser aprehendido por medio de la libre asociación, cuya significación escapa e insiste en muchos casos de modo compulsivo, y que a diferencia de la construcción – aún cuando en el límite mismo opere la teoría- se caracterizan por el empleo de auto-transplantes psíquicos, vale decir de la implantación de contextos que han sido relatados o conocidos en el interior del proceso de la cura pero que no han sido aún relacionados con el elemento emergente”. (S. Bleichmar, op. cit., pág. 4)

Patricia comienza a poder hacer enunciados de su historia, otorgar significaciones a lo que ha vivido, convertir las vivencias en experiencias. La historia del abandono previo a la adopción sigue siendo un elemento mudo, vacío, pero puede empezar a hablar del momento en que la adoptan, de su madrina, que es la persona que medió en la adopción, porque conectó a sus padres con la institución en donde ella se hallaba.

A partir de allí, empieza a recuperar momentos de su historia, aparece en el análisis la figura de su tío paterno, y de la historia familiar, historia que la traslada al lugar donde se instalaron recuerdos agradables con la familia ampliada y le permite encontrar otras figuras y otras significaciones para establecer nuevas identificaciones y poder elegir qué va a estudiar.

No pensamos este trabajo de historización como un relato del yo. S. Bleichmar (2005), plantea que el trabajo del análisis es la deconstrucción de aquellos significados que generaron identificaciones que producen sufrimiento y síntomas en el sujeto. La construcción de la historia la podemos pensar como las recomposiciones y nuevas constelaciones simbólicas que pueden dar un significado diferente a lo vivido. En ese sentido podemos hablar de neogénesis. Dice:

“Desde esta perspectiva, el proceso de la cura puede ser concebido como espacio privilegiado de la resimbolización. Lugar de re-engendramiento a partir de que lo traumático no es lo vivido en general sino aquello que no pudo encontrar, en el momento de su inscripción y fijación, de su caída en el aparato, posibilidades metabólicas de simbolización productiva.” (S. Bleichmar, op. cit., pág. 97).

La posibilidad de una resimbolización aparece en el espacio de placer en el que se instaló una imagen valorada o agradable de sí mismo, en relación a los otros, con los otros, (el yo en el entorno de seguridad que aportan las figuras familiares de la niñez). En el caso de Patricia la familia ampliada aporta una imagen, una “figura” para anclar: el tío, la casa familiar en el pueblo, aquel lugar de la niñez, que aportaba una imagen de sí misma por fuera del fracaso escolar, y las críticas del padre respecto de sus malas relaciones amistosas. Imagen ampliada de familia, el padre y sus hermanos.

IV.- Conclusión

En el proceso de transformaciones subjetivas de la adolescencia, los duelos que deben tramitarse y el recambio identificatorio, se apoyan en un trabajo de historización que implica la búsqueda, en la historia pasada, de elementos basales en el entretejido narcisista que permitan y favorezcan la estructuración de la imagen propia como joven y las elecciones futuras.

Nos encontramos en la actualidad con muchos adolescentes que tienen imposibilitado este trabajo de historización.

En los casos en que se presentaron fallas en la estructuración narcisista lograda en la infancia, ante la segunda oleada de la sexualidad y las exigencias de autonomización, se producen crisis que desestabilizan el aparato psíquico.

El proceso de salida exogámica y generación del proyecto propio tiene en estos adolescentes otras dificultades y otros tiempos, los progresos son lentos, con marchas y contramarchas.

Los elementos de intervención del analista en estas circunstancias son preferentemente la construcción y la intervención simbolizante, que permiten realizar un trabajo de neogénesis.

El trabajo de armar historia, depende del descubrimiento de la historicidad que se logra en el seno de una relación, de una experiencia compartida.

Si esa historia no ha podido crearse, si hay una desmentida de la misma, con patología de la memoria y vacío o desinvestidura, consideramos que es necesario crear en el trabajo analítico, entre analista y paciente una historia, una memoria que genere ese recordar compartido, que abra paso a la historicidad.

Referencias

Aulagnier, P. (1989). Construir(se) un pasado. Revista Psicoanálisis de APdeBA, XIII (3): 1991.

Bleichmar, S. (2000). Clínica psicoanalítica y neogénesis. Buenos Aires: Editorial Amorrortu.

Bleichmar, S. (2004). “Simbolizaciones de transición: Una clínica abierta a lo real” en Docta. Año 2 De intérpretes, oráculos y traductores: La interpretación en psicoanálisis. Córdoba: Ediciones de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba.

Bleichmar, S. (2005). La subjetividad en riesgo. Buenos Aires: Editorial Topía.

Freud, S. (1905).Tres ensayos de teoría sexual, En J. Strachey (ed.) (1985) Obras Completas de Sigmund Freud, vol. 7. Buenos Aires: Editorial Amorrortu.

Freud, S. (1914). Introducción del narcisismo. En J. Strachey (ed.) (1985) Obras Completas de Sigmund Freud, vol. 14. Buenos Aires: Editorial Amorrortu.

Freud, S. (1917). Duelo y melancolía. En J. Strachey (ed.) (1985) Obras Completas de Sigmund Freud, vol. 14. Buenos Aires: Editorial Amorrortu.

Frued, S. (1923). El yo y el ello. En J. Strachey (ed.) (1985) Obras Completas de Sigmund Freud, vol. 19. Buenos Aires: Editorial Amorrortu.

Hodara S. y Cóccaro, M. (2000). El desafío de la vivencia en la sesión psicoanalítica. Buenos Aires: Editorial Lugar.

Levi, G. y Schmitt, J. (1996). Historia de los jóvenes. Madrid: Editorial Taurus.

Schacht, L. (1977). “El descubrimiento de la historicidad” en Nouvelle Revue de Psychanalyse, Memoires, 15. París: Editorial Gallimard.

Winnicott, D. (1971/1982). Realidad y juego. (Segunda edición). Barcelona: Editorial Gedisa.

[1]Lic. en psicología, psicoanalista, especialista en niños y adolescentes, secretaria científica de Asappia, docente del posgrado de psicoanálisis de la infancia y la adolescencia de Asappia, integrante del área de Infancia de Asappia y del centro asistencial M. Knobel, docente universitaria, Buenos Aires, Argentina. marcelamarsenac@yahoo.com.ar

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