De esto sí de debe hablar: Condiciones personales de un psicoterapeuta psicoanalítico en el trabajo con adolescentes

 [1]

Florencia Chabalgoity[2]

Resumen

¿Cuáles son las condiciones personales del Psicoterapeuta? El Psicoterapeuta siendo cálido no se confunde con un amigo, y a la vez que aporta escucha y palabra al sufrimiento, acompaña y ayuda al paciente a que se adueñe activamente de su sentir y su pensar. Un terapeuta empático habilita un verdadero encuentro, que favorece la instauración de un acontecimiento inaugural y, por ende, de nuevas marcas. Un vínculo (psicoterapéutico) en el que se pueda inscribir y no solamente resignificar, presentándose como objeto de transferencia, como instrumento de trabajo pero también como sujeto persona. ¿Qué específico de lo anteriormente esbozado no podría faltar en el trabajo con adolescentes? Especial disponibilidad afectiva del terapeuta, saber moverse entre los márgenes de la desconfianza del adolescente y de la necesidad de reiteradas pruebas de confidencialidad de parte del terapeuta. Un terapeuta que desde la confianza, constancia y predecibilidad habilite el despliegue de la capacidad para estar a solas, asegurando al adolescente su presencia continua y confiable alejada de la intrusión y el avasallamiento. Un terapeuta que, sin lugar a dudas, tolere la espera, el misterio y el desconocimiento. El adolescente nos obliga a ser creativos, flexibles, permeables, con una gran capacidad de juego e improvisación.

Palabras clave: Condiciones personales – empatía – disponibilidad – confianza – psicoterapia – adolescentes

Al escribir este trabajo vino en mí el recuerdo de un artículo recomendado a los inicios del Postgrado, nominado “De eso no se habla: Las condiciones personales del Psicoterapeuta”. (Pomenariec N, 2006) Las generaciones de colegas que nos antecedían en formación y experiencia, nos invitaban a pensar al respecto, y nosotros un poco más jóvenes, a lo que en la actividad profesional se refiere, nos identificábamos con estos planteos que ya no sentíamos como “jugados” (al decir de aquellos) sino que veníamos formando y ejerciendo desde ahí.

Desde ya hace un tiempo, solíamos escuchar en congresos y jornadas frases tales como: “Hace varios años se nos hubiera dicho que esto no es psicoanálisis”, “¡Mirá si en supervisión íbamos a plantear esto!”, etc.

Se aludía a la posibilidad de posicionarnos desde un lugar más fresco y espontáneo en nuestro ejercicio psicoterapéutico donde la neutralidad y abstinencia se mantenían como pilares pero nutridos de un condimento fundamental como la empatía. Ya nadie duda de ello pero, ¿por el solo hecho de ser Psicoterapeutas somos empáticos?, ¿se aprende en libros o en seminarios?, ¿dónde se compra esta cualidad, se vende, se importa? o por el contrario, ¿se siente, se vive y se encarna día a día en uno como persona?

Pareciera que todos sabemos de su importancia pero ¿acaso la empatía no se colorea también de la calidez y de la humildad?, ¿por qué no pensar que el encuentro y vínculo psicoterapéutico también se pueden ver teñidos de la simpatía y del humor sin dejar de estar encuadrados en una situación analítica?

“Escuchar, comprender y comunicar desde una perspectiva empática podría constituir esa “aptitud ideal’ que se pone en juego en la clínica y que nos permite estar, más allá de nuestra real ubicación espacial, no enfrentados al paciente ni tras él, no fusionados ni confundidos con él, sino en la intimidad homoespacial, que nos posibilite reconstruir en nosotros su ecosistema emocional sin dejar de ser nosotros mismos, ni perder operatividad.” (Pomeraniec, 2006)

El Psicoterapeuta no por ser cálido se confunde con un amigo, y a la vez que aporta escucha y palabra al sufrimiento, acompaña y ayuda al paciente a que se adueñe activamente de su sentir y su pensar. Teniendo siempre presente la “necesidad de no desalojar al paciente de la posición de intérprete privilegiado de sus propias producciones” (Bleichmar, 1997). Al decir de Hugo Bleichmar “Se trata que el terapeuta no usurpe funciones, ayude pero no reemplace”… “Un buen análisis crea epistemólogos, o sea sujetos que revisan su visión del mundo preguntándose: ¿por qué pienso y siento de esta manera?” (ib, pp 193)

En consonancia, este mismo autor plantea la importancia de promover en el paciente el desarrollo de la capacidad de autoanálisis “que le permite comprender los movimientos afectivos que determinan su vida….. captar la forma en que en el psiquismo se van sucediendo los estados emocionales y cómo unos promueven a otros…” Refuerza aún más su idea manifestando que “el autoanálisis debe ser un objetivo explícito del contrato analítico, parte de la regla fundamental a transmitir al paciente.”(ib, pp. 138 y 158)

Desde sus desarrollos, alude a una especial posición emocional del terapeuta y nos advierte que no solo basta con la empatía sino que también requiere “que el terapeuta pueda desplegar ciertos estados emocionales que abrirán el campo para que éstos puedan emerger en el paciente.” Menciona concretamente, estados de ternura, de excitación y placer por el encuentro. Así como también esboza que: “Solo la emocionalidad del terapeuta podrá aportar algo que vaya más allá del valor semántico de las palabras.” (ib, pp 195-196)

¿Acaso el psicoterapeuta no debería disponerse siempre a comprender los estados afectivos que le genera el encuentro con el paciente? ¿Qué resuena en su propia historia y en su propio narcisismo?

Hablar de intersubjetividad condensa muchas cosas pero sin lugar a dudas, nos habla de encuentro, de vínculo, de azar, de desorden, de intercambio, de cambio y devenir.

Somos en relación al vínculo con los otros y nos constituimos a punto de partida de ellos. Somos también en acción y en contexto.

Desde esta postura teórica, el abordaje clínico se ve influenciado, invitando a la implementación de estrategias psicoterapéuticas diseñadas de acuerdo a la singularidad de cada situación, encuentro y momento. Para ello se tornan condimentos básicos la apertura, la permeabilidad y la sensibilidad del terapeuta. Como venía diciendo, un terapeuta empático que habilite un verdadero encuentro, que favorezca en acción la instauración de un acontecimiento inaugural y por ende de nuevas marcas.

Un vínculo (psicoterapéutico) en el que se pueda inscribir y no solamente resignificar. Un terapeuta que se presenta como objeto de transferencia, como instrumento de trabajo pero también como sujeto persona.

“ ¿en qué radica el poder de la interpretación para producir el cambio? ¿Es por la verdad intelectual que implica, o ésta se debe apoyar en algún otro elemento que le preste fuerza decisiva? ….una interpretación que no tenga verdad afectiva es inútil desde la perspectiva del cambio psicoterapéutico…..verdad afectiva …aquello que es sentido como verdad en base a la repercusión emocional que posee para el sujeto, porque es cargado libidinalmente, porque gratifica deseos que le son importantes. “ (Bleichmar H, 1997 p 196)

Tal posicionamiento analítico demanda un terapeuta ético, auténtico y solvente que no se esconda detrás la teoría favoreciendo la intelectualización y alejamiento del paciente.

Se vuelve imprescindible medir la temperatura transferencial en cada encuentro, así como también valorar la pertinencia de las intervenciones terapéuticas ya que las mismas producen efectos estructurantes en el paciente y porque no también decirlo, en el psicoterapeuta.

Todo esto desde una actitud de contención y ensoñación en un medio analítico no solamente facilitador sino también proveedor “que aporte lo que sin él no existe” (Bleichmar, 1997 p. 128). Cada uno de estos pequeños pero grandes “detalles” estará en relación con la modulación afectiva del terapeuta y del paciente.

¿Qué específico de lo anteriormente esbozado no podría faltar en el trabajo con adolescentes? ¿Cuales condiciones personales tendrían que formar parte del capital humano del psicoterapeuta? Pues bien, intentaré esbozar algunas.

Un Psicoterapeuta que más que nunca en esta etapa, se preste transitoria y temporalmente a jugar ciertos roles que le son asignados por el adolescente, ofreciéndose como referente dentro del “abanico de modelos identificatorios”. Se torna necesario un referente adulto que, alejado de la confusión, mimetización y “desinvestido de la actitud parental moralizante”, ayude a realizar la transición adolescente, ofreciendo al espacio analítico como lugar de resguardo.

Que el joven pueda “disponer en exclusividad de un vínculo privilegiado con un sujeto de otra generación, que está dispuesto a apuntalarlo y acompañarlo en el trayecto de la transición…. Disponibilidad psíquica que está en condiciones de ofertar este adulto….” (Cao M, 2009)

Trae aparejado una especial disponibilidad afectiva del terapeuta que auspicie el establecimiento de una alianza de trabajo. También es importante saber moverse entre los márgenes de la desconfianza del adolescente y de la necesidad de reiteradas pruebas de confidencialidad de parte del terapeuta.

Nos encontramos ante un paciente que no tolera la falta de autenticidad ni las falsas soluciones, abanderado de originalidad y necesitado de sentirse fiel asimismo en momentos de tanta turbulencia (desequilibrios narcisistas, remodelaciones identificatorias, urgencias vinculatorias).

Estar disponibles para que puedan “’acribillarnos’’ con su humor ácido y ocurrente sin abdicar a nuestra identidad analítica.

Un vínculo caracterizado por el encuentro y la confrontación, por movimientos de acercamiento y separación. Un espacio privilegiado para el despliegue de procesos de subjetivación, de transformación y de apertura de pensamiento.

Un terapeuta profesional y humanamente activo, observador y curioso. Atento a esos actos que no necesariamente se deberían conceptualizar como acting out sino como auténticas acciones comunicativas que con llevan un movimiento progresivo del acto al pensamiento. “Nuestra hipótesis es que esta acción es una de las maneras por la cual el sujeto busca impactar en el estado anímico receptivo del analista que está abierto a y es capaz de recibirlas…. Postulamos que el papel de la acción comunicativa es estimular, poner en juego la capacidad de reverie y la consiguiente función alfa del analista…” (Barugel y Mantykow, 2001)

Un terapeuta que desde la confianza, constancia y predecibilidad habilite el despliegue de la capacidad para estar a solas, asegurando al adolescente su presencia continua y confiable alejada de la intrusión y el avasallamiento. Acompañando y sosteniendo sin agresión, participando interesada y activamente de la intimidad de su mundo, hablando de cosas que pueden parecer banales y/o superficiales pero que son la vía de entrada. Ayudándolo a construir sus espacios de privacidad e intimidad. Permitiéndoles compartir sueños, ilusiones y desilusiones, amores y traiciones. Reírse con ellos de anécdotas y experiencias que hablan también de su capacidad de disfrute. Dejarse “contagiar” por sus ocurrencias y “locuras” sin otorgar significaciones prematuras, sin adelantarse, en un verdadero ejercicio de espera calma y paciente. Hacerse “cómplices” de sus fantasías, angustias y anhelos sin abdicar a nuestra escucha analítica.

Posibilitarle el ensayo de construcción de castillos en el aire pero edificados en nuestra compañía.

Estar dispuesto a atravesar períodos de tratamiento en que nos veamos jaqueados por su indiferencia y aire sobrador, por sus desplantes y cambios de humor. Otros períodos, donde al contrario, nos abren las puertas y nos instan a preguntarles: “tengo buenas noticias”, “no sabés lo que me pasó”, “estaba esperando para contarte”.

Un terapeuta que, sin lugar a dudas, tolere la espera, el misterio y el desconocimiento.

El adolescente, más que nunca, nos obliga a ser creativos, flexibles, permeables, con una gran capacidad de juego e improvisación. Nos insta a nunca dejar de sorprendernos, a introducirnos de lleno en su manera de hablar, de gesticular e interactuar. A empaparnos de las nuevas tecnologías y “cumplir” con los deberes que nos mandan de buscar información en internet. Demandan un terapeuta que tenga “boliche[3]” pero que no se la crea, que por momentos se la juegue de “pancho[4]” y permita que se lo “descanse[5]”. Se torna imprescindible saber de fútbol, de moda, de grupos musicales, de lugares de baile, de encuentro y de previa. Permitir que a veces den por obvio que uno ya conoce algo o que se nos descalifique por no saberlo. Tolerancia a sesiones “apáticas y aburridas”, a sus silencios, y a reiterados ataques al encuadre.

Pues bien, una variedad de condiciones personales y profesionales que debería de haber en toda cartera y bolsillo de un Psicoterapeuta Psicoanalítico que trabaje con adolescentes.

Para finalizar unas palabras de Cao: “..el trabajo analítico con adolescentes para ser efectivo además de señalar, interpretar y construir deberá contar con la posibilidad de apuntalar y acompañar….esta aptitud se despliega cuando mediante un acercamiento guiado y sostenido por la empatía podemos sintonizar nuestro pensar, sentir y accionar con el momento vital en el que el joven se encuentra embarcado. Una vez allí nos colocaremos a la par sin interferir en la velocidad que tome su desarrollo madurativo ni en los tiempos que midan su capacidad de metabolización Esta facultad resulta crucial para evitar una intrusión desequilibrante por parte de un adulto poseedor de experiencias y conocimientos idóneos para poder operar en la realidad de su crisis.” (Cao M, 2013)

Referencias

Barugel, N. y Mantykow de Sola, B. (2001) La acción comunicativa en el tratamiento con adolescentes. APDEBA, 33 (2): 313-327.

Bleichmar, H. (1997). Lo reprimido, lo no constituido y la desactivación sectorial del inconsciente: intervenciones terapéuticas diferenciadas. En H. Bleichmar,  Avances en psicoterapia psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas. Barcelona: Paidós.

Bleichmar, H. (1997).  El Tratamiento: ampliación de la conciencia, modificación del inconsciente. En H. Bleichmar,  Avances en psicoterapia psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas. Barcelona: Paidós.

Cao, M. (2009). La condición adolescente. En M. Cao, La condición adolescente. Replanteo intersubjetivo para una psicoterapia psicoanalítica. Buenos Aires: Windú.

Cao, M. (2013). Sexto sentido. En M. Cao, Desaventuras de la autoestima adolescente. Buenos Aires: Windú.

Nin, A. (2004) Algunas peculiaridades en el tratamiento psicoanalítico de pacientes adolescentes. Revista Uruguaya de Psicoanálisis. 99: 153-168.

Pomeraniec, N. (2006) “De eso no se habla”: Las condiciones personales del psicoterapeuta. Revista de Psicoterapia Psicoanalítica, VII: 2.


 

[1]  Trabajo presentado en CURSO DE EQUIPARACIÓN (2014) INSTITUTO UNIVERSITARIO DE POSTGRADO DE AUDEPP (IUPA)

[2] Lic. en Psicología. Especialista en Psicoterapia Psicoanalítica (IUPA), miembro  asociado de AUDEPP e integrante del Área de las Adolescencias de AUDEPP. Docente de talleres  del Módulo Especialidades Clínicas, Sub módulo Adolescentes del IUPA. Extensa experiencia  en el ámbito educativo; actualmente intervenciones con grupos de adolescentes a nivel institucional, talleres con padres y jornadas con docentes.   Email: fchabal@adinet.com.uy, Montevideo

[3] En la jerga adolescente tener experiencia

[4] En la jerga adolescente tonto

[5] En la jerga adolescente burlarse desmedidamente y de manera reiterada e irónica de otra persona.

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