¿Cómo es Pensar en Procesos de Subjetivación y no en Sujeto?

Verónica Zevallos D’Brot[1]

Resumen

La pregunta me convoca a pensar en la vigencia de la práctica del psicoanálisis en la consulta individual, tradicionalmente centrada en las vivencias intrapsíquicas y en las representaciones internas, que se estructuran en las primeras etapas de vida, que son los años en los que se constituye el individuo, luego de los cuales el sentido de sus experiencias están ligadas por los acontecimientos que se presentaron en sus relaciones familiares. Desde que Freud plantea la concepción del complejo de Edipo, la familia se constituye como el espacio de construcción de la subjetividad responsable de la formación psíquica de cada uno de sus miembros. Los conflictos que luego se presentan en la vida se explican desde la historia de los vínculos con los padres, que son formas de relación que se continúan en los nuevos personajes del mundo social sobre los que se reeditan los conflictos inconscientes.

Palabras clave: Subjetividad – intrapsíquico – complejo de Edipo – identificación, vínculo.

Es habitual escuchar en las sesiones referencias de los propios pacientes sobre las identificaciones con alguna de sus figuras parentales y, a través de estas identificaciones, establecer relaciones de causa-efecto, como una manera de comprender las razones de sus padecimientos. De este modo, el terapeuta busca disminuir la ansiedad que genera a los pacientes el desconocimiento de un futuro incierto del cual no existen modelos construidos.

El descubrimiento del inconsciente significó para Freud darle un lugar al sujeto nuevo que este no tenía en la teoría de la racionalidad ni en el positivismo. Tal pensamiento, que cuestionaba los presupuestos aceptados por la ciencia de su tiempo, tenía como punto de partida la idea de que el sujeto era efecto de relación con su mundo interno con sus representaciones. Posteriormente, Freud avanzando en su teoría del sujeto, afirmaba que el aparato psíquico se constituía en la relación con el otro.

En el vínculo de pareja, la imposición de creencias predeterminadas, las cuales obran como impresiones que tiene cada uno sobre el otro, produce como efecto en la relación de pareja impedir las posibilidades de vincularse apelando a probar un encuentro desde el “entre” ellos dos. Del mismo modo, obstaculiza la resolución de sus problemas, al ubicarse como dos individualidades impotentes y heridas narcisísticamente, que se atribuyen la culpa mutuamente de su malestar. Desde sus posiciones identitarias de sujeto, no pueden construir un vínculo; pretenderlo es una paradoja, debido a que vincularse supone dar lugar al otro, acoger sus diferencias y su multiplicidad. Esto último no admite arrogarse la pertenencia de la verdad, pues ello situaría a la pareja en posiciones diádicas que pueden llegar hasta el antagonismo y fijar a cada uno de sus miembros en un pensamiento totalitario. Se trata de un modo de pensar que no requiere confrontación, pues se da por sentado que representa la verdad, lo que en última instancia propicia conflictos ligados a sensaciones de incomprensión y exclusión. La imposición de una subjetividad sobre la otra es una manera de interactuar que no deja que la presencia del otro ajeno afecte el conjunto de creencias que le dan solidez a la propia individualidad. De esa manera, ambos individuos mantienen una relación de sujeto – objeto que les permite relacionarse desde las proyecciones mutuas y no en el devenir al que arriban juntos.

De igual manera, los reproches y las recriminaciones son manifestaciones de la frustración, a consecuencia de que las situaciones que se dan producto de la convivencia o las acciones del otro no se ajustan a lo planificado o a lo deseado. El desencuentro en una pareja debido al fracaso de la repetición y del libreto escrito desde la historia de cada uno motiva reproches que son una forma de manifestar la impotencia intolerable generada por la diferencia entre la representación del otro y la presencia de ese otro. Todo ello fuerza a movilizar mecanismos de defensa para evitar que sucedan situaciones alejadas de lo conocido, aunque signifique una salida al dolor psíquico en el vínculo.

El registro del pasado favorece el pensamiento diádico pasado/presente, conocido/desconocido, lo mío/lo ajeno, ocupado/desocupado que demarca fronteras entre yo-tú; estas se manifiestan en verbalizaciones como “ese no es mi problema” o “tú verás cómo lo resuelves porque es tu culpa”. Desde esa posición, la relación entre sujetos está individualizada en tanto los miembros de la pareja se encuentran fuera del vínculo que construyen, omitiendo o evadiendo los efectos de su historia vincular. Esta es sustituida por la necesidad de mantener la delimitación de la frontera que ubica a cada cual dentro de su territorio, ocupado de antemano en sus propias costumbres y maneras de pensar, las cuales no dejan lugar a otras posibilidades creativas en el proceso de estar siendo pareja en el devenir.

El sistema socioeconómico globalizado del neoliberalismo, prototipo de la lógica a la que Isidoro Berenstein denomina del Uno para referirse al pensamiento solipsista, influye en la construcción de las subjetividades. Proponiéndose como el único y mejor sistema de vida, el capitalismo estimula el automatismo del ser y todo aquello que le permita arrogarse el poder de dirigir el deseo, en un intento de sujeción a sus normativas de consumo y acumulación de la producción que alimenta al sistema. La nueva tecnología, la biopolítica y los medios conforman la trilogía que interviene como dispositivo subjetivante en la transmisión de modelos de vida posmoderna, caracterizada por la inmediatez en las relaciones humanas y la fragilidad en los lazos afectivos.

En la vincularidad, es inevitable no verse afectado y no generar transformaciones y modificaciones de acuerdo a las relaciones que se van creando, se van subjetivando. Puget (2015) sostiene que “el pensar entre dos requiere un hacer que surge de una inesperada alquimia de elementos dispersos” (p. 47).

Por su parte, Freud, aventurero en el campo del conocimiento, que se acercó a las diferentes maneras de concebir la patología de su época impulsado por sus deseos de saber, le fue dando otro significado. Justamente, el repensar el conocimiento instituido de su época es la herencia más importante de Freud, además del psicoanálisis. La influencia de ciertos autores, como Spinoza, le abrió la posibilidad de pensar fuera de lo establecido, lo cual puede decirse que fue un acontecimiento en su época porque generó un cambio radical no solamente en el campo de la salud mental, sino también en los procesos analíticos. Esto implicó que sus pacientes modificaran sus maneras de pensar, modos de vivir y comprender los efectos de la familia en sus vidas.

No obstante, su formación en el pensamiento estructural también fue un importante ascendiente para plantear uno de sus conceptos centrales, el complejo de Edipo, pensado como la última instancia de la estructura del desarrollo libidinal. Esta recorre cuatro fases que tienen lugar en los primeros cinco años de vida, durante el período en que el sujeto adquiere un conjunto de normas, valores y creencias que conforman su subjetividad y el punto de partida desde el cual percibe el mundo. En ese sentido, la percepción de la realidad no está determinada solamente por la capacidad del cerebro, sino también por los intereses y deseos que recortan la realidad. De ahí que la percepción se convierta en una percepción interesada y siempre subjetiva.

Del tránsito por estas etapas libidinales hasta la resolución del complejo de Edipo, dependen las futuras relaciones que la persona establezca en su mundo laboral, amoroso y social. De esta manera de concebir el psiquismo se derivan dos consecuencias que hacen pensar que el psicoanálisis clásico no es suficiente para comprender los conflictos actuales, las nuevas patologías por los cuales las personas buscan una ayuda en el psicoanálisis.

Una de ellas se refiere a la generalización de las explicaciones a las que se pueden apelar a partir del complejo de Edipo para dar sentido, desde el pasado, a hechos del presente y encontrarles un significado que calme las angustias a partir de una teoría explicativa. Sin embargo, no necesariamente los afectos se resuelven a través de la comprensión intelectual, sino a partir de la integración de ésta con las vivencias. Es decir, si en una sesión se interpreta o se señala al paciente que sus conflictos actuales se deben a que en su infancia su madre lo abandonó y que su padre lo atemorizaba por su violencia, se puede comprender que en la actualidad no confíe en las personas y evite el compromiso en las relaciones por el temor al abandono o a la violencia. Este abordaje, que apela a la referencia familiar y a su sustituto en la vida social, propicia un circuito que al recorrerlo arriba siempre al mismo lugar. No hay líneas de fuga que permitan abrir ni construir otros circuitos que posibiliten nuevos modos de vida y en condición de transitoriedad. Por el contrario, le da un significado único y hasta generalizable que lo sujeta a un modo de procurar la estabilidad y dar por resuelto el conflicto vivido como un escollo que se debe resolver, mirando la historia infantil para continuar con su vida, en vez de que el problema sea una oportunidad para encontrarse.

En el psicoanálisis, el complejo de Edipo es central ya que estructura al sujeto desde categorías modernas de estabilidad, modelos de ser con roles y funciones propios que había que ocupar de acuerdo al lugar que le correspondía a cada sujeto en la sociedad. No obstante, dicha situación varía en la época neoliberal, caracterizada por relaciones fragmentadas, fluctuantes y con nuevas categorías para establecer relaciones. Los cambios de época impelen reformular los modos de subjetivación en relación a las nuevas configuraciones familiares, a la institución escolar, a la política, a los medios y a la tecnología, para reformular un proyecto del sujeto en la globalización que se sustenta en la relación sujeto-sujeto o sujeto-otro.

Pero si en la actualidad entendemos que los múltiples modos de constituirse como familia escapan al modelo edípico y a la teoría del parentesco, debido a un proceso de transformación social que no tiene que ver con la culpa, es posible incorporar otras lógicas que no sean la lógica del Uno.

Foucault plantea que los modos de subjetivación de una época y de la interiorización de los saberes de la cultura y de la validación de esos saberes que el poder pone en circulación, producen el sujeto. “La subjetividad es el modo de subjetivación del ejercicio del saber-poder”[2]. Es decir, el sujeto no puede ser definido independientemente de sus condiciones históricas y en tanto ello no se puede pensar en sujeto como una estructura invariable del ser.

“En esa línea del pensar los procesos de subjetivación Guattari parte de la idea que son construcciones colectivas, institucionales e individuales, siendo estas dimensiones inseparables, evitando caer así en cualquier binarismo reduccionista” [3]

La otra consecuencia es la referida a la división topológica del aparato psíquico, en etapas sexuales hasta la resolución del complejo de Edipo, que marca el desenlace del proceso y conforma el sujeto como un cuerpo sólido y acabado.

Pasar de ser sujeto al ir siendo a través de procesos de subjetivación es dejar de pensar en sí mismo y ser con el Otro; de ahí que la identidad sea una paradoja, pues se está siendo en función a ese Otro instituyente en el vínculo. En la lógica de la identidad, el cuerpo no es vía de individuación inmersa en un proceso con el otro, sino que es convertido en un objeto para accionar sin palabras, sin reflexión. El sujeto está capturado por una forma de estabilidad dolorosa que lo sostiene, mientras todo lo que cambia, lo que se transforma, queda fuera de su ser y no es reconocido.

Freud equiparaba al psicoanálisis con el trabajo del arqueólogo. Para él, el psicoanálisis era un trabajo de arqueología de la mente; se necesitaba excavar en el inconsciente para descifrar el lenguaje a través de los sueños, actos fallidos, síntomas somáticos y asociarlos a sus causas. En el aspecto económico, concibe al aparato psíquico como una máquina de evacuación de la excitación través del cuerpo. Más adelante, Freud abandona esta relación con la arqueología cuando dice que el aparato psíquico se constituye con otro y que fuera de la relación no puede darse.

La teoría de las relaciones de objeto, que tiene como sus más importantes representantes a M. Klein, D. Winnicott, M. Mahler, entre otros, hace un aporte al desarrollo del psicoanálisis. Partiendo de la determinación pulsional en el desarrollo de la persona, incorpora los efectos de subjetivación de la relación real con el otro y con el entorno cultural diferente al de la familia.

Para M. Mahler, el psiquismo pasa por un proceso de separación-individuación mediante el cual el niño, luego de la dependencia física y psíquica con su madre, comienza a explorar el mundo no materno. Esta operación requiere que el niño adquiera la conciencia psíquica de separación y de la individuación, en la que obtiene una individualidad distinta y única que se sostiene desde la representación interna de la madre.

Más cercano a introducir lo social son los aportes de D. Winnicott, pues desde su experiencia como pediatra en la observación de la relación madre-hijo cuestionó la teoría del complejo de Edipo. Esta no le resultaba suficiente para explicar las dificultades de desarrollo emocional de la infancia, ya que, desde su perspectiva, las funciones de la familia no implicaban lugares sino movimientos que posibiliten un proceso de desarrollo en un ambiente facilitador de cuidados. Por ello, las funciones materna o paterna podían ser ejercidas por quien tenga disposición para ejercerla y no solamente por la madre o el padre.

¿Pero sería posible no estar vinculado si “el individuo es ya una composición de individuos entre sí” (Méndez, 2011, p. 74)?

Spinoza planteaba la idea de que no había posibilidad de pensar fuera de un proceso colectivo que no parta de un binarismo entre naturaleza/ cultura, seres superiores/ inferiores. Para él cualquier elemento está relación con otro, porque todo individuo es un efecto de, o un momento en, un proceso de individuación que es infinito. Se puede decir que el pensamiento de Spinoza es rizomático de las relaciones entre los cuerpos, los cuales se encuentran inevitablemente interconectados, lo que establece constantemente nuevas e infinitas configuraciones que producen encuentros o desencuentros en las afectaciones entre los seres. Es a través de esas interconexiones que Spinoza plantea que el individuo es colectivo, que no hay separación porque el individuo es un modo de colectividad.

Spinoza piensa que cada hombre completa a los otros y es completado por ellos; por lo tanto, la comunidad es un individuo colectivo. En ese sentido, el proceso de subjetivación es interminable, es infinito debido a que se está en permanente movimiento en interconexión con los demás. La gran complejidad del mundo se expresa en los modos conformados por un número infinito de singularidades

Los aportes de las ideas de Spinoza en el contexto contemporáneo actual resultan reveladores porque sus ideas sobre las relaciones entre los individuos, la concepción de que el individuo es colectivo, abren caminos para entender los procesos de subjetivación tal y como en la actualidad se están replanteando desde diversas disciplinas, una de las cuales es el psicoanálisis.

Spinoza planteaba el conflicto como un juego de afectaciones que no se pueden solucionar, porque en afectar y ser afectado está el conflicto. Las afectaciones pueden ser positivas (alegres) o negativas (tristes), y planteaba que aquello que afecte va a potenciar la manera de actuar.

La individuación es central para comprender los procesos de subjetivación. Parte de la concepción de Spinoza es que no hay posibilidad de individuación que no pase por una multitud en un campo social y la singularidad es un modo de existencia en una totalidad.

Por otro lado, según Simondon, nada preexiste a la relación porque todo lo que existe es efecto de relaciones múltiples, que devienen y se transforman dentro de una relación y transitan hacia lo que se va construyendo. Este pensamiento cuestiona la identidad y el ser para establecer relaciones, es decir, cuestiona la existencia de un ser fuera de la relación que establece relaciones.

Desde esta perspectiva, la clínica en la psicoterapia que parte del diagnóstico para precomprender desemboca en una práctica estéril, con un potencial a la generalización que no toma en cuenta la alteridad singular de los pacientes. Significa la posibilidad de dejar de concebir el conflicto como aquello que se debe eliminar y más bien hacerlo partícipe de un proceso de subjetivación permanente.

 

Referencias

Bleichmar, E. (2005). Manual de psicoterapia de la relación padres e hijos. Buenos Aires: Editorial Paidós.

Deleuze, G. (2008). En medio de Spinoza. Buenos Aires: Ed. Cactus.

Foucault, M (1988). Más allá del estructuralismo y la hermenéutica. México: UNAM.

Méndez, M.L. (2011). Procesos de subjetivación. Buenos Aires: Ed. Fundación La Hendija.

Negri, A (2011). Spinoza y Nosotros. Buenos Aires: Ed. Nueva Visión.

Puget, J. (2015). Subjetivación discontinua y psicoanálisis. Buenos Aires: Ed- Lugar.

Simondon, G. (2009). Individuación y afectividad en la individuación. Buenos Aires: Ed. Cactus.

[1] Verónica Zevallos D’Brot (Lima, Perú). Es psicoterapeuta del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima, especialista en Psicología vincular en familias con niños y adolescentes. Ha llevado una maestría en Vínculos, Familia y Diversidad Cultural. Es además cofundadora de la Sociedad Psicoanalítica de Pareja y Familia y Secretaria de la directiva del Centro de Psicoterapia de Lima. Contacto: vzevallosdbrot@yahoo.es.

[2] Foucault, M. 1988:231.

[3] Méndez, M.L. 2011:211

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