UNA LECTURA SOBRE “EL EXTRAÑO ESCRIBIENTE” DE MELVILLE Y SU AGOTAMIENTO CREATIVO[1]

[1] Tesis del tercer año del curso de formación delCEPdePA, orientación del psicoanalista Juliana Lang Lima.

Marina Pinto de Camargo[2]

Resumen

El objetivo de este trabajo es la investigación del personaje del clásico de Herman Melville, el escribiente Bartleby, a la luz de los conceptos freudianos. Se busca un paralelo entre el personaje y autores que dejaron de producir en un movimiento que la autora denominó “agotamiento creativo”. Para ello, trabaja temas tales como el recogimiento de la libido, y el límite y los efectos de la sublimación en un ejercicio libre de escritura en psicoanálisis.

Palabras clave: Narcisismo. Sublimación. Agotamiento creativo. Pulsión de muerte.


 

1 Introducción

“La gloria o el mérito de ciertos hombres consiste en escribir bien; el de otros en no escribir.”

Jean de La Bruyére

Para los cánones de la literatura occidental e, incluso ante la inmensa cantidad de lectores en el mundo, el personaje Bartleby de Herman Melville permanece como una figura de insondable misterio. La historia de Bartleby, el escribiente, publicada originalmente en 1853, desde hace muchos años desafía a intelectuales, teóricos y críticos de las más diversas áreas del conocimiento: la filosofía, la lingüística, la literatura comparada y el psicoanálisis. Su lectura, por más refinada o especializada, o por más sencilla y parcial, invariablemente suscita lo disruptivo, lo abrupto y lo inquietante, es decir la más típica extrañeza de aquello que nos parece raro, pero al mismo tiempo familiar.

Bartleby es un amanuense, empleado en un estudio jurídico, que cumple con aplicación las órdenes de su jefe – unabogado – quele entrega diversas demandaspara la función que le ha sido designada. Los primeros días de trabajo tras su contratación Bartleby muestra una labor impecable y un desempeño ejemplar: se dedica tanto a cumplir su tarea de forma eficaz que no almuerza, no interactúa con sus compañeros, en ningún momento contradice la impresión inicial de su jefe con respecto a su prometedora, aunque incipiente carrera. El girodel cuento radica justamente cuando,algunos días después, el jefe de Bartleby le solicita que realice una tarea, y éstemodula un enigmático y todavía no escuchado: “Preferiría no hacerlo”. (Melville, 2014).[3] Aunque sorprendido por la misteriosa contestación, el abogadodeja de lado la solicitudy condesciende con la oscura expresión de su fiel empleado. Los días transcurren y con ellos nuevas demandas surgen y se acumulan, ya que los intentos de interlocución con Bartleby reciben – todos – siempre la misma respuesta: “Preferiría no hacerlo”. La ineficiencia de Bartleby, su desobediencia, su anomia, su no-acciónson casi inmediatamente mostradasal lector que,con sorpresa cada vez mayor, encuentra en la continuación del cuento una condescendencia igualmente creciente por parte del jefe, en una especie de aceptación total y generalizada de esta no-acción.

Mucho ya se ha dicho sobre la misteriosa historia de Melville y sobre Bartleby, uno de sus personajes más interesantes. Giorgio Agamben y GillesDeleuze, entre muchos otros, han dedicado un largo tiempo al texto con la intención de comprender mejor esta enigmática persona creada por Melville. Agamben y Deleuze tratan de presentar un abordaje filosófico sobre el escribiente, entendiendo su célebre cita “Preferiría no hacerlo” como una fórmula. Para Agamben ella aparece siempre como una insinuación de lo opuesto, donde el nada que manifiesta debe ser entendido como aquel vacío o hiato que precede a la creación; pero que también debe ser pensado como algo que está en potencia.“Como escriba que cesó de escribir, él esla figura extremada del nada de donde procede toda la creación y, al mismo tiempo, la más implacable reivindicación de este nada como pura, absoluta potencia” (Agamben, 2007, p. 25). Por otro lado, para Deleuze, la fórmula de Bartleby no intriga por ser repulsa o aceptación, sino por estar limitada a su imposibilidad. “La fórmula esdesvastadoraporque elimina de manera igualmente despiadadalo preferible como cualquier no-preferido” (Deleuze, 1993, p.94).

Es importante hacer notar que el límite de la creación y de la escritura, prenunciado en cierta forma por Bartleby, también se halla en este trabajo y por ende,una profundización filosófica de Bartleby y un examen de todo lo que ya fue dicho a su respecto no es viable en este contexto. Sin embargo, creo que la obra de Melville puede ser usada para reflexionar e ilustrar algunos conceptos freudianos, llevando a cabo una serie de conexiones a partir de la lectura de este cuento.

Al leerla me han surgido diversas cuestiones. ¿Cómo podríamos entender estarepulsa[4]al trabajo y este recogimiento u ostracismo que determinan la vida de Bartleby? ¿No habría también en nosotros algo de este personaje? ¿Algo que nos haga continuar a pesar delarepulsa?

De modo queme gustaría buscar en Freud los elementos para desplegar y profundizar estas cuestiones, sugiriendo entonces que podamos comprender este recogimiento de Bartleby como un recogimientonarcísico. A partir de ello, elrehusarse a trabajar o llevar a cabo cualquier otra actividad (incluso comer, al final del cuento Bartleby muere de inanición) provoca muy probablemente el tema de la desfusión pulsional. La labor como posibilidad sublimatoria es alejada por la repulsa y, sobre todo, por el recogimiento de Bartleby, que impide la sublimación como un destino posible para él.

  • ¿QuéocurreconBartleby?

“En mi principio está mi fin.”

T.S. Eliot

Este amanuense, antes tan eficiente, ahora se limita al evasivo “Preferiría no hacerlo”. El rehusarse a cualquier cosa que afirme la posibilidad de una trayectoria humanamente común para él, lleva a Bartleby a la cárcel por “preferir no salir” del edificio donde antes se ubicaba la oficina (Melville, 2014, p.72). El cuento termina con la muerte de Bartleby, en la cárcel, por rehusarse a comer o, mejor, “preferir no comer” (Melville, 2014, p.77-78). ¿Cómo pensar la trayectoria del amanuense, marcada por la permanencia, prisión y muerte? ¿No sería ella un movimiento a la luz de la regresión de la libido y de las pulsiones? ¿Movimiento – dentro de mi sugerencia (de un extremado recogimiento narcisíco hecho por Bartleby) – que lo llevaría de hecho a la muerte?

En 1911, tres años antes de dedicarse al trabajo sobre el narcisismo, al estudiar el caso Schreber y su cuadro de paranoia, Freud observa que entre el autoerotismo y el amor de objeto se hallaría el narcisismo:

[…] recientes investigaciones han dirigido nuestra atención hacia un estadio del desarrollo de la libido, entre el autoerotismo y el amor objetal. Este estadio fue nombrado narcisismo. Esta etapa equidistante entre el autoerotismo y el amor objetal puede, tal vez, ser indispensable normalmente; pero parece que muchas personas se detienen por un tiempo inusualmente largo en este estadio, al tiempo que muchas de sus características son transportadas a los estadios posteriores del desarrollo. (Freud, 1911, p.68).

Es importante hacer notar que en 1911 Freud todavía entendía el narcisismo como unatendencia patológica, y lo vinculaba a sus investigaciones acerca de la paranoia y otros cuadros patológicos. Sin embargo, también se puede considerar que – ya en esa época – Freud percibía que el narcisismo podría ser pensado no sólo desde el ángulo de la patología, sino como un estadio constitutivo del psiquismo. De hecho, pocos años más tarde – en 1914 – él resaltaría que no hay una unidad comparable al yo, afirmando así lo que en 1911 era apenas una idea incipiente. Este giro en su concepción del narcisismo tiene sostén en una comprensión más refinada de los procesos iniciales que se desencadenan más tarde, formando el yo. Inicialmente, el bebé tiene un cuerpo autoerótico en el cual las pulsiones parciales tienen primacía. La integración de estas pulsiones para la constitución del yo sólo se produce si ocurre una nueva acción psíquica e integradora. A través de esta unificación, se presenta para este yo la posibilidad de ser investido libidinalmente. Para Freud, este momento es el ápice del narcisismo, cuando élse encuentra vinculado al principio de placer y a la institución de un yo Ideal – que es narcísico, omnipotente y considerado perfecto. Dentro de este cuadro es que se puede pensar en la investidura de la libido en el propio yo a partir de la idea que, ante la indisponibilidad de un objeto, la libido vuelve a una fase anterior al amor objetal.

Es curiosopensar que, en el caso de ficción de Bartleby, su ensimismamiento, su salida de escenario son lo que le caracterizan. En este retraimiento,análogo al retraimiento de la libido en el sueño, ésta se densifica en el yo, mostrando su narcisismo; durante el el sueño, sin embargo, la libido se puede ligar a la fantasía, por ejemplo, por el onirismo.Bartleby, en cambio, hace otro movimiento: es como si él se retirara, en vigilia, de todo factor exterior que pudiera molestar su recogimiento. En el siguiente trecho, Freud refiere esta analogía comparando el movimiento de la libido narcísica con el acto de dormir:

De modo similar a la enfermedad, el estado de sueño conlleva a un recogimiento narcísico de las posiciones libidinales para sí mismo, más específicamente, al deseo de dornir. El egoísmo de los sueños se adecúa perfectamente en este contexto. En ambos casos vemos – aunque sea apenas esto – ejemplos de alteración en la distribución de la libido debido al cambio del yo. (Freud, 1914, p.49).

Durante el sueño, se abre para el sujeto la posibilidad de soñar e investir su libido en objetos de la fantasía. No obstante, dadas sus respuestas a los interlocutores,Bartlebytermina por interrumpir la negativa o la posibilidaden sus manifestaciones, retirándose. Aunque podamos considerar que, en algún sentido, todavía exista en él un contacto con el principio de la realidad, es también posible pensar e inferir que su “Preferiría no hacerlo” es un enunciado que coloca en evidencia el propio desligamiento libidinal con los objetos externos. Negarse a hacer es rehusar al otro. Preferir no hacer es preferir no consentir al otro; mutatis mutandis, es preferir no considerar la existencia del otro. La idea es que por atrás de un psiquismo saludable habría el encuentro de un punto de equilibrio entre la investidura objetaly la investidura en el propio yo.

En la neurosis, la investidura de la libido en el yo puede ser hecha de manera predominante en muchos momentos, sin embargo, los objetos de la fantasía continúan siendo investidos, manteniendo constantemente el vínculo del sujeto con los objetos. En la psicosis, sin embargo, no hay un equilibrio entre el yo y los objetos, de manera que hay una ruptura de la investidura libidinal con relación a los objetos, incluso los de la fantasía, generando una acumulación de libido en el yo del sujeto. Este narcisismo fue entendido como narcisismo secundario, es decir cuando ya no hay un vínculo erótico con los objetos, ni tampoco como fantasía (Garcia Roza, 1995). El personaje de Melville, al negarse a explicar con más detalles su repulsa, aun tras incansables intentos por parte de su jefe para tratar de ‘comprenderlo’, no hace mención a salir de su capullo o de cambiar su ya tan conocida frase “Preferiría no hacerlo”; desconsiderando así a su interlocutor. No sorprende que su jefe aparezca – en el cuento de Melville – como si estuviera encerrado en la escasa burbuja lingüística que Bartleby recorre con sus enunciados. ¿Estaría entonces la totalidad de la libido del amanuense investida en el propio yo de manera que no conseguiría establecer conexiones sanas y esperadas con su propio trabajo o sus compañeros de oficina? ¿Sería posible pensar en este yo Ideal, algo tan característico del narcisismo primario, como aquello que aprisiona a Bartleby? Sobre todo, porque, ¿es a través de este yo Idealque se tiene la posibilidad de completitud? ¿Serían entonces su inanición y su repulsa a las demandas externas una forma de mantener este ideal narcísico? ¿Habría algo que impedía a Bartlebyestablecer alguna relación objetal por no haber establecido un Ideal de yo que también pueda ser investido?

Sabemos que el Ideal de yo se constituye a partir de la constatación del mundo externo, y se produce a través de la percepción inicial de una falta que la realidad le impone al sujeto. Ante esta constatación, el psiquismo trabajaría para negociar y postergar la satisfacción, de manera que toda la libido dirigida hasta entonces hacia el yo, comenzaría también a investir en este Ideal de yo, originado en identificaciones secundarias. Freud presenta esta idea en el siguiente trecho:

Aquí el hombre se ve incapaz – como siempre sucede en el ámbito de la libido – de renunciar a una satisfacción después de haberla disfrutado. Él no quiere prescindir de la perfección narcísica de su infancia, y si él no las pudo mantener, debido a las amonestaciones durante su desarrollo y por el despertar de su juicio, trata de recuperarlas bajo la nueva forma del Ideal de yo. Lo que proyecta para sí mismo, como su ideal, es el sustituto del narcisismo perdido de su infancia, en la cual él era su propio ideal (Freud, 1914, p.69)

El pensar en la salida del narcisismo refiere tanto a la formación de los ideales (el Ideal de yo realiza un tipo de revisión del narcisismo, permitiendo que los ideales circulen transformados en la conciencia), como a los movimientos pulsionales, que serán detallados a continuación:

Al inicio, Freud concibe dos tipos de pulsiones: las pulsiones autoconservadoras (pulsiones del yo) y las pulsiones sexuales (ligadas al placer del órgano). En esa época, él consideraba que sólo las pulsiones sexuales tenían como energía a la libido. Apenas en 1914, cuando en su texto del narcisismo refiere que el yo también recibe investidura libidinal es que esta distinción es amenazada. La idea se mantiene hasta 1920, cuando en Más allá del principio de placer, Freud propone un nuevo postulado sobre el dualismo pulsional: pulsión de vida (las pulsiones sexuales y las autoconservadoras) y pulsión de muerte (Garcia Roza, 1995).

En Más allá del principio de placer de 1920, Freud finalmente da nombre a este nuevo concepto que antes sólo era pensado: la pulsión de muerte. La idea que ya estaba presente desde su Proyecto para una psicología científica (1895), y presentaba una nueva concepción del sistema nervioso como aparato, cuyo objetivo es el descargar todo el exceso de excitación, enfatiza el modelo de un aparato gobernado por el principio de la inercia, que procura restaurar la ausencia total de tensión. En otras palabras, esto equivale a la paz absoluta y a la plena satisfacción. También a la muerte y a lo inanimado, como Freud parece considerar veinticinco años después en Más allá del principio de placer.En este texto el trauma vuelva a aparecer, pero no necesariamente vinculado a una situación real, sino a la fuerza de la pulsión, ésta como un trauma ‘casi original’.

El “preferiría no hacerlo” expresado por el personaje melvilliano parece referira algo de la compulsión a la repetición o, como dijo Freud, del “eterno regreso de lo mismo” (Freud, 1920, p.147). Se puede pensar que en última instancia la compulsión a la repetición estaría ligada a algo de lo traumático (trauma primordial o preverbal), poniendo en evidencia la supremacía de la pulsión de muerte sobre la pulsión de vida. La pulsión de muerte demuestra el carácter anárquico de la pulsión. Mientras que el extremado negativismo de Bartleby destacaría asimismo el predominio de la pulsión de muerte a través de su caracter disruptivo y destructivo. No se establece ningún vínculo con Bartleby, solo su resistencia silenciosa (tal vez no haya palabras para Bartleby).

Según Freud, el aparato psíquico tiene la función de capturar y transformar las mociones pulsionales, es decir de ligar energía libre y móvil, entendida como cantidad, transformándola en energía ligada, entendida como calidad. En este contexto, sin embargo, lo traumático surge como aquella cantidad que el aparato psíquico no es capaz de procesar. En cambio, un aparato psíquico saludable sería el que da cuenta de sus pulsiones (y que encuentra palabras). En este sentido, el ensimismamiento de Bartleby nos señala un empobrecimiento psíquico; no hay, a lo largo del texto de Melville, ninguna pista de que haya en su silencioso protagonista alguna capacidad de procesar aquello que se le solicita y que se presenta por la demanda del otro. Eso lleva a la repetición incesante de la frase “Preferiría no hacerlo”, pues ésta le surge como única salida posible. Podemos pensar que hay un excedente pulsional que no puede ser metabolizado psíquicamente por el personaje, dejándolo a merced de esta pulsión no ligada, que no encuentra vínculo posible en el psiquismo de Bartleby.

3Bartleby y compañía – sobre el agotamiento creativo

“De aquello que no se puede hablar, se debe callar”

Ludwig Wittgenstein

Al igual que Bartleby, quien se muestra eficiente y capaz en su trabajo al atender las demandas y demostrando su competencia a sus pares, podemos encontrar casos análogos en la literatura. Ya no del lado de los personajes, sino del lado de los autores. En estos casos, es válido pensar en una especie de repulsa al crear, en un abandono artístico o en un agotamiento creativo. Enrique Vila-Matas, autor contemporáneo, escribió en 2004 una obra de ficción titulada Bartleby y compañía, en la cual lista consagrados escritores (Salinger, Rimbaud, y otros, entre los cuales yo libremente incluiría al brasileño RaduanNassar) quienes, de un momento para otro de sus trayectorias artísticas, pararon de producir, en un movimiento similar al de Bartleby. Algunos de estos autores terminaron sus días en un verdadero ostracismo literario, cultural, social y afectivo; otros se suicidaron.[5] Enrique Vila-Matas nombrará a este movimiento (que sugiero aquí de agotamiento creativo) síndrome de Bartleby. El autor entiende a los escritores que tienen este “síndrome” como escritores del no: lo que sólo refuerza el carácter de negatividad relacionada al trabajo de escribir. Al pensar en el trabajo creativo, la creación artística, como productos sublimatorios, y por lo tanto directamente ligados a la pulsión –cuya principal característica es no terminar – ¿cómo se puede entender este agotamiento creativo?

Los destinos de la pulsión en su mayoríacumplen dos demandas: defensa con respecto a la pulsión y la satisfacción de la misma. La pulsión es la exigencia de trabajo para el aparato psíquico y viene del interior, hecho el enigma de una fuerza constante e inamovible. En el texto freudiano de 1915 – La pulsión y sus destinos – se sistematizan los destinos pulsionales: represión,inversiónde la pulsión en su opuesto, vuelta contra la propia persona y sublimación. La regresión es el mecanismo típico de las neurosis, que neutraliza el acceso a la conciencia de ideas que causen desagrado. La inversión y la vuelta contra sí mismo son los mecanismos que entran en juego en el sadomasoquismo y en el voyeurismo-exhibicionismo. Y la sublimación es el proceso a través del cual la libido se aleja del objeto sexual hacia otra especie de satisfacción.

Por lo tanto, la sublimación es un proceso relacionado con la propia pulsión y no un engrandecimiento del objeto, una idealización. En efecto, la sublimación propicia la posibilidad de alcanzar determinado grado de satisfacción sexual a pesar de la defensa, pudiendo ser considerada un ‘alivio’ de la pulsión. Aquí aparece la sublimación como el más evolucionado de los destinos pulsionales. Referirse a la sublimación es una tarea fértil, pero nebulosa. No hay, en la obra de Freud, un texto específico sobre la misma, que explote este tema minuciosamente, elaborando relaciones con otros conceptos o explotándolo por completo. Por eso, el concepto de sublimación tiene, ante las lecturas e interpretaciones, características casi misteriosas y bastante controvertidas. Nasio (1997) dice que, aunque a menudo se la considere alejada de la práctica clínica y mal articulada teóricamente, la sublimación es un concepto de suma importancia para el psicoanálisis, de tal forma que su lugar en la escucha clínica es fundamental para reconocer las variaciones de los propios movimientos de cura (Nasio, 1997, p.85). Aquí, la idea no es llevar a cabo una revisión de concepto, sino exponer algunas ideas que ayuden a pensar en la propia cuestión del agotamiento creativo y de la repulsa creadora, formando aproximaciones entre Bartleby, el escribiente, y este fenómeno en grandes escritores, sin profundizar en las particularidades de cada uno, ya que éstees un estudio teórico, no clínico.

¿Cómo podríamos pensar entonces en los autores talentosos y renombrados por sus pares y también en el célebre escribiente de Melvilleque, de repente, sencillamente paran de producir? ¿Ya no es posible para ellos la sublimacánión como destino posible para la pulsión?

En Para una introducción al narcisismo, Freud considera la sublimación y nos da algunos indicios sobre ella:

La sublimación es un proceso que se refiere a la libido objetal y que consiste en direccionar la pulsión hacia otra finalidad, alejada de la satisfacción sexual: el énfasis recae en el desvío sexual. La idealización es un proceso con relación al objeto, por medio del cual éste es aumentado y psíquicamente elevado sin alteración de su naturaleza (Freud, 1914, p.69).

Aunque no haya, como se comentó anteriormente, un texto específico en la obra freudiana que esté dedicado a este concepto, se puede percibir que la sublimación ocupa el interés del autor en otros varios trabajos. Castiel (2006) trata de seguir – a lo largo de la obra freudiana – el surgimiento de las ideas y de las consideraciones sobre el concepto de sublimación, aun en los trechos y textos en que este concepto no aparece elaborado como tal. De este modo, la autora comienza su búsqueda por el entendimiento freudiano sobre la sublimación, subrayando inicialmente el carácter dado a este concepto en los Tres ensayos sobre la sexualidad, de 1905.Ella cree que, en estos textos, Freud considera que la sublimación está directamente ligada a la desexualización pulsional, que transforma su meta (su punto de realización) hasta entonces sexual, en una meta no-sexual. Es decir, la satisfacción pulsional no sería pensada, enlos términos de la sublimación, por la vía sexual.

Diez años más tarde, en 1915, en su texto sobre los destinos de la pulsión, Freud dará más espacio (entre las posibilidades pulsionales) a la sublimación. En este mismo sentido, en el texto de 1932 Angustia y vida pulsional también es citado por Castiel, pues ella cree que Freud, en este texto, vuelve otra vez a presentarla idea de que en la pulsión, la sublimación ocurre en el cambio de la meta y de los objetivos pulsionales, lo sexual se desexualiza. Para Castiel, pensar la sublimación en estos términos es una tarea sumamente desafiante:

En un primer momento, Freud caracteriza la sublimación como el paso de la meta sexual de la pulsión para no sexual. Ante esta afirmación, surge la pregunta: ¿cómo la pulsión deja de ser sexual? Y, por otro lado, si a través de este concepto Freud pretendía explicar las realizaciones humanas en el campo de la cultura, ¿cómo se podría hablar de las creaciones humanas en la ausencia de lo sexual? (Castiel, 2006, p.91).

Al considerar el narcisismo y la cuestión de la investidura sexual en el yo, Freud termina por empobrecer la posibilidad de pensar la sublimación apenas como proceso de desexualización, pues el yo necesitaría esta investidura sexual y no se sostiene, de este modo,sólo en el autoconservador. Es factible entender que, tras un narcisismo máximo, deba haber para el sujeto la posibilidad de establecer un Ideal de yo, más vinculado a los objetos y menos narcísico que, por consiguiente, aumentaría la posibilidad sublimatoria, pues sublimar sería reconocer el establecimiento de la alteridad y también de la cultura. En este sentido, sublimar sería efectuar la conexión al Ideal de yo, constituído a partir de un juego de identificaciones con los objetos paternos y con las relaciones sociales y culturales.

Sin embargo, ¿cómo pensar los límites de la sublimación? Y, sobre todo, ¿cómo pensarlos a la luz del recogimiento narcísico de la libido de Bartleby y a la luz de la interrupción del proceso creativo y literario de los escritores y autores que paran de crear y producir? ¿Cómo pensar en la reclusión y en la soledad que también parecen atravesar tanto el personaje de Melville, como los escritores citados por Vila-Matas? Asimismo, ¿es lícito preguntar qué pasó con este Ideal de yo que ahora parece tan empobrecido y sin posibilidad de establecer conexiones externas al sujeto?¿No regrediría a un ideal tan narcísico que le sería imposible considerar el otro? ¿Sería incapaz de producir cualquier cosa que incluya, por ejemplo, un interlocutor, un otro, una cultura?

Podemos tratar de entender esta nuevaforma partiendo de la desfusión pulsional que hace que la pulsión, que inicialmente era una mera cantidad (desligada, pulsión de muerte) ligada a otra pulsión (Eros), no vuelva a encontrar esta vía de vínculo. Desligada, la pulsión regresaría sobre el yo, fracturando otros posibles vínculos. Por ende, si el proceso creativo del trabajo o el proceso artísticoprotegen del exceso pulsional, ellos también dejan libre la pulsión de muerte, antes fusionada, Así, producida la sublimación, las pulsiones de vida serían sublimadas y las pulsiones de muerte permanecerían en el individuo causándole disyuntivamente un silencioso barullo.

A partir de esto, se puede pensar en la desfusión pulsional como un producto de la desexualización y de la sublimación. En El yo y el Id, Freud es bastante claro sobre el carácter mortífero que la sublimación puede tener:

Lo que parece estar en juego aquí es que – paralela a la conversión – también sucede una desfusión de las pulsiones que antes estaban mezcladas. En la medida que, después de una sublimación, el componente erótico ya no tiene fuerza de enlazar y capturar toda la destructividad que se le ha agregado, esta última se libera en forma de tendencia agresiva o destructiva. Es probable que el trazo de dureza y crueldad de las prescripciones del Ideal provenga justamente de esta desfusión pulsional (Freud, 1923, p.62).

A lo largo de la obra de Freud, se discute la idea que la pulsión de muerte es la pulsión por excelencia y que lo sexual se ligaría a ella, transformándola en pulsión de vida. De este modo, entenderíamos la tendencia a lo inorgánico, como regreso a un estado anterior, sin vínculo y sólo cantidad. Para ello se utiliza el concepto de Principio de Nirvana, que representaría este regreso a cero de tensión (Freud, 1924). El exceso de desexualización en la sublimación llevaría a la desfusión pulsional y la pulsión de muerte quedaría libre, alojándose en el individuo. Sin embargo, cuando es excesiva demostraría su carácter destructivo por ser algo de lo pulsante y de lo imperativo.

En uno de sus últimos trabajos: Análisis terminable e interminable, de 1937, Freud vuelve a referirse a la pulsión de muerte. Cuando comenta la necesidad de “dominio del instinto” afirma la fuerza de una intensidad desvinculada, que torna que la tarea de la vida sea el emprendimiento de esfuerzos constantes para ligar (Freud, 1937). Dominar la pulsión, por lo tanto, sería encontrar una forma diferente de satisfacción que no sea la destrucción, dando destino a esta intensidad.Quisiera, entonces,sugerir que el agotamiento creativo ocurre justamente porque la creatividad no domina lo suficiente a la pulsión de muerte. Es decir, al no establecer nuevas conexiones, hay una energía libre en el psiquismo, energía desligada que se torna destructiva y que puede llevar al individuo, antes creativo y creador, al recogimiento y clausura. Por ello su carácter mortífero.

El caso de J. D. Salinger, autor de icónico El guardián entre el centeno y uno de los más aclamados autores estadounidenses de su época, ilustra muy bien lo que se piensa aquí sobre posibilidades sublimatorias, recogimiento narcísico y desfusión pulsional. El autor, al aislarse completamente de la vida en sociedad, también se rehusaba a aparecer en público o dar entrevistas, al igual que producir. A pesar de su recogimiento, su intimidad fue expuesta en dos libros publicados, uno por su hija y otro por su compañera[6]. En estos relatos se puede percibir que Salinger era efectivamente dotado de características sádicas, al atacar cualquier persona o actividad que amenazara su reclusión y demostrando excesiva agresividad en varios momentos, por ser contrariado. La crítica literaria y los fans de Salinger pasaron años esperando nuevas publicaciones, al igual que un regreso del escritor a la convivencia y a la sociabilidad. Sin embargo, estos no llegaron. Ante este hecho, pensamos: hay un triunfo en toda repulsa.

4El Unheimlich que el escribiente nos provoca

“El yo es otro.”

Arthur Rimbaud

La cuestión del Unheimlich pensada por Freud saca a colación una faceta paradójica contenida en el término de la lengua alemana, pero que no aparece en sus traducciones. El término Unheimlich une lo familiar (heimlich) con lo no-familiar (un-heimlich). Traducido por Strachey como ‘lo extraño’ y por Paulo Cesar Souza como ‘inquietante’, el término nos causa un sentido de algo que tanto es familiar, conocido, como oculto, estranjero. Sobre el origen del término en alemán, tenemos: “por lo tanto, heimlich es una palabra que desarrolla su significado hacia la ambigüedad, hasta al final coincidir con su opuesto” (Freud, 1919, p.34).

Sea como fuere, el registro de lo paradójico siempre estará presente y en el texto “Lo inquietante” de 1919 ya menciona la noción de compulsión a la repetición, que elabora considerando la manifestación del conflicto primordial entre pulsión de vida y pulsión de muerte. Es importante hacer notar que el año siguiente estas ideas estarán en el centro de su obra, generando el tan mencionado “giro de los años 20”. Y es del orden de esta compulsión a la repetición, expresada en la frase repetida por el escribiente “Preferiría no hacerlo” que encontramos a menudo durante el cuento de Melville, entre total extrañeza e íntima atracción.

En su texto sobre el concepto de Unheimlich, Freud presenta una serie de situaciones que nos despiertan ‘la extrañeza’. El fantástico cuento de E.T.A. Hoffmann es uno de estos ejemplos que usa para ilustrar el concepto; y en el cuento encontramos en la figura de un autómata (Olimpia) la repercusión en Nathaniel. La figura del autómata es vista como algo del orden de lo extraño, lo inquietante. Freud considera que la figura del Hombre de Arena también es una fuente de angustia para el personaje, por el carácter repetitivo de su aparición y por estar directamente vinculada a la angustia de la castración. Es verdad que el escritor, refiere Freud, nos crea una especie de incertidumbre, ya que no nos permite saber con seguridad si nos conduce por el mundo real o por un mundo puramente fantástico e imaginado en su propia creación (Freud, 1919, p. 341). De este modo, se puede pensar que la frase incansablemente repetida por Bartleby, al igual que su inercia casi autómata ante las demandas, asumen también este carácter inquietante, por ser portavoces de un conflicto universal de las pulsiones que nos constituyen, vinculándose directamente a lo que fuera reprendido, pero que resurge por la compulsión a la repetición. No hay ‘extraño’ si no hay repetición. Bartleby se presenta de esa forma: él cesa de producir, pero nunca de repetir. Freud (1919) calificará el Unheimlich considerando que no denota algo inédito, no visto, sino algo que es del registro de lo familiar, establecido hace mucho tiempo en el psiquismo, habiéndose apartado de ello debido a un proceso de represión. Lo extraño es algo que debería haber permanecido oculto, pero que vino a la luz.

En su repulsa casi caricaturesca, el escribiente de Melville logra explicitar aquello que fuera reprendido por los neuróticos.

Me desperté muy temprano, mientras preparaba mi desayuno estuve pensando en todas las personas que no escribieron y, de repente, me di cuenta que más del 99% de la humanidad prefiere en el más puro estilo Bartleby, no hacer, prefiere no escribir (Vila-Matas, 2004, p.59).

Tal vez sea esa fascinación de Bartleby que – en su resistencia pasiva – se entrega dulcemente a la pulsión de muerte. Tal vez la fascinación del lector que acompaña su trayectoria humanamente errática venga exactamente de ello – del hecho que todos nuestros esfuerzos siempre son realizados para no sucumbir al empuje de esta fuerza.

El texto de 1924, El problema económico del masoquismo, nos ayuda a entender la tendencia de regreso ala nada, por entender la construcción del psiquismo a partir de la dinámica pulsional a través de la inclusión de la pulsión de muerte. En este trabajo, Freud aclara que el principio de placer no es el puro placer, sino que se encuentra calcado en un juego dialéctico entre placer y desagrado. Dicho juego no ocurre sin razón en el psiquismo, pues se encuentra al servicio del mantenimiento de la vida psíquica y de la integridad física. De esta mezcla pulsional es que nos constituimos.

Con estas referencias, pensamos el masoquismo primario como un trazo que constituye el aparato psíquico. Entonces, el masoquismo se caracteriza como el encuentro de la pulsión de vida con la pulsión de muerte, que ya estaría en el psiquismo desde el inicio. Cuando este entrelazado ocurre de manera eficaz, al sujeto se le abre la posibilidad de seguir en su vida por diversos caminos, atenuados de repetición y aumentados de creatividad. Una imagen que cabe aquí es la de una buena alianza entre las dos pulsiones. Sin embargo, cuando la presencia de la pulsión de vida es demasiado tenue, la contención falla y ocasiona la expansión de la pulsión de muerte. En el caso de Bartleby podemos pensar que la potencia de la pulsión sexual sería aumentada por el exterior; cuando el otro acepta la repulsa de Bartleby, hay un consentimiento a la supremacía de la pulsión de muerte. Más que eso, a medida que el personaje se aísla y huye disimuladamente del contacto con el otro y todo aquello que él representa, es como si el yo, poco a poco, le diera la espalda a la realidad, en una especie de renuncia. Sabemos que una de las tareas del yo es cuidar la autopreservación, tarea que el Id, a su vez, negligencia, de modo que con Bartleby, a medida que se aleja de la realidad, el yo renuncia a su tarea de autopreservación.

A partir de ahí se favorece el surgimiento del pensamiento mágico y también de la omnipotencia. No hay enfrentamiento efectivo, ni tampoco control, sino una ilusión de control. Es decir, ocurre un regreso al escenario del narcisismo.

Por explicitar esta tendencia a la inanición, Bartleby nos despierta este ‘extraño’ y, ante su recogimiento, despierta también nuestra indagación: ¿Por qué?

¿No sería Bartleby el delator de aquel más primitivo que nos constituye?

En la última frase del cuento de Melville, el abogado – casi en un suspiro – al recordar su ex-escribiente Bartleby, dice:

– ¡Ah, Bartleby! ¡Ah, humanidad!


 

Bibliografía

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[2] Psicóloga, analista en formación y miembro provisorio del Centro de EstudosPsicanalíticos de Porto Alegre (CEPdePA). E-mail: marinapcamargo@terra.com.br

[3] A partir de este momento no volveré a explicar la referencia a la famosa frase del libro de Melville en Bartleby, el escribiente para que el lector no sea interrumpido en su lectura, al ser obligado a leer todas las veces la referencia. Sin embargo, reitero que todas las citas de la frase de Bartleby que aparecen en este trabajo respetan la edición de 2014, da GruaLivros, traduzida por Bruno Gambarotto. (N.de la T. Edición de 1987, de Ediciones Orbis S.A., traducida por Jorge Luis Borges).

[4]En ningún momento de este trabajo, la repulsa de Bartleby es considerada como mecanismo de defensa de Verleugnung. La repulsa se limita al acto de rehusarse, negarse a hacer algo.

[5] Sugiero leerLuto y Melancolía, obra de Freud de 1917, para comprender mejor la regresión de la libido y del suicidio. En este trabajo que presento se da luz a temas distintos de la melancolía, para evitar una relación restringida que coloque al agotamiento creativo y la melancolía como sinónimos. Un nuevo trabajo puede dilucidar esta relación.

[6] Cf. Maynard, J. (1998). Abandonada no Campo de Centeio.São Paulo: Geração Editorial.

         

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