INTEGRACIÓN Y CONSIDERACIÓN POR EL OBJETO: ALGUNAS REFLEXIONES EN CLAVE KLEINIANA SOBRE EL TRATAMIENTO DE UN PACIENTE TRANSGÉNERO MASCULINO

Autor: Cristóbal Carvajal Canto[1]

Resumen

El presente trabajo intenta ofrecer una aproximación al caso de un paciente transgénero masculino, que desea comenzar un proceso de cambio físico -por medio de tratamiento hormonal y cirugía-, y que siente la necesidad de acompañar estos tratamientos médicos, con un proceso psicoterapéutico. Desde una lectura kleiniana, en dicho proceso se apreciaría un cambio de posición psíquica, donde desde una posición esquizoparanoide, lograría transitar a una posición depresiva, pudiendo identificar un mayor nivel de integración y de consideración por el objeto. Junto a esto, se presentan algunas reflexiones e interrogantes respecto al rol del analista en este tipo de casos.

Palabras claves: transgénero masculino – integración – posiciones psíquicas – Melanie Klein

Mi cuerpo es lo contrario de una utopía, lo que nunca está bajo otro cielo,

es el lugar absoluto, el pequeño fragmento de espacio con el cual,

en sentido estricto, yo me corporizo”

(Foucault, 2010, p.7)

Este caso implicó para mi muchas dudas e incertidumbre, ya que como sabemos, la temática trans[2] es un ámbito de la sexualidad humana, que, si bien cada vez es más visibilizada, explorada y estudiada, aún es un tema que genera turbación, diferencias y mucho debate dentro de algunas disciplinas que la atañen de una u otra manera, a saber: medicina general, endocrinología, cirugía plástica, derecho, sociología, antropología, filosofía, psicología, y por supuesto, el psicoanálisis (Frignet, 2003).

Específicamente, dentro de mundo psicoanalítico existen posturas bastante diferentes en relación a las personas trans. Desde ideas en completo patologizantes que señalan que los sujetos transexuales o transgéneros invariablemente padecen de una patología de naturaleza psicótica (op.cit.), hasta posturas más mesuradas -con la cual me identifico-, como la que plantea la médica y psicoanalista argentina Leticia Glocer (2010), quien indica que cuando nos enfrentamos a una persona trans es necesario despejar la estructura clínica subyacente, sin definir a priori que los mecanismos psíquicos puestos en juego sean psicóticos. Esta autora (op.cit.) indica que hay que estar concientes de que no todos/as los/as que piden cambio de sexo son transexuales o transgéneros, ya que algunos/as pueden ser psicóticos/as, hipocondríacos/as, o incluso histéricos/as. Asimismo, es bien sabido que existen vertientes teóricas que se orientan al diagnóstico de perversión al referirse a casos trans.

Aunque considero fundamental y necesario seguir preguntándose, investigando y reflexionando respecto a dichos criterios diagnósticos, en esta ocasión no me ocuparé de aquello. Más bien, lo que deseo realizar en este escrito es llevar a cabo una aproximación -en clave kleiniana- a algunos elementos del proceso de cambio que pude apreciar en Daniel, desde el predominio de la parcialidad y las angustias paranoides, hasta la integración y la consideración por el objeto, tras un proceso psicoanalítico en diván de dos veces por semana que duró aproximadamente dos años.

I.- Primera sesión con Daniela/Daniel

Es relevante señalar que, si bien se tratará de mantener una presentación rigurosa, con material verídico y con el máximo apego a los dichos del paciente, muchos datos serán modificados y alterados, con el fin de mantener una necesaria confidencialidad.

Daniela[3] (20 años) me escribe por mail para pedir una hora, luego de que yo fuera recomendado por un colega. La paciente había escrito un mail a una fundación relacionada con la diversidad sexual, solicitando el dato de algún psicólogo/a que tuviera conocimiento en temática trans. Tomamos contacto y agendamos una primera sesión. Al llegar, toca el timbre, mi colega de la oficina contigua abre la puerta y la persona que avisaba su llegada se sienta en un sofá de la sala de espera. Unos minutos después salgo a buscar a Daniela y al saludar, le doy un beso en la mejilla. Ella tiene el pelo corto, usa polera ancha, jeans y zapatillas de estilo skater. Luego de saludarla, me acuerdo de una experiencia de mi adolescencia, donde al subir al auto del papá de un compañero de curso, que estaba pasando a buscar a varios amigos/as para ir a una piscina, por equivocación, al saludar le di un beso a una persona de pelo largo que estaba justo al lado del espacio que quedaba para que yo me sentara. De hecho, cuando me subí al automóvil no miré bien, sabía que irían amigos/as de mis amigos/as que yo no conocía y por el pelo largo pensé que era mujer, pero no, era hombre, era un amigo de un amigo. A los pocos segundos me di cuenta, tuve mucha vergüenza y estuve un tanto incómodo con la situación. En el automóvil nadie dijo nada. Con Daniela me sentí en aquel instante como en aquel automóvil, le había dado un beso en la mejilla a un hombre desconocido, fue incómodo, y hasta el momento nadie decía nada sobre aquello.

Ya en sesión, al preguntarle qué la motivaba a consultar, indica: “No me gusta ser mujer, psicológicamente me siento hombre desde pequeño, soy un hombre con cuerpo de mujer… esto ha sido algo que no he querido asumir… siempre me ha gustado que me traten como hombre… desde que conocí la palabra trans, entendí lo que me pasaba, es estar atrapado en un cuerpo equivocado”. Señala que consultó en este momento, ya que le gustaría comenzar un proceso para convertirse en hombre… ser un hombre de verdad, en cuerpo, ya que me siento hombre psicológicamente desde chico. Le consulto si tiene pensado plazos y qué implicaría según la información con la que cuenta, y me responde que le gustaría comenzar un tratamiento hormonal en un corto plazo (“hace mucho tiempo que quiero esto, ahora me atreví a comenzar el proceso… es un paso muy importante en mi vida, y creo que es necesario acompañar este proceso con una terapia… hay muchas cosas que pensar”).

Yo había atendido varios pacientes de la diversidad sexual (lesbianas, bisexuales y gays), por diferentes motivos de consulta, pero había tenido menos experiencia en trabajo con personas trans. Era difícil saber cómo tratar a la persona que yo tenía al frente, ya que me decía que no se sentía mujer, que le incomodaba su cuerpo, tenía ropa frecuentemente utilizada por chicos de veinte años, pero su correo electrónico tenía el nombre “Daniela”, aunque no firmara el cuerpo del mail con aquel nombre. Por otra parte, estaba en mi mente esta experiencia contratransferencial, de mi incomodidad al darle un beso al saludarla y, además, el hecho de que en esta primera sesión me indicó algunos ejemplos de lo desagradable que era para él/ella cuando lo/la saludaban de beso en la calle o lo/la trataban como mujer. Por todas estas razones, me pareció fundamental visibilizar lo que estaba ocurriendo y puse el tema sobre la mesa, le dije que quizás fue incómodo que yo lo/la saludara de beso en la sala de espera, y me respondió que sí. Luego, le pregunté cómo prefería que yo le dijera, qué nombre, y me respondió: “yo le dije cómo me siento y lo que prefiero”. Le dije que entendía que podía ser más cómodo decirle como esperaba hace tanto tiempo ser llamado, pues se sentía hombre, y como estábamos ya en el final de la sesión, le dije: “OK, Daniel, lo dejamos acá por hoy, nos vemos el jueves”. Al despedirnos le di la mano, y sentí una “mano masculina” que se despedía con fuerza y agradecimiento, sentí que fue cómodo y fluido para ambos. Tomé el riesgo, y pasó a ser un joven que me consultaba, Daniel, pero que de alguna manera seguía siendo Daniela. Al terminar la sesión, quedé con sensación de incertidumbre, inseguridad y algo de temor, especialmente por los fantasmas de etiquetas diagnósticas, pero al mismo tiempo sentía que tras las acciones realizadas, había ocurrido algo bastante reparador y validador para Daniel.

II.- Algunos antecedentes de Daniel

El paciente es el hijo menor de Luis y Mónica. Tiene una hermana un poco mayor que él, que está casada y tiene dos hijos. Daniel vive con sus padres. Hasta el año pasado, estaba estudiando una carrera relacionada con la salud. Unos meses antes de comenzar su análisis, lo echaron de la universidad, ya que reprobó tres veces el ramo Anatomía. Esto sin duda da para pensar ¿Qué pasaba con su propia anatomía y los conflictos asociados a ésta? ¿Qué nivel de interferencia afectiva estaba teniendo como para no poder pensar sobre lo anatómico?

Respecto a este “fracaso académico”, indica que el último año “me lo farrié”, y que estaba poco motivado, con muchas cosas en la cabeza, preocupaciones y mucha ansiedad. Le indiqué una posible relación existente entre el tema de la anatomía en su motivo de consulta y el ramo Anatomía, ante lo cual respondió que nunca lo había pensado, y que puede haber algo relacionado a eso. Ahora no está estudiando y no quiere trabajar, pues señala que quiere concentrarse en su proceso de cambio. No quiere volver a la Universidad como Daniela, quiere volver como Daniel, para sentirse bien y así poder enfocarse en los estudios, más tranquilo y sin estar sintiéndose incómodo ni angustiado.

Al consultarle más sobre su sexualidad, comenta que se identifica como un chico que le gustan las mujeres, es decir, como un hombre heterosexual. Ha tenido relaciones sexuales con mujeres, donde utiliza un dildo que se amarra en la cintura. Algo que lo frustra mucho es que, como estos encuentros han sido en general con jóvenes lesbianas, a veces le tocan el cuerpo, especialmente sus pechos con mucho deseo, y eso no le gusta. Anhela hacerse una mastectomía[4]. Tuvo una polola tres años y medio, entre sus catorce y dieciocho años. Antes de eso, el primer beso con una niña, fue cuando tenía diez años -con una vecina del barrio-. A los doce años pololeó con un vecino dos años mayor, con el cual tuvo una relación sexual penetrativa, de la que afirma: “fue una pésima experiencia”. Se dio cuenta que no le gustaba estar sexualmente con hombres, no le atraían y terminó con él. Desde aquella ocasión, nunca más ha tenido relaciones sexuales ni amorosas con un hombre.

En cuanto al tema de sus pechos, Daniel cuenta que utiliza faja hace cuatro años aproximadamente. En el verano se pone doble polera, y a veces, incluso se pone polerones, aunque tenga mucho calor. Le preocupa mucho que no se le vean sus pechos, y se esfuerza enormemente para ocultarlos. Desde las primeras entrevistas dice que un gran sueño para él es poder quitarse la polera en la playa y meterse al mar solamente con los short-traje de baño, que siempre ha ocupado. Desde los once años compra bóxer en vez de calzones, y general, su ropa tiende a ser masculina.

Al indagar en el tema de salidas con amigos/as y momentos de entretención, otro anhelo que indica Daniel es poder ir a discotheques heterosexuales y poder sacar a bailar a una mujer heterosexual; sabe que es algo difícil, pero también sabe que existen casos de hombres trans que tienen una pareja mujer no lesbiana. En discotheques “alternativas”[5] u otras homosexuales, se ha besado con muchas mujeres, indicando que pueden ser alrededor de cincuenta chicas. Comenta que le gustan las discotheques y en ellas bebe bastante alcohol, llegando a consumir, antes del tratamiento, siete u ocho vasos de ron con coca-cola por noche. Fuma cigarro, oscilando entre doce y quince cigarros diarios, lo cual puede aumentar bastante los fines de semana. En cuanto a consumo de otras drogas, ha consumido dos veces cocaína (“fue entretenido, pero no me gusta tanto”), ocho veces popper (“muy entretenido, me hace reír mucho”), y pese a que ha probado la marihuana, no le gusta fumarla porque le produce sueño.

III.- Período inicial del tratamiento: características esquizoparanoides

Entendiendo que el concepto de “posición” para Melanie Klein no equivale a “estadio” -con el sentido que le dieron los/as psicoanalistas anteriores a ella-, ni al de “estructura” -en el sentido moderno poslingüístico-, sino más bien, se asocia a la noción de movilidad y la posibilidad de alternancia de un sitio o espacio psíquico (Kristeva, 2013), en este apartado analizaré algunas de las características iniciales del caso, que de acuerdo a mi hipótesis coincidirían con el concepto kleiniano de posición esquizoparanoide.

En los últimos años, además de su constante inquietud por ocultar sus pechos, Daniel indica que camina con la “cabeza agacha”, ya que siente que las personas que lo rodean se pueden percatar de que tiene cuerpo de mujer, y eso lo angustia enormemente, ya que tal como ha sido indicado, él se siente hombre desde pequeño. En esta línea, dentro de sus temores está el hecho de que puede encontrarse con alguien en la calle o en algún lugar y que lo saluden de beso y lo traten como una joven. Junto a lo anterior, debido a sus constantes salidas de noche a distintas discotheques y alto consumo de alcohol, han habido situaciones en las que se ha puesto en serio riesgo, desde algunos golpes con los puños a árboles por estar enojado -en discusiones con su novia-, produciéndose fractura en los dedos de su mano, hasta situaciones más peligrosas, como peleas fuera de discotheques o caminar de noche por “zonas peligrosas” del centro de la capital, siendo víctima de asalto y golpes en la cabeza. Felizmente este hecho no tuvo consecuencias graves y luego de recibir puntos en una pequeña herida en su cabeza, se recuperó rápidamente. Debo agregar acá el hecho de que en un viaje a la playa con un grupo de amigos/as, una noche, al quedarse solo en el living, ya que era tarde y todos/as se habían ido a dormir, sintiéndose muy angustiado comenzó a beber en demasía, hasta llegar a un momento en que tomó un cuchillo y comenzó a hacerse cortes superficiales en sus pechos. Comenta que se hizo aproximadamente siete cortes en cada uno, y que estaba muy angustiado en ese momento.

A la luz de la conceptualización kleiniana de posiciones psíquicas, es posible señalar que se identifican inicialmente en Daniel, una serie de características propias de la posición esquizoparanoide, donde la desintegración y la persecución dominan la vida psíquica (Chemama, 2004). No sólo le angustiaba mucho la incongruencia entre su género y su anatomía, siendo muy difícil para él asumir su sexualidad trans, sino que se apreciaban impulsos sádicos dirigidos no sólo contra los objetos externos -como por ejemplo un árbol golpeado-, sino también contra sus propios objetos internos. Como indica Melanie Klein (1935), en esta posición se aprecian impulsos que buscarían vaciar el contenido del objeto, devorarlo y destruirlo por todos los medios que el sadismo pueda ofrecer. Así, era posible dar cuenta de una ausencia de consideración consigo mismo, lo que estaba poniendo constantemente en riesgo su integridad.

Tomando en cuenta que uno de los elementos más significativos de la posición esquizoparanoide, es la predominancia y fuerza defensiva de la escisión, planteo que el conflicto nuclear estaba constituido por la escisión entre una Daniela-pecho-malo-devaluada-frustradora y un Daniel-pecho-bueno-idealizado-gratificador. Tal como afirma Klein (1952), “esta marcada antítesis entre el pecho bueno y el pecho malo se debe en gran parte a la falta de integración del yo, así como a los procesos de escisión dentro del yo y en la relación con el objeto” (p.72). Pese a que, en un comienzo puede ser un mecanismo defensivo un tanto excesivo y extremo, le permite al yo emerger del caos de la angustia de aniquilación, ordenando sus experiencias, lo cual es una condición previa para la integración posterior (Segal, 2012). Dado lo anterior, comparto la siguiente pregunta: ¿Cómo no vivir una experiencia interna amenazante y aniquiladora si todos los elementos de la realidad se transforman en objetos-trozos -objetos parciales- volando por un universo confuso y angustiante? La percepción objetiva de su cuerpo -con juicio de realidad conservado- le indica que tiene vagina y pechos, pero la experiencia subjetiva de Daniel es ser un hombre, y la sociedad exige coherencia hegemónica y lineamientos claros en el núcleo sexo-género, todo lo cual configura un cuadro de fuertes exigencias -basadas en el binarismo hegemónico- que lo constriñen. Me parece que de esta manera la sociedad se transforma en un objeto-malo externo, que persigue, constriñe, discrimina y agrede. Desde este prisma, podríamos entender que estos mandatos sociales, serían catalizadores, como indican Laplanche y Pontalis (1996), de una intensa angustia de naturaleza persecutoria, debido a la amenaza de este objeto-malo-constrictor-hegemónico-externo.

En esta línea, tal como comenta Melanie Klein (1952), puede concebirse que, en períodos libres de hambre y tensión en el bebé, existe un equilibrio óptimo entre las pulsiones libidinales y agresivas en la posición esquizoparanoide, sin embargo, “este equilibrio se altera cada vez que, debido a privaciones de origen interno o externo, las pulsiones agresivas son reforzadas” (op.cit., p.71). Retomando lo planteado sobre la amenaza de un objeto-malo-constrictor-hegemónico-externo, me atrevería a pensar que cada vez que Daniel pasaba por una situación donde era cuestionado, insultado o agredido de cualquier otra forma por ser una persona de la diversidad sexual, y en específico una persona trans, se iban reforzando las pulsiones agresivas y las proyecciones de ésta, y por ende, se iba incrementando la escisión, lo cual empobrecía considerablemente su funcionamiento psíquico general. Según este planteamiento, podríamos entender su imposibilidad para pensar en “Anatomía” y la fuerte angustia que lo llevó a no querer continuar en la Universidad, antes de poder hacer los cambios en su cuerpo que le parecían necesarios para vivir más tranquilo, alejándose de la posibilidad de ser discriminado y agredido. Asimismo, en la medida que existiera más aceptación, validación y apertura para verlo en tanto hombre -Daniel-, con un pasado diferente -Daniela-, se abría la posibilidad de que primara la satisfacción por sobre la frustración, permitiendo que las angustias persecutorias y las pulsiones destructivas perdieran peso, incrementándose, a su vez, las posibilidades de integración yoica.

Antes de continuar con el análisis del proceso, quisiera presentar unas respuestas que me entregó Daniel al aplicarle el Test de Rorschach en el período de entrevistas iniciales. Éstas me llamaron la atención, especialmente por su parcialidad, pensando en la predominancia de objetos parciales de la posición esquizoparanoide. Ante la lámina I, Daniel respondió: “…igual es como raro, lo primero que se me vino a la mente es la parte de un cuerpo, hueso, como una parte de la espalda”, y luego agregó: “Y esto, alas… las alas de algún ave podrían ser, sí, alas”. Pese a que existen estímulos perceptuales en dicha lámina para poder responder: la espalda de una persona, y un pájaro, un murciélago o cualquier animal alado, Daniel habla de la parte de un cuerpo, una parte de la espalda y las alas de algún ave. Aquellas palabras me hacen pensar en su propio cuerpo escindido, proyectando aquel conjunto de parcialidades en la mancha que tenía frente a sí. A propósito del objeto-malo-constrictor-hegemónico-externo, al finalizar la aplicación del Test de Rorschach, utilizando el recurso complementario de la “Asociación Libre” con dicho instrumento proyectivo, le indiqué una palabra que se había repetido en varias ocasiones en sus respuestas, la cual fue “falta”. Le pedí que me dijera lo primero que se le venía a la cabeza con esa palabra y me respondió: “que falta algo, que falta que la gente me pueda ver como lo que siento que soy… me dieron ganas de llorar”.

  1. Proceso de integración y aperturas hacia la consideración por el objeto

Tal como fue mencionado antes, para que la posición esquizo-paranoide dé lugar, en forma gradual y relativamente no perturbada al siguiente paso del desarrollo, la posición depresiva, la condición previa necesaria es que las experiencias buenas predominen sobre las malas (Segal, 2012), y en este sentido es fundamental tener presente que a este predominio de experiencias buenas por sobre las malas contribuyen tanto factores internos como externos (op.cit.). Justamente acá es donde creo que el tratamiento toma especial lugar, ya que por medio de una manera de estar y de intervenir con creatividad y cuidado, es posible ir poblando de objetos buenos el mundo interno de los pacientes, antes plagado de objetos malos y persecutorios. Ya pasado el tiempo, creo que aquella primera sesión con Daniel, en la cual lo llamé por su nombre social e identificatorio de su género, y aquella despedida dándonos la mano, fue una instancia de cuidado y consideración por el objeto, que marcó un camino donde él pudo ir integrándose paulatinamente.

Daniel había planteado desde un comienzo que tenía la intención de comenzar un tratamiento hormonal y que uno de sus sueños era poder ir a la playa sin polera, y poder bañarse solamente con su short-traje de baño, tal como lo hace el resto de los hombres, sin los pechos que tanto lo acomplejaban. Es decir, como lo veíamos anteriormente, se mantenía aquella idealización del objeto-bueno-Daniel, marcando, especialmente al comienzo, una gran distancia con el devaluado-objeto-malo-Daniela, perpetuando la escisión.

En este contexto y dada la naturaleza del caso, me parece crucial considerar lo que plantean Helien y Piotto (2012) en su texto “Cuerpxs equivocadxs: hacia la comprensión de la diversidad sexual”:

No se puede dar vuelta la hoja y que con un chasquido de dedos desaparezcan años de experiencias vividas. Por el contrario, hacer una integración de la historia de vida con una línea de continuidad es deseable para un concepto de salud cuerpo-mente. Hay que aceptar el pasado sin negarlo y saber cómo unirlo para dar sentido a todo el proceso (p.194, la negrita fue agregada para este texto).

Podemos leer desde claves kleinianas, que los autores hablan de la necesaria integración de los objetos escindidos, y desde esta perspectiva, una tarea imprescindible del tratamiento tenía que ver con mostrarle a Daniel, con el timing adecuado, y cada vez que hubiera disposición para escuchar aquello, que él había sido durante varios años de su vida “Daniela”, y que toda aquella historia de infancia y adolescencia, todos aquellos momentos con su familia, amigos/as y compañeros/as son parte de su propia historia. Luego del tratamiento hormonal o luego de la eventual operación para extirparse los pechos, él seguía siendo la misma persona en gran medida, aunque evidentemente los cambios corporales le iban a permitir vivir de una manera distinta. Daniela iba a seguir viviendo en él, en su historia, en sus cicatrices del pecho, en su vagina y en cada recuerdo que tuviera de su infancia y pubertad. Como plantea Klein (1935), en la medida que se pudo ir elaborando aquella relación con sus objetos, y al mismo tiempo pudo ir introyectando objetos buenos, pensando especialmente en las intervenciones e interpretaciones que sesión a sesión iba ofreciéndole desde mi lugar de analista, los objetos fueron pasando de ser “una multitud de perseguidores” (p.278) a un objeto donde vale la pena luchar para unir sus partes en un todo.

De esta forma, fue ocurriendo en el tratamiento de Daniel, una disminución progresiva de las situaciones en las que él se exponía a riesgos y peligros, evidenciándose cada vez más un cuidado y un respeto por su propio cuerpo, y por su persona de manera global. La lectura que propongo de aquello, tiene directa relación con la superación de la posición esquizoparanoide, desde un desarrollo en lo que corresponde a la integración de los objetos buenos y malos.  Al respecto, Melanie Klein (1952) indica que en la medida que crecen las experiencias de síntesis y, por lo tanto, de ansiedad depresiva, se hace más frecuente y duradera aquella síntesis, lo que forma parte, directamente, del proceso de integración. La autora (op.cit.) señala que “con el progreso en la integración y la síntesis de emociones contrastantes hacia el objeto, la líbido llega a mitigar las pulsiones destructivas” (p.75). Creo que esta mitigación, le permitió a Daniel integrarse, y así también, tener una mayor consideración consigo mismo, reparándose, ya que aquellas agresiones que tantas veces recayeron en él, no fueron solamente en dirección de su objeto-malo-Daniela, sino que finalmente, y así lo pudimos ir trabajando en sesión, le afectaban y lo golpeaban a sí mismo de manera completa; no eran dos personas distintas, era él.

Si bien, Melanie Klein (1935) coloca el acento en la integración del objeto-madre, donde en la posición depresiva se mezclan ansiedades, sentimientos y defensas de dolor relacionados con la inminente pérdida del objeto amado, en esta ocasión quiero proponer y poner el acento en el hecho de que gracias a la integración psíquica de sus objetos internos -como consecuencia de la merma de la escisión-, Daniel pudo ver y aceptar sus propios límites, identificar los peligros que podían atentar contra su integridad, y aumentó su auto-consideración y auto-cuidado, comprendiendo que podía llegar a perder-se, aniquilando a su ser completo. Todo lo anterior, lo pudo preparar para el tratamiento hormonal que comenzó seis meses después de empezar psicoterapia, y para la mastectomía que llevó a cabo luego de estar un poco más de un año en el proceso de análisis. El paciente se quería más a sí mismo, ya que tal como expresa Klein (op.cit.): “sólo después que el objeto haya sido amado como un todo, su pérdida puede ser sentida como tal” (p.270).

  1. Algunas ideas finales

He podido referirme al proceso de Daniel, de superación de la posición esquizoparanoide para dar paso a la posición depresiva, la cual implica una particular organización e integración del yo, y junto a esto, un cambio de crucial importancia, el cual es el pasar de una relación de objeto parcial a una relación de objeto total. Tal como comenté previamente una respuesta del Test de Rorschach que me llamaba fuertemente la atención, a propósito de la parcialidad de las respuestas entregadas al comenzar su tratamiento, ahora para finalizar, quisiera indicar las respuestas que entregó el paciente en una nueva aplicación que llevé a cabo en una de las sesiones finales. Daniel respondió lo siguiente en la misma lámina I: “veo una espalda de una persona ahí, y también veo una mariposa, con su cuerpo y sus alas”. A diferencia de las respuestas dadas al inicio del tratamiento, donde observábamos una predominancia de objetos parciales, en esta ocasión, luego de dos años de psicoterapia, predominaban objetos totales, lo que podemos interpretar como una proyección de su propio mundo interno menos escindido, y por ende, mayormente integrado.

Quisiera agregar que unos meses después de finalizar el tratamiento, Daniel me envió un mail donde me contaba que había ido ese día a buscar su nuevo carnet de identidad, donde es nombrado Daniel, con lo que se selló un cambio de nombre legal. Fue muy emocionante recibir esa noticia y leer lo agradecido que estaba del espacio terapéutico que sostuvimos juntos. Fue difícil no pensar en ese momento, en aquella primera sesión donde me quedé con dudas y con gran incertidumbre, y en aquel primer período de su tratamiento donde mantenía un funcionamiento escindido, parcializado, y con intensas pulsiones agresivas que eran dirigidas hacia sí mismo, “sin percatarse de aquello”. También fue difícil no pensar en los constrictores culturales que estuvieron por tanto tiempo, amenazando y reforzando las ansiedades persecutorias, lo que a su vez reforzaba, en la lógica de un círculo vicioso, una vivencia sumamente parcializada.

Quedan muchas ideas y reflexiones que hacer respecto a este caso, y en general, de la manera en que los psicoanalistas nos aproximamos a estos casos que se desmarcan de la hegemonía y de los mandatos binarios del sistema sexo-género, que durante tantos años han primado en la ciencia en general, y en nuestra disciplina en particular. Para finalizar, dejo la siguiente inquietud que plantea la colega Leticia Glocer (2010): “¿Cuáles son las respuestas cuando los cuerpos “naturales” ya no marcan ineludiblemente una identidad sexual para toda la vida (…)?” (p.68).


Bibliografía

Chemama, R. y Vandermersch, B. (2004). Diccionario de Psicoanálisis. 2da Ed. Buenos Aires: Ed. Amorrortu.

Foucault, M. (2010). El cuerpo utópico. Las heterotopías. 1ª Ed. Buenos Aires: Nueva Visión.

Frignet, H. (2003). El transexualismo. 1ª  Ed. Buenos Aires: Nueva Visión.

Glocer, L. (2010). Sexualidades nómades y transgénero. En Diversidad Sexual (Zelcer, Comp.). 1ª Ed. Buenos Aires: Lugar Editorial.

Helien, A. y Piotto, A. (2012). Cuerpxs equivocadxs: hacia la comprensión de la diversidad sexual. 1ª  Ed. Buenos Aires: Paidós.

Klein, M. (1935). Contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos. Obras Completas Vol. I, 1990. Buenos Aires: Paidós.

Klein, M. (1952). Algunas conclusiones teóricas sobre la vida emocional del bebé. Obras Completas Vol. III, 1992. Buenos Aires: Paidós.

Kristeva, J. (2013). El genio femenino: Melanie Klein. 2ª Ed. Buenos Aires: Paidós.

Laplanche, J. y J. Pontalis. (1996). Diccionario de Psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.

Segal, H. (2012). Introducción a la obra de Melanie Klein. 1ª  Ed. 19ª reimp. Buenos Aires: Paidós.

[1]Psicólogo Clínico UC, Magister en Psicología Clínica mención Psicoanálisis U. de Chile. Diplomado en Psicoanálisis y Género U. de Chile / ICHPA. Psicoanalista en Formación de la Sociedad Chilena de Psicoanálisis ICHPA. Docente de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Universidad Alberto Hurtado – cristobalcarvajal@gmail.com – Santiago, Chile.

[2] Si bien, se suele diferenciar como transexuales a las personas que ya han sido operadas de sus genitales, y como transgéneros a las personas que sienten un género distinto al de su cuerpo, pero que no necesariamente quieren operarse de sus genitales, cuando no sea necesario, me referiré a personas trans sin hacer esta distinción formal.

[3] Pongo inicialmente su nombre en femenino, ya que el primer mail que me envió venía desde un correo donde, pese a no firmar su escrito con ese nombre, la dirección de correo electrónico contenía la palabra “Daniela”.

[4] Si bien no le gusta tener vagina, no es algo que le complicara tanto como los pechos, en aquel momento.

[5] Se le llama “alternativas” a las discotheques inclusivas donde conviven abiertamente personas de la diversidad sexual con personas heterosexuales, no siendo espacios estrictamente homosexuales, lésbicos y/o bisexuales.

         

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