(DE) TERMINACIONES DE LOS AMANTES: EL DESAMOR Y LA RUPTURA SENTIMENTAL

Dunia Samamé[1]

Resumen: 

El amor pone en juego algo de la carencia y mientras la relación sentimental funciona esa falta parece llenarse o no hacer tanto ruido; no obstante, la presión pulsional tiende a degradar la vida erótica. La pareja nace de una desmentida originaria que pretende hacer de dos uno, trabajo de negativización que viabiliza la membrana vincular del estar juntos y generar un “nosotros”.

Palabras clave: Amor, separación, sufrimiento, vínculos


“Infinitamente más que todo”: es el nombre infantil del amor, su nombre de pila, su nombre secreto. (Christian Bobin, 2000)

  1. Introducción

El fracaso de la aventura amorosa para los amantes, trae consigo una profunda crisis existencial, dicha conmoción se vivirá con más o menos intensidad dependiendo de muchos factores que han ido construyendo el vínculo. Es porque el amor duele que hay tanta promoción alrededor de la autoayuda rentabilizada alrededor de la economía emocional, sin olvidar las fuerzas sociales que intervienen en la dinámica amorosa. Ese indeseable padecimiento toma expresión en fórmulas cotidianas como: “la vida no es igual”, “no podré seguir sin él(ella)”, “ ya nada tiene sentido”, “nunca encontraré a alguien para mí”, “esto no me puede estar pasando”, etc., frases hechas que no alcanzan a transmitir la aguda desolación del ser que queda desvitalizado, desesperanzado, detenido en un sufrimiento que parece haber llegado para quedarse y que redunda en la eterna pregunta sobre la facilidad o dificultad del olvido, en un trasfondo de victimización y autocompasión.

En estas circunstancias, la magnitud de lo que se debe soportar desborda los habituales procedimientos de afrontar la pena. En algunos casos esta coyuntura visibiliza una serie de interrogantes que indagan desesperadamente por formas prontas de alivio, pero a su vez pueden abrir un espacio terapéutico, para evaluar más allá de las acusaciones que personifican el conflicto, las posibilidades de cuestionar las propias modalidades de la relación, especificidad de la interacción diádica, amenazas de triangulación, etc.

La imposibilidad de manejar estas circunstancias, de no saber conducirse frente a la crisis, está marcada por el sufrimiento y el despliegue de la ira ante el abandono, así, aflora un repertorio de odio y acciones en el que emergen deseos de venganza, revancha, circuitos de poder, dependencia patológica, coacciones por despecho, etc. Diversas formas que apuntan obstinadamente a evitar las despedidas, la soledad, el vacío. Situaciones donde esta en juego el valor propio y el reconocimiento, al no contar con estos recursos, la disposición a recibir, aceptar y solicitar, aunque sea migajas de amor, metabolizadas en nutricios manjares, son señales de desamparo y de posesividad. Las personas, impactadas cognitiva y afectivamente preguntan cómo tomar distancia de alguien que no desea ya seguir contigo o no desea tener nada contigo, pensar en ese frío escenario les resulta aterrador, se niegan a evaluar esa hipótesis, prefieren seguir sufriendo y garantizándose un goce paradójico al cual no se acepta renunciar. La insignificancia de base, las resonancias de los determinantes originarios de las inaugurales relaciones con el Otro, la incipiente modulación de emociones primarias, el considerarse indignos de amor, los lleva a una fragilidad existencial, atrapados en sus fantasías, esperan el día siguiente, que algo cambie y sus deseos se hagan realidad. Se hacen necesarias reflexiones que ayuden a esclarecer estas dinámicas.

Como parte de los rasgos dominantes de la vida moderna, convivimos con la tecnología instalada completamente en todos los ámbitos de la vida, y por lo tanto tiene también una fuerte presencia en la administración de la emocionalidad, ya sea para transformar las formas de vincularnos, las redes sociales suprimen las contingencias del encuentro; o para negar o acelerar la ruta del duelo, la decepción amorosa pasa a ser un enemigo, las catástrofes amorosas enajenan, ese stress debe suprimirse como parte de todo aquello que aqueja y aleja al sujeto de su disfrute cotidiano, por lo tanto, son un mal a erradicar para no cortar el imperio del bien, la felicidad y el éxito.

 

  1. Vínculo y sufrimiento

El sufrimiento y la satisfacción son correlatos esenciales en el proceso vincular, la experiencia de entrar en vínculos con nuestros semejantes, es sin duda algo tan imprescindible que nos humaniza, al mismo tiempo nos aqueja.

Así, se estima que el dolor es la afectación inicial que impacta de entrada y el sufrimiento comporta una cualidad psíquica que activa formas de hacer con el dolor. Una vertiente del sufrimiento vincular sería el que deriva del dolor acerca del amor, del desamor y la posibilidad de subjetivizarlo.

Es notable como cada época otorga un estatuto al discurso cultural del sufrimiento; algunos destacan el heroico papel que representaban la dama y el caballero que sufrían por amor y otros apuestan a variados amarres o chantajes para evitar la partida del ser amado. Constatar y admitir que no hay nada que podamos hacer para forzar a esa persona a continuar la relación no es algo fácil de digerir, pues niega directamente lo voluntario del acto amoroso. Es importante explorar qué lugar le adjudica cada sujeto a ese sufrimiento, si lo valida como tal, lo interroga, enfrenta, soporta, etc. Ante las decepciones amorosas, se buscan sus causas, se ofrecen curas y se polemiza acerca de las responsabilidades por el rompimiento, son inagotables las autoacusaciones acerca de una situación que se muestra tan desconcertante, pensamientos obsesivos que revelan la impotencia e impiden prestar atención al estudio o trabajo, más allá de la naturaleza del vínculo, no es un momento que se caracterice por la objetividad, lamentarse tiene más relevancia, algunos transitan diferentes estaciones anímicas y progresivamente se van recomponiendo, por el contrario otros cronifican ese malestar.

Si bien al acontecimiento del amor se le adjudica un poder agalmático que captura y fascina, su ausencia o perdida supone también un arrasamiento del ser que daña y perturba, perpetuando la queja y demoliendo el futuro, abjurando de la fidelidad y viendo dudas donde antes había certezas. Estamos en el escenario del amor-desamor y sus contradicciones, encuentros y desencuentros, idealizaciones y desidealizaciones.

Las formas de hacer pareja se adaptan a los tiempos y en esa medida generan formas de vivir el vínculo amoroso, sea a modo de poliamor, swingers, dinkis, flexisexuales, etc., la mayoría, aunque pretenda desmarcarse de concepciones tradicionales sobrevuelan en torno a la configuración de una ilusión de a dos o más, de los aspectos relacionales del compartir y en el caso de su colapso de la manera de representar y significar el sufrimiento que acarrea la separación.

Las penas de amor constituyen momentos privilegiados en que el sujeto se confronta con un no saber, la falta de la palabra y la no aceptación de la realidad; el inconformismo; sea para digerir una ruptura, prolongar interrogaciones y compartir la perplejidad por una relación que acabó o que se intenta recuperar. Podemos señalar algunos de los elementos que hacen al sufrimiento vincular:

  • Tramitación de la diferencia,
  • Terror a la soledad,
  • Reconocimiento de la alteridad,
  • Quiebre de los acuerdos y alianzas inconscientes,
  • Velar de la castración,
  • Vivencia de la ajenidad,
  • Imposibilidad de completitud,
  • Ilusión de fusión e identidad de pensamiento,

¿Cómo se reflejan estos aspectos en el espacio transubjetivo?, es importante evaluar desde all ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽nte evaluar desde alll espacio transubjetivo, os de una vida anesteciada y con la espontaneidad de un automata r amadoí cómo se conjugan, los fines que atraviesan la socialización, la crianza, los mensajes de los medios de comunicación, las formas de hacer política, etc. Todo ello implica hacer funcionar operativamente la interdisciplina y nutrirse de la teorización sobre la complejidad y la autoorganización, que impugnan la epistemología representacionalista.

III. Amor y ruptura

Las redes sociales facilitan y encauzan la hipervisibilizacion de las relaciones amorosas, dejan constancia oficial del inicio y el final de una relación amorosa, la exposición de eventos a manera de bitácora fotográfica permanentemente actualizada del estado de nuestros sentimientos. Esas son las coordenadas imperantes en la actualidad, y por lo mismo son las variables que intervienen en el ordo amoris (orden del amor), serán las posiciones de ser hombre o mujer sin exclusión del amor homosexual las que apelaran a una serie de variantes de cómo se entiende y se vive la experiencia del amor y del desamor.

El sustrato pulsional, y los condicionantes relacionales de nuestra mente, van estructurando el psiquismo en su singularidad, dividen las aguas psicopatológicas y sus abordajes técnicos, la organización y estabilidad libidinal siempre desafiada por el placer y su más allá, lleva a focalizar transferencialmente los procesos de ligazón y desligazón.

La sociedad definida por la agonía y los estertores del amor, la erosión del Otro y las innumerables amenazas a Eros cada vez más anémico, son algunos ingredientes de una visión fatalista que vuelve inminente el redoblar los esfuerzos por encauzar la pulsión.

El amor agoniza, la condena a siempre investir trae en algún momento un desenlace amargo. Establecer lazos sociales tiene como base la renuncia pulsional. ¿Qué garantías se pueden invocar para que el encuentro con el Otro funcione?

Confrontados a la ruina amorosa, debemos disponernos a una recuperación instantánea. Siguiendo los patterns ensayados por la especie, los cuales han potencializado la razón astuta y sus mecanismos para huir del peligro, ¿no hay acaso desde lo innato un escape, una fuga? La angustia a modo de traducción psíquica es señal de los riesgos, de la amenaza externa y, tal como se confirma en las demandas de tratamiento analítico, de esas particulares coyunturas comprometidas en las que la angustia indica la distancia de nuestras más íntimas modalidades de goce y de nuestro deseo inconsciente.

Bajo una sociedad del rendimiento, el sufrimiento vincular por una decepción amorosa, se convierte en estigma que debe ser no sólo negado, sino forcluido, resto inutilizable en el marco de un contexto social que propugna un máximo de control emocional, o indiferencia social. La obligación ya no pasa por el deber sino por el poder, en este caso se trataría de demostrar que ese sufrimiento no nos desmorona, sólo hay que extirparlo rápidamente, el imperativo social apunta a negar la herida narcisista, se trata de borrar esa indeseable línea de programación psíquica que convoca la perdida, el duelo, etc. El Homo festivus, no se permite preocupaciones banales sobre el amor, su espíritu dicta saltar las restricciones del padecer, la tragedia no tiene por qué ser vivida, ni distraer de la celebración permanente.

El sufrimiento de amor, termina siendo una paradoja cada vez más rara cuando tenemos a mano tantas opciones para desactivarlo como los sitios virtuales para conocer “gente como uno”, dispuestos a atender cualquier búsqueda especifica de encuentro, en tiempos de vínculos descartables, resulta más extraño y pasado de moda el sufrimiento por amor; en nuestros días, nada hay que valga el derroche de energía que representa la detención del tren de la vida, no es dable, sano, práctico, eficiente, inteligente, cortés, de buen gusto, etc., gastar tiempo en duelar a la pareja, si solo es cuestión de reemplazarla sin mostrar afectación, mientras se sigue la rutina diaria, donde todo es nuevo y original; solo importa mostrarse solvente y sobrevolar esas estrecheces anímicas.

  1. Cuestión de neurotransmisores

La ciencia busca hacer frente a las contingencias de la vida, en diversos ámbitos se hacen innumerables esfuerzos de progreso tecnológico y la salud mental no queda libre de su injerencia. El desarrollo farmacológico y la industria de los laboratorios, de la mano de los estudios en psicología cognitiva, están interesados en anestesiar el sufrimiento, y ponen a nuestra disposición una serie de propuestas supuestamente vanguardistas de lo que se ha venido a llamar las técnicas del anti-amor.

Como una quimera que no deja de entusiasmar a la ciencia, se procura aún poder acotar aquello rebelde de la emoción, de allí que la tecnología anti-amor, apunta al deseo sexual, la atracción y el vínculo, es la forma como se intenta perfilar el discurso medicalizado sobre cómo frenar el sufrimiento amoroso y reducir la incertidumbre, la bioética defiende esta propuesta y precisa las ventajas de las vacunas, pastillas, y demás remedios. Descifrar la actividad cerebral, el funcionamiento hormonal de cada sexo y la incidencia de los neurotransmisores, son los principales argumentos que articulan el discurso científico sobre el sufrimiento de amor.

El amor, es visto como la evolución de sistemas neuroquímicos a favor de la supervivencia de la especie y de sus fines reproductivos, desde esta perspectiva, apela a las causas orgánicas, respuestas a estímulos que son procesados por la química cerebral, sufrir por amor es una enfermedad, sustentada en un vocabulario de neurotransmisores, así se popularizan ciertos términos que luego por si mismos pretenden explicar el fenómeno a la vez que buscan legitimación.

La referencia a la enfermedad, y los procedimientos farmacológicos para su cura, impiden acceder a un interrogatorio existencial visto como innecesario, se trata de luchar contra el síndrome de Tako-tsubo, el arrasamiento subjetivo y desvarío pasional, si bien en algunos casos la clínica testimonia la efectividad del fármaco también se evidencian resultados indeseados, que, como se observa en la película Equilibrium, dan por resultado sujetos con una vida anestesiada y la espontaneidad de un autómata. Se dirá que para eso existe la regulación y la visita recurrente al médico psiquiatra, pero ¿qué tanto dialogo hay con esta especialidad? Drogas que mantengan el amor o acaben con él, lo cierto es que se trata de un saber acerca de las emociones y la promesa de poder regularlas sin perjuicio para amante o el amado abandonado, la salida se simplifica vía la lógica del mercado, elegimos, decidimos, consumismos, ¿qué sentido tendría apelar a huellas de romanticismos rancios y a sospechosas salidas piadosas que lindan con el masoquismo? Si las terapias han abdicado de la cura, por qué negar las bondades del efecto inmunosupresor que propone la ciencia vía los analgésicos y quizás de aquí a poco estemos agendados para una especie de lobotomía moderna que despida la memoria del dolor y reprograme los recuerdos por monitoreo electromagnético.

Estas ideas se amparan en un entendimiento de la producción de la subjetividad y las teorías del sujeto. Se va naturalizando la ruptura indolora, que no necesariamente intenta sostener la fachada narcisista, sino que por el contrario son las formas más puras de la prescindencia del otro.

Lutos o duelos innecesarios, los rituales sobre las perdidas pueden ir variando, cifrándose en códigos culturales que dejan su huella en la subjetividad, el post de las rupturas sentimentales, desestimaría el apalabramiento y rebajaría el valor del vínculo terapéutico, pues la solución proviene del cocktail de pastillas ad hoc, se apela así a los secretos de la amortentia, que cumpla con exorcizar el malestar y perennizar el encanto. En esta problemática, además de pugnas por el saber y defensa disciplinar, confluyen entonces lo indecible del padecimiento vincular, los mandatos culturales sobre cómo procesar la pérdida, y la oferta de la cura amparada por el avance tecnológico, todo ello da cuenta de ciertas pautas en saber hacer con el sufrimiento.

Bibliografía

 

Illouz, E. (2009). El consumo de la utopía romántica. Buenos Aires: Editorial Katz.

Indart, J. C., y Chamorro, J. (2000). Modos del encuentro amoroso. Buenos Aires: Plural Editores.

Salamone. L.D. (2010). El amor es vacío. Buenos Aires: Grama Ediciones.

[1] Dunia Samamé, Licenciada en sociología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Psicoterapeuta psicoanalítica del Centro de psicoterapia psicoanalítico de Lima. Correo: exsb2003@yahoo.es Lima

         

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