ABUSO SEXUAL EN LA INFANCIA. LA INTERVENCIÓN EN LAS CONSECUENCIAS DEL TRAUMATISMO

Lic. Marcela L. Marsenac[1]

Resumen

Pensamos el abuso sexual como una situación traumática que conmueve el psiquismo infantil, a partir de generar un aflujo de excitación inelaborable para el yo, que ataca la funciones autoconservativa y autopreservativa, generando la pérdida de identificaciones estructurantes y promoviendo defensas patológicas.

La intervención del analista en las situaciones de abuso corresponde con las consecuencias que los acontecimientos han dejado en el psiquismo infantil. Si el abuso ha logrado inscripción psíquica, representacional, la interpretación promoverá la emergencia de los recuerdos reprimidos posibilitando una resignificación de lo vivido y restaurando la memoria.

Si el abuso no ha logrado inscripción en el psiquismo porque la fuerza traumática del acontecimiento ha arrasado la capacidad simbólica del yo, la intervención analítica apuntará a generar representación a través de la reconstrucción del narcisismo y aportando simbolizaciones de transición que permitan representar el trauma para elaborarlo y posibilitar la reconstrucción de la historia.

Palabras clave: trauma, sexualidad, interpretación, simbolización de transición.

Abordar el tema del abuso sexual en la infancia desde un enfoque psicoanalítico, nos confronta al problema de la consideración de la diferencia entre realidad y fantasía. Cuando Freud (1893-1895) se encuentra con las escenas de seducción del adulto hacia el niño en los relatos de sus pacientes, las piensa como etiología de la neurosis. En el curso de su obra pasan de ser consideradas como sucesos realmente acontecidos a ser pensadas como fantasías. Esto lleva a una profundización del estudio sobre el tema que Freud resuelve con el concepto de realidad psíquica.

Con el descubrimiento de la sexualidad infantil y la conceptualización de las fantasías sexuales infantiles como contenidos inconscientes presentes en la constitución del psiquismo, las relaciones familiares quedan permanentemente atravesadas por la sexualidad. Al abordar la problemática del abuso pensamos en un modo de establecimiento de esas relaciones familiares, en las que el niño está puesto en el lugar de objeto de goce sexual respecto del adulto abusador.

A partir del concepto de “realidad psíquica” trabajamos con lo que ha producido el acontecimiento de la realidad, con lo que ha quedado inscripto en el aparato psíquico.

Para considerar las consecuencias del abuso sexual en el psiquismo infantil, es necesario abordar el tema del traumatismo.

  1. Trauma. Traumatismo

Consideramos el traumatismo como constitutivo del psiquismo. Laplanche retoma de la obra freudiana, el planteo de la seducción generalizada como traumatismo que da origen a la posibilidad de vida psíquica.

La madre es la que ejerce la primera seducción, la seducción originaria en los términos de Laplanche (1988). Por ser sujeto de inconciente, a partir de su sexualidad infantil reprimida, la madre dejará sus marcas en el cuerpo infantil, generando un plus de excitación. En el acto de la alimentación, al dar cumplimiento a los cuidados autoconservativos del niño, aporta un plus de excitación, dando lugar a la implantación de la pulsión. Este mensaje traumático y sexualizante devendrá enigma constituyente en el sujeto psíquico y dará lugar a la generación de la representación, al nacimiento de la posibilidad de simbolización.

Sin embargo, estos movimientos microtraumáticos que generan complejización al psiquismo al dar origen a una mayor capacidad simbólica, no deben confundirse con el trauma en sentido estricto, que efracciona la membrana del yo y desestructura el psiquismo.

En el Diccionario de Psicoanálisis, Laplanche y Pontalis (1971) definen al trauma como:

Acontecimiento de la vida del sujeto caracterizado por su intensidad, la incapacidad del sujeto de responder a él adecuadamente y el trastorno y los efectos patógenos duraderos que provoca en la organización psíquica. En términos económicos, el traumatismo se caracteriza por un aflujo de excitaciones excesivo, en relación a la tolerancia del sujeto y su capacidad de controlar y elaborar psíquicamente dichas excitaciones. (Laplanche y Pontalis 1968, p. 447).

Freud (1893-1895) habla del trauma como origen de la neurosis. El trauma psíquico, desde la perspectiva económica, consiste en una brusca sobrecarga, en un aumento cuantitativo de la excitación que llega al psiquismo y que no es dominable para el aparato psíquico. Esta carga excesiva es vivida cualitativamente como afecto (terror, desamparo). El exceso del quantum de afecto tiende a ser descargado de forma automática, por ejemplo, en el ataque histérico, o da lugar a un trabajo psíquico de reviviscencia de la situación traumática, que permite la abreacción de la suma de excitación y la elaboración de la representación.

El afecto es suprimido y la representación es reprimida, pero el recuerdo tiende a retornar, el afecto retorna en las conversiones somáticas y la representación retorna en las llamadas reminiscencias (visiones cuasi alucinatorias).

Freud (1893) señala la idoneidad determinadora y la eficacia traumática de un acontecimiento refiriéndose a su “capacidad de producir efectos”, dice: “En el caso de la neurosis traumática la causa eficiente de la enfermedad no es la ínfima lesión corporal; lo es, en cambio, el efecto de horror, el trauma psíquico.” Agregando a continuación, tras preguntarse a qué debemos denominar “trauma psíquico”: “En calidad de tal obrará toda vivencia que suscite los afectos penosos del horror, la angustia, la vergüenza, el dolor psíquico…”. En relación a la eficacia del trauma señala: “El trauma psíquico, o bien el recuerdo de él, obra al modo de un cuerpo extraño, que aún mucho tiempo después de su intrusión tiene que ser considerado como de eficacia presente” (S. Freud, 1893, p. 31).

En Más allá del principio del placer Freud (1920) al trabajar las neurosis de guerra habla del “trauma exterior”:

Aquellas excitaciones procedentes del exterior que poseen suficiente energía para atravesar la protección son las que denominamos traumáticas. Opino que el concepto de trauma exige tal relación a una defensa contra las excitaciones, eficaz en todo otro caso. Un suceso como el trauma exterior producirá seguramente una gran perturbación en el intercambio de energía del organismo y pondrá en movimiento todos los medios de defensa (Freud, 1920, p. 14).

Señala aquí el efecto de situaciones de la realidad avasallantes, desestructurantes.

  1. Trauma y seducción

Al trabajar el trauma sexual precoz como etiología de la histeria, Freud (1893) dice que lo traumatizante no es el acontecimiento sino la rememoración de los afectos y representaciones (fantasías sobrevenidas en ocasión de acontecimientos ulteriores asociables al primero). Habla de efracción en el psiquismo del niño de emociones y fantasías sexuales traumatizantes, insistiendo sobre el aspecto de la seducción.

Del acontecimiento, que podríamos llamar el “causante del trauma”, quedan en el psiquismo infantil indicios, signos de percepción. Quedan fragmentos de cosas vistas y oídas, acontecimientos que no pudieron ser comprendidos y que quedaron aislados, fuera del comercio asociativo, o sea de la memoria y la palabra. Debemos diferenciarlos del fantasma, que es la construcción del recuerdo que sería el “armado de la situación traumática”, lo que dará forma luego a construcciones cargadas de sentido como la novela familiar.

Para pensar el abuso sexual en la infancia nos centramos en la concepción de traumatismo en sentido estricto, retomando los conceptos vertidos por Freud (1920); son situaciones que implican profundo sufrimiento psíquico, en las que las defensas se encuentran forzadas o el sujeto recurre a defensas patológicas, como la desmentida para mantener la coherencia interna, y el yo se encuentra desmantelado, inmovilizado, profundamente afectado en sus funciones. Se ve afectada la percepción del tiempo. Se dan fallas en la autoconservación y en la autopreservación. El abuso produce fracturas en la memoria.

III. La intervención

Nos referiremos exclusivamente a la intervención del analista con el paciente que ha sido víctima del abuso. En la mayor parte de las situaciones es necesario también el trabajo con los padres, para el cual se organizará el dispositivo que consideremos más conveniente en cada caso, a cargo del mismo analista o en un equipo de trabajo armado para tal fin.

Para pensar la intervención del analista en las situaciones de abuso sexual la primera pregunta que nos hacemos es: ¿Qué tipo de inscripción ha quedado y cómo impactó en el psiquismo?

Para ello lo primero es definir qué destino intrapsíquico tuvo el acontecimiento traumático.

  1. Pudo ser ligado en un sistema representacional que obtuvo algún destino en los sistemas psíquicos, Consciente o Inconsciente. Puede aparecer, así como síntoma, como consecuencia del retorno de lo reprimido, que da cuenta de que el psiquismo ha logrado una inscripción del acontecimiento que produjo el trauma.
  2. No ha podido encontrar destino psíquico; el psiquismo ha sido arrasado por el acontecimiento traumático. No aparece el trauma representado, sino al modo de un signo de percepción, que no ha logrado inscripción psíquica y por lo tanto cada vez que se le presenta al sujeto permanece la fuerza traumática, produce afecto desligado.

La fuerza traumática y la idoneidad determinadora dependen, por un lado, del acontecimiento, y por otro, de la estructuración del aparato psíquico infantil en el momento del traumatismo. En función del momento de constitución psíquica de que se trate, el acontecimiento se imbrica en las tareas de la etapa y el psiquismo logra otorgarle alguna significación, o el acontecimiento arrasa al psiquismo en mayor o menor grado, de acuerdo a la capacidad defensiva del yo.

Esta conceptualización está planteada desde la evaluación que el analista puede realizar para considerar los daños que ha producido el traumatismo y decidir desde allí la intervención. No implica ninguna evaluación ni atenuante en cuanto a las responsabilidades del adulto productor del abuso. Cuando la defensa predominante ha sido la represión, la autopreservación no está atacada, el yo no ha perdido sus sostenes identificatorios, pero podemos pensar que está forzada la represión como mecanismo estabilizador del yo. Hay en general un embate pulsional agregado por los efectos sexualizantes de la intromisión excesiva del adulto que implica un mayor trabajo al yo para controlar lo pulsional.

Si el destino es la represión, el trabajo es con el síntoma. En general las consecuencias del abuso restringen al yo, ya que cada vez es mayor el caudal de representaciones y acontecimientos que tienen que quedar olvidados (reprimidos) ocasionando empobrecimiento y profundo sufrimiento.

Una niña de 9 años dibuja: 1. Una catarata de agua. El dibujo tiene dos planos, lo que se ve en la escena es la superficie (árboles, flores, pasto) y un segundo plano que ocupa la mayor parte de la hoja, la caída de agua, donde podemos inferir que aparece la representación de lo visible y lo oculto y la fuerza de la sexualidad representada por la catarata. Dibujo 2. Una niña en lo alto de una torre, sola con su gato. En sus expresiones gráficas y en las verbales que acompañan al dibujo: “la nena se siente sola, está triste”, esta niña puede comunicar su sufrimiento, poner palabras que expresan sus sentimientos, abriendo la posibilidad de iniciar un trabajo en el cual emerja lo reprimido, pudiendo encontrar alivio al dolor. La interpretación de los contenidos inconscientes en el trabajo terapéutico, ayuda a encontrar sentido a las representaciones que ha podido generar. Aparecen los sentimientos. El abuso produce culpa. Expresar que ella piensa que tiene la culpa, permite poner en palabras sus deseos. El establecimiento y reconocimiento de legalidades que sitúan la responsabilidad en el adulto, ayuda a restablecer diques psíquicos que permitan contener lo pulsional desligado como consecuencia de la genitalización precoz que el abuso ha provocado.

En los casos en que la vivencia traumática no ha podido ser ligada en el psiquismo, aparecen indicios del traumatismo que ha desorganizado las funciones yoicas. En el abuso las consecuencias psíquicas tienen que ver con una operatoria de evacuación del trauma, permanente revivencia de lo vivido, tendiente a evitar la desorganización del yo. Esto se expresa en un proceso de apatía, repliegue y desconexión ocasionado porque se está recomponiendo la membrana del yo.

Se ven los efectos de la genitalización prematura. La apertura a la sexualidad genital le implica al yo tener que evacuar una excitación, desconocida, excesiva, para la cual no están preparados los recursos psíquicos de elaboración.

Una niña de 4 años, llega al consultorio en estado de hiperexcitación, no puede sentarse a jugar ni por un instante. Desde el abuso se encuentra invadida de gran ansiedad. Desparrama los juguetes, dando vuelta las cajas. No puede detenerse en ninguna actividad. La intervención es poner palabras que nombren esta ansiedad y permitan enlazarle una significación. Es un trabajo de figurabilidad por parte del analista. Aportar ligadura representacional al afecto que se presenta desligado.

Esto permite que la niña encuentre en un personaje al que nombra como “gendarme”, la posibilidad de jugar. El juego con los “gendarmes”, que en la historia de esta niña tienen una connotación afectiva y familiar, posibilita comenzar a restablecer la organización yoica arrasada por la ansiedad.

En los niños recientemente abusados, aparece el abuso como indicio, en algunas ocasiones como expresión muda en el soma de lo indecible y no pensable. Muchas veces se da la revivencia del episodio traumático al modo de lo indiciario. La aparición del hecho, o elementos del mismo, de forma cuasi-alucinatoria, que no puede encontrar ligadura psíquica. El yo se esfuerza por evitar el terror que produce implosión, y trata de mantener escindido ese aspecto, para preservar la coherencia interna.

Si el abusador es un familiar, se genera gran ambivalencia, amor-identificación y temor-odio, que lleva al yo a la escisión (mecanismos de negación y desmentida), como correlato a la relación con el otro.

La desmentida implica que una parte de las funciones del yo, atención, memoria, son atacadas y transitoriamente perdidas, aún cuando hubieran estado bien instaladas en el yo, produciendo desestructuración. En muchos casos las consecuencias se muestran a lo largo del tiempo, con sensaciones de tristeza, episodios depresivos.

Una niña de 5 años en el momento de la primera consulta, sufre de malestares corporales, hiperexcitación no ligada, ansiedad. Posteriores estados de tristeza y sensación de futilidad. Dice: “estoy muy triste, no sé para qué vivo”.

La situación de inseguridad respecto de su propia percepción, conmueve sus relaciones con otros niños, se ha convertido en una niña muy retraída, todas las interacciones con sus compañeros de escuela han cambiado, se siente permanentemente criticada y está hipersensibilizada.

Podemos decir que hay dos trabajos o funciones de la intervención con estos pacientes. Ya que es necesario reconstruir las funciones del yo perdidas o desorganizadas, el analista cumple una función narcisizante, al modo de un yo auxiliar, posibilitando la reconstrucción de la imagen de sí mismo, donde la percepción no se encuentre “sospechada”, desmentida o desvalorizada. Esta intervención apunta a reconfigurar la confianza en la propia percepción y juicio de valor, funciones del yo que se encuentran cuestionadas y desorganizadas por la encrucijada que plantea reconocer que el abuso lo lleva a cabo alguien que es amado por el yo y se supone que ama y protege al niño. El abuso ataca la función de autopreservación del yo, aquella que tiene a su cargo mantener la estabilidad de las identificaciones que permiten conservar la imagen y el sentimiento de sí. Esta función puede pensarse relacionada con el concepto de S. Bleichmar (1993) de “trasvasamiento narcisista” que propone como una de las funciones necesarias para la constitución psíquica.

Este trabajo del analista permite restablecer las funciones yoicas. En el caso del abuso, reestablecer la posibilidad de confianza en sí mismo, luego de los estragos que causa la desmentida a la que el psiquismo tiene que apelar para poder seguir sosteniendo la coherencia interna del yo y la relación con el otro familiar perpetuador del abuso.

Hablar, dibujar, jugar, permite encontrar representaciones propias, reencontradas por el niño, otorgadas por el analista a partir de su propio trabajo de representación en sesión, en el devenir transferencial.

Una de las consecuencias más terribles del abuso es la interrupción de la historia, pues el abuso, que queda inscripto como lo indecible, no comunicable, interrumpe la posibilidad de historizar, función fundamental del yo en la que apoya su trabajo identificatorio. La intervención en estas situaciones está ligada a la simbolización de transición que, como dice Silvia Bleichmar (2004), es la oferta de una ligazón faltante, a llenar ese vacío con representaciones que obtienen figuración en la mente del analista; evocaciones visuales.

Es necesario un trabajo de simbolización de las vivencias traumáticas que permita inscribir lo acontecido como experiencia significable. Para poder restablecer la posibilidad de historizar.

En esa historia habrá una presencia de lo vivido, de lo que ha sido el conflicto psíquico, no es un relato organizado, del yo. Silvia Bleichmar (2005) especifica a qué nos referimos con “historizar” como trabajo del análisis. Diferencia historia relato, del yo, de historia conflicto. Historizar es resignificar algo, dar sentido nuevo a algo, no es la construcción de un relato único, organizado, como la novela familiar. Historizar es encontrarle un “engarce” posible a aquello que ha generado el problema, convertir lo traumático en metabólico.

  1. Conclusiones

Según la inscripción que el abuso deja en el psiquismo la intervención del analista será la interpretación que permite recuperar la memoria y resignificar lo vivido, o la construcción simbolizante, que aporta representación para lo “impensable”, para la vivencia traumática.

La intervención consiste en la reconstrucción de las funciones yoicas atacadas o desorganizadas por el mecanismo de desmentida. Y en un trabajo de “restitución subjetiva”, que se logra en la historización. Armado de la historia, que permita la transmisión. Podríamos decir que la función del analista es dar figurabilidad a la historia, ayudar a construir representación de lo vivido. Es parte de ese trabajo de historización, la legalización que contribuye a restituir el lugar de sujeto, que ha sido destituido por haber sido el objeto del goce del otro. Esto se instaura no solamente a partir de las acciones judiciales que puedan haberse tomado para la sanción social del abuso, sino que es fundamental la legalidad que aporta el trabajo analítico, que restituye el lugar de sujeto al niño que ha sido víctima de abuso.


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[1]Lic. en psicología, psicoanalista, especialista en niños y adolescentes, secretaria científica de Asappia, docente del posgrado de psicoanálisis de la infancia y la adolescencia de Asappia, integrante del área de Infancia de Asappia y del centro asistencial M. Knobel, docente universitaria, Buenos Aires, Argentina. marcelamarsenac@yahoo.com.ar

         

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