Reseña: Repensando el psicoanálisis. Multifamiliares

Autor: Gabriel Dobner
Año: 2014
142 Páginas
Compañía Editora de la Matanza
Buenos Aires

Comenta: Mónica Favelukes[1]

El propósito de estas palabras es el de invitarlos a leer el libro que presentó recientemente Gabriel Dobner, porque es en ese segundo momento, el de la lectura, que el libro se encuentra con otro y sigue creciendo.

Comenzando por el título “Repensando el psicoanálisis”, nos convoca a través del gerundio a una tarea en presente, no acabada, y tendida como una flecha hacia el futuro; entiendo a través de su propuesta su convicción de que es responsabilidad de los que van llegando al psicoanálisis, los nuevos discípulos, ir construyendo nuevos desarrollos que retomen los desafíos que nos dejó Freud.

En su contratapa, está una frase tomada de “Los nuevos caminos de la terapia psicoanalítica”, que vale la pena compartir aquí: “… hoy como siempre estamos dispuestos a admitir las imperfecciones de nuestro conocimiento, a aprender cosas nuevas y a modificar nuestros procedimientos toda vez que se los pueda sustituir por algo mejor… Por eso el desarrollo de nuestra terapia emprenderá sin duda otros caminos…”. Al lado, enmarcando la frase, están las fotos de las miradas de sus nietas.

En este libro se encuentran ideas que el autor fue generosamente desplegando en distintos ámbitos, evidenciando una coherencia con un modo de pensar, y una consistencia de su modelo y su saber hacer. Gabriel Dobner, como decía Ulloa, “habla no en su condición de ser psicoanalista, sino desde la posibilidad de “estar psicoanalista” según lo que demande la situación”: Estar psicoanalista es más un oficio que una profesión, oficio que busca apoyo no tanto en lo que está instituido sino en la singularidad de lo que se va instituyendo sobre la marcha.

Practica el psicoanálisis, y al repensarlo, no lo predica dogmáticamente, lo abre al cuestionamiento. Lo pone al servicio de poder pensar la clínica, los nuevos dispositivos, la institución psicoanalítica, la sociedad, la pareja.  Presenta producciones que van desde el año 1976 al 2013. Se nota la evolución de sus ideas, que se van enriqueciendo con sus lecturas. Podemos ver a un autor yendo de la mano de otros pensadores, a quienes reconoce su contribución fecunda a su propio pensamiento, al que enuncia en nombre propio.  En estas épocas de corte y pegado, los cita con respeto y gratitud.

Entonces, voy a pasar a presentar lo que constituyen los ejes de su libro: las multifamiliares, los analistas, la relación con los maestros y otros temas que le han interesado: las violencias y la pareja.

Las Multifamiliares, subtítulo de su libro, son abordadas en los primeros cuatro capítulos, y luego retomadas en los capítulos 8 y 9. El autor presenta la historia de este abordaje, que comienza con el Dr. García Badaracco, su técnica y su fundamentación metapsicológica en los conceptos de dicho psicoanalista.

Voy a comentar algunas pocas cosas, para simplemente motivarlos a leer directamente  el libro. Los grupos de psicoanálisis multifamiliar reúnen entre 50 y 120 personas, que son pacientes derivados por sus terapeutas, acompañados por uno o varios familiares o solos. No se inscriben previamente, algunos vienen en forma discontinua,  otros son estables. Habla quien quiere, buscando que cada participación sea escuchada y respetada como un sentir propio. Los padres de una familia interactúan con el hijo de otra, la palabra circula, alguna comprensión compartida aparece.  Es la propia “multi” la que produce una experiencia vivencial, que sostiene, contiene, y genera nuevas posibilidades en las personas. Los asistentes comparten un clima  emocional de solidaridad grupal, con respeto y escucha, en un “contexto de seguridad”. Los sentidos  van circulando, y a veces el mejor señalamiento lo hace un paciente.

Badaracco incluía a la familia en el tratamiento porque allí se había producido la enfermedad, y allí se produciría la curación. En la teoría construida por él a lo largo de su experiencia con pacientes graves, la enfermedad mental es una “patología de varios”, en una “trama familiar con interdependencias recíprocas e interacciones patógenas”, y sus antecedentes transgeneracionales. Esta estructura sujeta a los individuos y determina su evolución psíquica. Dobner repasa conceptos nucleares de esta metapsicología ampliada, como los de identificaciones normogénicas y patogénicas, “los otros en nosotros” por la introyección del vínculo, y el  objeto enloquecedor. Un elemento central es “la virtualidad sana”: la convicción del terapeuta de que el paciente y la familia, puestos a trabajar psicoanalíticamente, podrán construir recursos yoicos que necesitan para afrontar su problemática mental, de los que carecen hasta ahí.

Los aportes terapéuticos innovadores de la “multi” fueron ampliándose a todo el espectro del sufrimiento humano. “La multi es un escenario apropiado para contener y volver visibles los aspectos escindidos de las personalidades y lo más primitivo”…, y permite “vivir lo invivible o pensar lo impensable””. Badaracco propone una ampliación del insight en el funcionamiento multifamiliar que llamó “mente abierta”.

Para el autor, la concurrencia de los terapeutas a las multis es una experiencia de enorme repercusión personal. Con audacia, plantea “¿no será necesario para los terapeutas atravesar una multi para completar su capacidad analítica?” Las participaciones son espontáneas, desde la vivencia afectiva, como semejantes, como una “presencia”,  no como una “persona” (entiendo esto como pantalla de la transferencia). Y dice “exige una profunda remodelación de nuestra identidad terapéutica”. Para ello, es necesario pasar por una formación específica, que comprende la experiencia vivencial, ya que surgen nuevas dificultades: ¿hasta dónde transmitir lo vivenciado? Hay que repensar la neutralidad y la abstinencia.  Comparte  con sus lectores: “al incluirme en lo universal y lo singular de cada problemática, utilizo más el nosotros… Siempre queda la búsqueda de “un otro” para completar la elaboración”, incluidos nosotros los lectores. Dos colegas extranjeros que han concurrido a dicho espacio comentan su experiencia.

Dobner pone muchas expectativas en que las multis sean el futuro de la terapia psicoanalítica. De hecho, este abordaje se aplica en otros encuadres, como escuela para padres y en el trabajo en la comunidad en algunas escuelas. Presenta ventajas por el ahorro de recursos que supone  y la posibilidad de alcanzar a muchas personas necesitadas. Podría implementarse en situaciones difíciles de la vida social, se ilusiona el autor.

En relación con este tema de las multis, Dobner invitó a una colega a publicar un artículo: la Lic. María Elisa Mitre, psicoanalista, miembro de APA, que se inició como colaboradora de García Badaracco en la clínica DITEM y coordina diversas multifamiliares, actualmente en la Fundación Mitre.  Su artículo  “El proceso terapéutico de los analistas dentro del contexto multifamiliar”, en el capítulo 9, es en primer lugar un testimonio personal de su propio recorrido como analizante con García Badaracco y como participante de las multis. A través de su propio proceso, uniendo la teorización con lo vivencial, ilustra conceptos tomados por Dobner en los capítulos previos, como la virtualidad sana, los otros en nosotros, la importancia de los recursos yoicos.

A partir de su experiencia en las comunidades terapéuticas,  Mitre formula la hipótesis de que la resistencia al psicoanálisis multifamiliar procede del alto nivel de exigencia de los terapeutas, que les impide ser naturales, equivocarse, fallar al Superyo analítico. Esta vivencia de temor se transforma para ella en distancia emocional y pérdida de creatividad.  Finalmente María Elisa Mitre propone que la participación de los terapeutas en las multis completaría el análisis personal y favorecería la relación entre colegas, sirviendo de sostén frente a las dificultades que surgen con los pacientes gravemente perturbados.

Pasando a los otros capítulos, uno que se relaciona con las multis es el de los Vínculos entrópicos o sin salida (cap. 5): vemos a un psicoanalista buceando en las dificultades del tratamiento con pacientes psicóticos y sus familias. Son interesantes sus desarrollos sobre el Edipo “loco” y los funcionamientos entrópicos: la descalificación, la paradoja y la inanización, en los que está atrapado el paciente, pero también puede quedar atrapado el analista que incursiona en este campo. Como Dobner cita a Winnicott: “lo más importante que puede aportar un analista es sobrevivir conociendo”.

Otro gran tema que ocupa parte del libro es la relación entre colegas, entre los terapeutas y las instituciones a las que pertenecen, y la cuestión de los líderes institucionales. Analiza estos temas en la institución asistencial y en la institución psicoanalítica (cap. 6 y 7). Estas son cuestiones que Dobner ha comentado con preocupación cuando tuvo la responsabilidad de conducir primero la secretaría científica y luego la presidencia de la AEAPG.

El eje en que pivotea es el narcisismo de los analistas. Dice contundentemente: “el narcisismo del analista sólo podemos visualizarlo por sus efectos, no podemos operar sobre él. Es algo así como el lecho de roca de la analizabilidad del analista. Por eso, debemos ser respetuosos de las diferencias de ideas,… quizás algunas son auténticas, valiosas, mientras que otras surgen de esa zona que yo llamaría el “narcisismo herido”.

Plantea que el trabajo en equipo con un paciente exige trabajar sobre el narcisismo personal y el de los compañeros del equipo terapéutico, ya que desnuda la incompletud de cada miembro. No hay una formación específica para interactuar al coordinar un grupo en forma conjunta, o al producir juntos en un grupo de estudio. También se esconden allí dificultades en reconocer la experiencia del otro, colega o maestro, situaciones de ingratitud en que se dramatiza la fantasía de “autoengendramiento”.

El autor toma luego como eje de análisis a la institución analítica y sus líderes, y su historia. Usa como ejemplo paradigmático la Sociedad de los Miércoles, creada por Freud, y su transformación de grupo primario a grupo secundario. Es importante el rol jugado por los líderes, ya sean autoritarios o democráticos, favoreciendo o no la movilidad grupal, fomentando la división, la aparición de chivos emisarios, como se ejemplifica con lo ocurrido con Freud, Adler, y Jung.

Dobner rescata a Ferenczi, quien con claridad se refiere a las patologías de las asociaciones: “reina la megalomanía, la vanidad, la obediencia ciega, el interés personal, en lugar del trabajo consagrado al bien común”…”Conservan características de familia: el presidente es el padre, con autoridad indiscutible, los demás responsables son los hermanos mayores, que tratan a los otros con desprecio, alrededor del padre halagándolo, pero esperando para poder eliminarlo”…”La vida en grupo proporciona el campo para la homosexualidad sublimada que se descarga como odio y adulación”. Ferenczi ponía sus esperanzas en la amistad y el auto análisis que ayudarían en la transmisión del psicoanálisis.

Sin embargo, el autor nos plantea que a lo largo de 100 años de psicoanálisis no se ha logrado generar otras formas  institucionales. La Escuela Freudiana de París  con Lacan, se transformó en un campo de todos contra todos. “Es el eterno problema de la sucesión. ¿Es posible una institución fraterna?”, se pregunta.

En una apuesta fuerte, el autor plantea que el problema de las instituciones es el insuficiente desarrollo del complejo paterno. Freud se encontró allí con su límite, necesitó hacer de padre de sí mismo, y desconoció a sus interlocutores. “Hay una deuda simbólica impaga en el complejo paterno, velada por la sumisión al padre, que da lugar en Freud a la homosexualidad reprimida. Si somos deudores, somos meros mensajeros que no sabemos que hemos transmitido una deuda impaga”. La elaboración del complejo paterno posibilitaría el paso a la fraternidad objetal; de lo contrario los psicoanalistas quedamos detenidos en la lucha de las fratrías narcisistas.

Propone: si el padre ideal no existe, tendremos que hacernos responsables de nuestras palabras y reinventar el psicoanálisis. Si no, siempre queda la posibilidad de reclamarle a la institución. Y que “la relación entre colegas debería ser la cuarta pata de la formación analítica”. Pero para no morir en ese intento, sugiere algunas recomendaciones que intentó desplegar cuando tuvo responsabilidad institucional: realizar congresos internos y externos sobre la clínica, no asustarse si surgen diferencias, fomentar un clima democrático, de estudio y producción, y permitir el surgimiento de nuevos líderes científicos.

Sabiendo que esto formaría parte de las profesiones imposibles, gobernar, educar y analizar, propone aprender de la historia para no repetir.

Atravesando todo el libro, está la presencia de sus maestros: Freud, Ferenczi, Lacan, y muchos otros, a los que agradece explícitamente sus ideas que le permitieron estructurar sus reflexiones.

La escritura entonces aparece como un modo de dar muestra de la deuda contraída, “tomando la posta”, compartiendo en una fraternidad amistosa y reconociendo a los que vendrán después y se apropiarán de la herencia. El libro termina con una sentida carta imaginaria al maestro “Jorge García Badaracco”.

[1] mfavelukes@intramed.net

Rivadavia 2057 – 8° G – CABA (1433)

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