Juego y simbolización en la clínica psicoanalítica con niños

Lic. María Inés Pastore[1]

Resumen

En el presente artículo intento hacer un recorrido por la conceptualización del Juego como simbolización, como  intento de dominio de las situaciones de vida.

A lo largo del crecimiento del niño su psiquismo se va constituyendo a partir de su encuentro con el otro adulto. La simbolización cumple una función de suma importancia en la vida del sujeto, y depende para desplegarse de la instalación de ciertos prerrequisitos en el psiquismo.

El juego como una forma de simbolización cumple, desde la perspectiva psicoanalítica, una función de suma importancia en la vida de un sujeto por lo que se ha transformado a partir del surgimiento del psicoanálisis de niños en una herramienta fundamental en la detección, el abordaje y en la dirección de la cura de las problemáticas infantiles.

Palabras claves: juego, simbolización, pseudojuego, constitución del psiquismo.

Juego y simbolización en la clínica psicoanalítica con niños

El presente trabajo constituye un momento en el recorrido reflexivo en que me encuentro acerca del proceso de simbolización.

A partir de mi trabajo con niños y del recorrido por diferentes teorizaciones dentro del psicoanálisis, comencé a preguntarme sobre esta temática que, a mi entender, constituye un eje fundamental que atraviesa la clínica psicoanalítica en general.

Revisemos algunas conceptualizaciones para ordenar este recorrido reflexivo.

El juego constituye, más allá de su lugar en la clínica psicoanalítica con niños, una actividad sumamente importante para el niño, ya que le permite ir apropiándose de la realidad, metabolizar sus experiencias.

Todo lo que podemos observar en la conducta de un niño, ya sea dentro o fuera de la sesión analítica (actitud hacia los materiales, posibilidad de jugar o no, cambios de postura, expresión facial etc) constituye un indicio del nivel de estructuración de su psiquismo y de la dramática de su mundo interno. Sin embargo no todo puede ser considerado juego, ya que éste constituye una producción simbólica que requiere de cierto nivel de estructuración del psiquismo para constituirse.

Desde el diccionario de Laplanche y Pontalis (Laplanche y Pontalis, 2007) podemos definir  la simbolización, en un sentido amplio, como un modo de representación indirecta y figurada de una idea, de un conflicto, de un deseo inconsciente. Esto implica que para que pueda darse el juego simbólico es necesario que la represión originaria haya dado lugar a la constitución de los sistemas psíquicos, con legalidades diferentes en su modo de funcionamiento. Es a partir de allí que el juego podrá emerger como producción simbólica, como formación de compromiso que implica cierto velamiento, cierto nivel de deformación para que lo reprimido pueda emerger a través de la fantasía.

Es por este motivo que el juego se ha transformado en el instrumento por excelencia utilizado por el psicoanálisis para el diagnóstico y abordaje de los padecimientos de la infancia.

Repasemos algunos autores Pos Freudianos que han trabajado la temática del Juego.

El origen de la técnica de Juego en el análisis con niños, podemos ubicarlo en 1919, cuando M. Klein comenzó con su primer caso tal como lo describe en su artículo “La técnica psicoanalítica del juego: su historia y su significado” (M. Klein. 1955) relatando el recorrido realizado en la atención de pacientes menores de cinco años, hasta arribar a la utilización de la técnica de juego. Esta autora equipara el juego a la técnica de la asociación libre en el análisis de adultos. Plantea que el Juego constituye un lenguaje simbólico, similar al de los sueños, ya que juegos y juguetes tienen una variedad de significados ligados a fantasías, deseos y experiencias.

Klein describe el proceso de formación de símbolos como un desplazamiento de intereses, fantasías, ansiedades y sentimientos de culpa hacia objetos distintos de las personas, experimentando así el niño un gran alivio de sus ansiedades.

Sigmund Pfeifer, psicoanalista de Budapest, en 1919 publicó un extenso artículo basado solo en la observación psicoanalítica de niños, no extraído de tratamientos. Este autor:

asimila el juego a las formaciones del inconsciente descritas por Freud y le asigna un lugar en la serie sueño – acto fallido – recuerdo encubridor – chiste – etc., invocando la identidad entre los procedimientos de elaboración del juego. Tanto en el sueño como en el juego, están presentes la condensación, el desplazamiento y la simbolización.” (Jean Michel Petot, 1982).

  1. Winnicott (D. Winnicott, 1972) plantea la importancia que tiene el juego para el niño y lo describe como una región que no es posible abandonar con facilidad y en la que no se admiten intromisiones. Lo conceptualiza como un espacio transicional en el que se genera la relación con el semejante, ya que no es una realidad psíquica interna, se encuentra fuera del individuo, pero no es el mundo exterior. Plantea que el niño reúne objetos o fenómenos del mundo exterior y los usa al servicio de una muestra de la realidad interna o personal. Para él a través del juego se da un desarrollo de fenómenos transicionales: juego, juego compartido, experiencias culturales. El juego compromete al cuerpo y permite la descarga de excitaciones.

Una autora contemporánea, la Dra. Silvia Bleichmar, si bien no ha profundizado especialmente la temática del juego, nos ha brindado importantes desarrollos en cuanto a la simbolización.

En su artículo “El carácter lúdico del análisis” (S. Bleichmar,1999), retoma la idea de Klein del Juego como equivalente a asociación libre.

Para Bleichmar el juego constituye una actividad de producción simbólica que da cuenta del nivel de progreso psíquico.

No siempre podemos observar este tipo de juego en la sesión con niños.  En el autismo, la psicosis, observamos actividades que llamamos lúdicas pero que no tienen esta función de representación. Son lo que podemos llamar pseudo juegos o sea la puesta en acto de una convicción delirante, en la que se observa el  fracaso parcial de la función simbólica en el sujeto y que  se torna irreductible al proceso de comunicación – cerrado a todo intercambio. Evidencia la falla en la represión originaria que no ha podido dar lugar a la constitución de las instancias psíquicas separadas con leyes de funcionamiento diferenciadas.

Veamos algunos ejemplos clínicos que nos permitirán comprender lo hasta aquí planteado.

A., de 8 años de edad, es derivado a la consulta después de 4 años de tratamiento psicopedagógico. La profesional que lo atiende pide una evaluación psicodiagnóstica. Había sido derivado por la escuela cuando cursaba sala de cuatro años, por presentar un alto nivel de dispersión,  dificultades para responder a consignas simples, y por problemas de integración con sus pares.

La entrevista inicial es con el padre solamente, quien plantea que la mamá es una persona que le cuesta mucho salir porque tiene muchos miedos a partir de un asalto que sufrieron recientemente. El padre brinda muy escasos datos de la historia de A, y realiza una descripción muy escueta de la problemática del niño. Esto me lleva a las entrevistas con el niño con muy pocos datos de su historia libidinal, y a la búsqueda de indicios en esos encuentros.

Cuando veo a A. por primera vez. Me impacta su rigidez motriz, y una dependencia absoluta de las indicaciones que le dé el adulto. Es necesario indicarle cuándo caminar, dónde pararse o sentarse, qué hacer etc.

Ya en el consultorio debo reiterarle varias veces las preguntas, y pedirle que me conteste. Cuando le propongo hacer algo, lo que el elija, comienza a dibujar.

Cuando termina deja su hoja sobre el escritorio, permanece sentado y callado. Al preguntarle que había dibujado despliega un relato sobre lo que el describe como una máquina que transporta comida, iniciándose así un discurso delirante que resulta imparable.

Llama la atención la ausencia de juego simbólico y las fallas en la simbolización son evidentes. Los animales, los muñecos parecen ser reales a sus ojos, y  un pequeño perro de plástico le produce pánico. Podemos pensar que no se ha producido ese espacio virtual de intermediación entre el espacio de la realidad y las creaciones fantasmáticas del sujeto. La visión de ese perro de juguete, lo desorganiza al punto de desencadenar un relato delirante sobre los extraterrestres. Su lenguaje se encuentra poblado de neologismos, y presenta fallas en su estructuración.

En entrevistas sucesivas observo en A. conductas autoeróticas (orales, anales y genitales) sin represión alguna, y a partir de las cuales queda totalmente desconectado de su entorno.

Se hace necesario realizar intervenciones estructurantes, a partir de las cuales A. pueda comenzar a diferenciar su mundo interno del mundo externo, la fantasía de la realidad, y promover la producción de contrainvestimientos que liguen el autoerotismo a lo inconsciente, favoreciendo así la instalación de la lógica del proceso secundario.

Otro niño al que llamaremos, T. de 6 años de edad repite en sesión una y otra vez un juego en el que un patrullero viene a buscar a un hombre que rompe todo reproduciendo escenas de lo vivido cuando su padre fue retirado de su casa por la fuerza pública al violar la restricción perimetral establecida por el juzgado. La repetición intenta un reequilibramiento intrapsíquico que no logra, ya que la angustia invade por momentos la escena obligando a T. a interrumpir la secuencia y a quedarse acurrucado en un rincón del consultorio.

En traumatismos severos vemos emerger en el juego fragmentos de lo real vivido sin metabolización ni retranscripción, ante los cuales es necesario, más que interpretarlos restituirlos en su carácter simbólico a través de un tipo particular de intervenciones llamadas simbolizaciones de transición ( Silvia Bleichmar). Intentar cercar junto a T. lo vivenciado y la carga afectiva implicada, favorecer la expresión de sus sentimientos ambivalentes hacia su padre y hacia su madre vivenciada como la causante de la ausencia de su padre, atribuir la violencia de su padre como respuesta a sus propios deseos edípicos y muchas otras ideas a través de las que T. intentaba dar forma a lo vivido, constituyó la forma de abordar la problemática que instalaba a ese niño en lo que fue el motivo por el cual fue derivado: “Déficit Atencional con Hiperkinesia” (ADHD).

  1. una niña de 9 años por quién consultan a partir de una separación conflictiva de sus padres, ocupa toda la sesión sacando materiales de juego, acomodándolos en el escritorio hasta finalizar la hora, momento en que comienza a guardar cuidadosamente. J no aceptaba hablar del porqué estaba en tratamiento, ni de lo que le había sucedido. Luego de una intervención al respecto de que su necesidad de mantener todo en orden le impedía jugar, comienza a armar en sus sesiones una plaza zoológico con jaulas para mantener a los animales bien encerrados y un área en un sector aparte de juegos y comidas. Esa plaza zoo era cuidada por una niña que se ocupaba de todo.

Los señalamientos hechos sobre los personajes de las historias, hicieron que J. aceptara mis intervenciones. Hablar de que esa niña era muy pequeña para esa responsabilidad y que le impedía jugar entre otras cosas, permitió que J. diera lugar a juegos en los que ella asumía diferentes roles, y yo otros. Se abrió así un espacio en el que la sesión permitía desplegar escenas que simbolizaban lo vivido y como se había entramado la conflictiva edípica de esta niña.

Veamos entonces: el juego simbólico se despliega en el plano de la creencia, y tiene como prerrequisito el clivaje psíquico, lo que posibilita la separación de un espacio de certeza y otro de negación, a partir de la represión originaria.

El juego como  puesta en escena de una fantasía, no puede hacerlo sino por medio de ciertos niveles de deformación; lo reprimido emerge y al mismo tiempo se encubre. Solo es posible cuando hay transmudación de meta y de objeto para la descarga pulsional (juguetes).

Su estatuto de espacio transicional como planteara Winnicott, lo transforma en el instrumento fundamental para la clínica psicoanalítica con niños, tanto en el diagnóstico como en el tratamiento.

El juego es un constructo sobre lo real. No es ni un pura creación del espíritu ni mero reflejo y aprehensión de una realidad dada, sino una realidad producida. En el se recrean los objetos existentes con restos excitantes de lo real.

En el juego de un niño es posible ver cómo va metabolizando la realidad, los estímulos de lo real.

La sesión psicoanalítica constituye un espacio en el cual todo aquello que ocurre deviene mensaje, y ello por efecto de la transferencia. Esto posibilita que el juego pueda ser tomado como mensaje.

Las acciones de un ser humano, incluido el juego, no son  mensajes sino para aquel que se encuentre dispuesto a leerlo, para quién esté provisto de un código de lectura. En términos semióticos implica siempre una ley o regla capaz de proveer  la significación. Son Signo.

En la sesión analítica, el terapeuta obtiene ese código de lectura a partir de un posicionamiento teórico que le permitirá comprender de qué se trata aquello que el niño despliega ante él, y del conocimiento de la historia libidinal que obtendrá a partir de la historia relato de los padres.

Tomado el juego en su carácter discursivo circunscripto, no equivalente al lenguaje, debe ser siempre enmarcado, por un lado por la palabra hablada que abre el rumbo de lectura que posibilita el acceso de sentido, y por otro, del conocimiento singular de la historia y de las vicisitudes del sujeto, que en su articulación con los conocimientos del psicoanálisis, posibilita la implementación de hipótesis abductivas  tendientes a establecer una génesis en la singularidad que determina cada secuencia.” (Silvia Bleichmar, 1999).

Bibliografía

Bleichmar, S. (1999) “El carácter lúdico del análisis”. Revista Actualidad Psicológica – Abril de 1999.

Klein, M. (1955). “La técnica psicoanalítica del juego: su historia y su significado”. [En línea] Bibliotecas de Psicoanálisis. www.psicoanálisis.orgKlein@psicoanalisis.org – Obras completas de M. Klein

Laplanche y Pontalis. (2007). Diccionario  de Psicoanálisis.  9º reimpresión      (1996/2007). Buenos Aires. Editorial Paidos.

Petot, J. M. (1982). Melanie Klein. Primeros descubrimientos y primer sistema (1919-1932) Buenos Aires: Paidos/Psicologías del siglo XX.

Winnicott, D. (1972) Realidad y Juego.. Buenos Aires: Editorial Gedisa S.A.

[1] Lic. En Psicología. Especialista en Psicología Clínica con orientación en niños y adolescentes. Integrante del Area de infancia de ASAPPIA. Directora de la Carrera de Especialización en Clínica Psicoanalítica con niños y Adolescentes del Distrito XIV del Colegio de Psicólogos de la Provincia de Buenos Aires. E-mail: licpastore@hotmail.com. Castelar  – Prov. De Buenos Aires – Rep. Argentina.

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