Al encuentro del vivir creativo: Una experiencia clínica

Myriam Sabah Telias[1]

Resumen

El trabajo relata un proceso terapéutico en que el paciente poco a poco se va encontrando con lo genuino y único que hay en él. Da cuenta de cómo el material que presenta en las sesiones va cambiando, produciéndose un crecimiento emocional que deja atrás estructuras rígidas y abre un mundo que nos remite al concepto de “vivir creativo” de Winnicott. El analista, por su parte, brinda las condiciones de un ambiente suficientemente bueno, al alero del cual se va gestando este proceso, donde aparece el verdadero self del paciente.

Palabras clave: vivir creativo, ambiente suficientemente bueno, verdadero self.

Al encuentro del vivir creativo: Una experiencia clínica

“Nacer y vivir la vida es abandonar un espacio conocido y
ser abandonado, ser arrojado, en simultáneo, de ese espacio
primordial. Por lo tanto, toda la vida será, para siempre, una
aventura donde un eterno peregrino buscará su tiempo-espacio
perdidos.”
(Jallinsky, S. 1998, pág 54)

En nuestra cultura, muchas veces la creatividad se piensa exclusivamente desde el desarrollo artístico; Winnicott aclara en su libro Realidad y Juego (1972) que el concepto de creatividad que a él lo ocupa, es universal y tiene relación con la condición de estar vivos, por lo tanto, todos tenemos la posibilidad de “vivir creativamente”, es decir, de una manera real, genuina, única. Hablo de la posibilidad, porque muchos de nuestros pacientes debido a circunstancias de su desarrollo emocional y vicisitudes vividas en las etapas tempranas de la existencia, se han visto forzados a “reaccionar” y se ha establecido en ellos un falso self y por tanto, no han tenido acceso a éste “vivir creativo”; en palabras de Winnicott:  “Digamos que en ese caso extremo todo lo real, todo lo que importa, todo lo personal, original, creador, se encuentra oculto y no da señales de su existencia” (Winnicott, 1972, pág 97).

Si nos remontamos al desarrollo emocional primitivo, encontraremos la razón de este tipo de funcionamiento y la formación de lo que Winnicott llama “Falso Self”, esto se remonta a las primeras relaciones objetales con quien cumple la función materna y aparece fundamentalmente para ocultar y proteger el “Verdadero Self”, por lo tanto constituye una defensa frente a intrusiones reiteradas del ambiente: “La idea de self verdadero se justifica principalmente para tratar de comprender al self falso, porque no hace más que reunir los detalles de la experiencia de estar vivo” (Winnicott, 1960, pág. 193).

Winnicott sostiene que una “madre suficientemente buena”, brindará las condiciones necesarias para que surja y se desarrolle el “Verdadero Self”, esto incluye la conservación de la experiencia de omnipotencia. Este último punto resulta fundamental para la creatividad, en tanto la madre le permite al bebé la ilusión de estar creando el objeto; esto se logra cuando efectivamente la madre a través de su intervención, presenta el objeto (pecho) en forma sincrónica para que el niño lo cree, lo que será la base posteriormente para preservar la creatividad y tener una experiencia propia sobre las cosas. Así, el gesto espontáneo del bebé, encuentra resonancia en el mundo externo, apareciendo el objeto subjetivo, que se relaciona directamente con la identidad y la posibilidad de ser persona.

Experiencias reactivas o del self falso, relacionadas con el ambiente sobre una base de sumisión, cumplen una función de adaptación y transacción con quienes nos desarrollamos socialmente, sin embargo existen grados diversos de falso self;  el paciente que nos ocupará este trabajo, pertenecería al grupo en el cual el falso self se ha establecido como real, ocultando al verdadero self y teniendo dificultades para funcionar como una persona integrada, espontánea, flexible.

A partir de la ampliación de los conceptos mencionados, ilustraré con el caso de M. el proceso terapéutico y la creatividad (vivir creativo) como un emergente de dicho tratamiento.

M., de 31 años, sexo masculino, llega a consultar en Noviembre de 2010,  luego de una desilusión amorosa, hay un malestar psicológico general que se manifiesta en una falta de sentido en las diversas actividades que realiza.  Si bien al momento de consultar, había construido una vida: era ingeniero con un trabajo estable, estudiaba por las noches y tenía una hija de 9 años que compartía con él los fines de semana, no había logrado consolidar una relación de pareja que perdurara a través de los años y se relacionaba casualmente con amigas o ex pololas con las que tenía encuentros sexuales esporádicos. También lo invadían sentimientos de “no ser capaz”, de “no haber cumplido con el joven promesa que alguna vez fue”, tiñendo todo de una sensación de desilusión e incompletud.

Si nos remontamos a la infancia de M., sus primeros recuerdos transcurren en un suburbio de una ciudad extranjera, en un país desarrollado, donde sus padres, ambos chilenos, se encontraban por razones profesionales, mientras su madre era una rigurosa médico que trabajaba de sol a sol, su padre tenía un trabajo en un organismo internacional que le permitía salir de vez en cuando con ellos (M. tiene una hermana 3 años mayor) a museos y parques. De ese lugar, M. tiene lindos recuerdos de infancia, jugaba con su hermana en lo que él recordaba como un “bosque” detrás de la casa (con el tiempo descubrió, ya de adulto, que sólo eran unos pocos árboles).

En ese período surge una escena que marca a M e ilustra su relación con su figura primaria. Su madre partía todas las mañanas en el auto y él se quedaba esperando en la ventana, que ella volviera a abrazarlo, sin embargo ella se iba. Esta imagen sirvió para ver cómo en ciertos aspectos de su vida, él seguía esperando que la madre volviera y lo abrazara, recurría mucho a la imagen de una ex pareja, por quién en algún momento “lo dejó todo” y a la posibilidad de volver con ella, como solución a sus problemas; en un momento del tratamiento lo intenta desde una postura más adulta, sin embargo reconoce que no es posible. Opuesta a esta figura materna, había una nana centroaméricana de grandes pechos, muy cálida y que no dudaba en regalonear a M. con generosidad. Esta nana se va de la casa, luego de una discusión con él y al poco tiempo, la familia se traslada a Chile, quedando este recuerdo y cierto sentimiento de culpa en M.

La llegada a Chile, no mejora las cosas para M., es víctima de bulling en el colegio, período que recuerda como angustioso y solitario y con dificultades para “encajar”. Creo que esta experiencia, junto con el desarraigo reforzó su falso self. Más adelante participó de actividades sociales de iglesia y en la universidad, pero la sensación de desarraigo no lo abandonó.

Le costaba reconocer por qué y desde dónde hacía las cosas, se jactaba de poder argumentar de igual manera y convicción dos ideas totalmente opuestas entre sí, con dificultades  para encontrar su propia posición al respecto, esto denotaba que toleraba escasamente la ambivalencia y se enfrentaba a los temas desde una perspectiva cognitiva, lejano aún de la posibilidad de integrar. Daba la sensación de haber perdido el rumbo en algún punto.

Se entrega al trabajo analítico con una cierta reticencia, busca maneras de que “optimicemos” el trabajo, a menudo llega con cuadros o mapas conceptuales sobre lo que hemos hablado, se apega a la forma y a la estructura, buscando un asidero que no encuentra en sí mismo. Acepté su “forma” sin cuestionarle y poco a poco sus “ofrendas” fueron cambiando; hablo de ofrendas porque M. nunca dejó de llevar “cosas” a sesión, pero la cualidad de éstas fue cambiando de manera importante, siempre las recibí y acepté (no eran regalos, él sólo llevaba cosas para mostrármelas), pues entendía que quería compartir conmigo un pedacito de su mundo. Luego de estos cuadros explicativos, basados sobre todo en el lenguaje, aparecieron una serie de retratos de las mujeres significativas de la vida, así M me las iba presentando y en ocasiones ponía una junto a la otra para que las comparáramos, poniendo sus caras y miradas sobre el tapete, en una ocasión el retrato de una ex pareja que aparecía recurrentemente en sus fantasías, fue comparado con el de su madre, notando ciertas similitudes, que pudimos ver y extrapolar a otras áreas. Más adelante empezó a pintar, copiaba cuadros y me mostraba sus avances, de apegarse al autor pasó de a poco a poner sus propios colores y dejarse llevar por sus sensaciones, la última pintura que me llevó era abstracta en tonos cálidos, pero a la vez llena de fuerza, lo que me hizo asociar con un toro o una ola, donde se manifestaba su impulso vital. Era un cuadro que había pintado en una noche, contrastando con uno anterior en que se había tomado un año, el perfeccionismo y apego a la forma había sido sustituido por un impulso creativo y la posibilidad de dejarse llevar por él. Siempre me entregué a esos juegos bien dispuesta, asociando libremente, de esta manera, con mi presencia y aceptación incondicional, fui contenedora y testigo de la evolución, desde formas más estructuradas y apegadas a un molde hasta ir desplegando su ser de forma más libre, a través de estos actos creativos. Así, es posible visualizar el paso del objeto subjetivo  a un espacio transicional.

En una de las primeras sesiones aparece un imagen de cómo M se visualizaba a sí mismo, se veía como un edificio “con grandes forados” (que podríamos entender como intrusiones traumáticas del ambiente) que lo mantenían incompleto,  es interesante cómo a través de la terapia ese vacío fue siendo visto de otros modos por ejemplo espacio blanco en pinturas, un cajón peruano que se había regalado a sí mismo, que resonaba gracias al vacío de su interior; por último, la visión de un edificio que en su estructura, alojaba espacios vacíos que armonizaban en un todo.

De a poco, empezamos a trabajar el tema de “no tener posición propia”, logramos identificar por ejemplo, que en sus contactos con las mujeres adoptaba la posición de un seductor, un don juan que preparaba sus citas (hasta el punto de estudiar las materias que sus conquistas dominaban) para gustar a todo evento, sin embargo luego lo embargaba una sensación de vacío, ya que una parte importante de él no se veía reflejado allí, después de un tiempo se escurría, escapándose del compromiso hasta verse envuelto en otra situación similar, así M eludía las experiencias de compromiso e intimidad y se sorprendía gratamente cuando yo cambiaba una hora o hacía algo por él.  Le costaba ser espontáneo, se hiperadaptaba a las situaciones, privilegiando el hacer por sobre el ser, lo que fue posible ir comprendiendo en conjunto.

En este proceso, la agresión también se hizo presente, frente un alza en los honorarios de la analista, planteé que en función a que su situación económica había mejorado, había que realizar un ajuste en la tarifa que él cancelaba con una importante rebaja, ambos esgrimimos nuestros argumentos y le solicité una propuesta que considerará el alza que le solicitaba, M. reaccionó con rabia y asoció con la madre de su hija y una disputa en torno a la pensión alimenticia, lo que nos sirvió para ver que él habitualmente se quejaba, pero rara vez tenía una propuesta propia, al pasar de algunas semanas que esperé con paciencia, me mandó por mensaje que subiría a una cantidad bastante más cercana a mi arancel real que él cancelaba hasta la fecha. Mi espera, la no retaliación y mi sobrevivencia creo que fueron muy importantes en ese momento.

En el transcurso del tratamiento, se le brindaron a M. las condiciones de maternaje correspondientes a una regresión a la dependencia; la hipótesis es que producto de una serie de intrusiones del ambiente y una madre que no lo veía, M. fue reaccionando, llegando a funcionar como adulto, a través de un falso self. No importaba lo que hiciera (había deambulado por terapeutas y experiencias espirituales variadas), no lograba apropiarse de su experiencia y nunca estaba seguro de por qué y para quién hacía lo que hacía.

Una de las primeras iniciativas que marcaron el encuentro de M. con aspectos más propios y creativos fue la siguiente: encontró en internet una experiencia de intervención urbana e interactiva, que se había realizado en algunos lugares del mundo y se propuso llevarla a cabo aquí en Santiago, logró convocar a un grupo de apoyo y recibir el respaldo de un importante Centro Cultural, para en un muro cercano a su entrada, ofrecer un espacio a la ciudadanía. Luego esta iniciativa se repitió en diferentes ocasiones con motivos diversos, convirtiéndola en una experiencia viva y dinámica, un espacio cultural y que considera a otros en su creación (tanto al grupo de referencia y apoyo como a los ciudadanos que interactuaban con la obra).

Hoy, M. sigue en tratamiento, sin embargo hemos concordado una fecha de término. Está lleno de ideas y actividades que comparte con  otros; en ocasiones lo veo como un niño sentado frente un festín de platos deliciosos, sin saber cuál coger primero; se compró un departamento, cambió a un trabajo de mayor reconocimiento y está próximo a terminar su segunda carrera, actividades que disfruta y lo comprometen; ha emergido su verdadero self, lo que lo hace sentir vivo y con una existencia real y sentido propio; en nuestra jerga co-creada de a poco “se ha ido encontrando con el habitante de su nuevo departamento”.

Con M. fue necesario volver al momento de la ilusión y brindarle un espacio confiable y acogedor, para que así descubriera aquello más propio, lleno de sentido. El análisis le permitió estar sólo en presencia de alguien más, disponible para él, pero a la vez, con espacios para la no integración.

Quisiera cerrar con una cita sobre el Self:

“Su desarrollo saludable se relaciona con la vitalidad y con varias posibilidades: la de tener una vida excitante que incluya la magia de la intimidad; la de ver el mundo creativamente (prueba de que se está vivo y con ganas de seguir estándolo), la de sentirse real, la de ser uno mismo, la de apropiarse de lo que a uno le interesa sintiendo que ese esfuerzo nos hace vibrar” (Anfusso, 2009, pág. 93).

 

Bibliografía

Anfusso, A., Indart, V. (2009). ¿De qué hablamos cuando hablamos cuando hablamos de Winnicott? Montevideo, Uruguay: Ed. Psicolibros- Waslala.

Jallinsky, S. (1998). La creatividad vital de la paradoja. Revista Encuentros. Asociación Psicoanalítica Argentina.

Painceira, A. (1997). Clínica Psicoanalítica: A partir de la obra de Winnicott. Argentina: Ed. Lumen.

Winnicott, D.W. (1972). Realidad y Juego. Buenos Aires, Argentina: Ed. Gedisa.

Winnicott, D.W. (1994). El hogar, nuestro punto de partida. Buenos Aires, Argentina: Ed. Paidos.

Winnicott, D.W. (1965). Los procesos de maduración y el proceso facilitador. Buenos Aires, Argentina: Ed. Paidos.

Winnicott, D.W. (1993). La naturaleza humana. Buenos Aires, Argentina: Ed. Paidos

[1] Myriam Sabah Telias: Psicóloga Universidad de Chile, Psicoanalista ICHPA, Magister en Análisis Institucional y de Grupos, Terapeuta Centro Chileno de Sexualidad. E-Mail: my.sabaht@gmail.com

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