Va al encuentro del otro (Ca’ata’aguet)

M. Laura Caporale[i]

Mediante el presente escrito intentaré transmitir algo de lo pensado a través de mi experiencia de trabajo con una comunidad originaria del norte de nuestro país, llevada a cabo durante el mes de agosto del 2011. Esta rotación, ofrecida por el Hospital donde realizo la residencia, es constituida por un grupo de agentes de la salud que, bajo la coordinación e iniciación de uno de los médicos, mediante un trabajo constante, hace doce años, que ofrecen atención en salud para y con los pueblos originarios.

Desde el momento en que decidí participar de esta actividad se me abrieron una serie de interrogantes, que me llevaron a reflexionar continuamente sobre cuál sería mi lugar allá. Según me informaron, era la primera vez que profesionales de la salud mental participaban de este equipo, a lo que se sumaban nuevos interrogantes. No obstante, conversé con algunas psicólogas del servicio, quienes coincidieron en un punto, mi lugar sería predominantemente el de observadora.

En principio compartí las tareas con el resto del equipo, recibiendo a las personas que serían atendidas por los médicos, asegurándome que me entendieran al hablar o, en caso contrario, llamando a algunas de las intérpretes. Realicé actividades con los niños, como jugar o ir casa por casa, invitando a las familias a que se acerquen al lugar dónde estábamos atendiendo, invitación que era transmitida por los mismos niños/as en su lengua. Me ocupé, en alguna ocasión, de la elaboración de la comida, o la preparación de algún mate, ¡tareas indispensables para la supervivencia el equipo!

Junto a mis compañeras trabajadora social y antropóloga, entrevistamos a algunos de los docentes de la escuela de uno de los parajes. Para mi sorpresa, también entrevisté a una ¿niña? ¿adolescente? A partir del pedido de uno de los pediatras. Estas dos últimas experiencias fueron de las más significativas en lo personal y desde el lugar de agente de la salud mental. Por dicha razón profundizaré sobre estas vivencias.

Visitando una escuela. La misma cuenta con una matrícula de 68 niños/as en toda la primaria, de 1º a 7º grado y 18 en nivel inicial. Entrevistamos a los cuatro docentes “criollos” de manera grupal y al auxiliar docente aborigen (ADA) de manera individual.

Según relatan los docentes criollos, a partir de 3º los grados comienzan a unificarse (poligrado) debido a la disminución de matrícula. Dos de los docentes manifiestan que esto se debe a una falta de “sentido de responsabilidad”, explicando que los padres no obligan a los niños a concurrir a la escuela. Otra docente aclara que, según ella, se trata de una cuestión cultural ya que, por ejemplo, una alumna suya de 3º dejó de concurrir a la institución al venirle la primera menstruación ya que debe mantenerse alejada del resto de la comunidad, estando ya preparadas para ser madres, con lo cual esta alumna ya “está casada, tiene marido” comenta la docente. Continuando con las cuestiones culturales, los niños ingresan a la escuela hablando en su idioma aborigen y en el jardín aprenden a hablar el español. La maestra de inicial tuvo que aprender “a la fuerza” el idioma aborigen, ya que era la única y primera mediadora entre una y otra lengua. Es a partir del año 2003 que, a través del cumplimiento de una ley, comienza a haber un ADA por escuela. Lo cual, si bien es muy positivo, es, a la vez, bastante insuficiente, refieren los docentes. Junto a esta problemática, es considerable remarcar que los contenidos mínimos curriculares son los mismos que los de cualquier otra parte del país, lo cual refleja una intensa descontextualización a la hora de enseñar. Otra cuestión muy interesante es respecto a la relación que los aborígenes tienen con el trabajo, los docentes criollos expresan “derechos sí, deberes no” “no tienen incorporada la cultura de trabajar, les dan planes, casa, pensiones de mal de Chagas, a veces truchas”. Esto mismo, es explicado por el docente aborigen, como valores no transmitidos en su cultura. Explicita que “la generación de sus padres no le daba importancia a la escuela, que no saben que, a partir de ella, uno puede conseguir un trabajo y cobrar un sueldo mensual. Ellos no saben lo que es trabajar para el Estado por ejemplo. Ellos vivían de la caza, distinto será con mis hijos en donde yo sí les voy a poder transmitir este valor”. Él a su vez, plantea que sería necesario realizar una lectura, de cómo la escuela fue incorporándose a su cultura, a través de la relación con la iglesia Evangélica y que si bien esto es visto como algo positivo en su comunidad, refiere que, por otro lado, se fueron perdiendo muchas cosas de su propia cultura, que sería necesario visibilizar. Este es un punto muy interesante, y abre a una disyuntiva de interrogantes. ¿Podrían ellos transmitir su cultura sin utilizar las instituciones originadas en la Modernidad en el contexto europeo, como es la escuela? O ¿pensar así sería nuevamente hacer más vulnerable su condición, en el sentido de continuar violando sus derechos, como lo es en este caso, la educación? ¿Cómo lograr un nexo entre ambas culturas, sin que por ello una quede subsumida a la otra?

¿Entrevista psicológica? Renata, de 13 años, es la única persona que a lo largo del viaje, desde nuestra cultura, podríamos llamar “paciente” que me es “derivada” por una “interconsulta” desde pediatría. Todas estas comillas son con el afán de desnaturalizar lo que para nosotros es tan común, porque es parte de nuestra cotidianeidad, ya que realmente, tengo mis dudas de que Renata se vea reflejada en esa oración.

Se me informa desde pediatría que su mamá refiere que Renata se olvida de las cosas, y que muchas veces no puede estar concentrada en alguna actividad. Antes de entrevistar a Renata, me aseguro de que me informen si ella entiende y habla castellano, o es necesaria la presencia de una intérprete. Durante la entrevista, le pregunto si me entiende cuando le hablo, a lo que responde de manera afirmativa. Me presento, le pregunto si sabe lo que es un psicólogo, me dice que sí; no obstante detallo este punto. Le pregunto si quiere contarme algo, le interrogo por la escuela, me dice que concurre a la misma, que le gusta. Luego, le comento el motivo de mi entrevista, a lo cual responde diciendo que sí, que a veces se olvida las cosas, interrogo sobre esto y también le digo si me quiere contar algo más, y me dice que en la casa le pegan. Con lágrimas en los ojos, y mirando hacia la ventana, continúa nuestra conversación. Le pregunto qué piensa de ello, me dice que le parece que está mal. Le comento que estaría bueno que pueda seguir hablando de esto, le pregunto si le gustaría ver a un psicólogo pero con mayor frecuencia, a lo que me responde que sí. Le pregunto si asiste a algún centro de salud, a lo que responde que sí, pero que es muy lejos. Le digo que voy a hablar con su mamá, y que voy a ver esta posibilidad de contactar con algún centro. Cabe comentar, que la situación no era muy propicia para el diálogo, en un galpón con mucho bullicio, sin separaciones y a contigüidad entre el cardiólogo y los pediatras. Renata hablaba muy despacio y tímidamente. Esta propuesta de ver a un psicólogo si bien la hice, no me dejaba tranquila, me sentía muy limitada por razones culturales, por desconocimiento de cómo tratan ellos un tema como este, que según me habían comunicado, un rasgo cultural muy destacado es que los adultos no acostumbran a pegarle  a los niños en estas comunidades. Ante mis dudas consulté con el doctor coordinador quién me recomendó que hablara con la referente de la comunidad, quién organizó todas nuestras visitas a los diferentes parajes de la zona. Ella me expresa que el tema de la violencia hacia los niños/as en su comunidad es un tema muy complejo y de mucha gravedad. En un caso así se juntan dirigentes de la comunidad y hablan con la persona en conflicto. Por lo cual me propuso de acercarse a ellos y conversar. Una vez efectuado dicho encuentro, la coordinadora me expresa que ya está todo bien, que la madre le comunicó que es una niña que tiene problemas desde chiquita, que concurre a una escuela especial, que fue vista por psicólogo y neurólogo, y que Renata durante la entrevista que tuvimos, no me entendía por razones idiomáticas.

Al relatar ambas experiencias, lo común en ellas es mi intento por desnaturalizar tantas de las palabras o costumbres que tenemos tan incorporadas y que muchas veces pueden obstaculizar el comprender cualquier otra situación que se diferencie.

Se me presentifica el concepto de “realismo marginal originario” que introduce J. C. Domínguez L. en su texto “Los pibes marginados”. Al interrogarse sobre quiénes somos como país, se responde: un “continente mestizo”[1]. El cual consta de cuatro variantes, en primer término con nuestra población autóctona, o pueblos originarios aunque desde la conquista se haya hecho mucho para exterminarla; tenemos también un remanente de población negra, desarraigada, gente que fue traída contra su voluntad, “brutalmente despegados de sus grupos de pertenencia”[2]. También tuvimos una colonización ibérica, de portugueses y españoles realizada sin respeto por la población del lugar y con el único objetivo de extraer riquezas y minerales. La cuarta parte de nuestro mestizaje, son los inmigrantes que llegaron a fines del siglo XIX, personas marginadas del proceso de producción europeo, de la Revolución Industrial.

Lo que tienen en común todas estas poblaciones es cómo se organizaban en grupos familiares extendidos, es decir, el desarrollo de sus vínculos bajo un modelo: el de grupalidad, con un claro sentimiento de solidaridad. Con esta historia de nuestra población se me hace palpable cómo históricamente se ha ido aniquilando la continencia de los grupos de crianza, la riqueza de lo comunitario y lo grupal. Perspectiva que, desde que comencé la residencia, se me está haciendo cada vez más palpable como estrategia idónea para algunas problemáticas actuales. Historia de aniquilación decía, que se repitió, podría pensarse, en los años de dictadura. Tal como expresa Luisa Sussman, en un escrito del 83 “el terror ha marcado el trabajo en y con grupos. Sobre todo, diría yo, desde el 75 al 79, trabajar con grupos era tarea peligrosa, riesgosa. […] En las instituciones se desmantelaban servicios y se disolvían equipos de trabajo y grupos terapéuticos. Por esto, yo digo, a lo largo de estos años el desarrollo de la psicoterapia grupal se atomizó, pulverizó, se fracturó. […] Se olvidó que la psicoterapia de grupo era un rico camino para la cura, se olvidó por orden del terror.”[3] En esta experiencia con esta comunidad, me interrogo sobre el lugar desde el que uno va a trabajar allí. En principio, se me hace inminente la necesidad de saber sobre su cultura, para conocer, entender y aprender qué tipo de intervenciones tienen lugar en esta comunidad, desde nuestro lugar de “blanco” (tal como ellos nos denominan). Algo que me queda claro es que, esto sólo es posible a través de un lazo de confianza que, debe ser sostenido en el tiempo, no olvidemos que uno, como blanco, por más buenas intenciones que tenga, representa para estas comunidades de pueblos originarios “las gentes extrañas” que conquistaron y oprimieron a toda su población. Tal como expresa Orlando Sánchez, oriundo de pueblos originarios, graduado en la Universidad Bíblica de Latinoamérica en San José de Costa Rica “cada pueblo hace el intento por resolver a su manera el problema de las distintas enfermedades y encontrar la causa del origen de cada una de ellas, según organiza su mundo y las relaciones entre los elementos de la realidad natural y espiritual, pues cada cultura tiene un conjunto de ideas sobre la curación de las enfermedades.”[4] Por esto mismo, en el caso de Renata se me hacía tan difícil pensar cómo llevar a cabo una adecuada intervención. Incluso me pregunto, ¿sería pertinente pensar en la categoría de adolescente? ¿desde qué lugar pensarla?

De todo este análisis, y yendo más allá de esta comunidad, rescato un interrogante fundamental ¿Qué hace uno con lo diferente? ¿Cómo escuchar la situación cultural desde la que nos habla una persona, o desde la que no nos habla, para no terminar patologizando esa diferencia, y a su vez, para no dejarla en riesgo, por no accionar? Esto diferente se nos puede presentar en lo cotidiano, ya sea en una guardia o consultorio de hospital, en una salita o un consultorio privado, no creo que sea necesario viajar para encontrarlo.

Para concluir, me gustaría cerrar con una frase de Silvia Bleichmar que creo representa muy bien, lo que atraviesa a mi parecer toda esta experiencia “Que el lenguaje no cumple simplemente una función descriptiva de la realidad existente, sino que es capaz de crear realidades a partir de los modos de ordenamiento con los cuales la articula, constituye una afirmación más o menos conocida. Lo que es más trabajoso, tal vez, es darse cuenta de qué manera, en razón de que estamos inmersos en esa realidad misma, esas formas de expresión se van apoderando de nosotros hasta constituirnos en agentes discursivos de las propuestas ideológicas que las sostienen.”[5]

BIBLIOGRAFIA

-Bleichmar, S. (2007) Dolor País y después… Buenos Aires: Libros del Zorzal Editorial.

-Domínguez Lostaló, J. C. (2007) Los pibes marginados. Por el derecho a ser joven. Buenos Aires: Koyatún Editorial.

-Oñativia, X. & Di Nella, Y. (2008). Derechos Humanos y Psicología Forense. De un Imperativo Ético a un Dispositivo Técnico (pp 97-120). En Di Nella, Y comp. Psicología forense y derechos humanos. Vol. I Buenos Aires: Koyatún Editorial.

-Sánchez, O. (2009) Rasgos culturales Tobas. Chaco: Librería de La Paz. Subsecretaría de Asuntos Interculturales y Plurilingües.

-Sánchez, O. (2009) Historia de los aborígenes qompi (tobas) contadas por sus ancianos. Chaco: Librería de La Paz. Subsecretaría de Educación.

-Sussman, L. (1983) La formación de terapeutas de grupo en instituciones. Jornadas Clínicas de a.e.p.asobre “PROBLEMÁTICA CLÍNICA EN INSTITUCIONES”  13 de noviembre, (paper).

[1] Dominguez Lostaló, J. C. (2007) Los pibes marginados. Por el derecho a ser joven. Buenos Aires: Koyatún Editorial.

[2]Op. Cit.

[3] Sussman, L. (1983) La formación de terapeutas de grupo en instituciones. Jornadas Clínicas de a.e.p.a sobre “PROBLEMÁTICA CLÍNICA EN INSTITUCIONES”. 13 de noviembre, (paper).

[4] Sánchez, O. (2009) Rasgos culturales Tobas. Chaco: Librería de La Paz. Subsecretaría de Asuntos Interculturales y Plurilingües.

[5] Bleichmar, S. (2007) Dolor País y después… Buenos Aires: Libros del Zorzal Editorial.

[i]Licenciada y Profesora en Psicología (Universidad Nacional de La Plata)

Miembro Adherente de Asappia ,Asociación Argentina de Psiquiatría y Psicología de la Infancia y la Adolescencia,  Buenos Aires, Argentina.

Residente de 4to año del PRIM Lanús (Programa de Residencias Integral Multidisciplinaria)

Email laucaporale@hotmail.com

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