Simbolización y fenómenos transicionales. Sobre el deseo y la indignación posmoderna

Felipe Pardo*

 “Con la instantaneidad de la información,
ya no queda tiempo para la historia

(Jean Baudrillard)

Resumen

El presente ensayo busca articular el posible impacto de las prácticas y discursos posmodernos con una comprensión metapsicológica de la cualidad del deseo y de las operaciones utilizadas para acceder a él. La tecnología y lo virtual se presentan frente al sujeto con contenidos en múltiples formatos, una cantidad ilimitada de información y vías de acceso permanentes. De esta manera, se da una interacción cualitativamente distinta entre el sujeto y la realidad, lo cual exige repensar los procesos de formación del aparato psíquico. Winnicott describe los fenómenos transicionales como un campo intermedio entre la realidad interior y exterior, el cual surge de la realización del infante de estar separado de la madre, para permitirle encontrar vías de satisfacción propias.

Si bien estos fenómenos ocurren en la infancia, también persisten a lo largo de la adultez, aliviando la tensión de los deseos insatisfechos en la realidad. Este recurso parece haberse adecuado casi naturalmente a las lógicas de la comunicación posmoderna, propiciando la aparición de un espacio transicional, ya no fomentado por el individuo sino, más bien, exigido por el entorno. Esta nueva configuración plantea una forma distinta en la que el sujeto incorpora las experiencias de satisfacción. Conceptos como deseo, indignación y simbolización son analizados a la luz de las exigencias y demandas de un nuevo escenario cultural.

Palabras clave: Fenómenos transicionales, virtualidad, simbolización, deseo.

El concepto de posmodernidad ha sido abarcado desde múltiples y variadas posturas. La fuerza para redefinir problemas en diversos campos del conocimiento da cuenta de la amplitud y versatilidad de su significado. De manera más específica, la teoría posmoderna se ha vinculado con el psicoanálisis, pero en la mayoría de casos, de manera secundaria. Autores como Foucault, Deleuze o Zizek hacen uso de elementos psicoanalíticos que sirven como herramientas para la elaboración de sus propuestas enfocadas en la filosofía y el análisis social.

Hay aún una brecha entre las lógicas posmodernas que atraviesan la sociedad contemporánea y un análisis profundo del desarrollo psicológico, en términos de la estructuración del sujeto y de la formación del deseo. Queda un vacío en la comprensión de las formas en que las distintas instancias psíquicas se comportan frente a una realidad que exige nuevos formatos y reglas de interacción.

Este ensayo se centra en esbozar el posible impacto de las prácticas y los discursos posmodernos en la cualidad del deseo, en las operaciones utilizadas para acceder a él y los nuevos formatos de la indignación. Para lograr este objetivo haré una breve revisión de las lógicas posmodernas que podrían tener relevancia en el devenir del sujeto. Esta introducción permitirá servir como base para describir las posibles modificaciones del desarrollo psíquico en la posmodernidad, e introducir una metapsicología que permita explicar dichos fenómenos.

Lyotard (1998) definió la era posmoderna como un tiempo de incredulidad hacia las meta-narrativas. Bajo esta lógica, Foucault devela la existencia de discursos encubiertos que atravesaban la organización de la sociedad. Discursos relacionados con las múltiples formas de poder ejercido a la luz del conocimiento oficial (Foucault 1980), así como de los mecanismos utilizados en la ejecución de dicho poder como el control y la vigilancia (Foucault 2004).

En este nuevo escenario emerge la sociedad posmoderna, una sociedad cuyos objetivos se encuentran regidos por la libertad y la pluralidad como valores centrales y legítimos (Lipovetsky 2000), y donde la instantaneidad de las comunicaciones da un nuevo giro a los mecanismos de poder y vigilancia en un mundo globalizado (Virilio 1999).

Para explicar el sujeto emergente de los discursos posmodernos, Deleuze y Guattari (1993) introducen el concepto de devenir, centrándose en el acontecimiento, en aquello que sucede en la interacción. De esta manera, el sujeto se ve anclado a su predicado, siendo lo relacional lo que lo delimita. Dicho de otro modo, el sujeto existe definido por la operación que realiza para acceder al mundo.

En la misma línea, McLuhan (1964) refiere que el medio es el mensaje, argumentando que, más allá de la finalidad del uso de los contenidos, es el formato sobre el cual se despliega el uso, lo que transmite un mensaje en sí mismo. Es el medio el que moldea y controla las formas en las que el ser humano se relaciona y actúa. En este sentido, lo que ofrece la era posmoderna respecto de los medios por los que atraviesan los mensajes es la revolución de las telecomunicaciones, caracterizada por la instantaneidad e interconectividad de la información.

Al mismo tiempo, los contenidos a los que dichos medios de comunicación permiten acceder son de múltiples y variados formatos. Internet, como el máximo exponente comunicacional de la posmodernidad, permite el acceso casi ilimitado al mundo de lo virtual. Sin embargo, esta conexión requiere un instrumento que cumpla también con los rigores del discurso posmoderno.

El nexo entre el mundo virtual ofrecido por internet y el individuo se da, entonces, mediante una superficie —la pantalla— que permite el acceso ya no al mundo de lo real sino al mundo de lo virtual, es decir, de la posibilidad. Una superficie que deja de ser una herramienta y se convierte en una extensión del yo, que interconecta de manera instantánea y que establece lógicas de operaciones mentales con las que se tiene que funcionar. De esta manera, se privilegian el acceso y manipulación de contenidos mediante la pantalla, relegando la permanencia y elaboración de representaciones mediante la psiquis.

Bajo este dinámico escenario, los discursos posmodernos que cobran relevancia en el desarrollo psíquico estarían relacionados con características como los contenidos en múltiples formatos, una velocidad de conexión instantánea, una cantidad ilimitada de información y vías de acceso permanentes.

Estas nuevas cualidades de la relación entre el sujeto y el mundo exigen repensar los procesos de formación psíquica y la metapsicología que los sustenta. Freud (1933 [1932]) explica que el yo se forma a partir de la modificación de una parte del ello, debido a la proximidad con el mundo externo. Sin embargo, este influjo se hace de manera gradual, y mientras el principio de realidad se termina de sedimentar, aparece un espacio intermedio —o transicional— entre la diada con la madre y la introducción a la sociedad.

Según Winnicott (1972), los fenómenos transicionales surgen de la realización del infante de estar separado de la madre, enfrentándolo a una desilusión e introduciéndolo en una estructura nueva de angustia. Este hecho, lleva al niño a desarrollar un campo intermedio entre la realidad interior y exterior, que le permita encontrar vías de satisfacción propia, en ausencia de la madre. En este sentido, se pasa de un dominio omnipotente a un dominio por manipulación.

Si bien estos fenómenos ocurren en la infancia, no son exclusivos de ella, ya que persisten durante toda la vida, aliviando la tensión de los deseos insatisfechos en la realidad. Este recurso parece haberse adecuado casi naturalmente a las lógicas comunicacionales posmodernas. Postulo que lo virtual, como posibilidad, ofrece un funcionamiento similar al espacio transicional, ya no fomentado por el individuo, sino más bien, exigido por el entorno.

En este sentido, la cultura posmoderna esboza formas particulares de deseo que implican a su vez maneras específicas de acceder a él. Silva y Lirio (2005) explican que la primacía de la imagen como representante ideológico del capitalismo, plantea de manera encubierta el imperativo del goce como devenir de la sociedad del consumo. En vez de emplear la energía libidinal insatisfecha en el trabajo de la sublimación, esta se desvía y se descarga –ligera pero constantemente– mediante el placer del consumo.

Desde una perspectiva dinámica, Zizek (1999) establece que el mandato del Súper Yo en la era posmoderna es el de gozar. El quehacer del sujeto debe entonces estar inscrito en las lógicas de la satisfacción para cumplir con las exigencias de la cultura contemporánea. Se observa así una dinámica que enfatiza la lógica de la posibilidad sobre la lógica de la prohibición.

Esta nueva configuración del deseo, se encuentra también constituida debido a las cualidades del acceso al mundo antes mencionadas. La velocidad y la instantaneidad fuerzan al sujeto a modificar su dinámica relacional. El efecto resultante es que se subordina la permanencia del objeto, ante el acceso instantáneo a múltiples objetos, lo cual implica una operación que requiere que la ligazón con el objeto sea efímera y que su simbolización sea frágil y poco consistente.

Esta organización del deseo, que en última instancia habla de la relación del sujeto con el mundo, tiene también un impacto en las formas actuales de indignación. Philip Roth (2008) en su libro titulado “Indignation”, expone como es que el protagonista, Marcus, vivencia este sentimiento a raíz de un ambiente social y una presencia paterna que le imponen restricciones y limitaciones.

Desde otra perspectiva, la indignación también puede ser entendida como una posición conectada con la realidad social, en términos del reconocimiento de la inequidad, de la opresión y del sufrimiento. Una indignación como refiere Paulo Freire (2001), que proviene de un compromiso social, que implica conocer las injusticias para finalmente actuar sobre ellas.

Desde el marco psicoanalítico, varios autores han planteado diversas explicaciones acerca de la indignación. De manera general, se ha entendido a la indignación como una actitud de superioridad moral que funciona de manera defensiva para protegerse de heridas narcisistas o de microtraumas acumulados durante la infancia que emergen paulatinamente durante la adultez (Schmalhausen, 1921; Lax, 1975; Shabad, 1993).

Desde todas estas aproximaciones previamente descritas, la indignación es producto de una serie de injusticias –del pasado o del presente– que impulsan un reclamo de justicia o de satisfacción. En estas hipótesis mencionadas, la indignación se encuentra aún constituida bajo configuraciones de prohibición y represión. Sin embargo, en la sociedad contemporánea, pueden darse también formas de indignación distintas, en las que, dicho afecto, se sustente en el reclamo por un tipo de gratificación distinta, por un plus de goce.

En ese sentido, la prevalencia de la posibilidad sobre la prohibición implica una indignación superficial, cuya emergencia estaría más vinculada a una dificultad para sublimar, a una falla en el ejercicio de simbolización y a una necesidad de satisfacción instantánea.

Considero relevante lograr diferenciar los distintos tipos de indignación que el sujeto puede experimentar a lo largo de su vida. Cada expresión de indignación, entendida a la luz de su origen y configuración, dará cuenta de la forma en que el sujeto se relaciona con los otros y consigo mismo. El incorporar esta visión permitirá una aproximación al entendimiento de una subjetividad que plantea nuevos retos para la terapia psicoanalítica. Sin embargo, la elaboración de una técnica acorde a la estructuración y sintomatología del sujeto posmoderno permanece siendo un campo amplio por explorar.

 

Bibliografía

Deleuze, G. & Guattari, F. (1993). ¿Qué es la filosofía? Barcelona: Editorial Anagrama.

Foucault, M. (1980). La verdad y las formas jurídicas. España: Editorial Gedisa.

Foucault, M. (2004). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Argentina: Siglo XXI editores.

Freire, P. (2001). Pedagogía de la indignación. Madrid: Ediciones Morata.

Freud, S. (1933 [1932]). 31ª conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica. Obras completas. Tomo XXII. Argentina: Amorrortu editores.

Lax, R.F. (1975). Some comments on the narcissistic apsects of self-righteousness: Defensive and structural considerations. International Journal of Psychoanalysis, 56, 238-292.

Lipovetsky, G. (2000). La era del vacío. Barcelona: Editorial Anagrama.

Lyotard, J.F. (1998). La condición postmoderna. Informe sobre el saber. España: Editorial Cátedra.

McLuhan, M. (1964). Understanding media: The extensión of man. Canada: McGraw-Hill.

Roth, P. (2008). Indignation. New York: Vintage International.

Schmalhausen, S.D. (1921). On our tainted ethics. Psychoanalytic Review, 8, 382 406.

Shabad, P. (1993). Resentment, indignation, entitlement: The transformation of unconscious wish into need. Psychoanalytic Dialogues, 3, 481-494.

Silva Jr, N. & Lirio, DR (2005). The postmodern re-codification of perversion: On the production of consumer behavior and its libidinal gramar. International Forum of Psychoanalysis, 14(3-4), 217-223.

Virilio, P. (1999). El cibermundo. La política de lo peor. España: Editorial Cátedra.

Winnicott, D. (1972). Realidad y Juego. Buenos Aires: Editorial Gedisa.

Zizek, S. (1999). You may! London review of books, 21(6), 3-6.

*Bachiller y licenciado en psicología clínica por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Psicoterapeuta psicoanalítico en formación en el CPPL.

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