Jóvenes de vidas grises. Psicoanálisis y Biopolíticas

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Autora: Ana María Fernández *

Comenta: Alejandra Martínez

I

Índice

Introducción……………………………………………………………………………………………..       5

I  Abatimientos existenciales en jóvenes: ¿unas vidas grises?…………………………   15

II    Plusconformidad, pulsiones salidas de cauce y temporalidades alteradas……   27

III   La pregunta por el deseo y la hospitalidad del dispositivo…………………………   37

IV    Instituciones insignificadas. ¿Vacíos de sentido?………………………………….     47

V     Biopolíticas: nada de lo social es homogéneo…………………………………………..    57

VI    Insumiciones, subalteridades y control de los deseos……………………………..    65

VII  Los júbilos en visibilidad y los cuerpos en escena……………………………………    75

VIII Las corporalidades: notas para una mirada genealógica………………………….     91

IX    Recursividades: reconceptualizando la noción de deseo…………………………..   101

 * Ana María Fernández . Doctora en Psicología. Profesora plenaria e investigadora de la Universidad de Buenos Aires. Invitada de prestigiosas universidades de Argentina, España, Francia, Estados Unidos, Mexico, Uruguay, Costa Rica, Colombia, Chile. Es autora entre otros libros, de El campo grupal: notas para una genealogía (1989), La mujer de la ilusión (1993), y, con un equipo de colaboradores, Instituciones estalladas, (1999), Política y subjetividad (2006,2008). Dirige el Programa de Actualización en el Campo de Problemas de la Subjetividad, postgrado interdisciplinario de la Universidad de Buenos Aires.

  Como en un flujo de intensidades Ana María Fernández nos convoca a pensar a partir del ámbito de su trabajo clínico como psicoanalista.

La autora reflexiona sobre una nueva modalidad de consulta, se refiere a jóvenes que solicitan tratamiento que suelen tener por respuesta a cualquier pregunta “no sé”, “nada”, “todo bien”, “todo tranquilo”, expresiones que desplazan o no dan lugar a la pregunta por “qué prefiero”, “qué elijo”, “qué me gusta más”, vidas que parecen desplegarse en un presente inmediato abrumador que clausuran o arrasan la pregunta por el deseo. Esta suerte de sobreconformidad, o conformidad sobrante son modos de subjetivación que denominará en plusconformidad –operan en tensión con modalidades existenciales que accionan abusos y excesos de diverso orden, diferentes formas de desbordes de lo pulsional salido de cauce.

 Este cambio significativo en las actitudes de los y las jóvenes frente a la vida promueve la pregunta ¿Cómo se están generando estas transformaciones? ¿Estos existenciarios, cada vez más frecuentes, son nuevas modalidades de subjetivación?

 Tanto en una modalidad como en la otra quedan sin despliegue una importante y significativa región del sí mismo –de la experiencia de sí– así como algunas cuestiones centrales de la temporalidad, la experiencia del tiempo, básicamente, las articulaciones entre las experiencias que significan el pasado y las proyecciones de futuro, la capacidad de ilusionar, de imaginar cómo lograr, cómo construir un porvenir. Tambalean las organizaciones del presente subjetivo, las autopercepciones y las relaciones con la realidad.

¿Cómo sostener la hospitalidad del dispositivo analítico? ¿Cómo dar lugar a la pregunta por el deseo? ¿Cómo promover el establecimiento de las condiciones de posibilidad para que la problemática del deseo se constituya? Abrir pregunta desnaturalizando el “no sé” y los “todo bien” puntuar el detalle, punto que no es liso sino que estaría compuesto de una multiplicidad de pliegues y repliegues de instancias de sufrimiento psíquico que lentamente podrían comenzar, en transferencia, en hospitalidad, a abrirse a los azarosos pero imprescindibles procesos de poner en palabras, significar y resignificar echando mano a las “artes del oficio” que exigen modos de escucha e intervenciones específicos, innovando en las modalidades del dispositivo clásico, habilitándose en diseñar en el caso por caso la propuesta de abordaje que se estime más adecuado, indagando nuestra implicancia, realizando un permanente trabajo de indagación de nuestra propia diferencia como analistas, alojando lo inesperado en los distintos estilos de estar psicoanalistas.

Es importante señalar que la autora  intenta subrayar como novedad no el tipo de malestar sino la frecuencia, en los últimos años, de estas modalidades. Se abre reflexión, en el plano de la producción de pensamiento, a algunas condiciones socio-históricas que estarían operando en estas insistencias clínicas. No ya como influencia externa, sino en inmanencia, se trata de pensar la producción de las diversas modalidades en que las propias subjetivaciones se configuran en un momento histórico. Plantea que estaríamos frente a modalidades de subjetivación que, en el paso de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control, toman características específicas. Es en esta localización sociohistórica  donde habría que ubicar los conjuntos diferenciados y combinados de estrategias biopolíticas de vulnerabilización de jóvenes. (Término que enfatiza que esa situación social es una construcción activa, un producto, un proceso, y no meramente un hecho o dato, que una larga y variada serie de decisiones económicas, políticas y sociales habían finalmente logrado configurarla)

Retoma una idea central de Cornelius Castoriadis respecto de las relaciones entre la dimensión institucional y la configuración de la dimensión psíquica. Básicamente las instituciones deben suministrar a la psiché en su proceso de socialización, tres instancias de inscripción: “objetos”, “identificación” y “sentido”. La autora duplica su apuesta con una pregunta que abre a la reflexión ¿Cómo se producen los anclajes insititucionales cuando las instituciones tambalean, desfondan sus sentidos fundacionales, se deslegitiman y ganan cada vez más descrédito? Funcionan como si fueran las mismas, pero operan vaciadas o desfondadas de sentido. Por lo tanto, en un mismo movimiento, a medida que se insignifican, desamparan. ¿No estaría allí un punto fuerte de articulación entre desamparos personales y desamparos institucionales? Una vez más, se hace presente el entramado de lo singular y lo colectivo.

Los avances de la insignificancia como agotamiento o vaciamiento de sentidos, vaciamientos de las significaciones imaginarias sociales que fueron fundantes de las sociedades disciplinarias, estas “vidas grises”, podrían conformar una de las formas del avance de la insignificancia que busca evitar las posiciones enfrentadas. ¿Qué instituidos se están agotando? ¿Qué instituyentes estarían apareciendo? Nunca en todos lados  ni de igual manera. La propuesta es indagar lo nuevo en su especificidad y en alternancias y combinaciones particulares con lo tradicionalmente instituido en un momento histórico. La crisis de los modelos identificatorios modernos, la impunidad de los grupos de poder, desfonda la cosa pública y las prácticas de ciudadanías. Para los más ricos los hábitos ciudadanos se vuelven innecesarios, los muy pobres no forman dichos hábitos porque sus “saberes plebeyos” les indican que en la ciudadanía y sus derechos nunca hubo lugar para ellos. Esto confluye en la barbarización de los lazos sociales, públicos, privados y/o personales.

Nada de lo social es homogéneo… las subjetivaciones en plusconformidad y las de urgencias de satisfacción estarían dando cuenta de dos modalidades en que entraman lo singular y lo colectivo en la actualidad, particularidades en que estarían actuando las estrategias biopolíticas de vulnerabilización en vastos sectores de poblaciones jóvenes que operan brutalmente sobre los cuerpos, pero con dispositivos específicos para cada género y dentro de éste, según clase etaria, etnia, opción sexual, etc. En la sutileza de los distintos dispositivos dentro de una misma estrategia de vulnerabilización, con respecto a los diferentes universos poblacionales, es donde se juega su eficacia, en cada distinción se ponen en juego efectores profesionales o técnicos específicos.

No se puede identificar una época por una de sus modalidades de subjetivación, aunque sea muy frecuente en la consulta. No todos los y las jóvenes se avienen a aceptar como si fuera un destino el aislamiento y la fragilización. Por más eficientes que sean las estrategias de disciplinamiento, de control y de desigualación de los imaginarios sociales instituidos siempre queda un resto que no puede ser disciplinado. Pero el interés, en este momento, es subrayar que en los diversos modos de subjetivación de época se pliegan, se despliegan y se repliegan modalidades e intensidades muy diferentes de acatamiento a los disciplinamientos y dispositivos de control. Al tiempo, que se estará en presencia de muy diversos modos de resistencia o indisciplinamientos o insumisiones singulares y/o colectivos. “Donde hay poder hay resistencia”. Resistir es inventar, es establecer líneas de fuga a las estrategias de dominio, abrir pregunta, desnaturalizar las situaciones de aislamiento, puntuar el detalle y dejarlo latiendo… en un espacio que habilite las errancias hacia algún posible nuevo agenciamiento, es poner a disposición la experiencia de análisis para que cada quien puede registrar sus posibilidades de imaginar, inventar, ampliar sus posibilidades de desear, registrar y realizar algunos de sus deseos. Garantizar la hospitalidad del dispositivo realizando reformulaciones conceptuales sobre algunas nociones y conceptos psicoanalíticos evitando mantener los aislamientos en naturalización-invisibilización, sino sería formar parte de los efectores de las estrategias de control de la intensidad de los deseos que los modos de subjetivación actuales propician.

En la experiencia clínica de psicoanálisis en situación de grupo que incluye recursos psicodramáticos, la autora rescata un tipo de euforia, de júbilo, de experiencias desde y con los cuerpos que conectan modalidades de alegría en un estar-entre-otros, creando condiciones de posibilidad, “los cuerpos como impensados del lenguaje y las intensidades como impensados de la represetación”. Sin pasar por una idea o imagen previa, instalan a velocidad, en crescendos de intensidad, un tipo de producción imaginante en la inmanencia de los cuerpos en acción. Forman –inventan- secuencias maquínicas, generalmente de gran dinamismo y potenciamiento colectivo. ¿Es posible pensar en producciones de subjetividad que en algunas ocasiones puedan no pasar por las dimensiones del lenguaje? Se trataría de devenires rizomáticos del entre-los-cuerpos que, en agenciamientos maquínicos de deseo, com-ponen experiencia. ¿Cómo pensar los cuerpos que desarticulan totalizaciones, que exceden el lenguaje, que accionan entre-otros-cuerpos, con-otros-cuerpos, en el “entre” de los “cuerpos”? ¿Cómo pensar estos “crescendos” de intensidad que afectan sin decir? Poder dar lugar al despliegue de las potencias  deseantes crea condiciones para la alegría, sea esta singular o colectivo. Potencia y no carencia para pensar el deseo. Desde esta perspectiva, se piensa el deseo como una potencia productiva que impulsa a la acción; que pone los cuerpos en acción, que inventa o imagina, en el anhelo o búsqueda de sus realizaciones. De este modo puede recuperarse aquí la idea freudiana de poderío del deseo. Hace hincapié en la idea de que no se trata de pensar que la noción del deseo-carencia sea un error. Mucho menos, alienarse en una ontologización vitalista del deseo-potencia. Lo que quiere subrayar es que la insistencia conceptual en sólo una –Pensamiento de lo Uno- de las configuraciones posibles de las dimensiones deseantes ha tenido como una de sus fuertes consecuencias desdibujar o invisibilizar el “poderío del deseo” obturando la posibilidad de interrogar y creando muchas veces condiciones de estancamiento en los análisis. Se trata de las alternancias posibles de carencias y potencias a lo largo de los complejos devenires de una vida, a su vez, permite establecer un sujeto de deseo que se producen en el acontecimiento, siempre en acto.

 Lic. Alejandra Martínez

 Sociedad Psicoanalítica del Sur

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