Ética y poder: ¿crisis de modelos en la sociedad?

Augusta Gerchmann[1]

RESUMÉN

La finalidad de este trabajo es examinar la crisis de modelos en la sociedad, refiriéndose particularmente a la ética y al poder ejercidos en la actualidad, los cuales asolan los vínculos humanos. La autora parte de la teoría del desarrollo psicosexual referida por Freud y  de los destinos que la pulsión del sujeto psíquico sufre a lo largo de su maduración. En seguida, entrelaza eses conceptos al periodo actual de la posmodernidad, que viene siendo caracterizado por la ganancia del poder en detrimento de las relaciones humanas. Concluye que el narcisismo – sellado en las patologías de la actualidad – gana terreno en la clínica, exigiendo que los analistas busquen pensar en como abordarlo.

Palabras claves: Ética. Poder. Pulsión de dominación. Violencia. Posmodernidad.

            El objeto de estudio del Psicoanálisis es el sujeto y su inconsciente. En su naturaleza, el hombre nace no domesticado y con la fantasía de realizaciones de deseos que el psicoanálisis cree ser propia de la especie – las protofantasías. Las pulsiones, en su esencia, buscan satisfacerse a cualquier precio movidas por el principio del placer.

            Freud concibió la pulsión como:

[…] un concepto fronterizo entre el anímico y el somático, como un representante psíquico de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma, como una medida de la exigencia de trabajo que es impuesta al anímico en consecuencia de su trabajo con el corporal. (1915, p.117).

            Inicialmente fueron divididas en pulsiones de autoconservación (o del yo) – cuyo modelo es el hambre -, y las pulsiones sexuales, que van volviéndose complejas a partir de las primeras, buscando placer a través de un objeto de amor, no limitándose a la conservación de la especie. Las pulsiones sexuales se distinguen y se caracterizan en su relación con las fuentes somáticas y sus metas.

            Limitaremos esta exposición a uno de los desdoblamientos de la pulsión, la pulsión de dominación, para articularla con poder y ética, tema de este artículo.

            La manifestación de la pulsión comienza muy temprano; tiene origen en la necesidad de saciar el hambre y en la respiración. En esa etapa, oral y canibalística, los bebes pueden presentar un impulso mas exacerbado de incorporar el objeto – madre, que va más allá del acto de alimentarse. Consiste en una forma primitiva de identificación, por la fantasía de devorar el objeto idealizado – una identificación primaria, representante del primer lazo emocional que el sujeto establece con el objeto que participo de la experiencia de satisfacción. Es directa, inmediata, pero ambivalente desde el comienzo, como dice Freud en “Psicología de las masas y análisis del yo” (FREUD, 1921). Al periodo inicial del autoerotismo se agrega un nuevo acto psíquico, que constituye el narcisismo. En su desenlace, deja como heredero el ideal del yo – así como la madre o el padre, el bebe deseará ser, como remanente de las perfecciones y del delirio de grandeza (FREUD, 1914).

            En la etapa anal, podrá aparecer como pulsión sádica, cuando se desgarra y es capaz, a través del dominio del sistema muscular, de reconocer y someter cruelmente el objeto que es fuente de placer. El primer objeto sometido nuevamente es la madre o su representante. A través del control esfinteriano, podrá experimentar, por primera vez, de forma voluntaria, el control del ambiente, o, al contrario, ser por este dominado. En ese momento, se levantan los primeros diques, que preceden la represión, como el asco, la vergüenza y la moral (FREUD, 1905).

            En la etapa fálica, aparecerá la lucha con el rival por la posesión del objeto. En principio, el objeto que se ambiciona es el genitor del sexo opuesto. La ambición es una característica que se origina de la satisfacción autoerotica en el periodo del erotismo fálico-uretral, que podrá seguir señalado por la masturbación, cuando la barrera de la represión todavía no termino de levantarse, pero está en la etapa de la finalización. En el caso de la represión exitosa, evolucionará para una relación de objeto amoroso. Su importancia reside en el hecho del cuestionamiento girar en torno del reconocimiento de la diferencia entre los sexos, en el auge del Complejo de Edipo. Cuando predominan los aspectos destructivos de la pulsión, la función interdictora del padre pasa a ser necesaria, para contener las manifestaciones agresivas del niño.

            El deseo de incorporar a un objeto – esta vez el padre – es bien retractado en el articulo “Tótem y Tabu”, que este año cumple 100 años (1913), trabajo que refiere al mito de la instauración de la civilización, después del asesinato del padre de la horda primeva. Ese deseo de incorporación es resignificado en el desarrollo, cuando del desenlace de la conflictiva edípica. Del narcisismo primario, resultó un ideal del yo, producto de la identificación con el padre ideal de la infancia, que va sufrir sus destinos hasta unirse al yo ideal, como heredero del Complejo del Edipo. En el camino de la heterosexualidad, el niño intentará ser como el padre, identificándose secundariamente. En el camino de la homosexualidad, va querer tener el padre como objeto de amor, como fijación en el narcisismo originario.

            En el periodo siguiente, cuando las pulsiones parciales son dominadas y se reúnen bajo la primacía genital, pasada la latencia y la pubertad, puede ocurrir del sujeto no querer dividir su compañero, pasando a tomarlo como una posesión, lo que vuelve la pulsión sexual antisocial.

            A partir del desarrollo del los artículos metapsicológicos, en los “Tres ensayos de la teoría sexual”, (publicado en 1905 con acrecimos hasta 1924), precisamente con respecto a la pulsión de dominación, Freud observó que “la crueldad es cosa enteramente natural del carácter infantil”, y supone que la moción cruel es proveniente de la pulsión de dominación, emergente en la vida sexual en el periodo de la organización pre-genital. La inhibición de crueldad, en virtud por lo que la pulsión de dominación se detiene delante del dolor del otro, a la capacidad de compadecerse, es desarrollada relativamente tarde, explicando el hecho de que la ausencia de la barrera de la compasión trae consigo el peligro de que ese enlace establecido en la infancia entre las pulsiones crueles y las erógenas resulte indisoluble mas tarde en la vida (FREUD, 1905, p. 175). La pulsión del saber, por su vez, puede corresponder a una forma sublimada del dominio que el ser humano desea.

            La idea de que la pulsión de dominación es producto de la mescla de las pulsiones sexuales con la pulsión de muerte pasó a ser concebida solamente a partir de 1920, en el articulo “Más allá del principio del placer”, cuando Freud acrecentó a la teoría de la pulsión de vida otra naturaleza de la pulsión, opuesta, pero inseparable de la primera, la pulsión de muerte. Si el bebe nace bajo la primacía del principio del placer/displacer como regulador de su funcionamiento psíquico, tendrá que agregarse y someterse al principio de la realidad, paso inevitable para poder vivir en sociedad y, sobretodo, como señal de su maduración.

            Freud no comprendía lo que ocurría con una clase de personas que no avanzaban en sus análisis, pero, contrariamente, parecían ser acometidas de la necesidad de castigo. Fue cuando construyo la segunda tópica, sumando la división del psiquismo, hasta entonces caracterizado como teniendo un inconsciente, un preconsciente y un consciente, estructuras que llamó de isso –ello, eu – yo y un supereu – superyó. Este ultimo sería un precipitado del yo, heredero del Complejo de Edipo, pero no sólo. En “Esquema del Psicoanálisis”, artículo publicado póstumamente, acrecentó que:

[…] el Ello y el Superyó, a pesar de su diversidad fundamental, poseían una cosa en común: ambos representaban las influencias del pasado; el Ello las del pasado heredado, el Superyó, esencialmente, las del pasado asumido por otros, mientras el Yo es determinado, principalmente, por las vivencias propias del individuo – por el actual y accidental (1938, p.145). [2]

En los artículos sociales, el padre del psicoanálisis busco comprender los agrupamientos humanos a partir de su naturaleza. Observo que, antes del establecimiento de las normas culturales, la libertad de que el individuo gozaba era máxima, pudiendo ocurrir, en algunos individuos, la pulsión de dominio expresarse como una necesidad de poseer el objeto física o psíquicamente, llevándolo a su destrucción.

Como refería Freud, la cultura seria el primer intento de regular y apreciar los vínculos recíprocos entre los hombres, precisamente los vínculos sociales. De lo contrario, los vínculos podrían sucumbir la arbitrariedad del individuo, en el sentido de que los más fuertes físicamente podrían tener sus interés conquistados por la fuerza, pudiendo generar conflictos y dificultades en la convivencia. Después de la instauración de las leyes que gobernaban la sociedad, la justicia pasó a exigir que nadie escape a los limites impuestos, a través de reglas que deberían seguir. Las leyes no necesitarían ser establecidas si no hubieran el riesgo de transgredirlas.

Creía ser debido al hecho del sufrimiento provenir de tres fuentes: la fuerza de la naturaleza, la fragilidad del cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, en el estado y en la sociedad. En un orden jerárquico, seria un paso cultural decisivo a la substitución del poder individual por el de la comunidad, una vez que el poder de la comunidad se contrapone al poder del individuo.

Para Aristóteles, en dos trabajos que llamó de “filosofía de las cosas humanas”, Ética a Nicómacos (1992) y Política (1997), el hombre virtuoso debe ser capaz de deliberar para tomar acción usando los medios adecuados a fin de alcanzar los fines adecuados. Por lo tanto, necesita adquirir experiencia a través de la vivencia, por medio de las cuales desarrollará phronesis, la sabiduría practica, la prudencia. Con phronesis, podrá deliberar de manera correcta para, entonces, tomar acción de manera correcta en cada momento.

La ética, por su vez, consistirá en esa combinación: deliberar de manera prudente, descubriéndose cuales los fines adecuados a que se debe llegar y cuales los medios que se emplearán para atingir los objetivos.

En la Política (1997), enseña Aristóteles que:

Todo debe ser investigado primero en sus elementos más simples, y los elementos primarios y más simples de una familia son el señor y el esclavo, el marido y la mujer, el padre y los hijos. […] Mientras ‘Algunos estudiosos opinan que el ejercicio de la autoridad del señor es una ciencia, y que la función del jefe de la familia, la del señor, la del estadista y del rey son la misma cosa, otros afirman que la autoridad del señor sobre los esclavos es contraria a la naturaleza, y que la distinción entre esclavo y persona libre es hecha solamente por leyes, y no por naturaleza, y que por ser basada en la fuerza tal distinción es injusta’ (1997, p.17).

La pregunta pasa a ser: ¿con que modelos tratamos en la actualidad?

Abordando psicoanalíticamente la crisis, podemos representarla como un síntoma decurrente del desequilibrio en el principio regulador del psiquismo – principio del placer/displacer – principio de la realidad que, por su vez, genera un conflicto entre las instancias psíquicas. Así, la crisis es la manifestación de alguna cosa que se rompió o interrumpió. Podrá ser decurrente del exceso, comprendido como aquello que causa el trauma, cuando perdió la cualidad de conexión y hace con que el psiquismo no pueda accionar sus condiciones de funcionamiento.

Por otro lado, el individuo normal está, desde el nacimiento, inserido en un contexto económico y social. Hay una correspondencia entre la realidad externa, de la cual hablamos, y el mundo interno, con su economía psíquica. Las observaciones biológicas y sociales se unirían para sugerir que las tendencias sexuales son naturales y universales en el hombre y que las únicas causas responsables de su represión serían provenientes de limitaciones nacidas en el medio, en el caldo de la cultura.

Todavía, observamos que la represión intensa del pasado dio lugar a una permisividad y ausencia de espacios delimitados que puedan distinguir las funciones de cada miembro del grupo. También, las dificultades en el trabajo intensifican los ánimos, promoviendo una competición que, por veces, lleva el sujeto a autopromociones y/o a aniquilar el espacio del otro.

De acuerdo con el mito del origen, propuesto por Freud, la historia de la humanidad partió del patriarcado, de la ley del padre de la horda primeva, del “Tótem y Tabu”, que instauró la cultura, la civilización, a través del tabu del parricidio, el cual trajo consigo el tabu del incesto (FREUD, 1913). Preguntémonos: el lugar del padre, que es insubstituible para Lacan, se volvió obsoleto en la constitución familiar?

En otro trabajo, en conjunto con un colega César Antunes, defendemos la idea de que, si el psicoanálisis fuese mujer, seria representada por Antígona y no por el mito de Edipo, su padre. Ella fue el ejemplo de la ética que desbanco el poder. A pesar de ese gesto haberle costado su propia vida, fue para defender el entierro de los hermanos que, en la lucha con Creonte, fueron muertos y deberían ser tirados a los buitres. Ella, distinta de la madre, Jocasta, defendió la ley de la naturaleza y, por esta, la interdicción del incesto, enterrándolos.

Como aduce el antropólogo Lévi-Strauss:

[…] la raíz de la prohibición del incesto se encuentra en la naturaleza, pero solo podemos apréndela en su punto extremo, como regla social’. El papel principal de la cultura, en ese contexto, es asegurar la existencia del grupo como grupo y, por lo tanto, substituir en este dominio, como en todos los demás, la causalidad por la organización. La prohibición del incesto constituye cierta manera y, hasta, formas muy diversas, de intervención. Todavía, antes de cualquier otra cosa, ella es la Intervención (1991, p.68).

Prosigue, afirmando que el problema de la intervención debe ser considerado todo el momento que el grupo enfrenta la insuficiencia o la distribución aleatoria de un valor cuyo uso presenta importancia fundamental.

La historia de la civilización occidental es sellada por el poder de un pueblo sobre otro. Tuvo su comienzo en el dominio de la naturaleza, caracterizada por el hecho de que se da sólo lo que se recibe, otra manera de decir que el fenómeno de la herencia expresa esa permanencia y esa continuidad. En esta, el pasaje de los procesos naturales a los culturales sufrirá la influencia del proceso de acumulación de vivencias que inciden en el fenómeno de la repetición.

La posmodernidad se agita en la globalización, en la comunicación en masa, instantánea, sin barreras, en la cual los chicos son el objetivo y de la cual son victimas. Por el avance tecnológico, las informaciones son mas rápidas pero, como resultado, menos depuradas. Los estímulos que llegan a través de los medios de comunicación pueden convertirse en factores traumáticos al no corresponder al necesario y deseable. Todavía, ya se volvió un cliché hablar de la globalización y atribuir a ella todos los problemas construidos por las manos del hombre, que parece victima de su propia trampa, aquello que conocemos como ambición. Sabemos que la ambición puede ser disparada mucho antes, cuando el niño se ve privado de imaginar y pensar sus propios sueños y proyectos, pero asolado por la necesidad de ser “el mejor”, cuando no tiene ni idea en que eso consiste.

En esa perspectiva, Zigmunt Bauman afirma que:

[…] lo que se llegó a asociar con la noción posmoderna de la moralidad es muchísimas veces la celebración de la muerte del ético, de la substitución de la ética por la estética […]  La propia ética es denegrida y escarnecida como una de las constricciones típicamente modernas ahora rotas y destinadas al tacho de la basura de la historia (1997, p.6).

Pensando en la película “El diablo viste ala moda”, que retracta un drama humano de la actualidad: la carencia de los vínculos que coloca en su lugar un deseo irrestricto de crecer, vencer para aparecer. Curiosamente, tenemos que estar atentos a lo que es expuesto como plan principal, porque la gestalt nos confunde. La moda, la belleza, la exuberancia, nos atrae en la trama, mientras se va desarrollando una serie de relacionamientos fracasados en nombre de la fama, de la grandiosidad, del narcisismo por el cuerpo. Como en una clásica película americana, al final, la esencia del ser vence la crueldad de la competición, en que el personaje principal abre mano del poder y da lugar a la ética.

No fuese por el hecho de enfrentarnos, en nuestro día a día, el choque narcisista que caracteriza los relacionamientos de la actualidad, esa película seria pura futilidad. Sin embargo, hasta la futilidad tiene razón de ser.

Si buscamos en la filosofía el concepto de razón, esa comprende la facultad del ordenamiento de reglas, como una actividad del pensamiento. Al defendernos una idea que, para nosotros, sea correcta, ella podrá sufrir una serie de interpretaciones, tantas cuantas sean las personas que la interpretan, pudiendo ser juzgada erróneamente, porque de la interpretación participan las sensaciones que la idea causa en cada uno, a partir de su subjetividad.

El periodo de la represión en Argentina de mayor amplitud, no más importante que la década de 70 en nuestro país, tuvo como maestro la filosofía de aniquilación total del enemigo, sin entregar siquiera su cadáver, adoptándose a la decisión de que la tortura y la ejecución deberían realizarse de forma secreta. Siguieron el sistema adoptado en la Segunda Guerra Mundial, en que todas las personas bajo las cuales pesaba la sospecha de colocar en peligro la seguridad del Reich deberían ser sometidas a un destino peor que el fusilamiento inmediato: la deportación secreta en el amparo de la noche. Por esa vía, millones de prisioneros de países ocupados fueron expulsos de sus países y sometidos a trabajo forzado hasta su muerte en diversos campos de concentración. La pena de muerte en los territorios ocupados quedaba limitada en los casos de flagrante delito.

A pesar de pasadas ya algunas generaciones, parece que todavía sufrimos las consecuencias del malestar que ese salvajismo causó a la cultura, a través de su repetición, de tiempos en tiempos. Como se acostumbra decir en periodo de elección, parece que la memoria del pueblo es corta.

Esa sería la razón por la que los pensadores modernos sintieron que la moralidad, antes de ser “trazo natural” de la vida humana, es algo que necesita ser planeado y inoculado en la conducta humana, cuya contaminación es vivida como violencia. La necesidad del hombre de transgredir las leyes lo lleva a ultrapasar los limites de la ética, lo que evidenciamos a través de sus actos, pero no de su resolución.

El patrimonio heredado, que se suma a las vivencias y en los aspectos constitucionales, constituye la serie complementar que sellará para siempre el carácter del individuo. A partir de ese conjunto de factores, pensamos en la violencia que el sujeto del presente sufre no más como una barbarie colectiva, pero individual, y, ni por eso, menos brutal. Somos testigos, en la clínica, de los matices que la tortura adopta, abrigando los chicos en la correspondencia de la demanda de los adultos – dueños de su verdad y de la propia voluntad. De esa manera, silenciosamente, provocan la muerte psíquica del demandado.

En otro espectro, Freud refería que quien nace con una constitución pulsional particularmente desfavorable y no haya pasado de manera satisfactoria por la transformación y reordenamiento de sus componentes libidinales, indispensables para su posterior productividad, encontrará dificultad para obtener felicidad de su vivencia exterior, sobretodo al enfrentar tareas muy difíciles. En estos casos, acrecentó que podría obtener satisfacciones substitutivas, encontrando refugio en la neurosis, en el mejor de los casos (FREUD, 1930, p.84).

El modelos de funcionamiento de las organizaciones es dictado por los que comandan. Esa es la gran responsabilidad y el mayor riesgo de los dirigentes: decidir por muchos, volviéndose mas difícil el deber cuanto mas ascendente es el cargo.

Como afirmado anteriormente, el poder de los grupos sobre el individuo es un paso cultural decisivo, una vez que los miembros del grupo se limitan en sus posibilidades de satisfacción, mientras el individuo desconoce tales limites. El grupo, en principio, estaría protegido por la justicia, por la seguridad de que el orden jurídico preestablecido no seria interrumpido para favorecer ese o aquel individuo. Ese valor, en última instancia, implicaría la renuncia al pulsional, protegiendo el otro de la violencia bruta, como una forma de vivir en sociedad.

Para un desarrollo mas harmónico y menos perturbado, la sublimación seria uno de los caminos posibles para la pulsión, siendo un trazo particularmente destacado del desarrollo cultural. Posibilitaría que actividades psíquicas superiores – científicas, artísticas y ideológicas – ejecutasen un papel decisivo en la sociedad, del mismo modo que haría el trabajo de reprimir forzosamente la pulsión desgarrada (FREUD< 1930).

Decurrente de la propia naturaleza, es común el grupo trabajar para colocar en el poder aquella que mejor representa la fuerza opresora del grupo. Podrán sentirse protegidos y, sobretodo, atraídos, justamente por ese atributo al mismo tiempo que amenazados y sometidos, ya que la renuncia al pulsional es consecuencia de la angustia frente a la autoridad externa. Se renuncia la satisfacción para no perder el amor del objeto o para evitar la agresión de esa autoridad externa. Esta podrá ser fruto de aquello que Freud identificó como agresión de la consciencia moral, conservando, en su núcleo, la agresión de la autoridad. O, como Hanna Arendt defiende en “Responsabilidad y juicio” (2007), en el discurso libertario, afirmando que el líder aprisiona porque un hombre que domina otro hombre no es libre, el se mueve en un espacio donde la libertad no existe.

André Green, en su “Ideas directrices para un psicoanálisis contemporáneo”, dedica capitulo específico al tema de la destructividad sobre el objeto, diferenciando agresividad de destructividad. Para el autor, la agresividad está conectada al sadismo y corresponde a los periodos sádico oral y sádico anal. En la destructividad, a la diferencia, prevalece una dimensión narcisista, en que el destruidor ansía aniquilar el narcisismo de su objeto. En ese sentido, para Green, sería más bien una cuestión de omnipotencia de lo que de goce del sujeto, acrecentando que el desinvestimiento podría comportar la satisfacción de destruir el objeto, haciéndolo sentir que no existe (GREEN, 2005, p.110-111). Concluye la idea, entonces, afirmando que hacer alguien sentir que no existe puede transformarse en la estrategia indiferencia de que serian capaces eses sujetos, como un arma más mortífera que cualquier despedazamiento.[3]

El conocimiento, en esa perspectiva, deberá ser una herramienta con la cual podemos contar, impidiendo el comprometimiento emocional, la indiferencia a la diferencia. De esa manera, se valora la revisión del pasado en vías de ampliar el futuro, sin suprimir los sentimientos que pueden haber sido derrotados en las circunstancias de la vida moderna, con imprecisión  de las reglas que lleva a la falta del conocimiento de cómo continuar. Para el caso de las personas que se ven asoladas por la modernidad, Bauman (1997) dio el nombre de proteofobia, entendiéndola como la aprensión, la ansiedad por el saber equivocado, el desagrado por situaciones en las cuales la persona se siente perdida, confusa, despontencializada.

En ese contexto, podríamos entender como se procesa la ascensión dentro del grupo. Cuando el líder posee un poder de persuasión, utilizándose de la estética, pero no de la ética, para seducir a través de su conocimiento y su autoconfianza, alcanza el sujeto en el momento en que se encuentra perdido, confuso, proteofóbico.

Porque, para Bauman (1997):

Que vivir es vivir con otros (otros seres humanos, otros seres como nosotros), es obvio a punto de ser banal. El que es menos obvio y absolutamente no banal es el hecho de que lo que llamamos de ‘los otros’ con los cuales vivimos es lo que sabemos sobre ellos. Cada uno de nosotros ‘construye’ su propia colección de otros desde la memoria sedimentada, seleccionada y procesada de pasados encuentros, comunicaciones, intercambios, asociaciones y batallas (p.168).

A pesar del psicoanálisis equipar sus adeptos del saber sobre el inconsciente, los grupos psicoanalíticos no están inmunes de ˜se extraviaren” de la ética, en nombre de la estética y, sobretodo, del poder. Movidos, como ser de la cultura, por el narcisismo que los acompaña a través de generaciones, aún que el análisis personal habilite a reprimir la pulsión menos civilizada. Lo que vemos, al contrario, desde el comienzo de la historia del movimiento psicoanalítico, es que el narcisismo, por las pequeñas diferencias, se sobresale al reconocimiento y al respecto por las diferencias. Vemos que, cuando las dificultades sociales son mayores, ellas promueven mayor dificultad de los vínculos entre los semejantes. ¿Lo que tendrá empezado antes? Freud afirma en “El malestar en la cultura” que la cultura promueve el malestar, pero no podemos vivir fuera de ella. Y nosotros podemos no ser meros espectadores de la repetición; podemos descruzar los brazos y pensar.

PIE DE PÁGINA

[1]Psicóloga, Psicoanalista, Miembro titular en función didácta de la SBPdePA, Miembro de la SBPRJ, Miembro pleno del CEPdePA.

[2]Traducción de la autora

[3]Traducción de la autora

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