El poder como organizador psicosocial

CARLOS JIBAJA ZÁRATE[1]

Resumen

 

Presentamos un análisis del poder como organizador psicosocial de los vínculos humanos destacando sus tres ámbitos de interrelación: lo subjetivo, lo intersubjetivo y lo socio-cultural. El poder se conceptualiza como un organizador vinculante que establece un arriba y un abajo con jerarquías, privilegios, resistencias, marginalidades en virtud de una trama relacional y de sentido. Las relaciones de  poder se anidan en la estructura bio-psicosocial de la psique, al haberse configurado e internalizado la manera asimétrica de las relaciones entre el sujeto en ciernes y sus figuras parentales. El modo dialéctico en que las relaciones de poder son asumidas en identidades y roles personales,  grupales y sociales son analizadas en esta etapa postmoderna.

Palabras clave: poder, psicosocial, identidad, postmodernidad, biopoder

Nuestras reflexiones se inscriben en el marco de lo que llamamos el espacio psicosocial. Lo psicosocial es un campo del saber que busca entender y tomar acción sobre la interrelación entre el mundo intrapsíquico de los sujetos, las relaciones intersubjetivas y la de los grupos de pertenencia y  las relaciones socio-culturales. Este enfoque denuncia las relaciones de poder que causan violencia entre individuos, contextos familiares, género, la relación Estado-ciudadano, etc., y desarrolla una práctica transformadora, participativa, comprometida con el cambio social y la reducción de las inequidades. (Jibaja, 2007)

El poder

 

Una forma genérica de entender el poder es la relación de dominio e influencia que una persona, grupo o instancia ejerce sobre otros. Implica una relación que configura un  arriba y un abajo en el que uno está investido de esa potencia y el otro está en la posición de objeto influenciable.  La intención del que detenta el poder es establecer discursos, jerarquías, prioridades, recursos, formas organizativas que prevalezcan y hagan que los otros acepten, resistan, rebelen o se sometan a la voluntad hegemónica.

El poder no es algo externo a la construcción identitaria del sujeto, muy por el contrario,  se estructura en el ámbito intra e intersubjetivo  porque existe un discurso de poder en el ámbito socio-cultural que es instituyente del psiquismo y de los grupos humanos, a la vez que, son los propios individuos los portadores, productores y reproductores de las relaciones de poder que confluyen en esos discursos y prácticas sociales.

Lo que establece el poder es un determinado orden sobre los sujetos, las cosas, los  fantasmas[2], las palabras. Establece una racionalidad de dominio, un tablero con  jerarquías, privilegios y marginalidades, una red de relaciones de sentido a través de la cual se manifiesta y busca legitimar el ejercicio de ese poder. Esta acción discursiva tanto hegemónica como temporal asigna y categoriza personas, roles, recursos, territorios, prohibiciones, etc.,  de acuerdo a una multi intencionalidad que toma cuerpo y fluye de la dinámica propia del individuo, grupo, comunidad, colectivo.

El poder no es un objeto en sí, se trata de un organizador vinculante, móvil,  que se desplaza hacia los objetos en virtud de una trama relacional y de las cadenas de sentido que ahí se producen. No es el dinero, la clase hegemónica, el líder autoritario, el pene o el carro último modelo, señuelos en los que el deseo y el ejercicio de poder se posan temporalmente sobre un objeto investido por el juego de las miradas. El poder a la manera de una piedra arrojada a una superficie de agua, tiene una presencia, un efecto de resonancia de círculos concéntricos entre los sujetos y sus redes vinculantes. “El poder –dice Foucault (1979, p.144) – no está nunca localizado aquí o allá, no está nunca en manos de algunos, no es un atributo (…). El poder funciona, se ejercita a través de una organización reticular (…) transita transversalmente, no está quieto en los individuos”.

Las personas somos susceptibles a la influencia del poder porque reproducimos el código de la relación asimétrica al contacto con el otro, en cualquier resquicio de deseo de ser reconocidos. En ese sentido, el ejercicio violento del poder es la voluntad de asegurarse el deseo del otro, de tener dominio sobre los signos que de alguna manera manifiesten y le den la certeza, aunque sea momentánea,  de ser alumbrado por el deseo del otro. Y es que en la estructura bio-psicosocial de la psique están sedimentadas las relaciones de poder que nos vinculan con el otro y los otros de manera irrenunciable.

Así, podemos decir que el poder es un organizador psicosocial, un distribuidor de sentido y de articulación de los ámbitos subjetivo, intersubjetivo y macro-social. Como organizador psicosocial se mueve en las esferas del afecto, las fantasías inconscientes subjetivas y grupales y la realidad simbólica compartida. Así, el poder aparece como:

a) Un fantasma de gran  plasticidad que se infiltra en las relaciones interpersonales y que configura una trama vincular y afectiva entre sujetos, grupos y colectivos; que predispone a los actores a vincularse con jerarquías, roles, libretos, alianzas y la gama de emociones entre ellos; que engendra sus propios demonios como la violencia, la transgresión, el abuso, la represión sobre lo diferente, la corrupción; y que produce formas dialécticas de resistirla, oponerse a ella, excluirse de ella. Como el oso de los caños de la casa del relato de Cortázar, en su resbalar incesante por las tuberías de las relaciones humanas, el poder tiñe a éstas con afectos y roles afines, antagónicos, polarizados. Admiración y rebeldía, idealización y denigración, alianzas y antagonismos, dominio y sumisión, etc., a su paso, el poder extrayendo la fuerza de creación/destrucción desde su base pulsional, establece una impronta vincular en el imaginario de “un arriba y un abajo”.

b) A la vez que fantasma altamente estimulante en su capacidad de resonancia entre individuos, grupos de pertenencia y colectivos, el poder como organizador macro-social se manifiesta en la práctica concreta de las identidades y las interacciones sociales.  Establece formas de relación dialécticas, hegemónicas y resistenciales, de mayor o menor duración aunque siempre temporales; crea orden e instituciones, las que materializa en el lenguaje, clases sociales, estilos de vida, ritos, Estado, posiciones ideológicas, etc.; crea subjetividades, les brinda una justificación ideológica, histórica o mítica y las sostiene en el tiempo en la forma de identidades personales; divide, distribuye, configura el modo en que los diferentes colectivos que conforman una sociedad le han dado vida y sentido a esas instituciones concretas.

Relaciones de poder e identidad

 

El deseo y la voluntad de poder lejos de referirse a una instancia externa desde la cual se instala y produce sus efectos, fluyen desde la intimidad del sujeto y sus relaciones sociales, aparecen en cualquier encuentro vinculante, en cualquier pequeña diferencia sobre la cual montan escenarios con membresías, antagonismos, exclusiones. El deseo de poder habita en el sujeto, en tanto que éste desea la plena certeza del reconocimiento y voluntad del otro. Son las configuraciones y reconfiguraciones de las relaciones de poder en la propia identidad del sujeto, las que sedimentan el carácter instituyente del poder en los vínculos humanos. La identidad está íntima, definitivamente enlazada al otro y a los otros, a través de la experiencia de vincularse con los otros en una dialéctica de reconocimiento y alteridad que le permite al individuo convertirse en sujeto-de-relación en un determinado contexto socio-cultural. Y es en esta trama de identidades y alteridades de relaciones interpersonales, familiares y sociales que los significantes del poder son vasos comunicantes, productores y organizadores, entre sujetos y colectivos.

La trayectoria identitaria no es un proceso lineal, secuencial o de un simple intercambio, se trata de una dialéctica entre órdenes que se interpenetran y se constituyen unos a otros para convertir al individuo en un sujeto. La dinámica que se suscita en una familia, como grupo de pertenencia y socialización relevante en la construcción identitaria, nos puede ayudar a ampliar lo dicho. Una familia muestra patrones de interacción entre sus miembros, los que se conforman a través de la sedimentación de reglas y acuerdos, discursos y conductas, liderazgos y diferenciaciones en una cultura dada; así, los miembros de una familia establecen una organización temporal, con un grado de continuidad, del modo en que se relacionan y se sienten unos a otros. Individuos a la vez que miembros del grupo familiar y del contexto socio-cultural, tres ámbitos interdependientes entre sí, los miembros de una familia desarrollan libretos en los que se busca y asigna personajes y roles que representen, entre otros guiones, situaciones de poder, alianzas y antagonismos en distintas variaciones.

Los propósitos y tareas concientes de una familia (v.g. la familia como lugar de soporte y afecto) quedan de lado cuando las relaciones de poder se infiltran y despliegan entre sus miembros, emergiendo fantasmas, posiciones, actitudes y conductas en la forma de conflictos familiares. Ejemplificaré lo dicho con el caso de un grupo familiar en el que la escalada de peleas entre hermanos y hermanas es el emergente sintomático que los hace ir a terapia. La pareja parental conserva roles tradicionales de una cultura patriarcal y ha naturalizado la violencia contra la mujer. El marido trabaja en un Ministerio y sostiene económicamente el hogar; a la manera de un pequeño reyezuelo, en casa, su palabra es ley y distribuye sus influencias y recursos de acuerdo a sus deseos. Abusa psicológicamente de su pareja y descalifica con facilidad a las dos hijas en cuanto a sus capacidades y futuro, ninguna decisión o acción se realiza sin su control y aprobación. Por su parte, la madre tiene la responsabilidad del cuidado de los hijos y de la casa, si bien tiene educación superior nunca entró al mercado laboral. No tiene mayor consciencia del constante abuso psicológico que recibe del marido, sino que al provenir de un hogar en el que estos patrones eran los habituales entre sus propios padres, encuentra muchas maneras de racionalizar su descontento. Se observa en ella un patrón pasivo-agresivo y la tendencia a hacer alianzas con las hijas como formas de agresividad y resistencia inconsciente. En la fratría se observa claramente dos bandos: los dos hijos varones y las dos hijas mujeres, el primero goza de los privilegios que depara los prejuicios machistas del padre y el segundo grupo que se resiente y entabla discusiones y peleas territoriales. Para ilustrar la dinámica relatamos la causa precipitante de las consultas: la hermana menor, una adolescente en el colegio, tiene la fiesta de quince años de una compañera de colegio. Consigue el permiso del padre, sin embargo llegado el día por no haber arreglado las cosas de su cuarto en la mañana del sábado, el padre la castiga diciendo que no va al quinceañero. El hijo varón, un año y medio mayor que ella, llega el viernes por la noche alcoholizado, nunca arregla su cuarto y por la noche del sábado se prepara para salir con sus amigos. Estos dos hermanos tienen un intercambio de frases, él le “saca pica”, que sí va a su reunión, mientras que ella, no, y empieza la pelea. Primero con insultos y luego físicamente. Los padres intervienen y luego de separarlos y escucharlos, el padre sin consultar con la madre, dictamina la sentencia: ambos están castigados. Sin embargo, unas horas después a insistencia del hijo, el padre le da permiso para salir con sus amigos. La chica le reclama a su mamá lo injusto de la situación y ésta le da a entender que los hombres pueden hacer cosas que ellas no.  Esta escena termina cuando la hermana mayor llega a casa y se entera de la situación y le reclama airadamente al padre que “ellas no son segundo plato y que allá mi mamá si es que lo aguanta”. El padre le pega una cachetada.

El caso de esta familia ilustra las vías por las que circula el poder: un discurso parental hegemónico que divide y racionaliza un estado de cosas, roles de dominio, sumisión, resistencia, goce de privilegios y resentimientos desafiantes al que juegan los miembros de esta familia, tanto en la fantasía inconsciente como en la interacción.  El machismo – que tiene su lugar de expansión en la esfera socio-cultural – atraviesa toda la trama de las relaciones familiares e impregna el discurso familiar bajo los parámetros de un arriba y un abajo a partir de significantes basados en las diferencias anatómicas y las construcciones de género. La diferenciación del ámbito público (en el que se mueve principalmente el padre) del otro privado (en el que se mueve la madre) está también condicionada por los juicios de valor hegemónicos: el trabajo de uno y de otro tiene diferentes valores de cambio y de uso. Por otro lado, la subjetividad identitaria de cada uno de ellos está marcada por este desbalance: la madre acusa síntomas de depresión y ansiedad, la hija mayor trata de estar lo menos posible en casa, el hijo mayor es descalificador como el padre con relación a las mujeres de la casa, los dos menores no se soportan entre sí. Tres ámbitos de vinculación en una puesta en escena en el que las relaciones de poder son la piedra de toque. La configuración de ese orden hegemónico conforma, de esta manera, identidades en relación a otras, bajo los supuestos de pertenencia y antagonismos: “yo soy en tanto portador de ciertas insignias (sexo, raza, clase, religión, habla, moda, etc.),  que tú y otros no tienen”.

La reconfiguración de las relaciones de poder en la matriz edípica

 

Desde el ángulo de nuestra exposición, la experiencia edípica es una recomposición de relaciones de poder por las que atraviesa el niño(a) en las esferas intrapsíquica, intersubjetiva y macro-social. Revisaremos de manera sintética algunos procesos y momentos claves de esta reconfiguración:

La pulsión de dominio del infante como factor económico y representativo.La base pulsional de las relaciones de poder es sustantiva. Esta particular fusión de pulsiones libidinales y tanáticas, en sus dimensiones de fuerza, afecto y representación, emerge con la cualidad del apoderamiento o dominio, apoyándose en el instinto de autoconservación y los reflejos como el de prensión o el de succión en el neonato. La pulsión de dominio se manifiesta en un inicio y en su manera más radical, rechazando/destruyendo la vinculación con el objeto, aunque en su fusión con la libido toma la cualidad de apoderarse del objeto por la fuerza.

El pecho es un objeto parcial fundante, vinculanteque plantea una relación  asimétrica. Cargado y recargado por el plus de la libido sobre las pulsiones destructivas,  el pecho emerge investido de la función omnipotente de calmar las vivencias de desamparo del infante. El pecho es un objeto del sí mismo (un objeto “no-yo”, que es imaginariamente susceptible de ser controlado como parte del sí-mismo), que sostiene la escenificación asimétrica entre un objeto omnipotente y la representación parcial de un sí-mismo que succiona, muerde, juguetea, se retrae. El pecho para la psique, en su aspecto negativo, tiene la condición significante de esbozar el espacio de los objetos “no-yo” idealizados/odiados susceptibles de ser dominados por el control omnipotente.

Las relaciones de poder hunden sus raíces en la subjetividad a través de la identificación primaria.La identidad en ciernes del ser humano es moldeada por el  discurso y la práctica materna, paterna, familiar y del entorno socio-cultural. Los significantes del poder, entre otros, establecen un lugar, un territorio, un orden simbólico, imaginario y afectivo en el modo en que se enhebran las imágenes de cuerpo del infante en su relación con la figura materna, base sensorial y perceptual del sí-mismo. La interpretación radical de la figura materna sobre la psique del infante es violenta, señala Aulagnier (1977), en la medida que moldea la subjetividad incipiente del niño(a) bajo los  parámetros en que la psique materna ha sido estructurada. La violencia primaria remarca en la relación asimétrica materno-filial, el ejercicio del poder materno sobre el recién nacido, naturalizado en las sociedad humana. La psique consolidada de la figura materna, agente funda-mental de la socialización del infante, a la vez que entrega amor, sostén, nutrientes, calor, lenguaje va perfilando un ámbito, un ordenamiento, unas coordenadas de sentido sobre el registro pulsional, sensorial, de intensa interacción del infante con su propio cuerpo y con el entorno.

El infante demanda el reconocimiento materno como vector de sentido identitarioLaestructura primaria de la identidad se basa en la asunción de la relación asimétrica entre un objeto investido de omnipotencia y la asunción del infante de una imagen gestáltica que requiere del reflejo especular y sostén del otro, todavía en condición de objeto del sí-mismo. El sí-mismo se afirma, se revitaliza, se recarga o desvitaliza ante el reconocimiento de sí ante otro; obtener la insignia que imaginariamente asegura el reconocimiento del otro significativo, posiciona al sí-mismo en una relación de dependencia y subordinación hacia aquel que detenta el poder de reconocerlo y conducirlo.

El deseo materno se alinea  al poder de interdicción de un TerceroEl embelesototalizante de la relación materno-filial se rompe ante la función de la castración simbólica de la psique materna, que es el pivote de la condición deseante de la madre. La interpretación radical del mundo de la madre en su relación hegemónica para la psique de su vástago debe estar constituida por la función simbolizante de la castración para que el Tercero posea la investidura de un otro interdictor con el poder de expulsar al niño/niña del paraíso narcisista de la identificación con el falo materno. Llamémosle padre, tío, abuelo, instancia comunitaria, suegra, deidad, la figura del Tercero interdictor, en el juego de las miradas edípicas, aparece ante el niño/a, como una arbitrariedad investida de omnipotencia que ejerce el poder-ley para su conveniencia y voluntad.

El tercero personificado es el otro que permite el paso de la omni-potencia a la potencia. Frente al vértigo del no-ser para la madre, el niño(a) gira su mirada allá donde se orienta el deseo de la madre. El niño(a) se enfila hacia donde imaginaria y simbólicamente este deseo aparece encarnado, un tercero personificado (la relación con un padre, un abuelo, una institución) ante el cual el niño despliega las vicisitudes de sus deseos, carencias y ansiedades. De la omnipotencia del Tercero, fantasma investido de poder-ley en la trama de las miradas y reflejos edípicos, instituido en el discurso socio-cultural, el niño deberá transitar a la potencia como objeto de identificación secundaria. Por la operatividad del fantasma de la castración, el sujeto no puede ni debe responder desde el lugar del significante totalizante, a menos que se aliene en identidades de  héroe, perseguido o mártir delirante; desde entonces su deseo tendrá esa potencia, esa ansia de poder que tanto destacó Nietszche, aunque filtrado por el juicio de imposibilidad de la castración.

El super-yo como instancia de poder y de sentido interiorizado.El super-yo establece relaciones de poder, dominio, guía y control; posee un rol hegemónico, taxativo sobre la instancia yoica y las fibras relacionales que constituyen al sí-mismo. La angustia de castración, y en última instancia, el miedo impensable al derrumbe narcisista y el retorno del fantasma de fragmentación, es la fuente del poder desde el cual el super-yo ejerce su mandato sobre el yo. “Del mismo modo que el niño se hallaba sometido a sus padres y obligado a obedecerlos, se somete el yo al imperativo categórico de su super-yo”, nos recuerda Freud (1923, p.2721). A la vez, el mandato superyoico es una propuesta de sentido para el sujeto en su contexto social. El acercamiento del yo a las expectativas ideales superyoicas produce afectos cargados de libido y reconocimiento en el sujeto. “Vivir equivale para el yo a ser amado por el super-yo”, nos vuelve a recordar Freud (Ibid. p.2727). Esta instancia  funciona, desde la intimidad, como un ideal teleológico, que comanda al individuo a la obtención de insignias, logros, membresías, sueños, poder, es decir a recorrer el trayecto de su propia vida debido a una promesa de sentido y goce, que incluso antecede al sujeto. Así lo afirma Castoriadis (1997, p.6) cuando dice:

 “la sociedad puede hacer de la psique lo que quiera, volverla poligámica, poliándrica, monógama, fetichista, pagana, monoteísta, pacífica, belicosa, etc. Mirando más de cerca, constatamos que esto efectivamente es cierto, siempre que se cumpla una condición: que la institución ofrezca a la psique un sentido -un sentido para su vida, y para su muerte”.

 Espejismo, utopía, llamado a la ilusión de un proyecto identitario, el sujeto construye su camino al andar – en un contexto social contingente, histórico, con frecuencia carente de ofertas de sentido – con la promesa de colmar esas expectativas inconscientes parentales inscriptas en lo más íntimo de su ser.

El biopoder y su articulación con la psique

 

Nos detuvimos en el modo dialéctico en que las relaciones de poder son asumidas en la intimidad de la subjetividad,configurando un proyecto identitario; ahora expondremos  el modo en que estas identidades/alteridades se juegan en la llamada post-modernidad.

En la sociedad contemporánea, en la que Foucault (1975)  destaca la llamada sociedad de control, se ejerce el poder biopolítico. Son las mentes y cuerpos (¿¡bienvenido el botox!?) los que encarnan una cultura que normaliza las conductas de asimilación y exclusión que se extienden a través de los medios de comunicación, redes de interconexión, la generación de “espacios comunes” virtuales, des-territorializados. El tejido en red del poder no es ejercido por un centro de dominio, único o polarizado, una clase privilegiada, una “mano negra”, llámese el imperialismo yanqui o un grupo de poderosos que planifican controlar el mundo. Hardt y Negri (2002, p.259-305) sostienen quelas principales factorías en red que mueven al capitalismo contemporáneo y producen sistémicamente la subjetividad biopolítica en la sociedad de control son: el desarrollo de las empresas y centros financieros multinacionales y trasnacionales en el libre mercado, la globalización, el debilitamiento de los Estados y de sus fronteras, el auge de la tecnología, particularmente en el área de comunicaciones, el desenclave de la subjetividad de las categorías de tiempo y espacio. Así, instituciones del orden internacional como Naciones Unidas, Banco Mundial o el G8 adquieren relevancia o la pierden dentro del marco de la producción del biopoder. En efecto, el capital está en una nueva fase de producción no sólo de mercancías sino fundamentalmente de subjetividades.  Para Hardt y Negri la noción misma de postmodernismo “es, en realidad, la lógica a través de la cual opera el capital global” (Hardt & Negri, 2002, p.147).

A diferencia de la sociedad disciplinaria en el que la territorialidad de la escuela, la iglesia, el manicomio, la cárcel, la noción tradicional de Estado, las instituciones formales que moldeaban las subjetividades, en el mundo contemporáneo, la sociedad de control ejerce el biopoder a la manera de un ecosistema totalizante, omnipresente. A diferencia de la sociedad disciplinaria, los sujetos “controlados” no se ven forzados a usar uniformes distintivos, a obedecer reglas impuestas desde una exterioridad, a seguir hábitos y formas de pensarse y actuar con los demás; no hay un adoctrinamiento, un corsé disciplinario que proviene de una institución o de un conjunto de ellas y que busca la pertenencia y códigos de conducta de sus miembros. La sociedad de control ejerce su poder estandarizando expectativas y comportamientos, naturalizando relaciones de consumo y entretenimiento como las formas inmanentes de relación social predominante, haciendo que cada sujeto se defina en términos de costo y beneficio, de consumo o “liquidez”[3]. El objeto del biopoder es regular la producción y reproducción de la vida misma.

Basta con observar la configuración estandarizada de los malls, muy similares en todos los países del Imperio[4], la reproducción de las franquicias de las cadenas de servicios multinacionales, las colas de compradores para obtener las últimas versiones del IPad, las noticias priorizadas de acuerdo al rating, el uso masivo del Facebook, para notar que se trata de una cultura global y totalizante[5]. Adorno (1962, p.13) nos habla acerca de las condiciones sociales existentes de la producción capitalista contemporánea, las que nos conducen a ser asimilados a vivir “en la prisión al aire libre en la que se está convirtiendo el mundo”

Hoy, a diferencia del enclave colonialista de los países imperialistas del pasado, lo que tenemos son las grandes empresas transnacionales, Google por ejemplo, en el que el mayor negocio está en la explotación del espacio virtual. Los espacios claramente definidos de la sociedad disciplinaria y su confluencia al caudal principal del discurso hegemónico, ahora se han desterritorializado y fluyen, en la sociedad de control diseminándose en el aire que respira la producción de la subjetividad: se convierte en hábito, en estilo de vida, en un orden que goza de legitimidad aunque requiera disfrazarse con el engaño de la libertad de elección, entre opciones predeterminadas,    en la llamada “atención personalizada”. Matrix, la película de los hermanos  Wachowski,  en ese sentido, es una metáfora sugestiva de la sociedad contemporánea subrayada, entre otros,  por Zizek (1999).

El caso de Z. nos ayudará a ejemplificar cómo el fantasma del poder se constituye en un organizador de las relaciones entre psique, vínculos y el contexto social del biopoder.  Z. es un joven adulto que viene a terapia porque quiere controlar el impulso de acosar a una ex-pareja.  Hace unos pocos meses que había terminado la relación, pero no podía dejar de pensar y sentir por él. El acoso era a través de Internet. La situación le producía un grado de malestar, pero el disfrute de Z., un hacker muy hábil que trabajaba en una compañía de comunicaciones, de intervenir en los correos electrónicos y el celular de su “ex” era, literalmente, irreprimible. En su historia personal y familiar existían experiencias traumáticas y acumulativas que tuvieron impacto en su construcción identitaria.  Z. era el hijo varón de una pareja que le invistió con libido narcisista muy poco diferenciadora. A los 6 años fue seducido y violado sexualmente en varias oportunidades por un tío materno, los padres negaron este hecho hasta que a los 14 años Z. abusa sexualmente de un sobrino de la familia materna.  Al poco tiempo de este hecho que produjo la ruptura con una parte de la familia extensiva materna, la pareja se separa; la causa manifiesta: la infidelidad de la madre de Z. La nueva pareja de la madre es un muchacho que no llegaba a los 20 años, un conocido de Z. del barrio.

La dinámica inconsciente de Z. resulta muy extensa para la exposición, pero quisiéramos señalar algunas características estructurales de su personalidad: el uso de la escisión como mecanismo clave en el manejo de sus profundas ansiedades; la necesidad de ocupar la posición dominante en sus relaciones; la marcada vulnerabilidad narcisista que ante frustraciones y “desengaños” gatillaba una retracción de libido y la configuración de un escenario esquizo-paranoide donde él se ubicaba en el papel de vengador omnipotente; la emergencia poco simbolizada de contenidos pulsionales anales, entre otros aspectos.

La dificultad de Z. de hacer amigos en el colegio empezó a ser sobrecompensada por las horas de Internet en la que mantenía relaciones virtuales con muchos contactos  utilizando diferentes avatar. Ya, en la universidad, empieza a frecuentar un grupo de amigos y amigas con los que ensaya momentáneamente vínculos más sólidos. Sin embargo, un grupo de amigas mujeres critica su manera de manejarse socialmente, lo que le produce sensaciones de vergüenza y humillación muy intensas. Z. acusa una regresión muy marcada: se retrae, deja de hablar con la mayoría de las personas que había empezado a frecuentar, y empieza a hackear a tres de las amigas que habían “hablado mal de él”. “Estas brujas”, tal como las llamaba, se convierten en las protagonistas de fantasías persecutorias y contrataques en el mundo virtual. El placer de ingresar a los correos de ellas e insultarlas o enviarles imágenes pornográficas de tipo anal  no fue descubierto por lo que se convirtió en un gran triunfo narcisista, maníaco y clandestino, de su omnipotencia. El tiempo pasa, termina su carrera y aunque es una persona de inteligencia brillante, su funcionamiento social y laboral está muy por debajo de lo que él esperaba.  Para hacer la historia más corta, Z. a través de sus contactos en Internet empieza a tener una vida sexual promiscua y en uno de sus encuentros conoce a su ex-pareja. La relación no se prolonga más de tres meses,  pero para él es la relación en la que se sintió más enamorado “fue como si fuéramos uno”, repetía en sesión. El ciber-acoso empieza al cabo de unas tres semanas, luego de haber “terminado”,  cuando en una discoteca, encuentra a la ex-pareja con otro.

 Z. se imagina un personaje omnipotente en el ciberespacio, tiene el poder de leer los correos, de implantar mensajes, intersectar llamadas, cargarle a la cuenta de su ex-pareja montos que no ha utilizado, tiene el poder de desaparecerlo y reaparecerlo del sistema a voluntad. El domina y somete al otro en un juego virtual que tiene una frontera muy difusa con la realidad fáctica. Y a la vez este supuesto individuo poderoso, este príncipe de las mareas informáticas,  no llega a ocultarse a sí mismo, las profundas carencias de su integración identitaria. La falta, que es decisivamente inscripta en la psique por la asunción de la castración simbólica, y que en los juegos de significado se representa, desplaza, sublima y produce junto a los otros, el mundo en que vivimos, es escindida. Lejos de ser una interdicción que potencie, para Z. la castración simbólica es un corte que a la manera  de un vórtice se traga las insignias de su precaria identidad.

Termino aquí con una cita de Foucault (1988, p.7) sobre el biopoder que nos ayuda a quedarnos con algunas de las ideas principales de la exposición:

 “Esta forma de poder se ejerce sobre la vida cotidiana inmediata que clasifica los individuos en categorías, los designa por su propia individualidad, los ata a su propia identidad, les impone una ley de verdad que deben reconocer y que los otros deben reconocer en ellos. Es una forma de poder que transforma a los individuos en sujetos. Hay dos significados de la palabra sujeto: sometido a otro a través del control y la dependencia, y sujeto atado a su propia identidad por la conciencia o el conocimiento de sí mismo. Ambos significados sugieren una forma de poder que subyuga y somete”.

Referencias bibliográficas

Adorno, T. (1962). Prismas. Crítica a la cultura y sociedad. Barcelona: Ariel.

Aulagnier, P. (1977/1997). La violencia de la interpretación. (4ta reimpresión)Buenos  Aires: Amorrortu Editores.

Breunlin, D. (2001)   Metaframeworks: Trascending the models of family therapy.

San Francisco: Jossey Bass.

Castoriadis, C. (1997). El Imaginario Social Instituyente. Zona Erógena. Nº 35.

Cortázar,  J (1962/2006). Historias de cronopios y de famas.  (2da reimpresión). Buenos Aires: Suma de Letras Argentina.

Freud, S.  (1923). El yo  y el ello. En López Ballesteros, L. Obras Completas. (1981). Volumen 3. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva.

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar.  México: Siglo XXI

                   (1979). Microfísica del poder.  (2da reimpresión). Madrid: La Piqueta.

          (1988). “El sujeto y el poder”. En Revista Mexicana de Sociología, Vol. 50, No. 3. (Jul-Sep, 1988), pp.3-20.

Hardt, M y Negri, A.  (2000/2002). Imperio. (2da reimpresión). Buenos Aires: Paidos.

Jibaja, C. (2007). Lo psicosocial como espacio de construcción y cambio. En Memorias Grupales, Mi dolor, nuestra esperanza. Lima: Remanso Ediciones.

Kaes, R. (1977).  El aparato psíquico grupal. Barcelona: Granica Editor.

Zizek, S. “The Matrix or Malebranche in Hollywood” inPhilosophy today, year 1999; January 1, vol: 43

PIE DE PÁGINA

[1] Carlos Jibaja Zárate (Lima, 1961) estudió Psicología Clínica en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) , se graduó como psicoterapeuta psicoanalítico del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima (CPPL), tiene una Maestría en Estudios Teóricos en Psicoanálisis (PUCP). Se desempeña como Director del Programa de Salud Mental del Centro de Atención Psicosocial. Trabaja como psicoterapeuta, supervisor clínico y es profesor invitado del curso de Psicopatología en el CPPL. Es autor del libro Los múltiples rostros en uno: el sí-mismo, el uno-mismo y el sujeto, co-autor de Un concierto para voces ocultas, además de haber escrito, editado y realizado presentaciones en el tema de salud mental y derechos humanos en Norteamérica y varios países de Europa.  Lima. E-mail: cjibajaz@caps.org.pe

[2]Para Kaes (1977: 86) el fantasma  es una puesta en escena  inconsciente, “se trata de una estructura de dramatización de la energía pulsional que propone objetos de catectizaciòn de los miembros del grupo”.

[3]Bauman ha acuñado un  adjetivo, la modernidad líquida

[4] Título de la obra citada de Hardt y Negri.

[5]You tube es otro medio de comunicación en el que la persona no es solo consumidora sino productora y reproductora en la cultura del consumo y entrenamiento.

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