De la psicoterapia de niños al psicoanálisis de adultos

CARMEN ROSA ZELAYA P.[1]

Resumen

El presente artículo intenta dar cuenta del recorrido y articulación de la experiencia clínica y teórica en la construcción de la identidad psicoanalítica de la autora a través del tiempo.  Del trabajo exclusivo con niños en un primer momento se extiende a la inclusión de la atención de adultos, lo cual llevó a sentar como principales referencias conceptuales los desarrollos que se han venido elaborando en torno a las nociones de pulsión e inconsciente para la comprensión de la dimensión atemporal que se presenta tanto en el material clínico como en la situación analítica.  La sala de consulta se divide en dos espacios separados pero integrados a la vez, lo cual ha favorecido el desarrollo de una mirada que atraviesa el tiempo; los niños juegan a ser adultos y los adultos se sienten estimulados en sus recuerdos con la visión del material infantil.  Éste interjuego temporal demuestra la facilitación de la asociación libre y de la interpretación.

 

Palabras clave: psicoterapia de niños – pulsión – inconsciente – asociación libre – juego – interpretación.

Construyendo una identidad

            A lo largo de mis 28 años de experiencia clínica, primero atendiendo exclusivamente niños y más tarde ampliándola  a adultos y adultos mayores he ido configurando una línea de pensamiento sobre la evolución y articulación del psiquismo que me ha permitido aprender a mirar y descifrar desde los niveles más profundos, menos organizados y perturbados de la mente  hasta los más organizados y racionales de la misma.

Mi trabajo, que actualmente abarca a niños y adultos, me define clínicamente como una psicoterapeuta en formación psicoanalítica que apoya su aprendizaje en la sistematización de su experiencia con niños, con padres y con adultos.  El diseño de mi consultorio es la más clara expresión de cómo se fue articulando mi quehacer clínico: en un solo ambiente se abren dos espacios a modo de alas donde un lado contiene muebles y objetos de juego para niños y al otro lado, pero siempre visible el uno para el otro, se ubica una sala pequeña con dos sofás y el diván.  En este doble espacio los niños tienen la libertad para desplazarse y hacer uso del ambiente adulto y los adultos a su vez no pueden evitar sentirse estimulados por el material infantil.

            La realidad bifocal de mi experiencia clínica me ha llevado a desarrollar una  posición integradora en la recepción, comprensión y abordaje de las expresiones psíquicas, tanto en los niños como en los adultos.  Los primeros se han permitido desplegar sus fantasías omnipotentes jugando a “ser como” grandes, y  en los segundos se han activado recuerdos de sus juegos infantiles que han constituido el material para sus asociaciones.

            La posibilidad de remitirse a los cuentos infantiles, series de televisión, películas de cine, juegos y anécdotas de sesiones con niños ha enriquecido mis posibilidades para correlacionar y comunicar lo intrapsíquico, en tanto conflictos pulsionales, conflictos entre agencias, conflictos surgidos de la realidad y de las fantasías infantiles de las relaciones intersubjetivas proponiendo ideas que ilustren la fijación de ciertas problemáticas ocurridas en la construcción psíquica de la infancia.

De otro lado, debo señalar también cuánto del curso del desarrollo de mi pensamiento se ha visto anclado en mi condición de mujer y madre.

La importancia del género en psicoanálisis y en la psicoterapia psicoanalítica es un tema de reciente consideración.  Los estudios que sobre él se han realizado destacan la profunda influencia que alcanza a tener el género del analista sobre la calidad de la transferencia, sobre el contenido del material y sobre la secuencia en la aparición de conflictos durante el curso del tratamiento (Mendell, 1993; Tallandini, 1997).

Gornick (1994) sostiene que una analista mujer tiende a evocar cualidades  y aptitudes maternales, y será precisamente aquello lo que se espere de ella.

Meyers (1986) y Tallandini (1997) piensan que la fuerza regresiva precipitaría el que se revivan estados simbióticos pre-ambivalentes repitiéndose temas de desvalidez, deseos eróticos, dependencia, identificación, separación y pérdida.

            Acompañar el juego de los niños me ha ofrecido el privilegio de observar y contener un psiquismo en desarrollo, desde una cualidad maternal, así como ser testigo de la construcción de la subjetividad femenina y masculina.  Niños que comunican los esfuerzos que despliegan en su necesidad por articular los mensajes provenientes de su cuerpo y de sus impulsos con las fantasías que buscan encontrar un sentido de identidad en la interacción con los otros.

El psicoanálisis ha recorrido un largo camino teórico y clínico para ofrecer modelos que permitan representar y conceptualizar la transformación de la vivencia corporal y de los estados afectivos concomitantes en contenidos psíquicos comunicables.

Reconocer al sujeto en su vitalidad pulsional nos permite comprender los psicodinamismos que se mueven y expresan en sus distintos momentos de la vida.  El psicoanálisis desde sus inicios ha destacado el correlato psíquico que se construye en función de la experiencia corporal.

 

El lugar del arraigo biológico en el psicoanálisis

              Para muchos psicoanalistas contemporáneos la referencia a los aspectos biológicos de la pulsión de Freud se vincula a su procedencia médica  y a la necesidad por responder a la mentalidad cientificista de su época.  Si bien en el curso de su desarrollo teórico se ve limitado para avanzar en la formulación de una clara descripción científica sobre las conexiones entre lo somático y lo psíquico, también constatamos que  no cesa de buscar definir un concepto que dé cuenta de dicha interdependencia.  Su alusión a los aspectos orgánicos en la constitución de la mente están presentes desde el comienzo hasta el final de su obra, tanto para ensayar inicialmente una explicación de los aspectos neurológicos comprometidos en el funcionamiento de la mente (Freud, 1895), como para anclar luego su teoría sobre el desarrollo psicosexual (Freud, 1905).  Introduce el concepto  de pulsión para  describir aquella energía originada en el cuerpo que existe por su particularidad de ser un organismo vivo.  La pulsión revelaría el grado de sensibilidad y la fuerza vital, de por sí incontrolable e intemporal,  encargada de promover el despliegue de la actividad psíquica.  Lo distingue de lo instintivo por su conexión con lo psíquico. Su experiencia clínica con casos graves le exige profundizar en los componentes orgánicos: la pulsión de vida, arraigada en la sexualidad y la pulsión de muerte, validada sólo por sus evidentes manifestaciones destructivas.

Actualmente, desde los avances de las neurociencias podemos entender más claramente que la intensidad de esta energía surgiría de la interacción de componentes hormonales, genéticos y neurológicos que provocarían una tensión energética tendiente a ser descargada a través de distintos modos de acción. La adolescencia por ejemplo se muestra claramente como un momento del desarrollo en el que la fuerza del despliegue hormonal y los bruscos cambios corporales originan una creciente e incesante irrupción pulsional sobre el psiquismo, poniendo a prueba la capacidad para contener y procesar las ansiedades y fantasías que corren paralelas a dicho proceso.  La menarquía, el embarazo y la menopausia en la mujer se constituyen también en momentos en los cuales el despliegue o cese hormonal tienen fuertes implicancias en la elaboración de las ansiedades que generan estos cambios en el organismo.

 Tanto la experiencia clínica de Freud, así como la de muchos de sus seguidores conduce a la necesidad de complementar el modelo energético con el modo e implicancias derivadas de tales descargas.  El campo  de entendimiento de la pulsión se extiende cuando se constata que los contenidos psíquicos delatan una organización fantasmática en la que la experiencia con el objeto (Freud, 1915; Fairbairn, 1949; Klein, 1957; Bion, 1959; Winnicott, 1971) adquiere un significado particular en la mente del sujeto.  Ésta no sólo buscaría la descarga sino el contacto y descubrimiento del objeto de satisfacción, sea parcial o total.  La consideración de dos participantes que se entregan a un  progresivo interjuego pulsional y luego afectivo (Kristeva, 1980; Stern, 1985) adquiere relevancia en la comprensión de la constitución del aparato psíquico.

La mixtura de componentes primitivos sexuales y agresivos atribuidos a la pulsión cumpliría una importante función de contacto predominantemente sensorial en un comienzo, para luego dar curso al descubrimiento progresivo de la realidad, tanto en el reconocimiento de uno mismo individualizado (Lacan, 1949) en la experiencia con el propio cuerpo y con la propia mente, como en la interacción con el otro, proceso al que André Green se ha referido como la teoría de la representación generalizada.

Entendemos entonces que la pulsión impulsaría -valga la redundancia- a una configuración psíquica donde su agente, el ello activaría el trabajo del yo para  “traducir” o bien representar las excitaciones corporales, convirtiéndolas en deseos, fantasías, sueños, como también en pensamientos (Bion, 1990),  atravesando por un proceso gradual de puente hacia la realidad al que Winnicott ha llamado fenómeno transicional.   Por lo tanto su fin ya no se limitaría a la pura satisfacción y búsqueda de objeto (Fairbairn, 1949).  Se la entendería dentro de un contexto de goce, a veces extraño, que en condiciones de salud conducirían a una vivencia plena de sentido (Aulagnier, 1994).  De lo contrario, cuando no es posible acogerla la pulsión se situaría en algún lugar de la mente para seguir operando, sea en la normalidad o en la patología.

Es interesante notar cuánto del campo de la psicopatología, al tratar regresiones profundas, así como el de observación de infantes nos confrontan con la expresión de los aspectos más primitivos y desorganizados de la mente, en donde el concepto de pulsión adquiere un significado revelador de las necesidades, pasiones y tendencias humanas más profundas.

Así, la noción de pulsión queda asociada al estado de vida, informa al psiquismo sobre sus necesidades y estados afectivos.  Sin embargo, la alternancia de dos fuerzas en donde se observa una contrafuerza a las pulsiones de vida ha obligado a reconocer la existencia de las pulsiones destructivas (Winnicott, 1971; Green, 1993).  En “Ataques al Vínculo” (1959), Bion describe el funcionamiento destructivo de pacientes psicóticos dirigido hacia el vínculo de objeto, considerando los ataques fantaseados al pecho como el prototipo de todos los ataques a objetos que sirven de vínculo, y en su otra versión, ataque al pensamiento.

 H. Rosenfeld (1971) investiga las condiciones clínicas en donde predominan los impulsos agresivos, y los relaciona con la teoría freudiana acerca de la fusión y defusión de las pulsiones de vida y muerte.  Examina los aspectos libidinales y destructivos del narcisismo, en un intento por definir los factores que contribuyen al alcance de fusiones normales y patológicas.  Señala que la fuerza y persistencia de la relación objetal narcisista omnipotente está íntimamente ligada con la fuerza de los impulsos destructivos envidiosos, estando la destrucción, como defensa, dirigida tanto a cualquier relación objetal positiva, como contra cualquier parte libidinal del self que experimente la dependencia hacia un objeto.

Green (1993) establece una relación entre el narcisismo y el dualismo pulsional.  Continuando con la teoría del narcisismo freudiano, en la que se considera solamente los aspectos positivos, en virtud de los cuales se los refiere a las pulsiones sexuales de vida, él se aventura a ampliarlo al postular la existencia de un narcisismo de muerte, al que denomina “narcisismo negativo”, vinculado a la pulsión de muerte.  A diferencia del narcisismo de vida, que estaría dirigido a favorecer la unidad del yo, el narcisismo de muerte por el contrario, tendería a su destrucción en su aspiración a anular los vínculos.

Una importante contribución de Green al estudio de las pulsiones se refiere a la función que éstas ejercen en el seno del aparato psíquico.  Define como función objetalizante, propia de las pulsiones de vida, al del ejercicio psíquico libidinal para transformar las funciones y estructuras en objetos, a través de su investimiento.  Por el contrario, lo característico de la pulsión de muerte sería la función desobjetalizante, que no sólo comprendería un ataque a la relación de objeto, sino a todos los sustitutos de éste, incluyendo al Yo y el proceso de investidura (Green, 1996).

En el contexto de la relación de objeto, las pulsiones se definirían por sus posibilidades de ligazón al conseguir investir al objeto, o de desligación, al desinvestirlo, alternándose y sucediéndose dinámicamente en el seno del psiquismo.  Sin embargo, en ciertas ocasiones es posible que se rompa el equilibrio de ésta alternancia, dando lugar al predominio de las pulsiones destructivas y de la desligazón, tal como puede observarse en algunos estados psicóticos.  Las reacciones violentas y destructivas, que podrían orientarse hacia el exterior o hacia el interior, representarían un intento desesperado por detener una situación sentida como intolerable.  En estos casos, la tensión y la angustia irrumpirían en el psiquismo impidiendo diferenciar afecto y representación; casi siempre darían paso a situaciones psíquicas irrepresentables (Green, 2001).

El inconsciente como objeto de estudio del psicoanálisis

Los desarrollos freudianos que le siguen a la formulación de inconsciente planteada y minuciosamente descrita en el texto “La interpretación de los sueños” en 1900 no logran superponerse a la fuerza y estatuto de este concepto.  Si bien entendemos que el planteamiento de la segunda tópica responde a una necesidad clínica,  el ello, concebida como aquella parte dividida del yo que no es consciente,  no logra reemplazar hasta el día de hoy la esfera que engloba la noción de inconsciente (Green, 2003).

Lo característico y destacable del inconsciente es su desconocimiento.  Podría entenderse también como “lo sabido pero no pensado” (Bollas, 1987), para referirse a aquellos contenidos cargados de significado afectivo que circulan dentro de la mente en forma aparentemente desorganizada.  Se trata de un lugar o zona que almacena recuerdos muy primarios, del orden sensorial (Aulagnier, 1977; Bollas, 1987), dominado por tendencias arcaicas (Green, 1990), por afectos incontrolables y por el registro de experiencias tempranas de relación intersubjetiva (Bleichmar, 2000; Balint, 2001).

Un continente en donde quedan inscritas las experiencias tempranas, de placer y displacer, que el sujeto haya obtenido en su interacción con el ambiente, impresiones cargadas de afecto  sometidas al olvido por la acción de la represión primaria.  Sus contenidos serían los representantes de la pulsión expresados a través de deseos, fantasías e identificaciones, asociadas al recuerdo de experiencias significativas vividas en diferentes momentos de la vida.

Su funcionamiento se entiende como un movimiento de ligazón (Green, 1998) con una lógica propia, intemporal, regido por los procesos primarios y dirigida a la activación de deseos y fantasías. Las primeras formas con los que el bebé representa su cuerpo y su mundo según las experiencias de placer-displacer pasan a constituirse en fantasías inconscientes, las que quedan registradas y se mantienen activas a lo largo de toda la vida. Su presencia no es indicador de enfermedad, la naturaleza de estas fantasías y su relación con la realidad externa es lo que determinara el estado psíquico.  Estos primeros modos de representar coinciden con la idea de pictograma de Piera Auglanier (1975). La fantasía tiene un aspecto defensivo, como su objetivo es satisfacer impulsos instintivos sin recurrir a la realidad externa, se puede decir que la gratificación que proviene de esa fantasía es una defensa contra la realidad externa de la privación y contra la realidad interna de hambre y frustración.

En la historia del pensamiento de Freud, el abandono de la teoría de la seducción basada en la realidad da paso a un modelo más universal de la dominancia de las fantasías inconscientes como determinante de la realidad psíquica. La naturaleza de las fantasías del paciente se convirtió en el interés central del trabajo psicoanalítico. La experiencia de observación del desarrollo temprano de la relación madre-hijo muestra una interacción en la que se deja apreciar el progresivo contacto entre dos mentes que se trasmiten mensajes que van más allá de las palabras, sin que los participantes se den cuenta de ello (Balint, 2001). Son las caricias, ritmos, tonos, gestos y costumbres los que “sin prisa pero sin pausa” van a dar significado al “estar juntos” (Stern, 1985). Teresa Rocha Leite (2007) destaca la importancia de la mirada del primer objeto psíquico, el objeto externo primario, para que el sujeto pueda construir una firme noción de sí mismo, de su singularidad. Cada uno de los gestos intercambiados traducen el sentido de un diálogo que da cuenta o no de una comprensión de la experiencia emocional compartida.  La introyección de las primeras vivencias intersubjetivas quedarían inscritas y sumergidas en lo que pensamos sería lo más profundo de nuestra mente, lo inconsciente, y desde ahí se encargarían de teñir la interpretación de las situaciones que se vivan de ahí en adelante.  Así, una experiencia límite –pudiendo llegar a ser traumática- obligaría al yo a defenderse sea para negar una realidad insoportable  o para distorsionarla.

El campo clínico del psicoanálisis se enfocaría entonces en el reconocimiento de las motivaciones, recuerdos y mensajes inconscientes, sobretodo con el propósito de develar lo disociado o lo reprimido que constituirían la fuente del malestar o enfermedad del paciente, dependiendo en mayor medida de su estructura psicopatológica (Green, 2005).  El sufrimiento y la necesidad de cambio exigirían al psiquismo un trabajo de disminución de las defensas en un contexto transferencial positivo para aproximarse reflexivamente al análisis de los contenidos derivados del inconsciente, sean sueños, fantasías, lapsus, actos fallidos u olvidos.

El juego y la asociación libre

La observación del juego en la infancia demuestra que el niño necesita coordinar su experiencia somato psíquica.  El juego expresa la transformación de los estímulos provenientes del cuerpo en un código de representaciones regidos por necesidades emocionales.  Desde muy temprano el bebé da cuenta del operar de sus procesos mentales para enfrentar y resolver la angustia que emana de su experiencia somática, proyecta su angustia a través del llanto y los movimientos musculares para que la madre o cuidador lo lea y escuche.  Sobre la base de la conmoción emocional, su proyección en el mundo externo, los permanentes ensayos para regular las ansiedades, de armar defensas operativas, de incluir sucesivas integraciones del yo en crecimiento, de abarcar las manifestaciones pulsionales de cada fase libidinal va surgiendo el juego como actividad que da cuenta de la construcción de la subjetividad infantil.  A. Pérez (1996) sostiene que  “lo psíquico sería una primera defensa frente al conocimiento, no de una amenaza de muerte, o de un instinto de muerte, sino del contacto con la realidad biológica de la inmediatez” (p.89).

El desarrollo infantil estaría marcado además por sucesivos tiempos de encuentro con la realidad, que van exigiendo a la psiquis en su estado narcisista, el difícil y muchas veces doloroso reconocimiento de la separación, la dependencia, la insuficiencia y la incompletud sexual.  El jugar es el medio a través del cual el niño puede ir pensándose en relación a su mundo externo en cada uno de sus momentos evolutivos y sus correspondientes logros madurativos.

En el caso de los niños varones éstos expresan de manera continua los movimientos que rigen su mundo interno en la construcción de su identidad masculina.  El fútbol, así como el juego de las espadas, nos muestran las sofisticadas estrategias que requiere la mente infantil para sentir que es capaz de lidiar y vencer lo que imagina son los  grandes enemigos o contrincantes. En el “rescate de la princesa” de los juegos de Nintendo también vemos, que al pasar de nivel en nivel, enfrentan y resuelven crecientes exigencias para alcanzar lo que representaría ganarse el derecho a la mujer.  Éstos juegos, y tantos otros más, nos dan cuenta del progresivo interjuego de identificaciones masculinas inconscientes que van ensayando los niños, luego adolescentes y más tarde hombres para afirmar en el tiempo su self masculino.

La escucha del juego en las sesiones con niños nos confronta con la intensidad elaborativa que supone para el psiquismo humano atravesar por el laborioso proceso de representarse los distintos sucesos básicos de la vida y por ende uno de ellos, la sexualidad.

Marita, una niña de 4 años, que asiste a terapia por un tema de masturbación compulsiva me habla del miedo de una amiga a las arañas marinas.  Me cuenta cómo éstas crecen hasta volverse gigantes como monstros.  Mientras dibuja me va contando que mojó su calzón en la casa de su primo y que le pidió que le prestara su calzoncillo.  Al comentarle que algunos niños pueden asustarse cuando ven un cuerpo diferente al suyo, ella me cuenta que tiene un amigo que la persigue con cara de monstro para pincharla.

Entiendo que Marita no sólo me está comunicando su angustia frente a la intensidad de sus excitaciones genitales sino de su incipiente representación terrorífica de la escena primaria.

Por otro lado, un paciente en análisis cuyo motivo de consulta tiene que ver con su temor a tomar la iniciativa para acercarse sexualmente a las mujeres, me habla de sus primeras experiencias de acercamiento sexual de niño.  Trae el recuerdo culposo de haberle bajado los calzones a una prima para montarse sobre ella y haber sido sorprendido por sus tías.  Dicha experiencia, entre otras, pareciera ubicarse a la base de sus temores ahora como adulto para sentirse libre en sus acercamientos.

El juego y la asociación libre nos enfrentan a un paciente cuya psiquis se encuentra en pleno trabajo, buscando integrar su experiencia.  Las pulsiones de vida entrarían en juego para intentar ligar, representar y simbolizar la experiencia (Green, 1993).  La repetición del juego o de los temas referidos en las sesiones expresan, al igual que quienes han pasado por una experiencia traumática, la necesidad por nombrar y dar significado a lo vivido.

Así como el juego se constituye para los niños en un medio de expresión, los sueños y la asociación libre representan en el análisis de adultos una vía de conocimiento y reconocimiento de lo inconsciente.  A través del discurso animado por la fuerza de la pulsión, expresados en el afecto es que se puede ir interpretando el sentido del tejido que expresan las fantasías inconscientes.

La interpretación

La interpretación habla sobre el origen instintivo, de lo corporal, del Ello, de lo primario (siguiendo a la segunda tópica), así como de lo inconsciente (de acuerdo a la primera tópica), otorgándole un sustrato instintivo, independiente del Yo, entendiéndola como una realidad de la fuerza vital humana que pulsa por expresarse, para comunicarse con el Yo, para que la acoja, contenga y la organice intrapsíquica e intersubjetivamente.

La interpretación busca otorgar coherencia y realidad a la experiencia inmediata, liberando al Yo de sus temores y culpas por su mundo interno y de las fantasías infantiles en la que se ha quedado atrapado, posibilitando con ello una mejor discriminación entre el pasado y el presente y entre el mundo interno y el externo (Fonagy y Target, 1996).

Nombrar lo inconsciente abre la posibilidad de ser percibido y pensado, con la finalidad de contribuir con una nueva mirada que abra nuevas posibilidades creativas.

Paquito, un niño de 6 años que viene a consulta por un problema de control de su agresividad surgido a partir del nacimiento de su hermana menor,  me cuenta que un amigo suyo no quiere venir a jugar a su casa porque piensa que los velociraptors se salen de la televisión y persiguen a los niños para comérselos.  Le pregunto si no ha pensado que los velociraptors podrían estar con mucha hambre y desesperados por encontrar comida, y que a cualquiera le pasaría si se quedara sin comida.  Él se sorprende y responde que seguramente quieren arroz con pollo como el que prepara su mamá.  Hablar sobre sus platos de comida favoritos favoreció a que disminuya su ansiedad y pudiera entregarse a los juegos de mesa.

A modo de conclusión

El contacto, interacción y escucha con los niños en psicoterapia se ha constituido en una importante referencia clínica en la comprensión de las ansiedades, fantasías, defensas y procesos mentales que se hallan a la base de las expresiones inconscientes comunicadas por los pacientes adultos en análisis.  Igualmente, mi experiencia  de intervención en el juego infantil ha enriquecido mis posibilidades creativas para abordar “lúdicamente” el contenido del material de mis pacientes adultos, favoreciendo el desarrollo de un clima flexible y natural en la comprensión de las expresiones pulsionales y contenidos inconscientes, a modo de “tercero analítico” como lo concibe A. Green (2005).

Por último, e igualmente importante debo reconocer que mi propia experiencia analítica, así como mi recorrido de vida han contribuido al desarrollo de mi capacidad para comprender que la experiencia emocional se arraiga en una matriz de impresiones y fantasías  primitivas que busca alcanzar en el análisis la independencia de un pensamiento coherente que ofrezca al Yo dimensionar sus ideales, manejar su angustia y sobretodo disfrutar de sus vínculos y de lo que le ofrece la realidad inmediata.  Todo ello me ha brindado un conocimiento muy personal que también es de valiosa utilidad para identificarme con mis pacientes.

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 PIE DE PÁGINA

[1]Psicóloga Clínica y Magíster en Estudios Teóricos en Psicoanálisis de la PUCP. Candidata egresada del Instituto Peruano de Psicoanálisis. Candidata en formación en psicoanálisis de niños y adolescentes en el Instituto Peruano de Psicoanálisis. Past President de la APPPNA (2000-2001, 2004-2005). Práctica privada y docencia. Autora de artículos relacionados a temas de maternidad, vínculo temprano, sexualidad y género.

Reside en la ciudad de Lima-Perú E mail: crzelaya@terra.com.pe

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