Alienación, subjetividad e identidad del analista

ALMA DUNIA VÁSQUEZ LORENZANA[1]

 

Resumen

El trabajo reflexiona acerca del devenir analista, proceso en el que confluyen los fenómenos de la alienación a una determinada “escuela” de psicoanálisis, con sus respectivas figuras psicoanalíticas que exigen determinados vasallajes del candidato; conformación de la subjetividad psicoanalítica y finalmente la integración de la identidad del analista. A  lo largo del trabajo, se destacan los momentos del proceso y el carácter personal de la formación psicoanalítica, así como los peligros que acompañan a ese devenir.

Palabras clave: alienación, subjetividad, identidad, experiencia, psicoanalista, formación, Institución, transferencia.

Introducción

El tema de este trabajo ha sido una inquietud personal desde hace algún tiempo (tal vez desde siempre) y que puedo definir como el devenir analista, es decir; cómo alguien llega a ser psicoanalista, situación compleja de relatar, pues tengo la firme convicción que no es algo que se inicia con la formación psicoanalítica; el análisis personal, los seminarios y las supervisiones, sino que tiene raíces tempranas hondamente implantadas en la vida infantil y en la historia personal del futuro analista, donde se puede encontrar una curiosidad e interés espontáneo en conocer la propia mente y la de los demás, así como marcadas motivaciones arraigadas en el sujeto respecto al descubrimiento de la propia verdad y el acompañamiento del otro para descubrir la suya. A veces estas motivaciones no son tan obvias, he observado una y otra vez los rodeos que llevan a las personas al encuentro a veces tardío con el quehacer psicoanalítico y el proceso de conformación que ocurre en cada caso.

 La experiencia central infaltable en este proceso es la del análisis personal donde el candidato a analista deberá elaborar las dificultades personales que puedan interferir en su trabajo con sus pacientes y desarrollar, aunque parezca redundante, su creencia en el método psicoanalítico en la medida en que resuelve sus propias resistencias para elaborar sus conflictos, es decir; el estudiante de psicoanálisis como paciente vive (y tiene que vivir) el proceso psicoanalítico, establecer contacto con su propio inconsciente y sus manifestaciones, descubrir y elaborar lo más que pueda las partes neuróticas, perversas y psicóticas de su personalidad para integrar cada vez más su identidad personal y psicoanalítica y posibilitar su trabajo con pacientes.

 El proceso de conformación del futuro analista es personal y algunos candidatos requieren más tiempo que otros para adquirir la confianza en sí mismos, creer en el método y alcanzar la congruencia al integrar la subjetividad analítica en su vida personal.

 Se debe señalar también, que el egreso de la formación no garantiza que el proceso esté concluido pues la mala noticia es que aún al término de ésta existen procesos inconclusos, algunas veces en impasse perpetuo donde la práctica clínica del aún candidato denota las falencias de un devenir que simplemente no ocurre, no obstante exista el diploma que avala el “término” de la formación.

 Para entrar en el desarrollo del tema, propongo un abordaje desde tres aspectos: alienación, subjetividad e identidad cuyo orden ha sido arbitrario pues los tres están íntimamente entrelazados y en relación dialéctica en el proceso formador.

 Primero que nada, es necesario entender qué es lo que el psicoanálisis requiere del candidato a psicoanalista: si somos congruentes con lo dicho, lo primero es que el estudiante sea analizable, es decir que tenga motivación para laborar como dice Greenson (1997) “de todo corazón”, y con perseverancia en la situación analítica, que tenga conciencia de enfermedad y la experiencia de sufrimiento pues si no hay aflicción neurótica la experiencia analítica no será profunda. Quien piense que estudia psicoanálisis porque quiere investigar o solo formarse para atender a personas neuróticas o simplemente para satisfacer la curiosidad de conocer las mentes de los demás debe considerarse como persona resistente e incluso refractario al método y por supuesto es candidato a una psicoterapia previa para valorar si existe auténtica motivación en él para esta profesión. (pp. 350-51)

            No en balde la afirmación: el psicoanalista sólo podría ser el resultado de un análisis, nunca su condición (Lacan 1967),  pues tendría que ser al final de éste, cuando nos daríamos plena cuenta de si ese analizando se puede efectivamente transformar o en el mejor de los casos, se ha transformado en analista.

 Además de lo anterior, se requiere cierta capacidad de insight o por lo menos la posibilidad de desarrollo de la misma así como de flexibilidad en las funciones yoicas con acceso a una parte relativamente sana que permita establecer una alianza de trabajo con su analista y más tarde con sus pacientes.

 Pero entonces eso significa que; ¿todos los pacientes podrían ser psicoanalistas? No nos adelantemos. Ser candidato analista requiere también de la capacidad de poder entender lo inconsciente, poder comprender los pensamientos, fantasías, sentimientos, impulsos, motivaciones y formas de ver y estar en el mundo de sus pacientes (Greenson R., ob.cit. 357-60). Requiere de saber escuchar lo manifiesto y lo que se oculta detrás. Freud (1912) recomendó muy prontamente la atención parejamente flotante, una oscilación entre la labor de observación, procesamiento de la información, asociación, intuición e introspección (p. 111). Capacidad empática e intuición se combinan con los conocimientos de la teoría psicoanalítica y con la experiencia clínica para tener acceso al material inconsciente comunicado y ¿luego? ¿Qué se hace con eso? Sigue la labor de transformación de ese material en contenidos accesibles al paciente, por lo tanto hablamos de capacidad de réverie o ensoñación tomando prestado el término bioniano, donde así como la madre contiene la angustia de su bebé, y hace que el material producto de proceso primario se convierta en proceso secundario (Bion,1980, p. 67-76) o en otras palabras lo sabido no pensado[2] se vuelva posible de ser pensado, el psicoanalista hará lo correspondiente para proporcionarlo a su paciente bajo el principio del timing necesario en cada caso.

 Siguiendo con el símil de la madre; se requiere de capacidad para empatizar con el paciente y manejar un equilibrio entre el otorgamiento de una dosis de frustración que no supere la capacidad del paciente para tolerarla y la compasión necesaria ante un ser que sufre y que acude al analista en demanda de ayuda. Siempre digo que la mejor interpretación es la que no se hace, dado que hemos laborado con paciencia y perseverancia que la fruta madura se desprende del árbol sin violencia interpretativa, solo con tocarla suavemente.

 Otros requisitos son, el buen empleo de la palabra y el silencio, sentido del humor, compasión, interés, cordialidad, respeto, creatividad y sobre todo sentido de integridad y una elevada intención terapéutica, todos estos son atributos necesarios para el psicoanalista.(Greenson, Ob. Cit. p. 370-85)

 Consciente que apenas he enunciado lo indispensable, debo dejar este punto aquí para otro momento porque el tema es extenso y consumiría la extensión restante del trabajo.

 Respecto a la construcción de la identidad del analista;  desde que el candidato elige una determinada institución para su formación, a veces de forma curiosamente temprana y poco consciente, expresa ya una tendencia pues nos agrupamos en psicoanalistas freudianos, junguianos, kleinianos, lacanianos, frommianos, ortodoxos, heterodoxos, etc., lo cual conlleva de entrada una filiación simbólica. El solicitante se inscribe desde entonces en un proceso de pertenencia que se va a concretar a la larga en una identidad, al mismo tiempo que se inicia el proceso de conformación de la subjetividad de ese analista en particular.

 Durante la formación, los tres ejes principales de la misma, análisis didáctico, supervisión y seminarios confluyen para consolidar una estructura psíquica llamada Identidad psicoanalítica en la que coexisten funciones yoicas como la capacidad de introspección y autoanálisis así como la habilidad de pensar en circunstancias adversas; además de otras funciones superyoicas como la capacidad de discreción y de mantener un comportamiento ético en la relación con los pacientes evitando actuaciones y seducciones contratransferenciales, aún en sus formas más sutiles, etc. (Grinberg, 1976)

 La experiencia subjetiva se forma en la interacción y reconocimiento del objeto, en primera instancia la madre quien transforma el mundo interno y posibilita el establecimiento de la primera relación vincular. Así, la experiencia de saberse existente, reconocido por la madre lleva a la integración de una identidad y al surgimiento del sentimiento de sí. En la vida adulta la búsqueda de nuevos proyectos, nuevas relaciones, nuevos ambientes, tales como la experiencia analítica tiene relación directa con la necesidad de ser transformados. Bollas C.  (1997) define como objeto transformacional a la experiencia subjetiva primera que el infante hace del objeto.  Ese primer objeto, la madre genera un vínculo temprano que deja  una huella que en la vida adulta  se manifestará en la búsqueda de otros objetos con los cuales relacionarse para obtener de nuevo la experiencia de transformación primera (p. 30). Así, buscar el objeto transformacional en la vida adulta es memorar una experiencia objetal existencial temprana.

 No puede haber identidad sin subjetividad. Hablamos de una auténtica transformación: la hechura del psicoanalista tiene que ser consolidada en un proceso donde no puede haber disociación entre vida privada y ejercicio profesional.  No existe un uniforme o disfraz que el psicoanalista se quite al abandonar el consultorio y llegar a casa, la vida misma tiene que ser invadida por la congruencia entre el vivir mundano y el profesional.

 Retorno al título, para tomar el concepto de alienación y explico a qué me refiero con él, y qué tiene que ver con lo antes enunciado:

A partir de que el candidato inicia su formación, el futuro analista se rinde a determinados vasallajes: la teoría y su transmisión (sobre todo en sus formas inconscientes), el superyó de la cultura analítica con los parámetros éticos y el modelo predominante de cómo ser analista, el campo social donde se desenvuelve su práctica y la práctica clínica en sí. (Waisbrot Daniel, 2002, p.19)

 Sobre todo en un inicio se despliegan momentos dogmáticos en la formación pues se hace necesario un proceso de identificación con las figuras que se erigen como modelos para el candidato tales como su analista, sus supervisores, y algunos de los analistas responsables de los seminarios que en particular le sirvan al candidato para posicionarse en una pertenencia al Instituto donde se forma. En este escenario se despliegan las transferencias positivas hacia estas figuras y las negativas se depositan en blancos atractivos que captan la hostilidad provocada por la intensidad del proceso revulsivo a que se está sometido. (las cursivas obedecen al énfasis en el hecho mismo pues no puede negarse ese aspecto en la formación).

 En el caso del Instituto Mexicano de Psicoanálisis, la impronta Freudiana-Frommiana-Aramoniana[3], nos ha sometido a la transmisión por numerosas generaciones y hemos vivenciado la alienación necesaria que nos funda como psicoanalistas identificados al IMPAC. Esta transmisión es como la joya que se hereda de familia en familia, y consta de una parte consciente, pero sobre todo y esencialmente consta de contenidos inconscientes, pues esa es la principal herramienta de trabajo del psicoanalista y el elemento destacado de la transmisión.

 Sin embargo, la construcción de la identidad del analista tiene afortunadamente otros momentos y es necesario después de los momentos iniciales, más adelante romper el dogmatismo inaugural, decantar lo recibido y mezclarlo con los elementos que provienen de la persona, dejar atrás la alienación inicial para que se extinga el analista-ecolálico que repite frases conocidas sin significado real para él y que surja el analista que auténticamente cree en el psicoanálisis porque lo ha experimentado en su vida personal, que aprecia lo encarnado en sí mismo, heredado de sus predecesores y que forja su propio estilo teniendo muy en cuenta los principios teóricos, técnicos, y éticos que nunca dejará de lado y cuando repita las frases escuchadas es porque las ha hecho plenamente suyas.

 ¿Qué impide a un psicoanalista una buena práctica analítica? Los conflictos instintivos no resueltos, la sexualidad inmadura persistente, la agresividad, el masoquismo y el sadismo pero sobre todo el narcisismo patológico que hará que el analista aproveche la proclividad de sus pacientes para la idealización y el sometimiento con lo cual deformará su ejercicio clínico abusando de su poder en la relación transferencial para obtener gratificaciones que satisfagan sus ansias de grandiosidad y satisfacción instintual.

 Por otro lado, una vez conformada la identidad analítica ésta no es inmutable pues sigue sujeta al cambio, la experiencia sin duda enriquece la práctica analítica, y los aprendizajes continúan a lo largo del ejercicio clínico, en este sentido la formación psicoanalítica así como el análisis deberá ser interminable.

 Por otro lado, los procesos de la vida de la persona afectan la subjetividad y pueden ir en deterioro de esa identidad, de esa forma particular de pensar y ver el mundo como analista, por lo cual es necesario el autoanálisis, idealmente el re-análisis. Ya recomendaba Freud el análisis personal en Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico:

“quien menosprecie, como analista, la precaución del análisis propio, no sólo se verá castigado por su incapacidad para aprender de sus analizantes más allá de cierto límite, también correrá un riesgo más serio. Caerá, fácilmente, en la tentación de proyectar sobre la ciencia, como teoría de validez universal, lo que en una sorda percepción de sí mismo observe sobre las propiedades de su persona propia. Así arrojará el descrédito sobre el método psicoanalítico e inducirá a error a los inexpertos”(Freud S, 1912, Vol XII, págs. 116-17).

El psicoanalista vive en un mundo tensado por dos polos; por un lado en la postura solitaria de su consultorio donde ejerce su práctica clínica y por otro, un “padecimiento” común del psicoanalista “maduro” es la sobrecarga de trabajo a la cual agregamos las actividades académicas y los congresos. Queda claro que el psicoanalista debe permanecer en relación con sus colegas, en grupos de estudio, en labores de enseñanza e intercambio en los Institutos de psicoanálisis puesto que no es conveniente el aislamiento en que se trabaja entre cuatro paredes cuando el tiempo pasa y el analista en la intimidad de su consultorio puede ver debilitadas sus convicciones profesionales que se expresarán en faltas a la técnica y ese superyó de la cultura analítica se relaje y provoque deterioro de la identidad tan arduamente forjada.

A manera de conclusión

Para asumir una identidad completa y devenir analista es necesario conservar el sello característico de la Institución formativa y resolver las transferencias positivas que perpetúan los vasallajes irracionales; así como las transferencias negativas que se descargan y se vuelcan contra los objetos al alcance, frecuentemente el propio Instituto. La formación psicoanalítica, es gradual, sistemática, procesual, experiencial, revulsiva, progresiva e interminable.

Cuando existen procesos transferenciales no resueltos,  el análisis no está completo, si no se han hecho a un lado el amor y el odio proyectado como producto de las fantasías del candidato, estaríamos frente a una pseudoidentidad que finalmente se desmoronará en la práctica clínica pues las proyecciones, identificaciones y contraidentificaciones seguirán provocando la actuación del psicoanalista en ciernes que aún no puede llegar al alumbramiento completo.

       En otras palabras para que ocurra el devenir del analista, la identidad deberá completarse acorde con la subjetividad y la alienación deberá resolverse.

Bibliografía

Bion W.R. Aprendiendo de la experiencia. España: Paidós.

Bollas C. (1997) La sombra del objeto. Argentina: Amorrortu Editores.

Freud, Sigmund(1912) Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico Obras completas, Vol XII, Argentina: Amorrortu editores, 2003.

Greenson Ralph (1997) Técnica y  Práctica del Psicoanálisis. México: Siglo XXI Editores.

Grinberg L. (1975). La supervisión psicoanalítica. Teoría y práctica. Argentina: Editorial Paidós.

Grinberg L. (1976). Teoría de la identificación. Buenos Aires: Paidós.

Lacan J., “Discurso pronunciado por Lacan el 6 de diciembre de 1967 en la EFP”.

Waisbrot Daniel (2002) La alienación del analista. Buenos Aires: Paidós.

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[1]Médico Cirujano, Psicoterapeuta y Psicoanalista egresada del Instituto Mexicano de Psicoanálisis. Miembro, Analista Didacta, Supervisora y Docente del Instituto Mexicano de Psicoanálisis. Actual Jefa de enseñanza de la Maestría y Doctorado del Instituto Mexicano de Psicoanálisis, psicoterapeuta y psicoanalista de adolescentes y adultos en consultorio privado y docente universitaria.

 [2]Concepto acuñado por Christopher Bollas, que alude a las huellas en el sujeto dejadas tempranamente por la sombra del objeto, que no pueden ser tramitadas mediante el lenguaje, por lo tanto son sabidas pero no pensadas. (Bollas C. 1997, La sombra del objeto. Argentina. Amorrortu Editores, p. 17-18)

 [3]El Dr. Aniceto Aramoni, fue alumno de la primera generación del Instituto Mexicano de Psicoanálisis, discípulo y heredero de la obra de Erich Fromm, permaneció como Director vitalicio del IMPAC, analista y supervisor didacta desde la fundación del Instituto en 1963 hasta el año 2012 y dejó una fuerte influencia en las generaciones formadas a lo largo de esos años gracias a su labor constante de supervisión en el seminario colectivo de los jueves.

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