REFLEXIONES PSICOANALÍTICAS SOBRE LA ELECCIÓN VOCACIONAL

Daphne Gusieff Torres[1]

Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima (CPPL)

daphne_gusieff@hotmail.com

 

RESUMEN

La literatura indica que los procesos no racionales, la intuición y los procesos afectivos caracterizan la toma de decisiones vocacionales, razón por la cual el psicoanálisis tiene importantes aportes que realizar al tema.  En el presente artículo se plantea la elección de carrera como satisfacción de las necesidades afectivas más fundamentales y tal vez urgentes de cada persona. A partir de esta idea, se desprenden hipótesis sobre las vacilaciones en la elección y los microduelos que implica la renuncia a otras profesiones, particularmente en una etapa como la adolescencia. Para realizar el análisis de la gama de necesidades de cada persona es preciso tener como marco de referencia que las necesidades de satisfacciones pulsionales constituyen motivos inconscientes para la elección. Posteriormente, es necesario analizar el papel de los vínculos sobre la decisión,  con énfasis en las primeras experiencias y el rol que juega el sistema familiar, pues la decisión del adolescente implica un quiebre, una reestructuración y fantasías de reparación del orden familiar. Es también necesario analizar el rol de la identificación en el proceso vocacional. Estos temas son desarrollados en el presente artículo e ilustrados con viñetas clínicas.

 

Palabras clave: Elección vocacional, psicoanálisis, adolescencia, vínculos, identificación.

Introducción

La elección de una carrera es la elección de una forma de vida y parece estar determinada también por nuestra forma de vivir (Harrsch, 2005). Es importante ubicar el proceso de elección vocacional en nuestro contexto. En Lima, Perú, los adolescentes culminan sus estudios escolares, en promedio, entre los 16 y los 17 años.  Es ese el momento en el que deben optar por una carrera y una casa de estudios superiores. Más aún, dado que las postulaciones a las diversas universidades se dan a lo largo de todo el último año de estudios escolares (aproximadamente entre junio y diciembre), los adolescentes deben tener esbozada una decisión mucho antes de haber culminado el colegio. Además, a diferencia de lo que ocurría en décadas anteriores, las posibilidades de ingreso a las casas de estudios superiores son hoy múltiples y muchas no contemplan un examen de admisión, sino entrevistas y certificados de rendimiento académico exitoso en el colegio.  Es decir, el “hito” de la preparación, la postulación y el ingreso a la universidad se ha desdibujado un poco. Todo esto nos lleva a preguntarnos si los adolescentes de hoy tienen las condiciones maduracionales y afectivas necesarias para tomar una decisión tan importante como la vocacional, o si los estamos forzando a algo para lo que aún no están listos.

A la vez, los sistemas educativos están mostrando modificaciones en sus planes de estudio que en algún nivel actúan como soluciones parciales a la problemática de si los adolescentes están listos o no para elegir carrera. En esta línea, hay una creciente tendencia por parte de las universidades a incoporar semestres iniciales destinados a Estudios generales. En ellos los estudiantes adquieren conocimientos sobre diversas disciplinas y, al entrar en contacto con las mismas, pueden distinguir mejor cuáles son de su agrado, lo que puede confirmar o reorientar su elección vocacional. Asimismo, es creciente la tendencia a escoger las especializaciones, no durante la carrera, sino en los estudios de postgrado.

De otro lado, en mi experiencia de trabajo clínico con adultos profesionales he notado que a menudo se presentan crisis de identidad profesional, es decir, dudas respecto al proyecto profesional futuro, insatisfacciones respecto al tipo de trabajo que realizan, pocas ideas respecto a cómo cambiar su situación y, a veces, pocas esperanzas al respecto. Asimismo, algunos adultos consideran que fue un “error” elegir la carrera que estudiaron y sienten que ya es muy tarde para emprender nuevos estudios, pues ahora tienen responsabilidades económicas y familiares diferentes. Todo esto produce en ellos sensaciones de desesperanza, vacío y desánimo.  Parece ser que el tema de forjar una identidad vocacional no acaba en la adolescencia y podría generar un impacto importante, no sólo en el bienestar de las personas, sino posiblemente en su productividad.

En este contexto, la labor de orientación vocacional es fundamental, en diferentes momentos del desarrollo evolutivo. Desde una visión clínica, el psicoanálisis tiene muchos desarrollos y aportes valiosos a este campo. Propongo que el abordaje de una orientación vocacional individual en el campo psicoanalítico debe procurar comprender el conjunto de necesidades personales que, en la fantasía o en la realidad, satisface la carrera.  Para ello, es preciso considerar que la carrera satisface el conjunto de necesidades afectivas prioritarias de la persona, a la vez que no atenta contra su sistema defensivo. A fin de comprender cómo opera y en qué consiste dicho conjunto de necesidades en cada persona, es necesario analizar el rol de los primeros vínculos, del sistema familiar y de los procesos identificatorios en cada paciente.  A la vez, es necesario tener en consideración que las necesidades a ser satisfechas operan bajo el marco general de la satisfacción pulsional. Estas ideas serán desarrolladas a continuación.

Existen múltiples factores que influyen los procesos de juicio en los seres humanos. Einhorn y Hogarth (1981; citados en Phillips, 1994) sugirieron el innegable rol del pensamiento intuitivo en la toma de decisiones.  Asimismo, otros autores reconocen el valor de los métodos no racionales, poniendo de manifiesto que la maestría de quienes deciden incluye estrategias intuitivas, analíticas y de consulta (Shanteau, 1988; Hammond, Hamm, Grassia y Pearson, 1987; ibid)  En esta misma línea de pensamiento, Etzioni (1988, ibid) sostiene la importancia de elementos afectivos en la toma de decisiones, sugiriendo que dichos elementos indican las circunstancias en las que la lógica debe o no ser usada. Así, la emoción, la intuición, el afecto y la consulta parecen ser  fenómenos no racionales que pueden servir como fuentes de creatividad, imaginación y ayuda en la decisión . A partir de esto, propongo aquí que tal vez estos factores de intuición aludan a movilizaciones y demandas inconscientes.

  1. Las necesidades de satisfacciones pulsionales como motivos inconscientes para la elección

De acuerdo con algunos autores psicoanalíticos, la elección vocacional estaría determinada, en parte, por motivaciones inconscientes. Según Brill (1949,1960) la elección vocacional constituiría un dominio de la conducta en la cual la sociedad permite a una persona combinar los principios de placer y de realidad, de modo que la ocupación tiene un papel importante en la gratificación de impulsos.  El mecanismo de sublimación resultaría básico en la vida humana, pues proporciona una manera aceptable para que el individuo libere parte de sus energías psíquicas que, si se expresaran de forma directa, serían inaceptables para la sociedad. Idealmente el trabajo proporciona salidas para los impulsos y los deseos sublimados. Así, la elección de carrera es el resultado del desarrollo de la personalidad, por lo que el proceso de elección de la carrera, y por consiguiente, del trabajo, representarían el estado general del desarrollo psicológico de una persona.  En este sentido, las elecciones vocacionales que parecen irracionales podrían tener la función de persistir al servicio de la integridad del yo (Ibid; Osipow, 1990).  Por su parte, Hendrix (1943) propone el “principio laboral”, que se basa en el instinto de dominar el propio ambiente. Así, bajo esta visión, la satisfacción laboral sería una función del yo y no constituiría sólo un placer sexual sublimado (Ibid).

Desde la perspectiva psicodinámica podríamos tratar en torno a los deseos inconscientes de afiliación, que según este marco de referencia podríamos llamar motivos ligados a las relaciones objetales. Por ejemplo, para el caso de los psicoterapeutas, Sussman (1992) afirma que buscar ser indispensable para el paciente en parte satisface la propia necesidad de dependencia, pues de esta forma se garantiza la duración del vínculo. En esta misma línea, Greenson (1994) explica que el deseo de entender al paciente se origina en el deseo de adentrarse en otro ser humano, relacionado al deseo infantil de fusionarse con la madre, como forma de manejar la separación. Diversas profesiones ligadas al cuidado podrían entenderse también bajo este modelo.

Asimismo, la necesidad de afiliación, desde el psicoanálisis, puede verse como una necesidad de reparar objetos internos, lo que se podría de manifiesto, una vez más, en las profesiones de cuidado.  El intento de reparación, sería el intento por arreglar el daño que se cree haber hecho al objeto bueno expresándole gratitud y amor y preservándolo interna y externamente.

Desde una línea psicoanalítica podríamos plantear también la existencia de deseos inconscientes de poder y control. Las profesiones o puestos en los que se ejerce el poder resultarían atractivas para quienes se sienten atemorizados e impotentes en su propia vida, pues les brindará la oportunidad de ejercer cierto control e influencia sobre la vida de los otros (Guggenbhul-Craig, 1992 y Hammer 1972; citados en Sussman, 1992).

La satisfacción de las pulsiones agresivas es también un motivo a tener en cuenta.  Freud (1926),  planteó que la escoptofilia y el sadismo eran dos motivaciones comunes para ser médico. Siguiendo esto, Sussman Ibid propone la formación reactiva contra la agresión como elemento constituyente del deseo de curar en profesiones de cuidado.  Así, el deseo de curar sería como la expiación de impulsos sádicos (Zarewnko, 1970), o tal vez la defensa ante deseos infantiles de matar o destruir, posteriormente transformados en deseos de reparar (Sharpe, 1930)

Otro grupo correspondería a los conflictos edípicos no resueltos. Por ejemplo, de acuerdo a Searles, 1966, el rol de terapeuta lo mantendría expuesto a aspiraciones eróticas prohibidas que tiene lugar en la diada terapéutica.

Si bien la elección de carrera como elemento de satisfacción pulsional nos da un marco general para la comprensión del paciente, es necesario analizar elementos de historia personal del mismo para lograr una mejor comprensión del conjunto de sus necesidades afectivas. Abordaremos ahora el papel de los vínculos en la decisión vocacional.

  1. El papel de los vínculos sobre la decisión: primeras experiencias y sistema familiar

Las contribuciones teóricas y clínicas en el psicoanálisis contemporáneo destacan la importancia del otro en el funcionamiento psíquico del sujeto. Así, algunas tendencias dentro de la teoría psicodinámica, especialmente las emergentes de las escuelas de relaciones objetales y psicología del yo, han enfatizado la importancia de las relaciones interpersonales en el fomento del desarrollo psicológico. Por extensión, ambos modelos sugieren que las relaciones interpersonales son fundamentales en el desarrollo de una carrera (Brown & Watkins, 1994).

Múltiples autores convergen en la idea del énfasis en el desarrollo de la temprana edad y los primeros vínculos para abordar la motivación hacia el trabajo. Las experiencias de la infancia modelan la personalidad del individuo y las relaciones padres-hijo representan un papel importante en la elección vocacional, pues esta consistirá en satisfacer las necesidades ligadas a las experiencias de la infancia a través de los ambientes laborales. Así, las experiencias vividas en la infancia por el sujeto en un clima familiar van prediciendo de forma inconsciente la futura elección vocacional. (Bordin, 1990; Roe y Siegelman, 1964).

En este contexto, necesitamos entender mejor el rol que juega el sistema familiar en moldear la identidad y el desarrollo vocacional, es decir en el desarrollo e implementación de un comportamiento vocacional y la formación y mantenimiento de una identidad ocupacional. A decir de Bohoslavsky (1984),  el adolescente que decide y acepta crecer, de cierta manera “destruye” y rompe con la estructura del grupo familiar.  En este sentido,  la negativa de algunos padres a aceptar algunas carreras, si bien pueden ocultarse bajo los trajes de aspectos socioeconómicos, podría encontrarse ligada al temor de la familia de que uno de sus miembros, a través de su carrera, denuncie, cuestione u otorgue una mirada distinta y profunda a la dinámica familiar.

El adolescente siempre se sentirá presionado por dos objetos reclamantes: uno interno y el objeto “familia”, lo que hace su situación mucho más difícil y confusa. Dicha situación se presenta cuando el adolescente desea elegir determinada carrera y los padres manifiestan su desacuerdo, pero también cuando los padres manifiestan una postura aparentemente neutral, ya que depositan en él toda la responsabilidad. Esto genera en el adolescente sentimientos de abandono, soledad y rabia hacia sus familiares, los cuales a su vez le generan culpa. Debido a que el grupo familiar constituye en sí el grupo de pertenencia y al que se tomará como referencia fundamental, sus valoraciones acerca de la posible elección del sujeto tienen significativa influencia en la conducción y elección final del adolescente, ya sea porque el grupo familiar actúe como grupo de referencia positivo o negativo en relación a la elección. Así, en los problemas para la elección vocacional, es necesario tener en cuenta la influencia que ejerce el valor que perciba el grupo familiar acerca de las ocupaciones. Este valor se dará en función de los sistemas particulares de valor – actitud que posea el grupo( Ibid).

La  “destrucción” de la estructura del grupo familiar a través de la elección vocacional del adolescente implica dar el primer gran salto para su independencia del grupo familiar. Esto supone una re-estructuración enorme no sólo de sí mismo sino también de todo el grupo familiar. Dicha re-estructuración de sí mismo y del grupo ya constituye razón suficiente para generar en él sentimientos de culpa. Sin embargo, aún cuando es cierto que destruye, también es cierto que al elegir se convierte en el depositario del rol reparatorio que se encuentra presente en toda estructura, incluso en la estructura familiar. Dicho rol reparatorio es asumido por los miembros del grupo familiar en forma alternada o estereotipada, según sea el grupo, pero siempre es el adolescente quien lo asume al elegir la carrera. Así,  toda la familia estará pendiente de la elección del adolescente, porque de manera inconsciente coloca sobre este la reparación de todo el grupo, es decir, de las heridas previas en el funcionamiento o la historia familiar (Ibid). Me permito agregar que las familias pueden desarrollar naturales resistencias hacia los cambios que implica un proceso de reparación.

En la reparación, mecanismo descrito en principio por Melanie Klein, el sujeto intenta reparar los efectos de sus fantasmas destructores sobre su objeto de amor. Este mecanismo estaría ligado a la angustia y a la culpabilidad depresiva. Así, la reparación fantasmática del objeto materno, externo e interno, permitiría superar la posición depresiva asegurando al yo una identificación estable con el objeto benéfico (Laplanche y Pontalis, 1981). El yo se siente impelido por su identificación con el objeto bueno internalizado a llevar a cabo una reparación por todos los ataques sádicos que en fantasías regresivas anteriores ha dirigido contra ese objeto. Klein (1935) señala la importancia específica que tiene para la sublimación la forma en que se haya reducido el objeto amado en trozos y el esfuerzo por juntarlos. Es un objeto “perfecto” que está en pedazos, por lo que la reparación presupone la necesidad de embellecerlo y “perfeccionarlo” (Ibid).

Como ejemplo, podemos mencionar a una adolescente escolar quien quería ser médico para investigar y luchar contra enfermedades difíciles.  Su padre había muerto de cáncer cuando ella era una niña pequeña, dejando a la familia formada por su madre y hermana, llenas de tristeza e impotencia. Un análisis prolongado de sus motivaciones mostraba su deseo inconsciente de devolver la esperanza y la fortaleza a la familia a través de la fantasía de control de la enfermedad y así posiblemente reparar el sentimiento de daño en la familia.

Además, es necesario tomar en cuenta la propia problemática vocacional que hayan presentado los miembros del grupo familiar. Es importante considerar el nivel de satisfacción o insatisfacción de los padres u otras figuras tempranas que resultan significativas y que se darán en función de sus propios ideales del yo. Dichos niveles de satisfacción o insatisfacción serán parte de la formación del adolescente desde pequeño, por lo que su influencia es crucial en la elección (Ibid 1984).

  • El rol de las identificaciones en el proceso vocacional

Adicionalmente, de acuerdo a la concepción psicoanalítica, el proceso de identificación es central en la elección vocacional, pues es fundamental con quién se identifica la persona y hasta qué punto, y si existen o no conflictos con respecto a la persona con quien se identifica.  La base de esta identificación se halla en el proceso de identificación que ocurre en edades tempranas (Osipow, 1990).

La identificación es un proceso psíquico inconsciente por el que una persona convierte una parte más o menos importante de su personalidad conforme a la de otro que le sirve de modelo. En este proceso central en la vida psíquica, el sujeto se constituye y se transforma asimilando o apropiándose, en momentos clave de su evolución, de aspectos, atributos o rasgos de los seres humanos de su entorno. El mecanismo de identificación va a designar un primer modo de relación con los otros, formando parte de los procesos constitutivos de la psique (De Mijolla, 2008; Roudinesco y Plon, 1998). Se podría decir que las identificaciones son una lenta vacilación entre el «yo» y el «otro», mientras que la identidad es la ilusión de un yo puro de toda relación de objeto. Al tomar del otro, no se corre el riesgo de dejar de ser uno mismo. La identificación puede ser tomada como la capacidad para ocupar lugares y posiciones psíquicas diferentes. (Kaufmann, 1996).

Una persona tiene identidad ocupacional cuando ha integrado sus distintas identificaciones y sabe lo que quiere hacer, de qué forma y en qué contexto.  En este sentido, la identidad ocupacional incluiría un con qué, un cómo y un dónde. La elección del futuro, que implica un rol adulto, siempre estará asociada a ese “otro”. Nunca un adolescente dirá “Quiero ser doctor” sin tener en la mente las características  en particular de alguien que es doctor; pero además de serlo, posee habilidades que el adolescente asocia con la carrera y el deseo de ser doctor alude a obtener, mediante la elección, todas aquellas características de dicha persona (Bohoslavsky, 1984).

En esta misma línea, como lo afirma Sussman (1992), en el desarrollo del concepto de sí mismo una fase fundamental es la de la identificación, en la cual se produce un acercamiento del individuo a objetos y personas que le produzcan gratificación y surge la idea “yo quiero ser así”. Cuando alguien escoge una profesión, a pesar que tome como modelo a una persona, lo que en realidad busca es obtener algún aspecto de esta persona que él ha configurado en su imaginario.

Podemos notar que la identificación no tiene que hallarse sólo en la elección vocacional, sino que puede encontrarse también en la forma como la persona aplica la carrera elegida en el mundo laboral. Como ejemplo ilustrativo, podemos citar el caso de una adulta que culminó estudios de Psicología clínica, pero en su trabajo profesional empleó mucho tiempo laborando en entornos educativos. Varios miembros de su familia, con quienes se había identificado claramente, eran educadores en ejercicio.

Otro ejemplo lo constituye una psicóloga organizacional quien orientó tanto sus estudios como su trabajo al ámbito empresarial, en identificación con su padre y hermanos, quienes trabajaban en el ámbito de los negocios en diferentes empresas trasnacionales. Si bien ellos eran ingenieros de distintas ramas y ella, psicóloga, coincidían en la aplicación de su carrera en ámbitos de trabajo de orden empresarial.

Un tercer ejemplo lo constituye una profesional del mundo de las Finanzas, hija de padres educadores quienes forjaron una institución educativa. Luego de trabajar un tiempo en temas de negocios, decidió aplicar sus conocimientos al ámbito de la educación y crear una empresa de servicios educativos.  Aunque los servicios que ella ofrecía eran distintos a los servicios que ofrecían sus progenitores, podemos suponer una identificación tanto con los intereses como la orientación al emprendimiento de sus padres.

Es preciso añadir que la manera como la persona vive y se relaciona con el trabajo puede ser también un ámbito de identificación. Como ejemplo, podemos pensar en un profesional que, si bien tenía una carrera y un trabajo distintos a su grupo familiar, tendía a trabajar en exceso por honorarios bajos que no correspondían a la calidad de su trabajo, al igual que los miembros de su familia. Al parecer, operaba aquí una identificación de la visión del trabajo como sacrificio. En este caso podemos ver que la profesión puede satisfacer también impulsos autodestructivos, por ejemplo, de tipo masoquista.

Así, sabemos que existen formas concretas de reparación que tienen que ver con el “con el qué” y “a la manera de quién” se repara. El “con qué” se refiere a objetos e instrumentos externos, cosas, gente, etc. Al mencionar “a la manera de quién” se hace referencia a los procesos de identificación y sus resultantes (Bohoslavsky, 1984).

Grinberg (Ibid) al referirse a los duelos por el self, hace alusión a un sentimiento que expresa el “anhelo de complementarse”. Klein relaciona estos sentimientos con la fantasía universal del mellizo, que representa todos aquellos aspectos ausentes en el self. Este intento de complementación que el adolescente busca a través de su elección, se lleva a cabo algunas veces desde un punto de vista mágico a través de identificaciones con algún otro, por ejemplo, con un maestro al cual el adolescente idealiza, o un profesional a quien conoce y cuyas características configuran el modelo de lo que él anhela ser. Ese “quien”, es una representación de aquello que él quisiera tener y siente que le hace falta. (Ibid).

Por otro lado, operan también procesos de desidentificación con las figuras parentales en los fenómenos vocacionales. No sólo se escoge las características que se adoptarán, también se escoge que características no se adoptarán y por supuesto esas también se asociarán a la carrera (Ibid)

  1. La elección de carrera como satisfacción de las necesidades afectivas más fundamentales

Sugiero que cada persona elige la carrera que satisface su conjunto de necesidades más fuertes, pero que a la vez no rompa el sistema defensivo de dicha persona. En este sentido, podríamos establecer un símil entre la elección vocacional y la elección de pareja. Respecto a la elección de pareja, Spivacow (2001) sostiene que los acuerdos defensivos inconscientes organizan cómo cada uno respeta de manera efectiva ciertas áreas conflictivas del otro.  La carrera y la persona establecerían una relación análoga a esta. El autor sostiene que se produce en la pareja un ensamble inconsciente que organiza el reparto de roles y participaciones que asegura la homeostasis narcisista de cada polo. El concepto de ensamble inconsciente da cuenta de un cierto nivel de ajuste y estabilización en el intercambio, inconscientemente establecido. En esta línea, planteo que la elección desinformada de una carrera podría explicarse más que por intuición, a través de las fantasías inconscientes que tiene la persona que elige respecto a que sus necesidades afectivas fundamentales serán satisfechas a través del estudio y ejercicio de dicha carrera.

Como  modo de ejemplo ilustrativo, podemos citar el caso de un joven con importantes rasgos de personalidad esquizoides que, probablemente con el fin de compensar los efectos de sus rasgos psicopatológicos sobre su vida social, eligió estudiar la carrera de Comunicaciones.  Sin embargo, se dedicaba a trabajar detrás de cámaras.  De este modo, al parecer satisfacía su necesidad interna de relacionarse con otros, pero desde un lugar seguro por ser de poca exposición, detrás de las cámaras. Así,  su defensa no se veía amenazada, pues no entraba en abierto contacto con aquello que le resultaba difícil, es decir, las relaciones interpersonales.

Citaré otro ejemplo. Una joven estudió Educación inicial y ejercía como maestra en un nido. Se mostraba como una persona sonriente, con un tono de voz un tanto infantil.  Sin embargo, en cuanto empezaba a hablar, su relato estaba lleno de cólera que a veces no lograba controlar en el trabajo con sus niños.  En las sesiones de historia indicó que padecía de una enfermedad genética que le generaba infertilidad permanente. Entonces se pudo comprender mejor que su elección de carrera podía estar actuando como una compensación, pues ante la dificultas para tener hijos biológicos propios, su profesión le permitía estar rodeada de niños.  No obstante, su profesión también le permitía descargar su cólera y frustración, la misma que se disimulaba en sus intentos  de disciplinar a los niños.

Un tercer ejemplo lo constituye una mujer adulta que presentaba rasgos consistentes con una estructura de personalidad limítrofe, con una marcada impulsividad, propensa al desborde constante. Trabajaba como controladora de tráfico áereo y su horario de trabajo era altamente rotativo, a veces trabajaba por la mañana, a veces por la tarde y a veces de madrugada. Su modalidad de trabajo, altamente rotativa, parecía alinearse con la necesidad interna de cambio frecuente y alejamiento de la estabilidad.  Sin embargo, la naturaleza de su labor, consistente en controlar, regular y ordenar, parecía actuar como un intento de compensación ante la caótica intensidad de sus impulsos.

En términos vocacionales, desde la perspectiva del desarrollo, con Super (1957, citado en Phillips, 1994) como representante, ser provisorio en el compromiso es una actitud aceptable y esperada sólo por un periodo de tiempo limitado, pues eventualmente, uno debe comprometerse. Sin embargo, dudar no es siempre un evento negativo y la incertidumbre puede ser apropiada y hasta deseable en etapas tempranas del desarrollo (Slaney, 1988; citado en ibid). Por otro lado, Tiedeman (1967, citado en ibid) sostiene que uno debe actuar de ambos modos: comprometida y dudosamente a la vez, con el fin de alcanzar las simultáneas necesidades de pensamiento y acción. A pesar de que se sostiene que el cambio es inevitable, se empieza a considerar la necesidad de mantener una postura tentativa hacia las propias decisiones afin de evitar una indeseable y prematura toma de decisión de modo rígido (Blustein, Ellis y Devenis 1989, citados en ibid). Entendemos entonces, que las vacilaciones en la elección parecen ser un fenómeno natural.

En esta línea, continuando con la analagía persona-carrera como miembros de una pareja con ensambles inconsciente, Spivacow (2002) añade que en las parejas se producen crisis que implican una necesidad de cambio y una oportunidad que no debe menospreciarse, ya que el ordenamiento anterior reflejaba los requerimientos de la homeostasis narcisista de cada integrante. De esta manera, los ensambles inconscientes son periódicamente reformulados. La evolución personal de cualquiera de los compañeros implica necesariamente reorganizaciones y remodelaciones en lo intrasubjetivo de la organización defensiva. También la evolución conlleva reorganizaciones y remodelaciones en los modos habituales de vinculación con el otro, es decir en los ensambles inconscientes. De modo paralelo, las elecciones vocacionales pueden también ser revisadas y el “acuerdo inconsciente” entre persona y carrera puede ser reformulado. Así, hipotetizo que cuando se produce un cambio en la carrera elegida, podría pensarse que dicha carrera ya no satisface el conjunto de necesidades básicas de la persona.  Probablemente las necesidades en principio satisfechas no eran las más profundas, sino las más urgentes, es decir, transitorias; o tal vez la gama de necesidades fundamentales de la persona se ha reconfigurado. Conductualmente, resultaría de esto una gama de posibilidades que van desde una reorientación de su carrera, o un viraje hacia otra.

A modo de ejemplo, una joven adulta había estudiado una carrera del área de Ciencias Sociales. Sin embargo, tenía la permanente sensación de desmotivación respecto a su trabajo, pues su investigación difícilmente rendía frutos adecuados para  ser comunicados a la comunidad científica.  Ella indicaba que en su temprana adolescencia la carrera le resultaba atractiva, pues implicaba viajes constantes y constituía una elección “original”, distinta a las del resto de miembros de su familia.  Progresivamente empezó a revelar un latente interés por las artes y el diseño. Indicó que lo había tenido siempre, pero no se atrevía a estudiar algo en esta línea. Finalmente optó por seguir estudios de postgrado de Gestión cultural, con énfasis en museología.  Al parecer, por fin podía satisfacer de alguna manera su necesidad de ser vista, reconocida y admirada, como las piezas expuestas en un museo.

Es preciso tener en cuenta que la elección de una carrera implica un microduelo por todas aquellas carreras que se consideraron pero no se eligieron, es decir, aquellas a las que se renunció al menos temporalmente. En consecuencia, los microduelos se harían también por las fantasías de satisfacción o reparación que conllevan las carreras no elegidas. Este proceso tal vez sea especialmente difícil en la adolescencia, etapa en la que naturalmente el idealismo y la sensación de omnipotencia suelen estar un tanto exacerbados.

Comentarios finales

En el presente artículo se han revisado algunas posturas psicoanalíticas acerca de la elección vocacional que pueden ser relevantes para una comprensión profunda de la gama de necesidades afectivas que se satisfacen en cada elección de carrera. Se plantea que esta visión, que debe incorporar un análisis sobre la importancia de la satisfacción pulsional, los vínculos y la identificación en cada caso, representa un acercamiento clínico psicoanalítico a la problemática de la configuración de la identidad vocacional y ocupacional, la cual parece trascender la adolescencia para reeditarse a lo largo del ciclo vital.

REFERENCIAS

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Sussman, M. (1992). A Curious Calling: Unconscious Motivations for Practicing

[1] Licenciada en Psicología clínica por la Pontificia Universidad Católica del Perú.  Egresada de la formación de psicoterapeuta del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima (CPPL). Miembro de la Asociación peruana de psicoterapia psicoanalítica de niños y adolescentes (APPPNA). Miembro de la Sociedad Peruana de Rorschach y métodos proyectivos (SPRYM). Ejerce la práctica psicoterapéutica privada con niños, adolescentes y adultos, así como la docencia universitaria.

CPPL. Lima. daphne_gusieff@hotmail.com

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