RECIBIENDO A MI PRIMER HERMANO: UNA INVESTIGACIÓN  CUALITATIVA CON NIÑOS

 Regina Tagliabue Ganoza[1]

 

Esta investigación pretende comprender, desde un enfoque y marco teórico psicoanalítico, la experiencia de tener un hermano por primera vez en niños de ocho a diez años. Para ello, desde un paradigma cualitativo, se han explorado ocho casos de niños y niñas en tal situación. La recolección de información se realizó en dos conversaciones  individuales con cada niño(a). Se tuvo también  una conversación con los padres de cada niño para recoger información acerca de su percepción de cómo su hijo estaba viviendo la experiencia. Los resultados han sido sistematizados y discutidos desde el marco psicoanalítico.

Palabras clave: Experiencias, hermanos, niños, proceso, primer hermano.

 

  1. El tener un hermano

La mayor parte de las investigaciones sobre hermanos, realizadas desde la perspectiva del psicoanálisis parten de observaciones clínicas y tienden a privilegiar aspectos conflictivos y efectos patológicos de la relación entre los hermanos, dejando de lado muchos aspectos relevantes de esta experiencia en la construcción de la subjetividad. En este sentido,  compartimos la propuesta de Solnit (1983) y Parens (1988) de investigar experiencias de hermanos fuera del ámbito de la clínica, con énfasis en aspectos que promueven el crecimiento y el desarrollo.

Consideramos con Kieffer (2008) que las relaciones fraternas son distintas a las que se establecen entre padres e hijos, aunque también dejan fuertes huellas en la constitución del psiquismo. Los hermanos hacen posible la primera y quizás más intensa relación de un niño o una niña con un par. El hermano confronta con la semejanza y la ajenidad del otro, abriendo la posibilidad de pensar entre el Yo y el no-Yo, construyendo así la noción de alteridad y la perspectiva del otro.

Para Kaës (1994) el hermano se convierte, también, en un co-pensador, porque el pensamiento surge en la relación intersubjetiva.

Para Freud, el infante puede vivir la llegada de un hermano como la de un rival que amenaza la supremacía, provocando celos, hostilidad y odio hacia el recién llegado, pero también sentimientos de rabia contra la madre por los hermanos que ella le impone. Su llegada supone un impacto traumático: “Ese uno, todavía hijo o hija única, por un tiempo, o sea el primogénito que ve surgir en su universo a ese otro y luego lo integra a él de una manera conflictiva […] en esta hostilidad primitiva” (Freud, 1916-1917, p.304).  Freud, no deja de señalar los resentimientos y odios que también surgen del hermano menor hacia el mayor (Freud, 1900). Asimismo, señala que “[…] no hay dormitorio infantil sin conflictos violentos entre sus moradores” (Freud, 1916, p.187) En la interpretación de los sueños, Freud, alega que “Mucha gente que ama a sus hermanos y hermanas, y que se sentirían desconsolados si muriesen, abrigan deseos malvados con ellos, en su inconsciente, desde tiempos anteriores; y estos deseos son posibles en sus sueños” (Freud, 1900, p.261).

Kancyper (2003) y Kaës (2008) incorporan el concepto de “complejo fraterno”, considerándolo estructurante del psiquismo, distinto del complejo de Edipo. Se lo concibe como un pivote (Moguillansky, 2004)  entre el Narcisismo y el complejo de Edipo. Se comprende al complejo fraterno, como una organización intrapsíquica triangular de los deseos  amorosos, narcisistas y objetales, del odio y de la agresión frente e ese “otro” que un sujeto reconoce como hermano o como hermana y trasciende la presencia real de los hermanos. Desde esta comprensión, también el hijo único requiere tramitar los efectos propios en que este complejo se construye en cada individuo (Kaës, ibid.). Kaës plantea que complejo de Edipo y complejo fraterno son dos ejes de la estructuración de la psique que se cruzan y se conforman el uno al otro, pero ninguno puede existir plenamente sin el otro: el eje vertical sería el del Edipo que anuda la sexualidad -diferencia de sexos- y la diferencia generacional. Y el eje horizontal dado por el complejo fraterno que expresa las formas de amor y de odio hacia el semejante, vivido como intruso, familiar y con quien las relaciones van a permitir experiencias distintas de aquellas que generan las relaciones con los padres.

En una perspectiva más amplia, los hermanos se pueden convertir en recipientes de múltiples investiduras emocionales, ser experimentados como objetos libidinales y eróticos, como hostiles, como ego auxiliar e incluso súper ego; como modelos de conducta idealizada; como facilitadores sociales; como puentes u objetos de conexión entre uno mismo y los padres y entre la familia y el mundo social exterior (Parens, 1988).

Para Solnit (1983) las experiencias vinculares entre hermanos favorecen  el desarrollo de una capacidad para confrontar, resolver obstáculos, conflictos  intrapsíquicos e interpersonales. Especialmente cuando, entre padres e hijos y entre los mismos padres,  tiende a predominar una relación positiva.

Inevitablemente, el nacimiento de un hermano provoca en el ahora hermano mayor, el deseo de investigar y querer saber: ¿de dónde vienen los niños? ¿de dónde viene el hermano? Necesita comprender el origen para saber cómo puede devolver a este intruso; aunque también, el nacimiento de su hermano(a) lo conecta con la posibilidad de preguntarse sobre su propio origen (Assoun, 1998). Por otra parte, más allá de los sentimientos “negativos” y ambivalentes que pueda provocarle el hermano (a), el hecho de ver cómo este es acurrucado, alimentado, cambiado, bañado, atendido por los padres, puede convertirse, en oportunidades que le permitan imaginar y volver a experimentar sus propias vivencias de cuando él era bebé. Identificarse con el bebé puede ser también tranquilizador para el ahora hermano  mayor, asegurándole al niño el valor afectivo que él también tiene para sus padres (Solnit, 1983).

Por otra parte, no podemos abordar el tema de los hermanos, sin dejar de pensar en la familia a la luz de sus nuevas configuraciones (Andrade, 2010; Benhaim, 2010). Estudios recientes reflejan que la población joven tiene otras  maneras de concebir a la familia (Zaldivar y Castells, 1992) y a las paternidades. Hoy, los hijos son fruto de una decisión consciente de los padres; atenderlos implica responsabilidades compartidas. Asimismo, los proyectos personales y profesionales llevan a posponer la decisión de tener hijos; reduciéndose  la expectativa del número de hijos a tener y/o postergándose  la llegada de un segundo hijo, siendo cada vez más frecuente que entre uno y otro hermano haya diferencia de edad marcada como en el caso de los niños de la muestra.

II. Los niños entre los ocho y los diez años

Los niños y niñas de nuestra muestra se encuentran transitando por el periodo de la latencia. Etapa en la que las actividades e intereses sexuales tienden a decrecer como consecuencia de la represión y de la consolidación del Superyó, luego de la declinación del  complejo de Edipo. La sublimación permite un cambio de objetivo de la descarga pulsional, la que es redirigida hacia actividades valoradas y aceptadas socialmente, prevaleciendo en las relaciones con los otros sentimientos de ternura sobre la erotización edípica (Laplanche, 1977; Mijolla, 2001).

A esta edad, distinguen entre realidad y fantasía,  habiendo un predominio de la realidad y un uso de juegos reglados y, por otra parte, la verbalización prevalece sobre la acción.  Comprenden con mayor claridad que lo real opera más allá de sus deseos, lo que es producto de un descentramiento de sí mismos y una declinación del pensamiento omnipotente, siéndole  posible aceptar más la presencia e incidencia de los otros. La expresión verbal le permite  una mayor convergencia entre lo intrasubjetivo y lo intersubjetivo,  utilizando el lenguaje como código compartido con otros.

Su proceso de inserción en el ambiente social implica una gradual separación de los padres y una vinculación con otros adultos y pares que se transforman progresivamente en nuevas influencias intelectuales y sociales, proceso que  se hace posible en tanto va logrando desinvestir  sus objetos primarios,  redirigiendo lo pulsional para ampliar su universo relacional y realizar nuevas investiduras de objeto.  Salir de la casa y descubrir, junto con sus pares, la existencia de otros mundos,  le permite  ampliar su Yo y enriquecerse con la perspectiva de otros y  encontrar otras miradas y otras voces sobre sí mismo. Lo que permitirá una reorganización en los juegos identificatorios que favorecerán su proceso de individuación y la concreción de otras formas de vinculación, una mejor distribución de sus afectos así como un enriquecimiento de su mundo interno. Los amigos son una posibilidad de desplegar su capacidad de amar y ser amado lo que le permite reparar el daño fantaseado a otros, experiencias que a su vez marcarían los rudimentos de sus futuros vínculos sociales (Klein, 1937-1968; Erikson, 1966; Urribarri, 2008).

Si bien una de las características propias de esta edad es el excesivo realismo en los dibujos y juegos, que suelen reproducir rutinas de su vida presente, los deseos y fantasías aparecen encubiertos y racionalizados por una represión de la  imaginación (Klein, 1929). Sin embargo, por medio de la simbolización y del desplazamiento, pueden emerger contenidos enigmáticos como expresiones pulsionales, que son una “vía regia” de acceso a su inconsciente (Urribarri, 2008; Kaës, 1977; Klein, 1964).

En este marco de reflexión, comprender, desde una perspectiva psicodinámica, la experiencia de tener un primer hermano en niños cuyas edades estaban entre los ocho a diez años, fue el objetivo que orientó nuestra investigación cualitativa.

La muestra fue de ocho niños, -seis varones y dos niñas- entre ocho y diez años, residentes en Lima, de nivel socioeconómico medio, ambos padres profesionales y en ejercicio laboral. Los niños(a)  participantes recién tenían su primer hermano de padre y madre. Las edades de los hermanitos en el momento de la investigación fueron de diecisiete días, cinco, ocho, nueve, once, doce y catorce meses de nacidos.

Se tuvieron dos conversaciones con cada niño(a). En la primera se utilizaron como elemento generador de discurso, once de las diecisiete láminas del test “Las aventuras de pata negra”[2]. A partir de ellas se les pidió a los niños construir una historia. En la segunda conversación,  se les pidió dibujar a “Unos Hermanos” e imaginar una historia sobre su dibujo.

Adicionalmente, se tuvo una conversación con los padres de cada niño,  para recoger información sobre cómo el niño(a) había ido viviendo la experiencia de tener un primer hermano, desde su llegada hasta el momento en que se recogió la información.

III. Mirando los resultados

Analizando las narrativas de los niños encontramos que estaban viviendo la experiencia del primer hermano como un proceso dinámico de gran impacto. En un intento de sistematización hemos organizado la información recogida en tres ejes temporales a los que operativamente les llamaremos momentos.

El primer momento, caracterizado por el deseo espontáneo de los niños de querer un hermano y cómo este deseo aparece al recibir la noticia de la llegada del hermano.  Un segundo momento,  transcurre entre los últimos meses de la gestación y los primeros meses del recién nacido, cuando el niño se confronta con la inevitable llegada del hermano, dando lugar a un conjunto de sentimientos y fantasías. Y un tercer momento que supone las distintas maneras de tramitación de la llegada del hermano.

Un primer momento: Fantasías sobre el  deseo de tener un hermano

El anhelo de un hermano es anterior a su presencia real, y ocurre en el mundo de los deseos y fantasías de los niños investigados. Los padres manifestaron que, en algún momento, su hijo o hija pidió un hermano antes que ellos mismos pensaran en la posibilidad de tenerlo.

Pero, ¿qué se desea?: deseo de otro idéntico versus otro semejante.-  En el dibujo de “unos hermanos”, todos dibujaron a dos hermanos. Pero dos de los niños dibujaron  hermanos idénticos,  uno de gemelos y otro de mellizos, representaron al hermano como un yo reproducido, un doble. El deseo de un doble aparece como la negación de un otro diferente, ya que un Yo Idéntico es menos amenazador que uno diferente:

 “Dos hermanos que están juntos, son hermanos gemelos. […] siempre han estudiado juntos y que siempre se necesitan el uno al otro. Casi nunca se peleaban porque los dos eran parecidos en términos emocionales […] y los demás se confundían de nombres”. (Carlos, 10 años.)

Pensar al hermano como idéntico, es pensarlo como un doble en el que me reflejo, “mi hermano” se convierte en “mi espejo”:

“Cuando tenían nueves meses de nacidos. Cuando de bebitos ya empezaban a tener conciencia de sí mismos, ya podían hablar y verse, se veían, les llamaba la atención, les parecía raro verse iguales. Sentían curiosidad de verse dos igualitos”. (Carlos,     10 años.)

Otra representación, es el hermano como un  semejante-diferente, representado en un compañero de juego. Para algunos la diferencia de edad les permitiría una mayor inhibición  de la agresión hacia el hermanito pequeño:

“Desearía, no llevarnos tanta diferencia y poder jugar juntas más tiempo. Pero también preferiría llevarle más tiempo para poder controlarme y no gritarle y poder jugar. […] Yo siento que me pelearía más si le llevara menos años”. (Ariana, 9a 6 m)

Lo común en los ocho relatos fue que: el desear un hermano significaba  tener alguien con quien jugar. En algunos casos, además, se deseaba un hermano del mismo sexo:

“Se pone a pensar que, si retrocedería en el tiempo, si desearía un hermano, pero esta vez que sea niño, porque a él no le gustaba tener una hermana niña, ya que le gustaba cosas (juguetes) diferentes”.(Alexis,10años)

¿Cómo se desea?: deseo es ambivalente, está entre el desear y no desear un  hermano.- Aquellos que, antes de aparecer el hermano, tenían una expectativa idealizada, manifestaron luego,  la desilusión y el ya no desearlo, viviendo su presencia como un estorbo.

“Ojala nunca hubiera nacido su hermana… pensaba que iba a ser bonito tener un hermanito, pero se dio cuenta que no. Bueno, eso pensó antes, cuando él era pequeño y no había nacido la hermana, se imaginó que su hermana lo iba a querer mucho y no lo iba a estorbar en su vida”. (Alexis, 10 años.)

Surge la ambivalencia, ya que junto al deseo de tener un hermano, se mantiene también el deseo de seguir siendo hijo único:

“El cerdito pequeño, soñó que la mamá iba a dar más chanchitos a luz…, pero era como una pesadilla mayor, porque él no quería. Pero cuando se levantó, desayunaron y todos volvieron a ser una familia tranquila”. (Diego, 8a 4 m)

“Había sido un sueño, no habían tenido a los menores, en una noche le había pasado todo esto, él era el único”. (Pablo, 9a.8m)

A pesar de sus sentimientos ambivalentes, algunos, prefieren querer tener al hermano:

 “[…] de la nada vino como un hada […] y le pidió ayuda. Despertó y todo había sido un sueño, porque no tenía otros hermanos […] para que ya no tenga tantos celos […] sintió pena, porque le hubiera gustado tener hermanos, hasta los menores que les daban celos”. (Pablo, 9a, 8m)

¿De  dónde surge el deseo del hermano?: el niño pide un hermano.- El deseo se originó en el imaginario del niño. En casi todos los casos es el niño quien expresa primero a los padres su deseo de tener un hermano:

 “Les dijo a sus papás que quería tener hermanos, y así siguió la rutina”. (Pablo)

Durante las conversaciones, los padres corroboraron que el deseo del hermano fue un pedido explícito de su hijo:

“Ella quería un hermanito hombre -para su cumpleaños-.” (Mamá de Vanessa)

“Mathias le pedía a Papá Noel tener un hermanito”. (Papá de Mathias)

En uno de los casos, la mamá explicita que se embarazó para complacer a su hijo que deseaba tener un hermano:

“… a los ocho años Alexis […] quería un hermanito […] llegaba del colegio y me decía ¿ya fuiste al doctor? […] me decía que rezaba para tener un hermanito […] Yo quería complacer a mi hijo […] salí embarazada al mes”. (Mamá de Alexis)

Los niños(as) manifestaron que su deseo de tener un hermano prevalecía frente al de no tenerlo. Es evidente que este deseo se va construyendo espontáneamente   primero en la fantasía, como una expectativa idealizada oscilante entre un yo reproducido y/o un semejante-diferente. Todos coincidieron en desear un compañero de juego. Asimismo, tanto niños como padres revelaron que el origen del deseo partía del propio niño.

Un segundo momento: La llegada del hermano y la expresión de nuevos sentimientos

Desde los últimos meses de la gestación, el niño se confronta ya con la inminencia de la llegada del bebé. Ahora se hacen evidentes mecanismos y sentimientos  asociados a la rabia y frustración al sentir que la mamá, dirige la fuerza de su mirada al hermanito. Es aquí cuando  empiezan a sentirse excluidos.

El impacto de la realidad, el recién llegado está apoderándose del lugar central que él ha tenido durante muchos años y le amenaza con apoderarse de la madre y también de su leche. Los niños investigados, expresaron en sus relatos verdaderos escenarios de terror al referirse a los primeros momentos de la llegada del hermano. Ignacio, quien tiene a su hermanita de 17 días de nacida, ilustra a través de su dibujo y la historia conexa, con mayor  claridad esta vivencia:

“Una gran granada que estaba medio viva […] tenía ojos. Era como una película de terror”. (Ignacio, 8a.9m.)

La llegada del hermano es vivida tan amenazante que el niño en su fantasía vive la amenaza de destrucción:

“Los dos hermanos tenían granadas, y se encontraron unos desechos radioactivos y salieron zombies del suelo. […] no eran granadas para explotar, eran granadas de frutas para comer, y esa le tiraron los terroristas y se pudrieron y les cae en el ojo. Ellos mismos sueltan sus armas y hacen que exploten, y sueltan sus residuos tóxicos. Todos mueren por los desechos tóxicos y solo quedan los zombies”. (Ignacio, historia de su dibujo)

Ignacio, frente al desborde pulsional se asusta y trata de minimizar y negar la agresión “Eran granadas de fruta para comer”,  pero, inmediatamente, vuelven a irrumpir sus fantasías destructivas: “se pudrieron y les cae en el ojo”. Para Ignacio la breve presencia de la hermanita lo confronta con una nueva realidad, movilizándole defensas esquizo-paranoides y  mecanismos de ataque y defensa en sus intentos por resguardarse.

En todos los casos, la llegada del hermano fue vivida como desestructurante, generadora de desequilibrio y perturbación del funcionamiento “ordenado” que venía teniendo la familia. Pablo de 9 años y 8 meses, cuya hermanita tenía 9 meses, grafica este sentimiento  refiriéndose a la “desestructuración de la granja”:

“Había una vez una granja, donde todo era ordenado, pero la parte más desordenada era donde vivían los cerditos. Los padres y un hijo dormían de día y despertaban de noche, otro comía los desechos y otro se hacía la pila en la comida. Y un día agarraron y llamaron al domador, para educar a los cerditos”. (Pablo)

El sentimiento de exclusión aparece en estos niños cuando sienten que el hermano, además de no llenar sus expectativas, trae sus propias demandas absorbiendo a la madre y  amenazando con quitarle todo. La escena de la lactancia del hermanito -láminas del Test de Pata Negra- les permite asociar con la vivencia de exclusión y el hecho de tener que aprender a esperar y postergar sus deseos. Un buen ejemplo son las historias de Diego, al relatar la historia de dos cerditos amigos que se habían enamorado de la misma cerdita, apostando a quien la conquistaba primero.  Juan gana la apuesta conquistándola, ella se embaraza y tiene cerditos, pero Juan descubre que su cerdita ahora quiere más a sus cerditos bebés que a él y decide inventar una máquina del tiempo para poder regresarlos:

“Juan construyó una máquina del tiempo y se llevó a tres de sus cerditos y los dejó abandonados […] en el pasado”. (Diego, 8a, 4m)

La llegada del hermano es vivida como amenazante porque lo aleja de la mamá. Al respecto, el padre de Ignacio relata lo siguiente:

“El no iba en contra de la hermana, él iba en contra del embarazo […] como niño no entendía y la única explicación que tenía era que esa gestación le había quitado a su mamá”. (Papá de Ignacio)

El surgimiento de mecanismos de defensa, agresión y fantasías de desaparición, al descubrir que ahora la madre sólo tiene ojos para el bebé, hacen que Diego desee retornar al pasado; mientras que otros niños enfrentan esta vivencia usando mecanismos de negación como en el caso de Carlos, quien además,  desplaza hacia los amigos la figura del hermano:

“Está feliz, porque nada de lo que él había soñado había pasado. Quizá, aquí me imagino que los cerditos están felices, y la mamá cerdita le está dando de lactar a los amigos del cerdito”. (Carlos, 10 años)

Otro mecanismo al que recurrieron fue desmentir la presencia real del hermano, produciéndose una escisión en la que presencia y ausencia coexistían. Al relatar la historia de su dibujo sobre “Unos Hermanos”, Alexis elimina a la hermana de la “foto familiar”:

“[…] les están tomando una foto para el álbum familiar […] a la hermana le gustó la foto, pero al niño no, y el niño a escondidas, recortó la foto, sacando a su hermana de la foto”. (Alexis, 10 años)

 “El grande […] siguió tomando la leche, porque todavía no se había dado cuenta, que estaban sus hermanos”. (Alexis, 10 años)

El sueño como realización de deseo es el otro mecanismo al que acudieron estos niños para enfrentar el dolor de sentirse excluidos. En algunas de sus narraciones imaginaron al hermano cerdito soñando que el hermano pequeño no estaba, se había ido, había desaparecido, lo habían llevado para venderlo, había sido devorado, o retrocedieron en el tiempo para volver al momento en que el hermanito aún no estaba, tiempo inicial en el que mantenían una relación de exclusividad con la madre:

“El chanchito estaba pensando que un día un señor se lo llevaba -al hermano- lejos de su familia, […] El creía que se lo llevaban a un lugar mejor, pero lo que pasaba, era que se lo llevaban para comérselo”. (Vanessa, 9a, 2m y la hermanita de 5 meses)

Sienten que la mamá ahora es sólo para el hermano(a), y que con sus demandas insaciables amenazan con devorar toda la leche:

 “La hermanita está soñando de que llega su mamá y toma leche todo el día […] sueña que se va volando, va a una maquina de yogurt con leche, y se toma toda la máquina […] y toma y toma yogurt con leche”. (Ignacio)

Manifiestan sentimientos de envidia; el nuevo hermano tiene ahora el lugar privilegiado y es el elegido:

“Siguen buscando a la hermanita, y después ellos, encuentran a la hermanita tomando leche de su mamá, y como ellos se morían de sed, tomaron agua”. (Ignacio)

La agresión hacia el hermano es expresada a través del deseo de que se pierda:

“El chanchito de la mancha […] un día se escapo, y dijo que sus hermanos no lo querían como él era. El de manchita casi nunca esta con su papá, ni con sus hermanos. Prefería estar ayudando a su mamá, por eso un día le dijeron al chanchito de la mancha, que ya no querían ser su hermano”. (Vanessa)

También, la agresión se expresa en la fantasía de que el hermano podría ser devorado fácilmente por su situación de indefensión y vulnerabilidad:

“Aparece un ganso, y se está llevando al cerdito de la cola, y como es bebé, no se puede defender. Y los hermanos están mirando, gritan, se están llevando a mi hermano, y le pueden avisar a su mamá, […] porque las presas que son bebés, se las llevan y se las comen”. (Mathias)

Surgen fantasías de agresión dirigidas también hacia la madre, por traerles un hermano, con el que no solamente no pueden jugar sino que, además, los separa de ella y les priva de la centralidad de la que habían gozado durante muchos años:

 “Piensa que los hombres se van a llevar a su mamá, porque es la más gorda, la más grande. […] y a él, lo dejan para que siga engordando, y luego lo maten y lo degollen como lo harán con su mamá. Y él, no quiere quedarse huérfano como sus amigos”. (Carlos)

Sentimientos de enojo hacia la madre les llevan a tener deseos de venganza hacia ella:

“Y como los hermanos grandes no tenían atención, le tiraron barro a su madre… Es venganza por no haberles dado atención […] para que ella sienta lo mismo que ellos sintieron cuando ella le dio atención a sus hermanos y a ellos no”. (Mathias)

Un tercer momento: Maneras de tramitar la llegada del hermano

Ante el peligro de perder el amor de la madre deciden resignarse  a la presencia del hermano. Sin embargo, esta aceptación no es pasiva ni libre de conflicto, por el contrario, para  los niños de la muestra, esta aceptación tuvo un fuerte costo emocional.

Temor ante el peligro de la pérdida del amor de la madre,  al emerger la culpa y el temor hacia la retaliación y verse confrontado con la posibilidad de perder el amor de la madre, buscan acomodarse a la nueva situación familiar. Algunos de los niños, sienten que sólo siendo buenos y reprimiendo su rabia y envidia, van a poder recuperar el amor de la madre:

“Él quería que se pierdan para quedarse solo; [pero] si no los encontraba, la mamá lo hubiera castigado con no tomar leche  […] va a buscarlos para que su mamá no se preocupe […] y no los encuentra y se preocupó más y su mamá le llamo la atención” (Alexis)

Se racionalizan los sentimientos de rabia, envidia y celos, pensando que ha recibido lo suficiente y ahora  le toca ser solidario con el hermano.

“Con una varita mágica le quiere dar un hechizo de felicidad, y le está diciendo que no se debe sentir molesto por su mamá que comparta la leche con otros, se debe sentir alegre, de que gracias a él y a su mamá, muchos cerditos van a tener la oportunidad de vivir felizmente y no morir. El cerdito se da cuenta de su error y el hada le da un hechizo de felicidad, para que no se sienta mal, y el cerdito vuelve al establo, orgulloso por tener una madre tan buena, como la suya, y aprende a compartir y se hace mejor amigo con todos […] que va a ser solidario, porque ha tenido la suerte de ser hijo único.” (Carlos)

Formas distintas de tramitación de la presencia del hermano.

Los niños de la muestra, cuyos hermanitos tenían entre los nueve  a catorce meses de edad,  mostraron que frente a la constatación con la realidad de la presencia del hermano  y el reconocer que por ser un bebé necesitaba de especiales cuidados de la madre, van asumiendo que ellos podían aprender a esperar:

“Yo cuando estaba haciendo la tarea, tenía que esperar a que mi mamá termine de darle la leche a mi hermana.”. (Ariana, 9a.6a).

En el rol de hermano mayor asume que el bebé necesita una atención especial de mamá:

“[…] porque él quiere más atención. […] el cerdito está tomando la leche de su mamá, y sus hermanos están comiendo pasto, se están alimentando y él como es bebé, tiene que tomar leche porque todavía no sabe comer y no tiene dientes. Los chanchitos están echados en el pasto, y los chiquitos están con su mamá”. (Mathias, 10 años)

Algunos de los niños recurren a mecanismos más elaborados de procesamiento psíquico, logrando una mayor verbalización de sus afectos. Empiezan a domeñar sus impulsos y fantasías agresivas, aceptando al hermano(a) como otro semejante y diferente a la vez, con quien puede proyectarse a futuro en un mundo compartido. El hermano ya tiene un lugar en la mente del niño. Ariana representó en su dibujo una escena del cine con  su hermana, imaginándose en una experiencia compartida en un momento futuro cuando ella tendría 16 años y su hermana 8 años.

“Pienso que con ella podría divertirme más, hacer travesuras juntas a futuro, porque ahora no puede hacer muchas cosas porque es chiquita. Creo que conforme vaya creciendo, ella va a ir aprendiendo cosas buenas, y yo voy creciendo y voy dejando las cosas malas”. (Ariana, 9 años y 6 meses y su hermanita de 11 meses)

Hallamos que la ambivalencia es parte de esta tramitación, y, además, un sentimiento ineludible que acompañará a la relación entre hermanos. De la misma manera que, aún  que el niño  vaya procesando la llegada del hermano, acepte su presencia, aprenda a compartir el espacio familiar y a los padres, en su fantasía abrigará el deseo de ser el único atendido en sus demandas, las que  no siempre se permitirá verbalizar:

“Le pueden decir a su mamá que le den atención a todos, o también puede ser que no se atrevan a decirle. Porque como son bebés también es obligación que les de atención. O sea guardan sus sentimientos. También tienen que expresarse y decir lo que sienten”. (Mathias)

La experiencia de Alexis difiere del común del grupo investigado, hace muchos esfuerzos por reprimir sus sentimientos de agresión y celos hacia el hermano por los cuidados que la madre le prodiga y, tras una aparente aceptación del hermano, los celos y la envidia se mantienen velados y lo dominan. Estos se manifiestan en sus fantasías de malograr el alimento que nutre a los hermanos.  Hay una carga de rabia hacia el hermano, porque siente que está ocupando el lugar que le pertenece;  sintiendo, además, que “es el único lugar”:

“Ahí el cerdito mayor mientras su papá y sus hermanos están durmiendo hace travesuras y hace pichi en la comida para que sus hermanos coman y les de asco. Hacen ahí  porque no tiene lugar dónde hacer y ese es el único lugar”. (Alexis)

Y no sólo sigue deseando descargar su rabia sobre el hermano, sino también sobre los padres, aún de expresar su miedo al castigo:

“Porque si lo hace en el suelo lo van  a ver y se van a enojar con él los que los cuidan,… porque la pichi se va a ver en cambio si hace la pichi en la comida no se ve. …y esta comida  es de los papás”. (Alexis)

En algún caso, estos sentimientos negativos proyectados hacia el hermano, se racionalizan, logrando encapsularlos para protegerse de sus propios sentimientos de rabia y envidia:

“El cerdito aprendió a ser solidario con sus compañeros y se pone a soñar que es un cerdito grande y que pasan cosas muy buenas y que la gente le va a tener cariño, y que nunca se van a atrever a hacerle daño, porque es muy bueno y bonito”. (Carlos)

Surge la constatación de que el hermanito ha venido para quedarse;  su temor a la retaliación por haber expresado sus sentimientos de envidia y rabia hacia el hermano y el  temor a perder el amor de la madre, lleva al niño a iniciar su proceso de duelo en el que predomina su deseo de mantener el amor del objeto. Se confronta con la realidad de que ya no es el único hijo, y asume su nuevo estado en el que pasa a ser “el hermano de”; proceso que va llevándolo hacia una aceptación ambivalente expresada en que quiere y no quiere al hermano.  Asimismo, en otros casos el niño va hacia una aceptación racional de la presencia del hermano o hacia un estancamiento en el resentimiento y la rabia hacia la madre y el hermano.

IV. Discusión

Uno de los hallazgos que consideramos relevante en nuestra investigación es que el proceso vivido por el niño  en la experiencia de su primer hermano se inicia con las fantasías del propio niño de desearlo antes que los propios padres hayan deseado tener otro hijo. En  los casos investigados el niño “pide un hermano” a los padres. En la literatura psicoanalítica  este hallazgo, estaría en la línea de los planteamientos de Kaës (2008) relativos a la existencia del “complejo fraterno” como estructurante del psiquismo que está presente, más allá de la existencia real de un hermano, tema que podría ser profundizado en  futuras investigaciones. También encontramos relación entre lo hallado en la investigación y los planteamientos de Klein (1943) respecto a la existencia del objeto, en la  fantasía inconsciente, antes de tener una presencia real.

El deseo del hermano, ha sido construido primero en la fantasía del niño, desde una expectativa idealizada de querer “otro” como compañero de juego. Si bien la construcción de este otro es la de un yo-reproducido y/o un semejante-diferente, el referente en todos los casos es el sí mismo; es decir, el niño desea la llegada de  un “otro” representado en un “doble” de sí mismo. Nos preguntaríamos en este punto, si nos encontramos frente a lo que Freud sostenía respecto al narcisismo (1914). ¿Los niños de nuestra muestra imaginan la llegada de un “doble”, porque la confrontación con un otro diferente podría empequeñecer su Yo, hasta ahora de hijo único?

La aparición del hermano provoca un  conjunto de movilizaciones internas que lo conflictúan y que juegan un rol importante en la estructuración de su subjetividad. Con la llegada del hermano aparece el conflicto no solo porque llega a quitarle la atención de la madre, sino porque no cumple con la expectativa imaginada, lo confronta con la aparición de un semejante que es demasiado extraño a la vez y que trae consigo compromisos narcisistas considerables (Brusset, 1987); este bebé considerado un intruso ocupa un lugar del cual él  está ahora sintiéndose excluido.

Podemos afirmar con Freud, que la llegada del hermano es vivida como el arribo de un rival que amenaza la supremacía, provocando celos, hostilidad y odio hacia el recién llegado, pero también sentimientos de rabia contra la madre por el hermano que le está imponiendo, razón por la cual este recién llegado está siendo integrado desde el conflicto (Freud, 1916-1917).

Juliet Mitchell (2003) sostiene que la llegada de éste provoca angustia de aniquilación – “una granada con ojos” como plantea Ignacio – en la que el hermano mayor se da cuenta de que él o ella no es único sino que “alguien se encuentra en el lugar en el que antes estaba él mismo”. La tesis de Mitchell  sostiene que esta forma de ansiedad de aniquilación le da un profundo golpe narcisista que puede ser anterior y más primitivo que la angustia de castración.

A partir del análisis de los relatos de los niños ponemos de manifiesto cómo el niño proyecta en el hermano bebé sus propios temores y angustias.  Si bien el niño(a) puede fantasear con desaparecer al hermano considerado intruso, también está presente el temor de que él pueda ser desaparecido y aniquilado por este recién llegado, activando su angustia esquizo-paranoide (Klein, 1937). Freud (1917) nos proporciona  muchos ejemplos de la intensidad de estos sentimientos hostiles, que generalmente toman la forma de un deseo de muerte, que lo explica como un “acto mágico contra el intruso perturbador”.

Nuestras observaciones, nos permitieron constatar los planteamientos teóricos de cómo el hermano es recibido con rechazo y deseos de que desaparezca. Este niño, antes hijo único y ahora hermano mayor, siente que ha sido desplazado a un segundo lugar por el nacimiento del hermano o hermana, y separado bruscamente de la madre por primera vez. Entre los siete y nueve años que son las edades de los niños investigados, que por la edad ya iniciaron su camino hacia la exogamia (Urribarri, 2008), eran el eje de la mirada de los padres hasta la llegada de su primer hermano, es esperable una profunda movilización afectiva. Sin embargo, en todos los casos observados no hemos recogido evidencia de actuaciones agresivas, físicas o verbales, contra el recién llegado y, desde la información recogida con los padres, más bien relataron  que sus hijos se mostraron cuidadosos y protectores con el hermanito. Además, en los relatos construidos por los niños de la muestra constatamos que la agresión sólo se manifiesta en los ámbitos de la fantasía y de los sueños (Freud, 1900), y que los males que acaecieron sobre el “hermanito menor” no tenían como responsable al “hermano mayor”. En la parte nuclear del conflicto, descubrimos cómo los niños observados, en la construcción de sus historias, son capaces  de nominar sus afectos, sus deseos y sufrimientos así como diferenciar la fantasía de la realidad. Una de las posibles explicaciones que podríamos dar a estas constataciones es la manera como los niños de esta edad, hacen uso de la palabra como mediador (Urribarri, 2008); otra posibilidad, es atribuir al nivel de desarrollo cognitivo,  característico de esta edad, el tener un mayor criterio de realidad y conciencia frente a las posibles consecuencias de sus actos y además desarrollar un sentido de responsabilidad y capacidad empática, permitiéndoles darse cuenta que el ser que ha desatado sus conflictos e iras es un ser vulnerable, que por ahora requiere de los cuidados de la madre para poder sobrevivir.

Un aspecto relevante en nuestras observaciones ha sido la constatación de que los niños, a pesar de sentir inicialmente al hermano como amenaza, cuya presencia se convirtió en persecutoria, terminan confrontándose con el hecho de que, debido a su fragilidad, vulnerabilidad, pero también por un afecto ligado, la madre seguirá brindando sus cuidados al bebé. Situación ante la cual el niño se encuentra frente a la disyuntiva de, o se mantiene excluido, en el resentimiento y la rabia, o incorpora al hermano a su experiencia y acepta la nueva estructuración familiar, en la que él queda incluido como el hermano mayor. Al respecto, Klein (1937-42) habla del paso de la posición esquizo-paranoide a la posición depresiva. La mayoría de los niños participantes de esta investigación evidenciaron que, ante la posibilidad de perder el amor de la madre y el propio lugar por la expresión de sus impulsos agresivos hacia el hermano y hacia la propia madre, se resigna y busca reparar  aceptando el hecho de que la familia tiene un nuevo miembro y que ha llegado para quedarse, como queda graficado en la siguiente cita de la conversación con Mathias:

“Primero, cuando nació mi hermano me sentí incómodo porque había un ser más en la casa y no me acostumbraba y, normalmente, toda la atención era para él y yo no podía salir ni hacer todas las cosas que quería con mi mamá. Y, luego, ya me fui acostumbrando y cuando recién cumplió un año, ya podía salir con mi mamá porque ya podía dejar a mi hermano solo. Luego ya comencé a salir con mi hermano también”. (Mathias)

Mathias y otros de los niños observados, se ubican frente al bebé como el hermano mayor, y al bebé como un otro que necesita del cuidado y protección de la madre, a pesar de los sentimientos ambivalentes que su presencia pueda generarle. Por otra parte, a medida que observan al hermano crecer y lo perciben menos vulnerable, se sienten con mayor libertad y menor sentimiento de culpa para reclamar un espacio cerca de la madre y, también renuevan la expectativa de una interrelación más cercana con su hermano, a pesar de la diferencia de edad.

Por otra parte, hallamos que investigaciones realizadas fuera del ámbito clínico, pero con sujetos de edades distintas a las de nuestra muestra, sostienen, tal como lo hemos constatado en nuestra investigación, que no todos los niños quedan atrapados en el conflicto luego de la llegada del hermano y que su tramitación se hace posible  gracias, como plantea Solnit (1983) y otros autores, a la existencia de relaciones positivas entre padres e hijos y entre los mismos padres; así como, los propios padres asumen y ayudan a su hijo a asumir la incorporación de su hermano como el nuevo miembro en la familia. También encontramos coincidencia con Solnit (1983) respecto a que cuando el niño toma consciencia de la vulnerabilidad del hermanito y de los cuidados que este necesita de la madre, reconoce que él antes ya recibió esos cuidados, lo que le permite aceptar que ahora sea el bebé quien los reciba.

El conflicto es inevitable y la capacidad para verbalizar los sentimientos agresivos que le genera el bebé, no constituye una acción violenta, sino más bien se le aprecia como una manera natural de ir apropiándose de la nueva situación. Por el contrario, si los padres no permiten la verbalización de estos sentimientos y la reprimen, impiden una tramitación adecuada de la experiencia. Por otra parte, si los padres, especialmente la madre, no logran procesar la experiencia de un espacio compartido con sus hijos, como espacios diferenciados no superpuestos, ni homologados; llevarán al niño a sentirse “realmente” excluido y posicionarse al margen de la dinámica familiar que le está tocando vivir, y no favorece el lograr constituirse en una “familia de cuatro”, sino que sigue siendo de tres, aunque tenga cuatro miembros.

Otra de nuestras observaciones es que, luego del nacimiento del hermano, se  constituyó un triángulo conformado por la madre, el bebé y el hermano mayor. En todos, menos dos de los casos de nuestra muestra observamos que los niños no mencionan al padre en sus relatos. El papá aparece en los relatos de Alexis, como quien pone orden y, en otro de los niños, como el excluido, con quien el niño se identifica en ese momento. Nuestras observaciones se produjeron cuando el hermano bebé era pequeño -el mayor de los bebés tenía catorce meses y el menor 17 días de nacido), nos preguntamos, si el haber realizado nuestras observaciones en este momento de la edad de los hermanitos, podría ser la razón de la “ausencia” del padre en los relatos. Será que el impacto del nacimiento del hermano y su simbiosis con la madre es una experiencia aún muy reciente, y por esta razón el padre no juega un rol importante en esta triangulación: madre, bebé y hermano mayor.

Tomando en consideración a quienes plantean que el “complejo fraterno”  (Kaës, 2008; Kancyper, 2003) se estructura como un pivote entre el narcisimo y el Edipo, nos lleva a preguntarnos si, al menos, los niños de nuestra muestra requerían de la presencia real del hermano para salir del narcisismo y dar el salto hacia el descubrimiento de la alteridad, ya que en todos los casos la mirada de los padres ha estado totalmente centrada en este hijo o hija única, manteniéndolos en ese funcionamiento egocéntrico y narcisista,  ya que el niño era el eje del funcionamiento de los padres.

Una constatación importante de nuestra investigación es el hecho de que una vez que el niño fue expresando sus sentimientos de  envidia, celos, rivalidad y hostilidad hacia el hermano, vivido como un intruso, y que al descubrir que no lo ha destruido, que el hermano continúa indemne -uso del objeto- (Winnicott, 1971) y no ha respondido  retaliativamente como él temía, termina renunciando a la primogenitura incorporando al hermano como un otro “distinto de mi”, y dándole un lugar en su subjetividad e ingresando a una  posibilidad de experiencia compartida con el hermano. Aunque, sabemos que, inevitablemente esta relación intersubjetiva estará marcada por sentimientos ambivalentes. Mentalmente, el ahora hermano mayor, necesita reestructurar su espacio interno para darle lugar a este otro semejante pero diferente, asimismo, en la aceptación de que él y el hermano pueden tener un lugar propio en la mente de la madre (Kieffer, 2008). Razón por la cual nos atrevemos a afirmar que la madre cumple un rol importante en este momento de tramitación de la experiencia por el ahora llamado “hijo mayor”. Uno de los factores que promueven el mantenimiento de la discordia crónica en las relaciones con los demás podría ser la falta de reconocimiento de la subjetividad del hermano como un otro. Nos preguntamos si ello puede estar sucediendo en la experiencia de Alexis y de Carlos, que son los niños que evidencian mayor dificultad en el procesamiento del hermano. En ambos casos los padres estaban más centrados en sí mismos,  especialmente en su vida profesional, y coincidentemente el papá de cada uno de estos niños es hijo único y ambos estaban satisfechos con tener un solo hijo. Nos preguntamos al respecto, ¿hasta qué punto los papás de Carlos y de Alexis no están pudiendo ayudar a sus hijos en la aceptación del hermano, porque ellos tampoco terminan de procesar el hecho? Kaës (2008) sostiene al respecto que, también influye en la manera en la que el niño procesará la llegada del hermano, el modelo de relación fraterna que cada uno de los padres cargue en su inconsciente, es decir la manera cómo ellos mismos resolvieron o no este conflicto con sus propios hermanos.

Otra coincidencia encontrada en la investigación es que quienes dibujaron hermanos idénticos -Matías y Carlos- fueron hijos no planificados, lo mismo que sus hermanos menores. En ambos niños, el embarazo apuró la unión de los padres. Así mismo, estos dos niños pasaron más tiempo siendo hijos únicos. Nos preguntamos si pensar al hermanito como un gemelo o mellizo, es parte de una confusión inconsciente, habiendo la necesidad de un apareamiento narcisista. La indiferenciación, probablemente permite en la mente de estos niños seguir siendo “el único”, ya que si no hay otro diferente, los hermanos indiferenciados y confundidos, ambos son uno solo en la fantasía del niño. Podría ser éste un movimiento defensivo para lograr tolerar el hecho de la llegada de un diferente y evitar así la angustia de aniquilación. Otras coincidencias en ambos casos: el hermanito era alguien de quien se hablaba pero a quien nunca la investigadora  logró conocer físicamente. Hasta el momento de la conversación ambos niños aún compartían el dormitorio con el hermanito, aunque en ambos hogares se contaba con espacio para que cada niño tuviera su propio dormitorio. Nos planteamos por ello como hipótesis para explicar la “gemelidad” en una negación del duelo, también por parte de los padres, a quienes les estaría resultando difícil asumir las diferencias.  No diferenciarlos evita tener que darles un lugar propio. Es como si para los padres hubiera “una imagen para dos cuerpos con una sola subjetividad” (Braier, 2000, p.195).

La riqueza del material brindado por los niños y sus padres no ha sido completamente agotada en su posibilidad de análisis, quedando la tarea pendiente de nuevas reflexiones. Sin embargo, en una reflexión de últimas líneas tomando en consideración los resultados de nuestra investigación, nos atrevemos a afirmar que la manera cómo el niño o niña tramita la incorporación del hermano a su subjetividad, obedece a la participación de múltiples factores -sin dejar de considerar la capacidad de los padres como facilitadores-: las formas en las que el propio niño va aprendiendo a enfrentar y resolver los conflictos con el hermano, cómo los padres han construido la experiencia vincular con este hijo, ahora el llamado hermano mayor, y la manera como el mismo niño interpreta la realidad que le está tocando vivir.

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[1]     Magister en Estudios Teóricos en Psicoanálisis por la PUCP. Psicóloga y Psicoterapeuta Psicoanalítica de niños y adolescentes, con 30 años de experiencia en psicoterapia en consulta privada. Con experiencia en proyectos comunitarios y formación de padres. Actualmente profesora de Psicología del Desarrollo en la UPC de Lima y miembro del comité curricular de la carrera de Psicología de dicha universidad.  Miembro titular de la Asociación Peruana de Psicoterapia Psicoanalítica de Niños y Adolescentes APPPNA.  tagliabue.ry@gmail.com, Lima, Perú.

[2]     Es  una prueba proyectiva para niños desarrollada por el Dr. Louis Corman y colaboradores, consta de 17 láminas, las cuales se muestran a los niños. En ellas están dibujados dos cerdos adultos y tres pequeños en diferentes situaciones vinculares. Con estas láminas los niños elaboran una historia.

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