MASCULINIDAD, NARCISISMO Y DEPRESIÓN: LOS MODOS ACTUALES DE UN MALESTAR INVISIBILIZADO [1]

FACUNDO BLESTCHER[2]

Resumen

Las transformaciones histórico-sociales que se verifican en la actualidad crean nuevas condiciones de producción de subjetividad que trastocan las representaciones tradicionales relativas a la masculinidad. Las modificaciones en los roles, ideales y atributos genéricamente determinados pueden señalarse como causas del sufrimiento psíquico que se presenta clínicamente en las consultas de numerosos varones.

El Psicoanálisis debe relevar el impacto de dichos cambios sobre el sujeto psíquico, y en particular sobre el narcisismo, para fundamentar metapsicológicamente la comprensión clínica, el diagnóstico y la elección de las intervenciones pertinentes al tratamiento de los estados depresivos, concebidos como expresiones de un malestar invisibilizado que atraviesa a la masculinidad contemporánea.

 

Palabras clave: Psicoanálisis, Masculinidad, Narcisismo, Depresión, Género.

 

“Si arrastré por este mundo
la vergüenza de haber sido
y el dolor de ya no ser.
Bajo el ala del sombrero
cuantas veces, embozada,
una lágrima asomada

yo no pude contener […]

Ahora, cuesta abajo en mi rodada,
las ilusiones pasadas
yo no las puedo arrancar.
Sueño con el pasado que añoro,
el tiempo viejo que lloro
y que nunca volverá”.

 

(“Cuesta abajo”, tango de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera)

 

La teoría psicoanalítica ha aportado al campo de la psicopatología un cuerpo conceptual fecundo para la comprensión de la complejidad de la constitución del sujeto y de sus modos de padecimiento. Esta concepción concierne tanto a la fundación del psiquismo como al impacto de los traumatismos que pueden someterlo a procesos de desmantelamiento o conducir a perturbaciones diversas que ocasionan padecimiento subjetivo.

Nuestra posición clínica reafirma la causalidad del sufrimiento anímico en determinaciones que corresponden a los procesos intrapsíquicos y expone sus articulaciones con las condiciones sociales que operan en la construcción de la subjetividad. Relevar el impacto de las transformaciones históricas y su incidencia sobre el sujeto es una exigencia prioritaria para fundamentar metapsicológicamente el diagnóstico y orientar la elección de las intervenciones terapéuticas.

En lo relativo a la constitución de la masculinidad y a la particularidad de sus sufrimientos psíquicos, hemos insistido en que las teorizaciones psicoanalíticas clásicas se han revelado como insuficientes (Blestcher, 2005, 2009, 2012). Conocemos el modo en que se desprende una cierta teorización de la masculinidad en la obra de Freud, y que luego se reprodujera en los desarrollos posteriores sin una revisión suficiente. Aquí también, como en otras disciplinas, hemos heredado el supuesto del “dado por sentado”[3]. Las fórmulas canónicas describieron una supuesta evolución natural y lineal de la sexualidad masculina en un desarrollo carente de obstáculos, debido a la conservación de la zona erógena y del objeto de la sexualidad infantil, y organizada edípicamente a partir de la interdicción paterna que conducía a la elección de objeto heterosexual por renuncia a la madre (Freud, 1923, 1924, 1925, 1931, 1933, 1937; Lacan, 1956, 1957; Stein, 1978; Safouan, 1981; Green, 1996; Hugo Bleichmar, 1997; Nasio, 2007). Esta exposición se ha establecido como teoría general de la sexualidad masculina comportando en realidad, según he propuesto, la reproducción dentro de la conceptualización psicoanalítica de los modos sociohistóricos de subjetivación de los varones en el contexto de la sociedad patriarcal moderna. El discurso hegemónico heteronormativo y falocéntrico, en lugar de brindar una comprensión de la masculinidad, ha obturado la interrogación acerca de su constitución, naturalizando los imaginarios de época e invisibilizando los malestares que acarrea su perpetuación. En virtud de esto, diversos avatares de la conformación misma de la subjetividad masculina y de sus destinos fueron reducidos a una serie de enunciados esquemáticos de discutible alcance explicativo.

 

  1. Varones en crisis: de los estudios de género al Psicoanálisis

Si gran parte de las transformaciones históricas del Siglo XX condujeron a un creciente protagonismo de las mujeres a partir de la denuncia de las desigualdades del patriarcado y la crítica a las teorías clásicas de la femineidad (Flax, 1990; Burin y Dio Bleichmar, 1996; Burin y Meler, 1998; Dio Bleichmar, 1997; Tubert, 2000;  Butler, 2006; Benjamin, 1996), no resulta menos cierto que las últimas décadas nos enfrentan con una descomposición de los discursos hegemónicos sobre la masculinidad. El llamado fin del dogma paterno (Tort, 2010) no es ajeno a estas mutaciones en los procesos de producción subjetiva de los varones.

Los estudios de género han puesto de relevancia los modos histórico-sociales de representación de la femineidad y la masculinidad, superando aquellas doctrinas fundadas en el esencialismo y el biologicismo. No obstante, es preciso indicar que la sexualidad pulsional, concebida como plus de placer no reductible a la autoconservación, no se limita a los arreglos de la sexuación como ordenamiento masculino-femenino, ni a la genitalidad articulada por la diferencia de los sexos (Bleichmar, 2006). En otro trabajo[4] me he ocupado de discutir la inclusión acrítica de la categoría de género al Psicoanálisis, en virtud de que ciertos desarrollos pueden favorecer un extravío que diluye el carácter central del descubrimiento freudiano en torno a la sexualidad pulsional por su reducción y subordinación a la identidad genérica.

Sin embargo, no puede negarse que los cambios actuales en el imaginario social instituido e instituyente proponen una serie de discursos e ideales que se contraponen con los modelos convencionales y los emblemas derivados de los imperativos tradicionales. Las representaciones sociales perfilan, no sin conflicto, nuevas formas de posicionamiento identitario. Desde nuestra perspectiva, es necesario indagar acerca de los efectos de estos dispositivos históricos de subjetivación, tanto en la producción de nuevos perfiles subjetivos como en sus posibles condiciones patógenas. El Psicoanálisis, a partir de la exigencia de Freud (1930), no ha retrocedido al interpelar las formas que toma el malestar en la cultura, tanto en su carácter fundante –efecto estructural de la renuncia pulsional exigida por la inscripción civilizatoria– como en las formas concretas que definen en cada época los términos y contenidos del conflicto psíquico.

Actualmente gran parte de las consultas que recibimos de los varones nos enfrentan a presentaciones clínicas que ponen de manifiesto múltiples expresiones de un sufrimiento largamente silenciado. Generalmente no se trata de síntomas en sentido estricto –en tanto formaciones transaccionales resultantes del conflicto entre el deseo inconciente y la defensa– sino de desregulaciones del funcionamiento psíquico que se aproximan a lo que metapsicológicamente podemos definir como “trastornos” (Bleichmar, 1993, 1999, 2009, 2011): déficit que conducen a estados depresivos, afecciones psicosomáticas, consumos compulsivos, vivencias de vacío y actuaciones violentas, entre otros. Estos padecimientos han sido señalados en diferentes elaboraciones teóricas (Benjamin, 1996; Stoller y Herdt, 1992; Badinter, 1992; Inda, 1994, 1995; 2000; Bonino Méndez, 1008; Volnovich, 2000; Fridman, 2000; Meler, 2004; Blestcher, 2006) como consecuencias de una vivencia de fragilización o precarización de la subjetividad masculina (Burin, 2000).

La crisis de las narrativas hegemónicas heredadas de la Modernidad origina “múltiples identidades masculinas”. Esta diversidad  entra en contradicción con una representación dominante que, aún vigente y eficaz en numerosos contextos latinoamericanos, prescribió a los varones una serie de imperativos e ideales rígidos: el movimiento hacia la exterioridad, la provisión familiar y la inserción activa en el mundo del trabajo, el poder y la productividad, la autonomía, la conquista sexual y la potencia genital (Amorós, 1985; Dio Bleichmar, 1985; Guasch, 2000; Vinocur, 1998). Aquellos sujetos cuyas identidades y códigos de género se construyeron bajo los mandatos patriarcales tradicionales y conservadores, quedan expuestos a significativas pérdidas yoicas que amenazan su equilibrio narcisista (Burin, 2000; Meler, 2000; Fridman, 2000; Alizade y Lartigue, 2004).

La conformación de la masculinidad implica la articulación de aspectos pulsionales e identificatorios, representaciones sociales y relaciones de poder. Diferenciamos aquí, siguiendo los desarrollos de Silvia Bleichmar (2009), producción de subjetividad y constitución psíquica. Los procesos de constitución del psiquismo dan cuenta de los elementos permanentes del funcionamiento mental que trascienden los modelos sociales e históricos, pudiendo ser cercados en nuestro campo conceptual específico. La producción de subjetividad corresponde a todos aquellos aspectos que hacen a la construcción social del sujeto, en tanto significaciones y ordenamientos discursivos de lo histórico-social instituido e instituyente. Indudablemente las representaciones de la masculinidad corresponden a los procesos de producción subjetiva y pueden sufrir modificaciones (ya sea en las categorizaciones de la masculinidad y feminidad, los roles prescriptos y proscriptos, los ideales de género, los valores y creencias aceptadas o rechazadas, las actitudes reconocidas o invisibilizadas). Por ello, entendemos que gran parte de las manifestaciones de las llamadas “patologías actuales” deben ser comprendidas en el entrecruzamiento complejo de los cambios en los performativos sociales y la tópica del yo y los sistemas de ideales.

 

  1. Depresiones y malestares de la masculinidad actual

Los estados depresivos comportan un sufrimiento relativo a un complejo representacional y afectivo que puede presentarse en distintas estructuras psicopatológicas. Los signos que caracterizan al cuadro clínico son numerosos: tristeza, dolor moral, inhibición, autorreproches, abulia, pero también excitación o enojo. Sus formas de expresión son variadas y en su génesis se entretejen aconteceres histórico-vivenciales, organizaciones fantasmáticas, deseos inconcientes y significaciones concientes (Hornstein, 2003, 2006, 2007; Winograd, 2007).

Clásicamente se han puesto en correlación “depresión” y “duelo patológico”, siguiendo los desarrollos de Freud (1917) que ubica a la pérdida de objeto como una encrucijada psíquica a partir de la cual se genera el estado doliente característico de la melancolía. Los obstáculos en la elaboración de la pérdida impedirían el trabajo normal de duelo y explicarían las vicisitudes propias de su recorrido: retracción de los investimientos libidinales y desinterés por el mundo, talante penoso y una específica rebaja del sentimiento de sí mismo que se expresa como una notoria desvalorización del yo acompañada por autorreproches. Hugo Bleichmar (1998) ha designado a este cuadro como “depresión por pérdida simple de objeto”, con el propósito de distinguirla de otras formas que, si bien comparten algunas de sus manifestaciones, se deben a procesos psíquicos de diferente índole.

Si el conflicto decisivo reside en una representación de irrealizabilidad de un deseo (Bleichmar, 1997) del cual el objeto era garantía, su pérdida ocasiona una perturbación de la economía psíquica cuyas manifestaciones serán equivalentes a un estado depresivo. El trabajo de duelo resarciría de dicha pérdida y reestablecería las condiciones para el investimiento de objetos sustitutivos.

Diferente es la situación si lo perdido remite a un objeto o a un atributo yoico dotado de intensa significación libidinal, ya sea por representar un ideal para el sujeto o por hacerlo digno de valoración narcisista. Se trataría entonces de “posesiones narcisistas” y “objetos de la actividad narcisista” (Bleichmar, 1983). Mientras que las primeras remiten a todo aquello –personas o cosas– con lo que se mantiene una relación tal que el mérito o los fallos del objeto en cuestión recaen sobre la representación del sujeto, los segundos se definen como objetos-instrumentos para una actividad del individuo que ha sido narcisísticamente investida, y sin los cuales dicha actividad o función no podría existir. Cualquier oficio, profesión o actividad configuran objetos de esta clase y permiten que una función dotada de valor narcisista, corporal o intelectual, se realice. Cuando la pérdida se inscribe en este registro afecta al núcleo mismo de la representación yoica y comporta un desbalance del investimiento narcisista, tal como podemos advertirlo en numerosos varones en situación de desempleo.

Las fluctuaciones del balance narcisista dan cuenta de las tensiones entre la representación del yo y las instancias ideales y alteran dos dimensiones fundamentales del narcisismo: el sentimiento de sí y el sentimiento de estima de sí mismo (Hornstein, 2000, 2007).  El sentimiento de sí supone consistencia existencial de la propia mismidad, reconocimiento del sujeto como existente en una continuidad diacrónica y en una unidad sincrónica; mientras que el sentimiento de estima de sí mismo, concierne al valor que el sujeto puede atribuirse a sí mismo, interdependiente del reconocimiento del semejante. Este sentimiento, que corrientemente se nombra como “autoestima”, está expuesto a perturbaciones por la pérdida de fuentes de amor, la severidad de las exigencias superyoicas, el distanciamiento con relación a las expectativas ideales y las frustraciones libidinales. Contrariamente, se ve elevado por los suministros narcisistas que proveen los objetos amados, la satisfacción pulsional directa o sublimada, la omnipotencia corroborada por la experiencia y la proximidad con el Ideal.

En tanto el yo es inseparable en su conformación misma del registro sociohistórico, de los enunciados identificatorios sobre los que se edifica y de las instancias ideales que resultan de la inscripción simbólica de los discursos y mandatos culturales, podemos advertir que el equilibrio narcisista se encuentra comprometido por las transformaciones contemporáneas en las representaciones hegemónicas. Los cambios que hemos indicado someten a los varones a vacilaciones en sus identificaciones y producen fluctuaciones en el sentimiento de estima de sí mismo que pueden derivar en episodios depresivos debidos a la imposibilidad de sostener el ideal de género y las representaciones-metas a las que se asocia.

Gran variedad de manifestaciones que habitualmente se agrupan bajo la designación de “depresiones” pueden ser entendidas como la incidencia de estas modificaciones en las representaciones colectivas sobre el balance narcisista del sujeto. Las tensiones narcisistas pueden desencadenar estados de angustia y mecanismos defensivos de carácter disociativo, a partir de los que se pretende recuperar la identificación omnipotente con el ideal, bajo la forma de actuaciones maníacas. Cuando se produce un colapso narcisista, se observa una caída desde la identificación con el ideal a una identificación con el negativo del yo ideal. En ese caso, los síntomas predominantes del estado depresivo son la autodesvalorización, sentimientos de inferioridad, ineficacia y vacío, configurando un cuadro que corresponde ser designado como depresión narcisista.

El empobrecimiento yoico que se constata en el sujeto delata la pérdida del sostén narcisista. Una fuente de esta estima propia procede de la preservación de los enunciados identitarios y por ello, cuando numerosos varones se encuentran en riesgo de perder los atributos genéricos valorizados (la omnipotencia, el sostenimiento de la identidad laboral como articulador de la representación de sí, la potencia sexual o la lucha por el poder en términos de rivalidad y jerarquía) los síntomas depresivos revelan fracturas en el registro narcisista y conducen, en algunos casos, a verdaderos procesos de desmantelamiento subjetivo. Situaciones traumáticas asociadas al desempleo y a la exclusión social propician desequilibrios narcisistas que conducen a una visión pesimista de sí mismo y del mundo, sentimientos de impotencia, fragilidad y fracaso.

Por otra parte, diversos autores (Marty y M´Uzan, 1983; Green, 2005; Hornstein, 2006) han descripto un cuadro depresivo dominado por síntomas negativos (retracción libidinal, disminución del interés, inhibición, pobre comunicación) sin los sentimientos penosos correlativos, resultante de una vivencia de vacío asociada a déficit representacional, alexitimia y desvitalización. Se lo ha designado como “depresión fría, blanca o esencial” en tanto su sintomatología se presenta enmascarada en afecciones psicosomáticas, accidentes repetitivos, arrebatos hipocondríacos o adiccciones. Estas formas clínicas suelen ser habituales en numerosos varones en virtud de los mandatos constituyentes de la masculinidad convencional que proscriben la expresión de las emociones, dislocan el enlace entre representaciones y afectos, propician mecanismos de disociación y racionalización frente a los conflictos intrapsíquicos y desmienten el juicio relativo al  reconocimiento de la vulnerabilidad subjetiva[5].

Por otra parte, considerar a la depresión como “cobardía moral”, tal como ha sido acuñado a partir de ciertos desarrollos psicoanalíticos[6] –y más allá de la pertinencia teórica del planteo en términos de interrogación acerca del emplazamiento del sujeto con relación al deseo– puede favorecer un abrochamiento ideológico a ciertos arreglos patriarcales de la masculinidad que, al prescribir la resolución del malestar psíquico por medio de la acción, subordinan al sujeto a un imperativo de goce que replica las condiciones para la perpetuación del padecimiento. En ese punto, la praxis psicoanalítica puede quedar entrampada en un discurso moralizante que cristaliza la culpa y alimenta la omnipotencia frente al impedimento del sujeto, sustituyendo un ideal social por otro, supuestamente analítico, pero no necesariamente menos alienante.

La consideración de la economía psíquica ofrece una fundamentación tanto para el abordaje de la depresión narcisista, en la que el ideal de perfección y completud del yo no se satisface, como para aquellas depresiones en las que el abatimiento se debe al penar por el objeto perdido con su irrealizable carga de anhelo. Concebir a los estados depresivos con relación al régimen libidinal y al carácter irrealizable de un deseo nuclear para el sujeto, permite comprender su sintomatología como resultado de los desequilibrios narcisistas ocasionados por el estallido de los enunciados yoicos a partir de las transformaciones sociales en los discursos sobre la masculinidad.

Un discernimiento metapsicológico del impacto de los performativos de género sobre la tópica psíquica y sus alteraciones, favorecerá un abordaje terapéutico que no reduzca estas formas de padecimiento a un frustro trabajo de duelo, sino que apunte a producir procesos de simbolización y ligazón que restauren el entramado psíquico. Un trabajo de recomposición subjetiva que sostenga la representación del yo en sus aspectos constitutivos y someta a deconstrucción los imperativos superyoicos con los cuales el sujeto se ha configurado, no refleja solamente una opción clínica sino una propuesta ética que denuncia el carácter patógeno de ciertos discursos normativizantes, en tanto productores de un “malestar sobrante” (Bleichmar, 2002) que restringe las capacidades de amor y de trabajo.

Finalmente, es preciso mencionar que al impacto del imaginario social y sus transmudaciones sobre la subjetividad de los varones se anudan ciertas condiciones de estructura que corresponden a los complejos procesos de constitución de la sexualidad masculina misma. Silvia Bleichmar (2006) ha expuesto la paradoja que reside en la conformación de la sexualidad masculina: por una parte, la apropiación de la masculinidad no puede lograrse sino a partir de la introyección de un atributo genital de otro hombre; por otra, dicha incorporación de un significante fálico paterno somete a un fantasma de carácter homosexual. Por tanto, la tensión existente entre sexo, sexualidad y género viene a confirmar la intelección de numerosos estudios antropológicos al afirmar que la virilidad –no reductible a la simple masculinidad anatómica– no deriva de una condición dada naturalmente sino que requiere de una conquista subjetiva. La masculinidad, una vez adquirida, demandará un sostenimiento permanente ya que el sujeto puede ser más o menos fácilmente destituido de la misma. Las particularidades de esta estructuración y la multiplicidad de sus encrucijadas permiten entender la complejidad de la sexualidad de los varones, aparentemente confrontada con la necesidad de una confirmación siempre escurridiza.

 

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[1] El presente trabajo corresponde a una versión ampliada de la comunicación presentada en el marco de la Mesa FLAPPSIP del XVII Foro Internacional de Psicoanálisis, realizado del 10 al 13 de octubre de 2012 en la ciudad de México.

[2] Licenciado en Psicología. Psicoanalista.

Miembro Titular de ASAPPIA. Presidente de la Sociedad Psicoanalítica de Paraná. Profesor de la Universidad de Buenos Aires, Universidad Católica de Santa Fe y Universidad Católica de Santiago del Estero.

facundoblestcher@hotmail.com

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ARGENTINA.

[3] Cf. Gilmore, D. (1994). Hacerse hombre. Concepciones culturales de la masculinidad. Barcelona: Paidós. Numerosos estudios históricos sobre la masculinidad y la homosexualidad retoman esta misma consideración.

[4] “La noción de género y su inclusión problemática en la teoría psicoanalítica”. Trabajo de investigación. Doctorado en “Fundamentos y desarrollos psicoanalíticos”. Universidad Autónoma de Madrid, 2001.

[5] La tesis doctoral de Débora Tajer encuentra puntos de contacto de sumo interés con lo que venimos indicando acerca de los modos de enfermar y su vinculación con los procesos de producción de subjetividad. Su rigurosa investigación expone una conceptualización de las articulaciones entre modos de subjetivación, género y vulnerabilidad coronaria. Detecta en los varones un sub-registro de los afectos y del sufrimiento psíquico y corporal debido a la eficacia de ideales genéricos y mandatos sociales que someten a una mayor disociación, negación omnipotente y desapropiación de los estados subjetivos. Cf. Tajer, D. (2009). Heridos corazones. Vulnerabilidad coronaria en varones y mujeres. Buenos Aires: Paidós.

[6] Es conocida la fórmula de Lacan según la cual la depresión es catalogada como “cobardía moral”, escapatoria defensiva para no asumir el propio deseo y el precio a pagar que le es correlativo. Se entiende entonces como falta ética enmascarada por un goce sufriente. Cf. Lacan, J. (1977). Radiofonía y televisión. Barcelona: Anagrama.

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